Fernando Esteso, el pícaro rural que mostró en el cine la desigual llegada de la modernidad a España
Cuando la dictadura franquista empezó a abrirse al mundo —esto es, al capitalismo global y a las seducciones de EEUU—, el cine español imaginó una suerte de contrapeso en la figura veterana de Paco Martínez Soria. Sus personajes no terminaba de verlo claro, y la resistencia a diversos cambios socioculturales devenía el centro de comedias como El turismo es un gran invento o La ciudad no es para mí. Enfatizando, claro, su carácter de “hombre de pueblo”, suspicaz ante las sucesivas mutaciones de esa ciudad a la que le empujaba el éxodo rural. Lo curioso es que, paralelamente, la industria ya había descubierto a otro zaragozano castizo sin tantos reparos con la modernidad.
Fernando Esteso, maño como él, desfiló en los años 70 por los platós televisivos portando igualmente una boina, un garrote y un marcado acento. Pero, a diferencia de Martínez Soria, lo hizo con una alegría contagiosa. Y es que, por mucho apego que mantuviera al terruño —o a una idea especialmente caricaturesca de él—, el personaje mediático de Esteso había descubierto una gran oportunidad en esta nueva España a cuyo dictador le quedaba poco tiempo de vida. Porque lo que más le importaba era el hedonismo, las mujeres, las oportunidades de ligue, y tan pronto como podía convertir esta pulsión en discurso cómico —canciones como El Bellotero Pop o, por supuesto, La Ramona—, sería capaz de mutar en un ciudadano perfectamente integrado y pícaro.
Porque Esteso representó, en similar medida a José Sacristán y Alfredo Landa —de quien devino indiscutible sucesor a finales de los 70—, una cierta idea de España. Una historia paralela que acaba de terminar con el fallecimiento de Esteso a los 80 años de edad, y que merece la pena revisar en busca de claves idiosincráticas. Más o menos trasnochadas, escasamente reivindicables, aunque desde luego vitales en la constitución de ese españolito que sigue acechando como un espectro, entre Berlanga y Santiago Segura, lo que entendemos como comedia nacional.
Virilidad a la española
Esteso se subió a un escenario con apenas seis años, empujado por la profesión de sus padres. Venía de una familia de artistas y de una amplia educación en las variedades, que le permitiría hacer de todo una vez se trasladara a Madrid a mediados de los 60. Las obras de teatro dieron paso rápidamente a la televisión, donde Esteso ya tenía pulido su personaje de maño y no quería limitarse a las canciones bufonescas: también protagonizó sketches icónicos de la época —como el del Coñac La Parra, “el que lo bebe la agarra”— y resultó ser un imitador bastante intuitivo, llegando a parodiar en adelante los modismos de Raphael, Bertín Osborne o Luis Aguilé.
Con Aguilé colaboró de hecho en una interpretación conjunta muy celebrada de Es una lata el trabajar, asentando al mismo tiempo la evolución lógica de su maño trasplantado: esto es, el “galán fallido”, el hombre bajito y salido que contrastaba burlonamente con la impronta latin lover. Un protagonista cercano a este galán fallido, más en la senda de Alfredo Landa que de Arturo Fernández. Películas como Onofre (1974) o Pepito Piscinas (1978) no dejan de militar en la escuela del landismo, una vez Landa ya se permitía juguetear críticamente con esta imagen en El puente de Juan Antonio Bardem (1977). Aunque a Esteso no le interesaban demasiado esta clase de ejercicios, y todo condujo de forma orgánica a que capitaneara el destape junto al actor Antonio Ozores, a su hermano el hiperactivo director Mariano Ozores (fallecido en 2025) y, por supuesto, Andrés Pajares.
Los vientos liberales que recorrían el Estado español, definitivamente asentados con la muerte de Francisco Franco y el desarrollo de la Transición, tuvieron su cara más comercialmente provecta en este puñado de comedias ozorianas, que Esteso y Pajares protagonizaron juntos o por separado. Su providencial unión en Los bingueros (1979) había sido la explosión definitiva, y el cuño de una lograda química con Pajares que maridaba con guiños a la actualidad política del momento, un ritmo rapidísimo de producción y la abundancia de chicas ligeras de ropa.
Fue la fórmula a seguir en sucesivos éxitos como Los energéticos (1979), Yo hice a Roque III (1980) —cuya llegada a salas motivó el retraso del estreno de El imperio contraataca en España para no competir con una dupla tan intimidante—, Los liantes, Los chulos (1981) o Padre no hay más que dos (1982), el curioso acercamiento del cine de Mariano Ozores al público infantil. La gracia de estas películas era situar a la pareja en escenarios variopintos sin que, curiosamente, se mantuviera una dinámica concreta o unos caracteres determinados. Esteso podía ser alternativamente el ingenuo o manipulador —el payaso tonto o el listo—, del mismo modo que podía serlo Pajares.
