La portada de mañana
Acceder
“Pedro Sánchez, hijo de puta”: cuando la oposición normaliza el insulto
Epstein, Minneapolis y las ambiciones imperialistas zarandean a Trump
Opinión - 'Las heridas, cuanto más graves, mejor hay que cerrarlas', por J. M. Izquierdo
Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

El lenguaje de los matones

0

De sobra sabido es que cada cual habla en función de su nivel cultural, del cargo que ostenta, de sus particulares intereses o de la mayor o menor sensibilidad y decencia que tenga. 

Así, los niños, que, como necesitan la protección de los mayores para poder subsistir, emplean un lenguaje plagado de voces hipocorísticas, generalmente pronunciadas a media lengua, como mami, papi, chupo, tete, bibe, pipí, caca, yaya, teta, nene o guau-guau, y expresiones básicas, como “Nene quere mimí” (“quiero dormir”), “¡Ya ta!” (“ya está”) o “Abe la pueta” (“abre la puerta”), para despertar la compasión de aquellos y satisfacer así sus necesidades o caprichos. Pronuncia el niño la palabra “¡teta!” y surgen de inmediato ante sus ojos unos pechos repletos de ambrosía blanca calentita para satisfacer los deseos del rey del universo. ¿A qué adulto no se le rompe el corazón cuando oye decir a cualquier mocoso en apuros “Quero (ir) con mami”? (así, “Quero (ir) con mami (o ”mamá)“, no ”Quero (ir) con mi madre“, que es frase afectivamente anodina), por ejemplo. 

Así, los padres, que, como tienen que preparar a sus hijos para que tomen en sus manos las riendas de sus vidas a medida que van cumpliendo años, suelen emplear un discurso conductista más o menos severo, con voces de semántica elemental generalmente bipolares, como bueno, malo, excelente, pésimo, portarse bien, portarse mal, vas a alcanzar, mi rey o campeón, y expresiones de ánimo o reprobación como “Tú puedes”, “Tu esfuerzo ha valido la pena”, “Equivocarse es bueno, así puedes mejorar” o “¿No te lo advertí? Pues ahora te fastidias”, adaptadas a sus tiernas entendederas, frecuentemente acompañadas de premios o castigos más o menos severos, como retirada de la paga o el móvil, prohibición de salir a la calle o de ir a solazarse con los amigos y, antaño, cogotazos, capones o palizas, que los antiguos no eran tan contemplativos ni pacientes como los modernos en esto de educar chicos. 

Así, los políticos, que, como tienen que camelarse al ciudadano para que les proporcione el voto que los aúpe a la tan ansiada poltrona del poder, emplean un vocabulario seductor y, a veces, hasta demagógico, prometiendo “empleo” a tutiplén, “bajada de impuestos”, “lucha contra la corrupción”, “igualdad de género”, “becas”, “inversión en energías renovables, para salvar el planeta de su destrucción”, “crecimiento económico”, “aumento salarial”, “mejoras en el sistema de salud” y hasta “el paraíso terrenal en la tierra”, si es preciso, aunque a la hora de la verdad se haga todo lo contrario. 

Así, los maestros y profesores de nuestros colegios o institutos, que, como tienen que planificar adecuadamente su cada vez más complicada actividad docente, utilizan un lenguaje atestado de voces pedagógicas como diseño curricular, estrategias docentes, competencias, estrategias evaluativas, transversalidad, evaluación compensatoria, guía docente, evaluación continua o motivación, además de los archiconocidos suspenso, aprobado, notable, sobresaliente o matrícula de honor, o apto, no apto, progresa adecuadamente, etcétera, según las modas del momento. 

Así, los presidentes de las naciones más o menos civilizadas, que, como tienen que entenderse con sus homólogos, emplean un “vocabulario moral y político compartido”, como lo llama la profesora de la Universidad Católica de Chile Sasha Mudd, con voces especializadas, como democracia, que implica “poder sometido a la ley”, justicia, que implica “procedimientos formales con garantías”, seguridad, que alude a “protección sin dominación”, o soberanía, que supone “el respeto de las fronteras de los demás”; un vocabulario que, aunque no se haya definido nunca de forma inequívoca, ha “permitido a los Estados del mundo discutir, condenar, justificar y contenerse mutuamente mediante un lenguaje común”. 

