Contra la fragmentación de las izquierdas
No quisiera caer en un síndrome de abuelo cebolleta, pero se ha puesto en marcha en la política española un intento de “des-transición”, en sentido opuesto al que hace medio siglo nos llevó a la democracia, y creo que puede ser útil girar la vista atrás, sin nostalgia y críticamente, para ver si podemos aprender algo esencial de las experiencias del pasado.
Dos hechos casi simultáneos me mueven a hacerlo. La muerte en Vigo del gran Xesús Alonso Montero, casi centenario, y la piedra dialéctica que lanzó Gabriel Rufián, el pasado 7 de febrero, en el estanque de las izquierdas. Son hechos desconectados entre sí, pero me han hecho pensar en dos tópicos en los que se cae a menudo. El primero es el que tiende a sobrevalorar el papel de los reformistas del franquismo y la clarividencia de Juan Carlos en la Transición. El segundo consiste en pensar que los catalanes “siempre van a lo suyo”.
Ambos tópicos pueden desmentirse con la verdad de los hechos. Quienes tenían en sus manos la herencia y las instituciones del franquismo fueron progresivamente desbordados por las movilizaciones populares, que costaron muchas vidas e inmensos sacrificios, y se vieron obligados a ir cediendo terreno, hasta llegar a las elecciones constituyentes de 1977. Más terreno habrían cedido, si no fuera por la inexcusable falta de unidad de la oposición democrática en los últimos años de aquel tardofranquismo tambaleante.
Conviene recordar, a este propósito, que en Cataluña tal unidad existió, e hizo posible las enormes manifestaciones unitarias del 1 y del 8 de febrero de 1976, cuando la Assemblea de Catalunya ocupó las calles de Barcelona en dos luminosos domingos consecutivos. El programa de cuatro puntos de la Assemblea de Catalunya contenía, además de los recordados “Llibertat, Amnistia, Estatut d’Autonomia”, un cuarto objetivo de coordinación con la oposición democrática del conjunto del Estado. Desde la Assemblea de Catalunya hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano para lograr ese objetivo. En Valencia, Mallorca, Madrid, Sevilla, Pamplona, Santiago, Vigo, Lugo, Donostia, Vitoria, Oviedo, Logrońo, Zaragoza, Canarias y otros lugares, los emisarios de la Coordinadora de Fuerzas Políticas y de la Asamblea de Catalunya multiplicaron las reuniones con representantes de los grupos políticos y sociales opuestos a la dictadura, con el fin de estimular plataformas de unidad.
En 1971 y 1972, estuve con otros compañeros en Valencia, Sevilla, Madrid y tres ciudades gallegas (Santiago, Vigo y Lugo) En Sevilla, nuestro cordial anfitrión fue Luis Yáñez, del PSOE, que puso a nuestra disposición un piso de su familia. Nos entrevistamos con socialistas, democristianos y comunistas, pero siempre estrictamente por separado. No hubo manera de celebrar una reunión conjunta, más allá de un encuentro, lleno de elipsis y eufemismos, que logró convocar Alfonso de Cossío, entonces decano de la Facultad de Derecho. En Galicia, donde viajé con Basilio Losada, tampoco pudimos reunir en una misma mesa a nuestros distintos interlocutores. El democristiano Fernando García Agudín se mostró unitario, pero unos abogados del grupo de Tierno se mostraron cautos y evasivos. Más reservado aún se mostró Ramón Piñeiro que nos recibió en su casa de Santiago, alrededor de una mesa camilla. Había pasado años en las cárceles franquistas, era ya un respetado patriarca intelectual y solo en 1981 hizo un breve regreso a la política activa en las listas socialistas. En cambio, Xesús Alonso Montero, nos recibió con entusiasmo desbordante en Lugo, donde era profesor de instituto. Era “una fuerza de la naturaleza”, decía Paco Fernández Buey, que fue alumno suyo en Palencia. Nos presentó a responsables de CCOO y a algunos curas progresistas con cara de querer colgar los hábitos. Todos se desesperaban amargamente por la falta de unidad democrática, que reducía muchísimo su capacidad de convocatoria y movilización.