Lo importante era verlos juntos, si bien a Esteso tampoco le iba mal en solitario con trabajos que compartían fórmula. Tanto él como Pajares protagonizaron una comedia sobre la legalización del divorcio en España —Esteso hizo Caray con el divorcio, Pajares ¡Qué gozada de divorcio!—, y el ocasional interés de Esteso por la parodia desencadenó títulos tan estimables como Al este del Oeste (1983) y ¡Qué tía la CIA! (1985). Fijándose respectivamente en el western y el cine de espías, Esteso reafirmaba al mismo tiempo algo muy propio del españolito: su asumida inferioridad frente a los sofisticados moldes del cine estadounidense, ya practicada con Roque III reflejándose en Rocky.
Decadencia y resurgir
Las películas de Esteso y Pajares arrasaron comercialmente rodeadas, por lo general, del desprecio de la crítica. “La crítica hacía lo suyo y nosotros lo nuestro: hacer reír y llenar los cines”, declararía Esteso años más tarde. La fórmula, sin embargo, mostró síntomas de agotamiento avanzados los 80, coincidiendo con las florecientes inquietudes creativas de Pajares. Pese a que el dúo había vivido una cumbre de tantas al representar La extraña pareja en el madrileño Teatro Calderón, entrados los 90 nos topamos con que, mientras Pajares ganaba un Goya por trabajar con Carlos Saura en ¡Ay, Carmela!, Esteso se empeñaba en mantener vivo el destape con El amor sí tiene cura (1991).
Así que, de forma inevitable, empezó a parecer una figura trasnochada. Ahora sí, incapaz de adaptarse a esta nueva contemporaneidad —como le pasaba de forma simultánea a Mariano Ozores, con la polémica golpeando su sitcom El sexólogo—, y sin nuevas inquietudes más allá de la comedia en la que llevaba dos décadas embarcado. Fue entonces, hacia 1993, cuando creyó ver una gran oportunidad en un contrato con Telecinco que contemplaba la producción de una sitcom y un especial de Fin de Año, además de ejercer de presentador en La ruleta de la fortuna. Todo parecía abonado para mantener su relevancia mediática, pero fue justo lo que precipitó su declive.
Esteso no estuvo ni un año presentando La ruleta de la fortuna cuando Telecinco le despidió sin previo aviso, alegando su “estado de deterioro físico y mental”. El cómico se pasaría el resto de los 90 batallando con la cadena en los tribunales, hasta que en 2001 obtuvo una indemnización de un millón de euros… sin que esto enderezara su situación. Esteso había sido condenado al ostracismo, retirándose a Torrevieja y asaltando esporádicamente la actualidad con noticias como la preparación de película de Esteso y Pajares a la vieja usanza parodiando un éxito de la época: en 2006, frente a El código Da Vinci, se anunció el regreso de la pareja en El código Aparinci. No cuajó.
Afortunadamente, Esteso sí pudo disfrutar de un resurgir tardío. Fue alrededor de 2011. En paralelo a grabar un remix de La Ramona con King África que sería la canción del verano, Esteso apareció abrazado a Pajares en el tradicional spot de Campofrío: uno titulado Cómicos que reunía a las grandes estrellas del humor patrio para homenajear a Gila por su reciente muerte. Fue también cuando Santiago Segura le dio un pequeño papel en Torrente 4: Lethal Crisis, y Esteso pudo volver a dedicarse a la comedia: Segura aumentó su papel en la siguiente Torrente 5: Operación Eurovegas mientras José Mota empezaba a reclutarle para algunos de sus especiales de Nochevieja.
Lo más curioso de estos últimos años es cómo Esteso —al margen de las colaboraciones con cómicos de otra generación, muy conscientes de su legado— alternó el cine de bajísimo presupuesto con propuestas de autor… y sin que la comedia fuera un requisito indispensable. Porque sí, en 2016 protagonizó Re-emigrantes —filme con presupuesto de guerrilla que, a su modo, abordaba las consecuencias de la crisis económica a través de una familia que tenía que volverse al pueblo— y más tarde tuvo un papel en la serie de Movistar Plus+ Justo antes de Cristo, aunque también se vio atado a dos cineastas antagónicos: Agustí Villaronga y el más desconocido Alfredo Contreras.
Con Villaronga pudo emular a Pajares al obtener un papel en una aplaudida película sobre la Guerra Civil (Incierta gloria, en 2017), además repetir en su último filme antes de morir (Loli Tormenta, de 2023). Con Contreras, por otra parte, Esteso brilló como único actor de renombre en proyectos extremadamente humildes que se adentraban en la fantasía y la ciencia ficción sin salir del perímetro de Murcia. Fue en Luces, Burga y en su última película como actor, Laberinto de sombras (2024).
Un epílogo estrafalario, inclasificable, que bien puede representar una crisis de identidad nacional o, simplemente, el contradictorio testamento de un afable payaso que en cierto momento dejó de intuir de qué quería reírse su país.
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