Weimar no es nuestra condena
Que en el mundo se viven tiempos siniestros salta a la vista. “La humanidad nunca había vivido un momento más peligroso que el actual”, ha escrito Rafael Poch en el digital CTXT. Cita extensamente a un analista ruso, Dmitri Trenin, “presidente del principal think tank del Kremlin”, que advierte del peligro, no de una “Tercera Guerra Mundial” sino de algo nuevo, de “otra cosa”: un estado permanente de coexistencia de guerra y paz en el mundo, donde el ámbito de la paz va reduciéndose y el campo de batalla va ampliándose. Estas serían sus características actuales: conflictos locales que se regionalizan (Ucrania, Oriente Medio en estado “caliente”; Asia en estado latente); uso bélico de nuevas tecnologías (IA, drones, misiles, guerra digital); alianzas débiles y compromisos ambiguos entre los países; debilitamiento progresivo de las normas e instituciones internacionales; riesgo creciente de proliferación de las armas nucleares.
En esta situación, en los medios se repite a menudo que el mundo vive un “momento Weimar”, que estamos inmersos en un “Weimar global”. La analogía se refiere a la República alemana (1919-1933) que surgió de las cenizas de la Primera Guerra Mundial y que, tras múltiples crisis, terminó con el ascenso de los nazis al poder. Peter Gay, buen historiador de la espléndida cosecha cultural de aquella República de Weimar, decía que esta “nació en la derrota, vivió en la agitación y murió en el desastre.”
Quién hace unos años puso en circulación la analogía histórica con Weimar fue Robert D. Kaplan, en su recomendable y discutible libro “Tierra baldía. Un mundo en crisis permanente” (RBA 2025). Afirmaba Kaplan que “Rusia y Estados Unidos, China y Estados Unidos, Rusia y China, por no hablar de las potencias medias o menores, todas están, debido a sus tensos enfrentamientos y a la forma en que la tecnología continúa estrechando la tierra, llevando a cabo una extraña simulación de la República de Weimar.” El mundo interconectado de hoy sería cómo un gran Weimar sin una verdadera gobernanza, donde cada país está ligado a los demás de manera tan profunda que una crisis en un solo lugar puede desencadenar un efecto dominó de consecuencias inmediatas en los otros.
No faltan en estos días acontecimientos que abonan la percepción de esta interdependencia fulminante. Sin embargo, aunque los efectos de la guerra en el estrecho de Ormuz sobre el precio de nuestra gasolina permite comprobar cuánto de cierto había en las profecías de Kaplan, no parece una buena idea seguir insistiendo en la analogía histórica entre nuestro presente y el pasado de la República de Weimar.
Sin hablar de la creación artística y literaria (donde la comparación entre la rica producción de aquel período y la sequía actual podría conducir a la melancolía), las diferencias económicas, sociales y políticas entre el desorden geopolítico actual y las crisis de la República de Weimar son enormes. En la Alemania de aquella época, la hiperinflación fue tan colosal que convirtió el dinero en basura (“Hubo días en los que pagué cincuenta mil marcos por un periódico, y por la tarde cien mil”, dejó escrito Stefan Zweig). También era extrema la violencia política entre los partidos políticos, marcados a derecha e izquierda por lo que Peter Gay llamó un “hambre de totalidad”. Por agobiante que sea en muchos aspectos nuestra sociedad actual, una equiparación es imposible.
Pero más allá de estas diferencias, hay algo que también induce a desconfiar de la idea de “Weimar global” difundida por Kaplan. Su fórmula tiene el atractivo de las medias verdades expresadas con talento periodístico y acentos proféticos, pero es tremendamente negativa, fatalista. Aunque no vislumbra en el horizonte ni un Hitler ni “un Estado mundial totalitario”, Kaplan advierte, como neoconservador pesimista que es (“me doy cuenta de lo obsesivamente negativo que estoy siendo”, escribe) que no debemos suponer “que la próxima fase de la historia proporcionará alivio alguno a la actual.”
En el frontispicio de la “Tierra baldía” de Kaplan figura como epígrafe una cita de Roger Scruton. La esperanza, dice allí el filósofo británico, es “un activo peligroso que amenaza no solo a quienes la aceptan, sino a todos los que se encuentran en el ámbito de sus ilusiones.” ¿Hay que abandonar toda ilusión, toda esperanza? En estos asuntos hay que remitirse a la vieja sabiduría popular y dejar a cada alma en su almario. Pero en los asuntos comunes, el “activo peligroso” que hoy nos amenaza no son quienes albergan la esperanza de otro mundo mejor, sino los que pretenden devorar desde dentro las democracias y alumbrar un mundo de autócratas y potentados sin ley (es decir, un mundo de forajidos). Oponerse a este destino, con esperanza o sin ella, es un deber democrático imperativo.
En este sentido, Weimar representa una lección permanente de los errores a evitar. Entre ellos destacan dos inmensas equivocaciones concretas que no tuvieron nada de ineluctable. En primer lugar, el error de los servicios de información militar y de los magnates industriales y financieros que descubrieron a Hitler y lo apoyaron decisivamente, pensando que se trataba simplemente una momentánea póliza de seguro contra el comunismo. El segundo error fue el de las izquierdas, que obtuvieron 221 escaños en últimas elecciones de la República de Weimar, superando a los 196 de los nazis, pero fueron víctimas de sus divisiones y enfrentamientos, antes de serlo de la represión hitleriana.
Las analogías históricas pueden servir para un fregado y para un barrido. Su atractivo, y también su riesgo, es que pueden llegar a tener una enorme fuerza simbólica. La evocación de los Acuerdos de Múnich de 1938 fue usada insistentemente por quienes (Kaplan entre ellos) alentaron al Trío de las Azores a cometer el insensato y trágico error de invadir Irak en el año 2003. Los que entonces se oponían a la guerra fueron tildados de “muniqueses”, de apaciguadores pazguatos frente a los dictadores. En sus versiones más extremas, el recurso a la fuerza simbólica de estas evocaciones históricas puede inducir a errores más inocuos pero aún más disparatados (en 1987, Aznar llegó a posar ante las cámaras disfrazado de Cid Campeador).
Por encima de todo, la República de Weimar es hoy un símbolo histórico que asociamos automáticamente, en nuestra memoria colectiva, a una derrota catastrófica de la democracia. No es cuestión de no mentarla, como si de la bicha se tratara. Se trata simplemente de considerarla, a diferencia de los alquimistas del malestar y el fatalismo, no como un destino fatal e ineluctable de las democracias, sino como una lección para no repetir errores concretos del pasado.
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