Elon Musk, Pedro Sánchez y la suela de sus zapatos
Imaginen que estamos presenciando un desfile. Durante una hora, todas las personas de un país pasarán ante nosotros ordenadas según su altura, la cual corresponderá a sus ingresos. Pasados diez minutos, aún no hemos visto a nadie: han desfilado, imperceptibles a nuestros ojos, multitudes desahuciadas o insolventes, bajo mínimos, con deudas hasta las cejas. Poco a poco empezamos a vislumbrar caminantes de apenas unos centímetros, que luego alcanzan algunos palmos. Solo transcurridos tres cuartos de hora los caminantes comienzan a tener la talla media de los espectadores.
Después, la estatura de los participantes en la marcha va en aumento. En los últimos seis minutos la talla se dispara: desfilan profesionales de seis metros de altura; y les siguen empresarios y altos ejecutivos de 15, 30 o 150 metros. Los últimos momentos son de traca: aparecen unos pocos gigantes tan colosales, que solo llegamos a percibir la suela de sus zapatos.
Esta imagen fue creada por el economista holandés Jan Pen, en un libro de 1971 sobre la distribución de los ingresos. Cuando se publicó, el gigante que podía cerrar la marcha era John Paul Getty, un magnate del petróleo de quien se decía que era el hombre más rico del mundo. Hoy sería Elon Musk.
Podríamos también imaginar el desfile de los 561 millones de personas que tienen cuenta en X, la red social de Musk. Arrancaría igual, con millones de seres invisibles, cuentas abandonadas o abiertas solo para leer, con cero seguidores. A los veinte minutos, la altura de los caminantes superaría apenas unos pocos centímetros y solo al cabo de tres cuartos de hora, la talla alcanzaría la media. En los últimos segundos desfilarían unos pocos gigantes descomunales. Y ¿quién cerraría el desfile? De nuevo Elon Musk, el coloso. Los espectadores solo alcanzarían a ver la suela de sus zapatos, de varios cientos de metros de grosor. Tiene 235.441.928 seguidores.
Joan Brossa, gran poeta, decía que “el único pedestal son los zapatos”. De acuerdo: nadie es más que nadie, y quién se autoencumbra es ridículo. Pero ¿qué ocurre cuando los zapatos digitales de unos pocos son tan desaforadamente colosales?
Pudimos ver una pequeña muestra de esta anomalía el pasado 3 de febrero cuando, desde su pedestal gigantesco, Elon Musk llamó “Dirty Sánchez” al presidente del Gobierno español, y lo denunció ante sus 235 millones de seguidores, diciendo que era “un tirano y un traidor al pueblo de España”.
Qué efectos pueda tener un ataque fulmíneo de esta naturaleza es para mí un misterio. Por un lado, su carácter brutal y su enorme difusión hacen temer consecuencias negativas. Pero su vulgaridad es tan prepotente, tan desmesuradamente megalómana, que también genera, sin duda, reacciones adversas. Tal vez la única constatación posible es que, últimamente, lo que avanza en tecnología retrocede en ingenio. Un tuit de Winston Churchill nos habría alegrado el día. Las expansiones de Musk nos lo entristecen, no por su bobería, sino porque reflejan una situación de fondo inquietante y siniestra.
Unos días antes del eructo digital de Musk, Pedro Sánchez había declarado que “no hay ley en las redes sociales” y había defendido la necesidad de fijar límites y responsabilidades a los propietarios de las gigantescas plataformas digitales. Ahí, pinchó en hueso. Suscitó la ira de Musk, y también la de Pavel Dúrov, fundador y CEO de Telegram, que mandó una larga diatriba a todos los usuarios españoles, llamándolos a “luchar por sus derechos” contra Sánchez, culpable de impulsar un “Estado de vigilancia” , de “sobrecensura”.
Algunos magnates, propietarios de redes sociales y de herramientas de la IA, muestran su beligerancia contra cualquier tentativa de crear normas democráticas de circulación en un sistema digital donde la distribución de poder es brutal y arbitraria. No quieren códigos ni de semáforos, y lo hacen asimilando la “libertad de expresión” a una “libertad de circulación” que permita conducir en sentido contrario y atropellar tanto a adultos como a menores.
El precepto esgrimido por los cerdos en “La granja de los animales” de George Orwell decía que “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.” La apelación a la “libertad” de los magnates digitales de hoy tiene exactamente el mismo sentido.
Lo más inquietante de este asunto no es lo que sucede en la superficie. Lo decisivo es lo subrepticio, lo opaco. En un artículo de la revista Nature del pasado 18 de febrero, los autores muestran con datos, que el “Para ti” de X prioriza las publicaciones de las activistas de derechas y los mensajes polarizadores, al tiempo que relega los medios más objetivos. Demuestran también que el sesgo perdura incluso al volver al feed cronológico. Es decir, que X cuela en nuestros móviles y ordenadores, de forma estructural y permanente, lo queramos o no, una dieta manipulada hacia posiciones de derechas extremas y polarizadoras. Añádase que un estudio de la Universidad de Washington estimó que entre el 25% y el 68% de las cuentas de X pueden ser bots, programas informáticos que simulan el comportamiento de un humano para publicar, retuitear, comentar, dar “me gusta” o seguir cuentas de forma automatizada, y tendremos una mayor aproximación al panorama.
Pero no es preciso recurrir a publicaciones expertas para ver que hay algo podrido en el reino de X. Basta un experimento casero tan simple como interrogar a Grok -el chatbot de IA de Musk -, sobre qué españoles tienen más seguidores en X. Detrás de dos clubes de fútbol, un streamer y un youtuber, en la respuesta aparece en solitario el nombre de Isabel Díaz Ayuso. Que Pedro Sánchez duplique en X el número de los seguidores de la presidenta no inmuta el sesgo de los algoritmos de Musk.
En una jornada electoral, se cumple el milagro democrático de la igualdad humana: “un hombre, una mujer, un voto”. Pero entre elección y elección, se juega el combate desigual por la captación de las opiniones, que pueden ser futuros votos. Las inmensas plataformas digitales, en manos de muy pocos, tienen hoy una capacidad de manipulación algorítmica de dimensiones gigantescas. Deben ser democráticamente reguladas. Lo que está en juego es quién gobierna el espacio público del siglo XXI. El dilema es nítido: o mandan sin control unos pocos tecno-oligarcas de siete suelas, o gobiernan las leyes de las instituciones democráticas.
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