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Honrar al padre

Portada del libro 'Casa Winter Cofete. Un alemán, un lugar, una casa', escrito por Gustavo Winter Althaus y editado por FormandoteMejoras.

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Estas líneas llegan con retraso. Demasiado, quizás, pues en estos tiempos de apresuramiento todo tiende a despacharse dedo arriba o dedo abajo, los eventos pasan como en serie y nada espera a que se cumpla el tiempo de la reflexión y el juicio sosegado. Sin embargo, no por eso dejaré de comentar el libro que ahora tengo entre las manos. 

Se titula Casa Winter Cofete. Un alemán, un lugar, una casa… Su contenido es denso pero obvio desde la dedicatoria, por eso hasta el lector más despistado advertirá muy pronto lo esencial: el alemán que se menciona en la portada (Gustav Winter, 1893-1971) es el padre del autor (Gustavo Winter Althaus). Honrar al padre muerto es encomiable. Hacerlo en letra impresa no es infrecuente. Pero honrar al padre muerto de esta forma sobria, contenida y exhaustiva, hacerlo con amor, destreza y equilibrio durante casi quinientas páginas, es algo tan excepcional que he desistido de buscarle precedentes. No los hay. Alguien dirá que un significativo grupo de escritores, desde el lejano Manrique hasta los más actuales Dylan Thomas, Seamus Heaney, Sharon Olds, han dejado testimonios memorables de piedad filial. Y así es. Pero la expresión de la piedad en cada caso — con la notable excepción de Olds, una mujer — se ha reducido a fogonazos tan intensos como aislados. Además, esta mirada sobre el horizonte literario tiene su contrapartida: con el giro hacia la subjetividad y la irrupción del Yo moderno en la literatura, crece y crece el número de autores cuya evocación del padre lleva el sello de la negatividad o el del conflicto. Los nombres de Kafka, Bernhard, Plath, Handke, Coetzee, son algunos hitos de una serie muy diversa que se extiende desde la animadversión y la impotencia hasta el desdén y la vergüenza. Volveré después sobre esta quiebra cultural, inscrita en la desacralización del patriarcado y con epígonos de execración banal en escritores de bastante menos talla que los ya citados. Pero, insisto, el libro de Gustavo Winter no pertenece a esta saga, porque parte de un empeño vigoroso y manifiesto: limpiar el recuerdo de su padre de las adherencias que lo han ensuciado sin justificación ni racionalidad. 

Empezaré por valorar el resultado de este empeño. Porque Casa Winter Cofete viene a ser, antes que nada, una implacable y exhaustiva operación de exorcismo. Todos los demonios/mitos que la infamia se encargó de alimentar, en alianza con las tragaderas de la sinrazón y la ignorancia, son aniquilados paso a paso con las herramientas ad hoc: escrutando infinidad de archivos familiares y oficiales, recogiendo testimonios de diversa procedencia, contrastando hechos e interpretaciones, desarticulando los distintos componentes de los bulos, describiendo minuciosamente su trazado, repasando sus distintos mecanismos (cognitivos, emocionales, socioculturales) e hilvanando todo ello en una prosa limpia, sobria, sin excesos. Nada queda fuera de esta empresa desmitificadora, tras la que se advierten grandes dosis de perseverancia y de pasión por la verdad. Consciente de que la refutación frontal solo conseguiría potenciar la reactancia de los mitos, Gustavo Winter hijo se decanta por la opción más ambiciosa y más inteligente: escribir la biografía de su padre, dejando que los hechos hablen por sí mismos. Consciente, también, de que una historia personal no es descifrable sin elucidar sus relaciones con la historia colectiva (desde lo local hasta lo universal), nos conduce con pericia por los entresijos de esas relaciones. Pero hay aún en el discurso del autor otro nivel de conciencia, que se me antoja más clarividente que los otros y más próximo a la sabiduría: el reconocimiento de que la verdad no prevalece ni se impone, aunque su luz destelle meridianamente en el combate. “Sé que es una tarea inútil”, nos dice, “la leyenda no va a desaparecer. Los contenidos falsos se difunden significativamente más rápido, generan más interacción y se comparten mucho más que los verdaderos”.

¿Por qué este libro entonces? ¿Por qué tanta dedicación, tantas páginas, tanto trabajo?

Preguntas cruciales, que no me atrevo a contestar sino con las palabras del poeta:

Ea, padre querido, monta sobre mi cuello. Te sostendré en mis hombros.

No va a agobiarme el peso de esta carga. Y pase lo que pase,

uno ha de ser el riesgo, una la salvación para los dos.

(Eneida, Libro II, líneas 706-709 de la edición de Gredos)

Sostener sobre los propios hombros la memoria del padre, comprometer la propia salvación en defensa de la suya, hacerlo sin sentir ningún agobio, es mucho más que un simple gesto de amor filial. Es una empresa ética de superior nivel, aunque en un contexto histórico como el actual apenas se valore. 

El precepto de honrar al padre y a la madre, tan antiguo y tan sagrado en todas las culturas como el de hacerlo con los dioses, sufrió un proceso de reconversión cristiana en los albores de la Edad Media (ideología del amor filial) y otro de descristianización acelerada en la Moderna (crisis del patriarcado). Este viaje de ida y vuelta lo sacó de sus raíles éticos, dejándolo sin otra cobertura subjetiva que la del afecto y sus vicisitudes. Puede que parezca pesimista este resumen, pero no lo es. Porque, en nuestra constitución como sujetos éticos, hay una instancia previa a los preceptos y también a los afectos. Lévinas la describe como una responsabilidad asimétrica incondicional o “deuda infinita”, que surge del encuentro con el “rostro” del otro y nos exige hacernos cargo de su radical exposición. De su vulnerabilidad.

El rostro del padre muerto, su radical exposición y su vulnerabilidad frente a la infamia, fue sin duda la palanca de este libro que ahora tengo entre las manos. Ni la eusebeia griega, ni la pietas latina, ni la mitzvá judía, ni el amor filial del cristianismo, ni ninguna otra apropiación civilizadora, tienen la fuerza de esta ética constitutiva y primordial que nada espera. Por eso debo terminar con las palabras que Gustavo Winter hijo pone en boca de Mahatma Gandhi: “Casi todo lo que realices será insignificante, pero es muy importante que lo hagas.”

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