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Progreso con cuerpo y alma

El vicepresidente primero y ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, en el Congreso. EFE/ Javier Lizon
27 de abril de 2026 22:21 h

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Me excuso de entrada por el título de este artículo. Contiene un deplorable juego de palabras que necesita ser explicado. Soy un fan del vicepresidente Carlos Cuerpo. Aprecio mucho su competencia y la precisión y serenidad de sus intervenciones, tan a contrapelo de la política actual, donde en todo el mundo abundan los corruptos, los bocazas y los anodinos. Aún valoro más los resultados de su gestión en el Ejecutivo. No hay que mitificar las cifras de la macroeconomía, porque aunque sean buenas no solucionan mecánicamente los problemas cotidianos de mucha gente agobiada. Sin embargo, no hace falta mucha imaginación para saber qué sucede cuando las cifras son malas. 

Las de hoy, en España, son muy buenas. El FMI acaba de señalar que nuestra economía va a seguir como líder del crecimiento en Europa, y es la mejor preparada ante las consecuencias económicas de la sangrienta tragedia en el Próximo Oriente. La española es hoy una de las economías desarrolladas de mayor crecimiento del mundo. Contribuye con la mitad al crecimiento total de la zona euro, a pesar de representar solo una décima parte de su PIB. En los últimos años, ha creado más empleos que Francia y Alemania juntas. Ha aumentado el superávit de la balanza de pagos y se ha reducido el déficit presupuestario. El salario mínimo ha subido sustancialmente. No se da una traslación de la subida del gas a los precios de la electricidad, como en otros países en Europa, porque ha aumentado mucho la cuota de energías renovables. 

Podría seguir, pero no quisiera hacer de este artículo un panegírico. Me limitaré a recordar que, desde que asumió la cartera de Economía en diciembre de 2023, Carlos Cuerpo apenas ha sido interpelado por la oposición en las sesiones de control de las Cortes. El último episodio con la portavoz del PP (“Elija, Señoría, sorpréndanos”) ha servido para entender perfectamente por qué las derechas han evitado sistemáticamente el cuerpo a cuerpo con Cuerpo (excusas de nuevo).

Por todo ello, considero una excelente noticia que, en la reciente reunión en Barcelona de la Movilización Progresista Global, Carlos Cuerpo y la economista Marina Mazzucato hayan anunciado la creación de un “Consejo Global para una Economía del Bien Común”, en el que gobernantes, economistas y representantes de la sociedad civil global se planteen trabajar para “transformar los fundamentos del pensamiento económico dominante” y dar una alternativa económica a las fuerzas progresistas. En palabras de Cuerpo, se trata de impulsar “un crecimiento compatible con la reducción de la desigualdad, la aceleración de la transición ecológica y el refuerzo de la democracia.”

El momento de este anuncio fue simbólicamente significativo. Una semana antes, Viktor Orbán había sido derrotado con contundencia en las elecciones húngaras. Una cosa es predicar y otra dar trigo, y la inflación, el desmantelamiento progresivo del estado de bienestar y la pérdida de calidad de vida han acabado pasando factura a Orbán. 

La democracia ha de proporcionar prosperidad compartida, protección social, una mínima equidad. Cuando no es así, la derecha radical canaliza la frustración popular y la dirige contra los inmigrantes, el “globalismo”, la “cultura woke”, las “élites liberales corruptas”,o los que “rompen la nación”. Pero cuando logran gobernar, sus mismos electores acaban finalmente evaluando la cuenta de resultados. Es lo que ha sucedido en Hungría y puede pasar mañana en Argentina, Italia y -toquemos madera- en los Estados Unidos, si se han construido las alternativas adecuadas. 

La reunión en Barcelona de la Movilización Progresista Global pretende ser un primer paso para superar la dispersión de los progresistas y hacer frente al peligro que representan el trumpismo y las derechas radicales. “Demostremos que se equivocan”, ha dicho Carlos Cuerpo, y se trata de hacerlo no solo con ideas y palabras, sino con hechos. Una acción de gobierno responsable, prolongada y con resultados es una condición necesaria para que avancen los objetivos de igualdad, prosperidad compartida, paz y democracia que impulsan las izquierdas. Sin embargo, siendo la acción de gobierno una condición fundamental e imprescindible, no es una condición suficiente. La razón es muy sencilla: una gobernanza económica y social responsable requiere negociaciones entre distintos intereses contrapuestos, compromisos complejos, con resultados que a menudo no son inmediatamente visibles. Lo mínimo que se puede decir es que no suele levantar grandes pasiones. 

Un proyecto de articulación internacional de los progresistas como el que ha dado sus primeros pasos en Barcelona requiere más condiciones, porque para movilizar y construir mayorías se necesita una combinación sofisticada de distintos mecanismos de transmisión: ideas, símbolos, programas, campañas, estrategias, movilizaciones, plataformas permanentes. 

Ni basta una buena gestión, ni bastan las buenas ideas. Las derechas radicales saben perfectamente, desde hace años, que la plaza pública no es un seminario de economía ni una agencia de comunicación. No se trata de repetir la demagogia nacionalpopulista, priorizando la movilización emocional y simbólica por encima del enfoque programático y técnico. Se trata de entender que solo con el apoyo popular se puede llegar al gobierno y que solo con el empuje del pueblo puede mantener el rumbo un gobierno progresista. 

Lo dijo Lula en Barcelona, dirigiéndose a Pedro Sánchez: “¿Cuántas veces, Pedro, ganamos una elección y después la prensa y el sistema financiero y los académicos conservadores quieren obligarnos a destruir lo que fue la razón de nuestra elección?”. Para superar este riesgo, hay que comprender que las izquierdas necesitan de cuerpo y alma: programas solventes y realizables, y también políticas simbólicas, emociones poderosas. 

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