En Madrid se repetía la misma historia. A no estaba dispuesto a hablar con B, ni C aceptaba sentarse a la mesa con D. Mi recuerdo no exagera al decir que allí dominaban las divisiones e incompatibilidades, en una mezcla paradójica y en ciertos aspectos trágica, de heroísmo, resentimiento, cálculo y desconfianza. Solo en marzo de 1976 la oposición democrática al franquismo se vio forzada a una unión circunstancial, reticente y efímera, que la sorna popular bautizó con un mote más que significativo: la “Platajunta”. Demasiado poco, demasiado tarde.
Como entonces, la política española vuelve a estar hoy en un punto crítico. Hace pocas semanas, Ignacio Sánchez-Cuenca planteaba, poniéndose la venda antes de la herida, que ante el dilema de si en el PP “pesa más el espíritu integrador de la Transición (…) o se consuma un retorno a sus orígenes franquistas”, lo que deberían hacer las otras fuerzas políticas, “y muy señaladamente el PSOE, por ser el segundo partido más grande del país, sería allanar el terreno político ofreciendo algún entendimiento al Partido Popular para que no dependa de la extrema derecha y opte por gobernar en solitario.”
Le respondieron Joan Coscubiela y “Gustavo Buster”, en un debate interesante. Pero me parece que el resultado de las elecciones en Extremadura y Aragón, así como las últimas prestaciones trumpistas de Núñez Feijóo han zanjado esta discusión por un largo período. No se trata solo de si una política de “mal menor” desalentaría al personal. Es que no es posible. Hay que estar siempre abiertos a consensos democráticos básicos, pero lo que se plantea hoy en España es una alternativa entre un ciclo renovado de gobierno de progreso, o un oscuro período de gobierno en manos de la extrema derecha.
Esto plantea el reto, no de la unidad democrática contra una dictadura, como hace medio siglo, sino de la unidad democrática frente al riesgo evidente de un posible gobierno trumpista. Rufián, rápido en las oportunidades, lo ha captado, y aunque de niño no tiene nada, ha exclamado que el emperador iba desnudo. El eco de sus palabras no es solo efecto de una operación mediática. Es el reflejo de dos sentimientos intensamente compartidos hoy por mucha gente: una doble sensación de inquietud y fatiga; de alarma por el ascenso de la extrema derecha y de cansancio por las querellas interminables de unas izquierdas divididas.
En las discusiones a la izquierda del PSOE, todos tienen sus razones sobre lo que se debe y se puede hacer. La cuestión que hay que zanjar es qué razones deben pesar más en el momento actual. Lo que implica un gobierno PP-Vox no puede servir de pretexto para saldar las diferencias de cualquier manera. Pero sería muy irresponsable, aunque se crea tener la razón, negarse a ver o a admitir que un gobierno trumpista en España no solo es posible sino probable, si no se reacciona a tiempo. Y que se puede impedir, si se hace lo que hay que hacer.
Esto no se arregla con llamadas a “recuperar la ilusión” ni con alertas de que viene el lobo. Se resuelve con acuerdos. Las izquierdas que se sitúan a la izquierda del PSOE deben hablar, negociar y ponerse de acuerdo. La fórmula no es fácil, pero tiene la ventaja de ser sencilla y posible. Consiste en tres objetivos principales: unión a la izquierda del PSOE en las circunscripciones medianas y grandes; complementariedad, donde sea preciso, con las “fuerzas pegadas al terreno” (como las llama Baldoví); y apoyo facilitado a las listas socialistas en las circunscripciones pequeñas donde no hay escaño a la vista y donde se pueden perder muchos miles de votos. Ojalá la reunión del 21 de febrero entre Sumar, Comuns, IU y Más Madrid abra esta perspectiva, y otros se añadan a ella. Entonces se abrirá una esperanza.
La fragmentación política de las izquierdas ha hecho y hace mucho daño. Las inmensas cantidades de sacrificio, esperanza y buena fe que se han perdido a causa de los errores, divisiones y trapicheos de los dirigentes y mentores políticos de nuestro país (¿hay que citar ejemplos?) debería actuar hoy como una exigencia y un revulsivo que nos llega del pasado. La lucha contra el franquismo tuvo que librarse en dos frentes: contra la dictadura y contra las divisiones de los demócratas. Esa historia no debe repetirse.
3