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Davos, Carl Schmitt y un poema de Mao

Un trabajador limpia el escenario en el último día de la 56ª reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF) en Davos, Suiza, 23 de enero de 2026.  EFE/EPA/GIAN EHRENZELLER
2 de febrero de 2026 21:27 h

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El Foro de Davos ya no es lo que era. Ha sido descrito durante décadas como “el ápice de la globalización feliz”, como “la capital mundial del cambio sin cambio”, o como “un encuentro anual destinado a convencer al mundo de que las mismas personas que causan los problemas son las únicas capaces de resolverlos”. Todo eso ha terminado. El tema central del encuentro de este año ha sido una agria disputa sobre la soberanía de Groenlandia -ese “pedazo de hielo”-, con amenazas, de momento retiradas, de un choque militar intraotánico. El Foro Económico Mundial ha entrado en una zona de grandes turbulencias, como reflejo de lo que pasa en el mundo.

Fiona Hill, que fue asesora de Donald Trump en la Casa Blanca y lo conoce bien, dijo en una entrevista al New York Times, en julio de 2025, que lo que el presidente anhela es vivir en un mundo donde pueda sentarse con Vladímir Putin y Xi Jinping para repartirse el planeta: Washington controlaría las Américas, mientras Moscú y Pekín se quedarían con Europa del Este y Asia, respectivamente. Quedaba en el aire la cuestión de hacia qué lado caería Europa Occidental, donde vivimos.

Esta imagen de un reparto del mundo entre tres superpotencias evoca de inmediato el concepto de Grossraum (gran espacio) que acuñó el jurista y teórico alemán Carl Schmitt. Sobre las coincidencias entre la práctica política del presidente estadounidense y las teorías de Schmitt, frecuentemente denigrado por su afiliación al partido nazi, se han escrito decenas de artículos. En general, presentan a Schmitt como una especie de profeta resurgido: no solo Trump, Putin y Xi Jimping serían schmittianos, sino que también lo sería la nueva época en la que hemos entrado, con sus rasgos característicos e indisimulables: afirmación sin tapujos de la política como polarización “amigo‑enemigo” (tanto en el plano nacional como en el internacional); abandono de todo disimulo universalista, ideológico o humanitario; descalificación de la democracia liberal; decisionismo imperial y reparto del mundo en tres Grossräume. Aunque no es difícil suponer que a Schmitt (que ha sido calificado de “fanático del orden”, e incluso de “místico del orden”) le horrorizaría la forma de conducir de Trump, caótica y peligrosa, la similitud de sus mapas es evidente.

El Grossraum, en la concepción de Schmitt, es un gran espacio que “posee en sí una medida interna, un orden”. Es un ámbito de hegemonía donde un poder central (un “pueblo rector”) determina el orden político y jurídico del conjunto, superando las formas de los viejos imperios y el desperdigado pluralismo de los pequeños Estados. Su pilar fundamental es el principio de no intervención de potencias “espacialmente ajenas”, que Schmitt conceptualizó tomando como referencia la Doctrina Monroe de los Estados Unidos. Es un escenario que vuelve a estar en el orden del día, como se ha puesto de relieve en Davos, y como podemos constatar diariamente.

En su libro “Teoría del partisano” (que el franquista Instituto de Estudios Políticos publicó en 1966), Schmitt ilustra su concepto de Grossraum con la reproducción de un fragmento del poema “Kunlun”, escrito en 1930 por el líder chino Mao Zedong: “Si tuviera mi lugar en el cielo, tomaría mi espada / y te cortaría en tres pedazos. / Uno como regalo para Europa, / otro para América, / guardaría otro para China, / y así reinaría la paz en el orbe”.

El poema, en la interpretación de Schmitt, es una suerte de premonición poética de una nueva repartición del mundo en tres Grossräume, tres grandes esferas de poder y hegemonía - América, Europa y China (significativamente sin mención de Rusia). Resulta curioso y significativo observar que Schmitt (aun tratándose de un pensador reconocido por su rigor filológico), en el momento de citar el poema de Mao Zedong, ignoró o suprimió un verso (no sabemos si de forma inconsciente o deliberada), precisamente el que cierra el poema, cuyo dístico final debe leerse fielmente así: “Y así reinaría la paz en el orbe / con la misma lumbre y el mismo frío en todo el mundo.”

No es preciso ser maoísta (incluso se puede execrar a Mao por sus políticas, o por su poesía) para darse perfecta cuenta de que la omisión de un verso suyo por parte de Schmitt, fuera deliberada o no, refuerza la lectura del poema en clave conservadora, telúrica y nacionalista; es decir, en sentido favorable al modelo imperialista del Grossraum; al tiempo que la amputación de su último verso oculta la apelación al universalismo y a la igualdad con la que concluye el poema.

También puede decirse que, en los asuntos del mundo de hoy, hay un verso que se tiende a ocultar, conscientemente o no. La colosal avalancha informativa que recibimos, distribuida en el mundo por muy pocas manos, tiende a ocultar u omitir que en todas partes está creciendo con ímpetu la oposición al apetito depredador de los nuevos imperialismos; y que aumenta la demanda apremiante de igualdad de trato, de normas y de condiciones sociales, en los pueblos y entre los pueblos. Lo dijo en Davos Mark Carney, el primer ministro canadiense, cuando afirmó que si no actuamos juntos, en Europa y en el mundo, no solo no podremos sentarnos en la mesa sino que estaremos en el menú de los imperios caníbales.

La política no obedece ni a las teorías de Schmitt ni a las leyes de la física (salvo, en ocasiones, al Principio de Arquímedes). Muy a menudo, los efectos políticos no corresponden a las intenciones primitivas de quienes los originan. Incluso pueden ser los contrarios. Si las pretensiones imperiales de Trump tienen por efecto acelerar el federalismo práctico de la Unión Europea, puede que llegue el momento en el que exclamemos, a su manera: “Donald, ponte en pie, por favor, y recibe nuestro aplauso.”

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