Avergoncémonos todos
Las palabras del rey de España, en general muy medidas, no suelen ser discutidas. Sin embargo, su parlamento del pasado 16 de marzo, en el Museo Arqueológico Nacional, a propósito de la conquista de México, donde reconoció “muchos abusos” durante la Conquista y el periodo colonial, ha levantado una pequeña polvareda. Algunos han considerado excesivas las palabras del monarca; otros, insuficientes. A mí me parecen bien y creo que sería mejor dejarlo correr. No soy muy partidario de que los países se pidan perdón los unos a los otros.¿Por qué no pedirse perdón entre compatriotas, por nuestras barbaridades internas? ¿O a uno mismo (si somos sinceros con nosotros mismos), por nuestros errores, inacciones y carencias múltiples? Esto puede convertirse en el cuento de nunca acabar. ¿No sería mejor que nos avergonzáramos, conjuntamente, por las atrocidades e injusticias cometidas, y por las que se cometen?
“El país al que se pertenece es el país del que uno se avergüenza”, ha escrito el historiador Carlo Ginzburg. Es tajante, pero no le falta verdad. En España, a muchos nos avergüenza una guerra incivil que algunos dicen ahora que perdimos todos, y que los unos perdieron muchísimo más que los otros. En México sigue vivo el recuerdo de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, que el gran escritor mexicano Octavio Paz calificó de “gran ritual azteca”. El 2 de octubre de 1968, una manifestación en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Ciudad de México, terminó en masacre. Decenas o centenares (el número aún hoy es incierto) de estudiantes, obreros, amas de casa, algunos niños, fueron acribillados por un operativo militar. Octavio Paz era entonces embajador de su país en la India, y después de escuchar la terrible noticia en el boletín informativo de la BBC, hizo dos cosas: enviar una carta de dimisión de su cargo al presidente Díaz Ordaz, y escribir un breve poema, 'La limpidez“' donde se dice:
“La vergüenza es ira
Vuelta contra uno mismo:
Si
Una nación entera se avergüenza
Es león que se agazapa
Para saltar.“
Estos versos, que Octavio Paz escribió en cursivas para distinguirlos del resto del poema, no son del poeta. Son un fragmento de la carta que un joven Carlos Marx de 25 años, recién exiliado en Holanda, escribió en 1843 a su amigo Arnold Ruge. En respuesta a un comentario de este, escéptico y pesimista, sobre la situación alemana (“hemos llegado a un punto en que ya no podemos hacernos ilusiones”), Marx replica: “El traje de gala del liberalismo se ha caído y, a los ojos de todo el mundo ha aparecido, en toda su desnudez, el más repugnante despotismo. Me mirarás sonriendo, y me preguntarás: ¿qué hemos ganado? De la vergüenza no nace ninguna revolución. Y yo te respondo: la vergüenza es ya en sí una revolución.” A continuación, Marx escribe aquello que Octavio Paz recogió en su poema de 1968: “La vergüenza es una especie de ira replegada dentro de sí misma. Y si realmente llegara a avergonzarse toda una nación, sería como un león que se dispone a dar el salto.”
Sin embargo, Octavio Paz concluye su poema con unos versos que parecen poner en cuestión el optimismo histórico del joven Marx:
“(Los empleados
Municipales lavan la sangre
En la Plaza de los Sacrificios.)
Mira ahora,
Manchada
Antes de haber dicho algo
Que valga la pena,
La limpidez.“
La manchada limpidez de las razones de Estado, de las corrupciones establecidas, de la indiferencia, del olvido, pueden llegar a imponerse, sin que se haya escrito algo “que valga la pena”. Lo enseñó el siglo XX: el león puede no saltar, o puede saltar en el vacío. Octavio Paz sentía una doble vergüenza. “Todo esto me tiene apenado, avergonzado, furioso con los otros, y sobre todo conmigo mismo”, escribió a un amigo, a propósito de la situación política en su país, pocas semanas antes de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas.
Primo Levi, superviviente de Auschwitz, describió en sus libros hasta qué punto el sentimiento de vergüenza sumergía a las víctimas del nazismo. En su último libro, escrito poco antes de suicidarse, habló de “una vergüenza más vasta”, de la “vergüenza del mundo”. La describió como “el mar de dolor, pasado y presente, que nos rodea y aumenta año tras año hasta casi ahogarnos”. Comentándolo, Carlo Ginzburg ha escrito que “solo en casos extremos experimenta el mundo ese tipo de vergüenza”.
Que nos hallamos en uno de estos momentos de ignominia está fuera de toda duda, tan terriblemente mal van los asuntos del mundo. El estado actual del mundo es de vergüenza.
Avergonzarse no es lo mismo que culparse. Tampoco es resignarse. La vergüenza obliga a reaccionar, de una manera u otra. Cuando la guerra mata a la gente y destruye países; cuando la Casa Blanca difunde vídeos mezclando imágenes de muerte y bromas de videojuego; cuando cinco minutos antes de que Trump anuncie una pausa se ganan millones de dólares al anticipar la caída del precio del petróleo en la bolsa, la respuesta de los avergonzados es inevitable. Para enfrentarse a la oleada de violencia desvergonzada de los sinvergüenzas, son necesarias las tres respuestas del joven Marx al fatalismo del escéptico Ruge: “Hacer la vergüenza aún más vergonzosa, pregonándola”; pasar de la vergüenza a la crítica; pasar de la crítica a la acción.
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