Juanma Bajo Ulloa estrena ‘El mal’: “La industria del cine tiene sus dueños, y yo no pertenezco a nadie”
La última Concha de Oro concedida en el Festival de San Sebastián tiende un puente a 35 años atrás. Alauda Ruiz de Azúa conmocionó a la industria patria con Los domingos después de que lo hiciera Juanma Bajo Ulloa con Alas de mariposa, refiriéndonos en este caso a una ópera prima fraguada desde una sorprendente juventud: él apenas había cumplido 24 años cuando recibió el gran premio del certamen donostiarra en 1991. Fue el inicio de una carrera muy peculiar, por otro lado. Aunque a continuación La madre muerta se convirtiera en título de culto y Airbag fuera un absoluto taquillazo, Bajo Ulloa nunca terminó de asentarse en la industria.
Lo que une a Bajo Ulloa y Ruiz de Azúa, por otro lado, es su carácter compartido de vanguardia regional. Ambos —él desde Vitoria-Gasteiz, ella desde Barakaldo— simbolizan un auge del cine vasco, liderando dos generaciones distintas. Bajo Ulloa se rodeó de Julio Medem, Álex de la Iglesia o Montxo Armendáriz. Ruiz de Azúa se agazapa sobre Estibaliz Urresola, David Pérez Sañudo y los Moriarti. Bajo Ulloa, como veterano, tiene alguna que otra opinión sobre la afinidad de tantos compatriotas por el cine. “Es un territorio muy pequeño, tanto geográfica como demográficamente. Rodeado de montañas y mar, habiéndose apañado para mantener una esencia y una lengua…”.
“Por eso necesitamos expresarnos, necesitamos que nos vean y nos atiendan”, apunta en conversación con elDiario.es. “De eso también habla El mal”. Bajo Ulloa se refiere a su última película, donde una asesina en serie interpretada por Natalia Tena (vista tanto en Juego de tronos como en el film previo del director, Baby) se ve en la necesidad de darse a conocer al mundo y le pide a una periodista (Belén Fabra) que escriba un libro registrando todos sus crímenes.
Su película llega un momento en el que hay una gran fascinación social por los asesinos en serie, como prueban los documentales true crime o ciertas series de Netflix.
Sí, pero yo escribí el guion en 2006. Entonces ni siquiera había series de Netflix. Han pasado 20 años aunque creo que la sociedad sigue haciendo lo mismo que entonces: apartar de sí misma el mal, obstinarse en pensar que está fuera. Por mi parte, yo uso el cine como una herramienta de conocimiento personal. Veo a los demás como un reflejo de mí así que cuando estudio el alma humana, lo que hago es tratar de comprenderme. Esa necesidad de conocimiento es lo que me lleva a investigar y a perderme en estas metáforas. Lo que yo hago son cuentos para adultos. Todas mis películas lo son, y en esta lo que quise explorar era la parte más oscura del ser humano.
Igualmente, es curioso que la película se pregunte por la ética de un personaje como Elvira (Belén Fabra), la escritora que colabora con la asesina y quiere hacer negocio con unos crímenes reales, meses después de la polémica de Luisgé Martín y su libro sobre José Bretón…
El personaje de Elvira surgió como complementario a la asesina en serie: alguien elegante, que solo quiere triunfar… y de quien vamos a descubrir de lo que es capaz. De lo que todos somos capaces de hacer cuando tenemos una ambición pero no tenemos escrúpulos. En cambio, Martín (Natalia Tena) es directamente el mal personificado. No tiene por qué ser alguien agresivo ni estridente. Al contrario, es callada, silenciosa… y no se mueve por odio o resentimiento, no se excusa en que la sociedad le trató mal y quiere vengarse. Simplemente, tiene un don, que es hacer el mal.
Ha repetido con Natalia Tena tras trabajar con ella en Baby. ¿Tienes una afinidad especial por esta actriz? ¿Qué crees que le ha aportado al personaje de Martín?
Yo nunca he construido un personaje en base a un intérprete. En general creo que es un error hacer eso, tienes que sentirte libre a la hora de escribir al personaje y luego encontrar al intérprete adecuado, que evidentemente es el mayor reto. Ahora bien, a partir de que El mal empezó a ser una realidad, a partir de 2021, empecé a ponerme muy nervioso porque no encontraba a una intérprete para Martín. Únicamente veía a Natalia Tena en el personaje. Y me preocupaba que no quisiera hacerlo, o pidiera más dinero… por suerte acabó aceptando.