Y, así, los matones y mafiosos, que, como lo que persiguen es tiranizar a los demás, para explotarlos, siembran el terror entre ellos, empleando un vocabulario de abusos y de amenazas hacia el que se resiste a sus pretensiones y de halagos hacia los que se pliegan a sus caprichos y hacia sus cómplices, con una lógica muy semejante a la de los críos más tiranos; un vocabulario en que el mundo se presenta dividido en dos bandos radicalmente distintos, sin matices intermedios, para que puedan entenderlo incluso los más duros de mollera: el bando de los buenos (que es el suyo propio y el de sus secuaces) y el bando de los malos (que es el de los que se resisten a su tiranía), dejando claro que quien no está con ellos está contra ellos. Se trata de un léxico de emociones positivas o negativas donde lo que interesa no es tanto razonar como dominar. Siempre se ha dicho que lo más eficaz para que entiendan a uno son las palabras y los conceptos simples, que se imponen al destinatario de forma subliminar. “Para ser efectivos, los mensajes tienen que ser claros, concisos, concretos y coherentes”, dice la teoría de la comunicación.

Este tipo de discurso es el que practica el actual presidente de los Estados Unidos de América. Por una parte, usa Trump expresiones básicas de insulto, odio y violencia para descalificar a sus rivales políticos y a todo aquel que se le meta entre ceja y ceja, generalmente hiperbolizando de forma grosera, para meter el miedo en el cuerpo a sus paisanos y le den su voto. Así, a los líderes demócratas, como Barak Obama, Hillary Clinton, Joe Biden o Kamala Harris y a los republicanos que se oponen a sus caprichos, a los que ha acusado de “incompetentes”, “bobos como una piedra”, “auténtica basura”, “vagos”, “desagradables”, “hijos de puta” o “montón de mierda”. En concreto, respecto de Obama, ha dicho que “es un incompetente, que lleva odio e ira en su corazón”; de Biden, que “ha sido un chiflado desde años y todos los saben”; de Hillary Clinton, que es “una mujer repugnante”; de su rival en la campaña de nominación del partido republicano Ted Cruz, “que no sólo es un pringado, sino también un perturbado mental”; de los ciudadanos que se manifiestan en contra de sus políticas, que “no son críticos, sino tontos”; de su opositor republicano Mich McConnell, que “es un perdedor”. Así, a los inmigrantes, que ha acusado de “criminales”, “enfermos mentales que se comen las mascotas de los norteamericanos” o incluso “basura”: “Estados Unidos está siendo invadido por criminales y personas con enfermedades mentales”, repetía con frecuencias en sus mítines. Así, a las mujeres, a las que acusa de ser inferiores a los hombres y de aprovechadas: “Las mujeres ganan porque tienen buena apariencia”, “Carly Fiorina (candidata a nominación por los republicanos) no sólo es mujer, sino que además es fea”, son algunas de las perlas de una infame oratoria que podemos espigar por aquí y por allá en la prensa de todo el mundo. Y, así, a la Unión Europea, a la que no puede ver por su poderío económico y, probablemente también, por su influencia moral en el mundo, a la que acusa de ser “una sociedad degenerada por culpa de su política permisiva respecto de la inmigración”. 

Y, como los políticos del partido demócrata, los inmigrantes, las mujeres, los mejicanos, los cubanos, el mundo árabe, los chinos, los europeos, etcétera, no se someten a sus pretensiones y caprichos atrabiliarios, pues los amenaza con aranceles, muros, invasiones, la cárcel o bombardeos. Por ejemplo, a la Unión Europea la ha amenazado últimamente con subirle los aranceles “si no acepta su pretensión de anexionarse Groenlandia”, y a Canadá, con “imponerle aranceles del 100 % si no renuncia a firmar un acuerdo de libre comercio con China”; a aquellos que él llama “terroristas”, con “restablecer el ahogamiento simulado para combatirlos”; a los miembros del Estado Islámico, con “bombardearlos hasta erradicarlos”; a los iraníes, con “enviarles una flota enorme, si no se sientan a negociar con él”; a la congresista demócrata Ilhan Omar, opositora de su política racista, con enviarla a la cárcel o devolverla a su país de origen (Somalia); a los palestinos, “con desatar el infierno, si no liberan a los rehenes israelíes”. Incluso cuando alega alguna razón humanitaria para justificar el uso de la fuerza bruta (“garantizar la seguridad”, “librar de la tiranía”, “restaurar la democracia”, “evitar un genocidio”, etcétera), como ocurrió recientemente en Venezuela y Nigeria, no tiene el presidente de los Estados Unidos el más mínimo escrúpulo en confesar abiertamente que lo que pretende en realidad es apoderarse de los recursos de los países invadidos o impedir que caigan bajo el área de influencia de China o Rusia. Y lo malo de todo esto es que el método suele surtir efecto, como demuestra de forma clara la siguiente noticia aparecida hace pocas fechas en la prensa española: “El primer ministro canadiense, Mark Carney, confirmó que su país no tiene intención de firmar un acuerdo de libro comercio con China después de que Donald Trump amenazara con imponerle aranceles del 100%”. 

