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La brutalización en curso

Protesta de los periodistas contra las amenazas e insultos en redes promovidos por agitadores ultras acreditados en el Congreso. (Archivo)
25 de mayo de 2026 23:17 h

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“¡Eres una mierda!, ¡un imbécil!, ¡un bufón!, ¡un inútil!” Tal fue el léxico que un presentador estrella de un canal francés de televisión privada usó el 12 de noviembre de 2022 contra un joven diputado de izquierda, que se había atrevido a criticar al propietario del canal, acusándolo de ser “una de las cinco personas más ricas (que) empobrecen a Francia”. 

El presentador reaccionó a las palabras del diputado con una bronca verbal cercana a una paliza, y alegó como excusa que su patrón era para él como un “hermano mayor”, a quien debía una “lealtad indestructible”, Cuatro meses después, la autoridad pública independiente que regula en Francia la comunicación audiovisual y digital impuso al grupo una sanción de 3,5 millones de euros por los insultos proferidos.  

Algunos dijeron que el importe era excesivo. Es discutible. Pero no lo es el hecho de que, cuatro años después, con multas o sin ellas, el proceso hacia la brutalización comunicativa ha seguido su curso, aparentemente imparable. Del mismo modo que aumenta y se hace cotidiano en nuestras pantallas el espectáculo de la guerra, nos habituamos también al incremento paulatino de la violencia verbal y simbólica en los medios de comunicación y las redes sociales. 

Hay un estilo mínimo común que liga a Trump escribiendo “Me gusta el olor de las deportaciones por la mañana”, o apareciendo disfrazado de Papa o de Jesucristo, las imágenes paródicas que difunde la Casa Blanca con mezcla de bombardeos reales y bromitas de videojuego, o la exhibición de jocosa crueldad de un ministro israelí jaleando un espectáculo de violencia contra miembros de la Flotilla de Gaza. 

Esta tendencia a la desinhibición provocadora se está haciendo habitual. Se manifiesta también entre nosotros en la multiplicación de los insultos y tacos escatológicos en las Cortes, o en el desenfado brutalizador de muchos programas televisivos. Así se describía ayer uno de ellos, en un comentario de prensa: “El ambiente se volvió tóxico, las redes sociales entraron en combustión masiva y el debate terminó transformado en una guerra brutal sin posibilidad de marcha atrás.” 

Tal vez no es posible medir y cifrar este febril aumento de la brutalización de los comportamientos y lenguajes, pero la sensación térmica indica claramente que estamos asistiendo a un abandono creciente de las formas y convenciones que tradicionalmente habíamos considerado como “civilizadas”. 

Algunos, para caracterizar este fenómeno actual, hablan de «descivilización». El término procede de Norbert Elias, uno de los padres de la sociología contemporánea, que dedicó años de su juventud a un extenso estudio, El proceso de la civilización, publicado en Suiza en 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En el libro, Elias caracterizaba la historia de las sociedades occidentales como un largo proceso de pacificación progresiva, de contención de la violencia, de educación de los modos y costumbres, como fruto de un conjunto de factores materiales y culturales que a largo plazo habían ido civilizando lentamente el comportamiento de los seres humanos, y los había inducido gradualmente a formas de autocontrol. Este proceso de contención de la violencia colectiva e individual había tenido su punto de partida en la sociedad medieval, donde «el pillaje, la lucha, la caza del hombre y de la bestia pertenecían de manera inmediata a las necesidades vitales». 

Norbert Elias definía el proceso de civilización como un juego combinado en el que, por un lado, el Estado moderno se iba formando, reservándose progresivamente el monopolio de la violencia; y, por otro, se iba produciendo una autocontención creciente de los individuos sobre su violencia espontánea, sus instintos, sus reacciones y actitudes, sus palabras. 

La trayectoria de Norbert Elias es significativa. Era judío, y en 1934 tuvo que huir de Alemania y refugiarse en Inglaterra. Sus padres lo visitaron en Londres en 1938, y él les suplicó que no regresaran a Alemania. Su padre le replicó: “¿Qué me pueden hacer? Nunca he hecho daño a nadie, no he infringido ninguna ley en mi vida» (su hijo comentó años después: «Era un alemán»). Los padres de Elias no hicieron caso de sus advertencias y regresaron a Alemania. El padre murió en Breslau en 1940, y la madre en Treblinka, un año después. 

Los críticos de Elias señalaron que su visión del proceso de civilización encajaba mal con la eclosión de la barbarie nazi. En su último libro, Los alemanes (1989), Norbert Elias intentó responder a esas críticas. Un elemento de su respuesta fue la observación de que, en los años 20 y 30, se había producido en Alemania un proceso de “desformalización”de los lenguajes y conductas. 

Donde antes se respetaban, especialmente en la esfera pública, unas “relaciones formales” sujetas a unos rituales codificados, estas normas comunes de respeto habían ido desapareciendo gradualmente, en un proceso que adquiría un carácter doble, contradictorio: por un lado, era liberatorio, emancipador; pero por otro, era también desestabilizador. Con la ascensión del nazismo, el factor de desestabilización se aceleró brutalmente, y se produjo un desmoronamiento, cómo algo súbito: «un gran colapso de la conducta civilizada, una gran acometida de barbarización ante nuestros ojos, algo inesperado».

Simplificando al máximo, podría decirse que las investigaciones de Norbert Elias fueron de ida y vuelta, de subida y bajada. Primero estudió el proceso de civilización como refinamiento progresivo de los comportamientos, emociones y relaciones sociales, a través del aumento del autocontrol individual y de la pacificación social. Y después estudió un caso de evolución de sentido contrario: un proceso de descivilización, de regreso paulatino a la barbarie. 

Su conclusión fue que el proceso de civilización, que había transformado el comportamiento humano, no avanzaba necesariamente en un único sentido de progreso constante. Podía producirse una marcha atrás, una descivilización, o una situación en la que los procesos civilizador y descivilizador podían coexistir y entrelazarse conflictivamente y simultáneamente. 

Hoy se multiplican los signos de brutalización. Indican que nos enfrentamos a una de estas etapas de tensión, con sus correspondientes combates políticos, sociales y culturales. El desenlace (civilización o descivilización) no está escrito.   

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