Reivindico la posibilidad de que las mujeres tengan su lado oscuro, porque eso las convierte en seres humanos. El ser humano no está completo si no acepta su oscuridad
Rodando Baby ya me había dado cuenta de que tiene un gran potencial, por su energía infantil a la vez que salvaje. Algo que ha explotado en El mal, también acompañado por la propia composición del personaje y el vestuario o el maquillaje. Todo le ha dado un carácter a Martín de forma que casi puedas hacer una muñeca con ella. Los guantes negros, la peluca, la ropa casi de monja…
Desde Alas de mariposa sus películas dramáticas están comandadas por personajes femeninos. ¿Es una decisión consciente?
Yo hablo del ser humano sin hacer distinciones. Lo que pasa es que como narrador me interesa indagar en algo que me resulte más misterioso, que vendría a ser lo femenino antes que lo masculino, algo que conozco mejor. Este ámbito me resulta más exótico e interesante, pero no hay mayor diferencia. Ya que mencionas Alas de mariposa, esa película la escribí originalmente con un niño en mente, no cambié a una niña hasta algo después, y podría haber ocurrido algo similar en El mal.
Por otra parte, creo que hay algo especialmente penoso en cómo el sistema, de forma paternalista, trata de eximir a las mujeres de toda culpa. La quiere convertir en un sujeto infantiloide que hay que proteger de los malvados y eso le quita la esencia, la “sombra” de la que hablaba Carl Jung y que está en las mujeres al igual que en los hombres. Quieren hurtar su capacidad de hacer el mal asegurando que es un ser de luz que no comete errores, y eso evidentemente no es así. Reivindico la posibilidad de que estas mujeres tengan su lado oscuro, porque eso las convierte en seres humanos. El ser humano no está completo si no acepta su oscuridad.
En su cine tiene mucha importancia lo visual. Algo que llegó al extremo en Baby, una película totalmente carente de diálogos.
Concibo el cine como la unión de muchas disciplinas que me apasionan. Algunas se me dan mejor, otras peor. Pero la arquitectura me apasiona, el vestuario me apasiona, la luz… mi padre es fotógrafo y vengo de ese mundo, prácticamente sueño planos. Leo libros y sueño cada escena. Y la música. Yo soy realmente un músico frustrado que hace películas. También me apasiona el lenguaje. La lengua castellana me parece digna de dedicar tu vida a ella.
Esto último se nota sobre todo en sus comedias, como Airbag y Rey gitano.
Claro, me apasiona jugar con las palabras. Con el absurdo. Todo eso conforma el cine, por eso quise dedicarme a él. Ahora bien, mi generación no era una que viniera de la literatura, el teatro o la cinefilia más clásica. En los 80 yo venía del rock and roll, de los cómics y el videoclip. Eso es lo que me ha enseñado a narrar, así que por ejemplo no tenía ningún tipo de prejuicio a la hora de hacer un plano de menos de un segundo, algo que me echaban en cara cuando hacía cortometrajes. Ahora llega a haber cortes de tres frames, pero el caso es que no tenía una formación clásica y eso me daba libertad. Había aprendido a hacer encuadres leyendo cómics de Batman. No me preocupaba que la ubicación de la cámara tuviera sentido, estuviera aquí o allí, porque lo que importa es la narración.
Yo vengo de ahí, y por eso me parece que todas esas herramientas unidas han de contarlo todo. No es cuestión de “añadir”. ‘Ponle la música después’. Pues no. La música se compone mientras escribimos el guion o cuando empezamos a rodar, antes con Bingen Mendizábal y ahora con Koldo Uriarte. Nos hemos tirado un año entero trabajando en la música de El mal, cada personaje tiene su leitmotiv. La estética radica en construir esa secuencia y que dicha secuencia sea única, que no pueda pertenecer a ninguna otra historia.
Con cada película ha sido muy abierto en lo mucho que ha costado desarrollarlas; en los 90 llegó a hipotecarse varias veces. ¿Diría que la industria no le ha apoyado lo suficiente?
La industria es un terreno vedado para mí. Tiene sus dueños, responde a unas reglas, y yo no pertenezco a un dueño ni sigo unas reglas. Y eso que acepto encargos y sigo aceptándolos, eh, pero igualmente he tenido que lidiar con ese divorcio. Ni yo me he visto parte de la industria ni la industria me ha visto parte de ella.
¿Le apetece volver a la comedia, luego de las críticas que sufrió Rey gitano en 2015?
Yo nunca me alejo de la comedia. Soy como esas máscaras del teatro, siempre alternando la risa y el drama. Aunque sí que me da un poco de pereza este clima de cancelación, que algún colectivo pueda sentirse ofendido. Es lo que decía el director de Resacón en Las Vegas, sobre cómo no podía hacer más comedias por culpa de la corrección política…
De todas formas Rey gitano arremetía sobre todo contra las élites políticas y económicas…
“España es una empresa”, decía un personaje ahí. Y sí, es algo que sigo pensando. Creo que es lo que seguimos viviendo ahora mismo.
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