Por otra parte, utiliza el presidente yanqui expresiones de halago muy básicas, casi de patio de colegio, para ensalzar a todos aquellos que le rinden pleitesía. Por ejemplo, a sus partidarios, seguidores colaboradores y cómplices, a los que califica de “buenos”, “excelentes”, “competentes” o “increíbles”. De su correligionario Jeb Bush, por ejemplo, dice que “es un buen hombre, aunque debería dar ejemplo y hablar en inglés mientras esté en Estados Unidos”, y de su secretario de Salud, que “es un gran tipo. Quiere hacer algunas cosas y vamos a dejar que lo haga”; de los delincuentes que asaltaron el Capitolio al parecer instigados por él mismo, que “son muy especiales”; a sus colaboradores o cómplices internacionales, como el brasileño Jair Bolsonaro, el húngaro Viktor Orbán, el salvadoreño Niyib Bukele, el argentino Javier Milei, el español Santiago Abascal y las venezolanas Delcy Rodríguez y María Corina Machado, a los que alaba por “portarse bien” o “colaborar” con él. De Delcy Rodríguez, por ejemplo, ha llegado a decir que “es una persona muy buena, porque está colaborando muy bien con los Estados Unidos”, y de María Corina Machado, que es “una mujer increíblemente agradable. Hizo algo increíble hace unos días. Estoy hablando con ella, y tal vez podamos involucrarla de alguna manera. Me encantaría poder hacerlo. Quizá podamos hacerlo”; a él mismo, que se presenta como “un triunfador” que posee cualidades físicas y morales extraordinarias o sobrehumanas: “Mis dedos con largos y bonitos, como, bien demostrado está, otras partes de mi cuerpo”, “China nos mata, ¡pero yo siempre gano a China!”, “Todas las mujeres en ”El Aprendiz“ ligaron conmigo. Era de esperar”, “Mi belleza es que soy rico” y “Merezco el Premio Nobel de la Paz porque he resuelto siete guerras” son expresiones que extraemos de la particular antología de fanfarronerías, necedades y vanidades del desabuelado presidente de los Estados Unidos de América que corren por la red.

Y, como se trata de personas que siguen sus consignas sumisamente, pues le regala los oídos con mensajes tan básicos y cursis como las palabras que suele emplear para calificarlas, como el “Iros a casa con amor y paz. ¡Recordad este día para siempre!” y el “Así que volved a casa, os amamos, sois muy especiales” que les endosó a los asaltantes del Capitolio; el “Queremos un país donde se amen unos a otros”, el “Mujeres de los suburbios, tenéis que amarme”, el “Devolveremos la grandeza a los Estados Unidos” o el “Créanme, volverá a haber empleo, será realmente sencillo” con que ha arengado a sus seguidores en diversos mítines de sus campañas electorales.

Los elementales recursos lingüísticos mencionados hasta aquí, donde el más primario de los egoísmos lo domina todo, bastan para demostrar hasta qué punto tiene razón la historiadora y psicoanalista francesa Elisabth Roudinescco cuando escribe que “en Donald Trump, todo se reduce a una lógica binaria y colérica: ganar o perder, aplastar o ser aplastado. Es ambiguo, obsceno, permite una forma de disfrute político impulsivo. Encarna una soberanía desquiciada”. La forma simplona “a partir de ahora, sólo habrá dos géneros: macho y hembra” con que pretendió resolver el complejísimo asunto de la identidad de género al llegar por segunda vez a la Casa Blanca pone claramente de manifiesto el nivel de endiosamiento que puede llegar a alcanzar una persona que no parece tener conciencia de lo que es el mundo real.

A juzgar por su simplona forma de hablar, además de por su mala educación, sus insultos permanentes, sus tonterías, sus mentiras, sus bromas groseras y su ignorancia, queda claro que quien, lamentablemente, gobierna al presente el imperio más poderoso del planeta, que son los Estados Unidos de América, no es un estadista (“persona con gran saber y experiencia en los asuntos de Estado”); ni siquiera un aprendiz de estadista, sino un matón (“hombre jactancioso y pendenciero que procura intimidar a los demás”) narcisista, que, desgraciadamente para el resto de la humanidad, tiene en sus manos las fuerzas armadas más potentes del planeta, con armas de destrucción masiva incluidas, para imponer su decadente autoritarismo. El despotismo es síntoma evidente de la decadencia de los imperios, como demuestran los casos de Nerón o Stalin, por ejemplo. Recemos para que el resto de las potencias del mundo (particularmente, China, Rusia y la Unión Europea) no caiga en las provocaciones de este peligroso megalomaníaco con más dinero en la cuenta corriente que sustancia gris en la mollera. Tan milagroso es el dinero, que no sólo hace discreto al torpe, correr al cojo y hablar al mudo, como decía el Arcipreste de Hita en el siglo XIV, sino también presidente del país más poderoso de la Tierra a un matón.

Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

Etiquetas
stats