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Rafael Inglott Domínguez

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El maestro Dutoit y Fiona Allan

La noticia irrumpió en los medios locales el pasado día 1 de febrero, para extenderse luego como la gripe por medio mundo: la comisión ejecutiva de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria prescindía del maestro Charles Dutoit (la estrella más fulgurante de su temporada 2019/2020), tras haberlo invitado a dirigir el undécimo concierto de abono. La consejera y presidenta de la comisión, Guacimara Medina, se mostró cauta ante la prensa y adujo entre otros motivos la renovación de cargos en el Cabildo.

Luego los medios se encargaron de recordarnos lo que mucha gente sabe: que el maestro Dutoit ha sido acusado de agresión sexual por diferentes mujeres, presuntamente victimizadas entre 1970 y 2010. Y que por eso otras orquestas más antiguas y robustas, en Londres, Nueva York, Boston, Filadelfia, Cleveland, Chicago, San Francisco o Sydney, ya habían desterrado su nombre de las programaciones. No obstante, la Orquesta de París, la Sinfónica de Montreal o la Filarmónica de San Petersburgo no encontraron motivos para rechazarlo.

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¿Sueñan los neurofilósofos con ovejas deseantes?

En uno de los libros más influyentes que se han escrito sobre psicología del marketing, Robert Cialdini cuenta que un hermano suyo, Richard, se pagó la carrera del siguiente modo: compraba coches usados, los lavaba en el garaje familiar y allí mismo los volvía a vender. El secreto de su éxito consistía en modificar una regla elemental de las ventas (un cliente, una cita), haciendo que las visitas se solaparan. En un contexto así, cada visitante se paraba menos en sus dudas, pegas o ambivalencias, para centrarse en la fantasía de que otro se llevara “su coche”.

He estado haciendo cuentas para situar esta anécdota en el tiempo. Debió de transcurrir a mediados o finales de los noventa. Mis cálculos tienen su razón de ser, porque fue en marzo de 1996 cuando la revista médica The Lancet (la segunda más influyente del mundo entre las de su género) publicó un famoso ensayo que firmaba el geriatra y neurofilósofo Raymond C. Tallis. Su expeditivo título era Burying Freud (Enterrar a Freud). En él se exhortaba a acabar, y para siempre, con la influencia del pensador vienés en el ámbito de las ciencias naturales.

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Una modesta proposición en favor de nuestros bosques

Cada vez sabemos más de cuanto influye en la propagación de los incendios: el calor, la sequedad, los vientos, la deficiente limpieza de los bosques. Sin embargo, y por extraño que parezca, no es mucho lo que sabemos sobre cuanto facilita su producción intencionada. 

Las razones de ese desconocimiento parecen obvias. Unas atañen a las dificultades de la investigación criminológica en general, cuyas muestras de estudio son por fuerza fragmentarias y sesgadas. Otras se nos antojan más específicas: los incendios intencionados son delitos tan fáciles de cometer como difíciles de investigar, por mucho que se especule sobre sus móviles. Obviaré los que obedecen a vendettas o a intereses mafiosos, para centrarme en los que se perpetran “porque sí”, de forma aparentemente gratuita.

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El olor de las cloacas

Pongamos que un mal día, en la manzana donde usted vive, hubo un atraco con muertos. Digamos que eso fue hace ya tiempo. Que luego el terror, impredecible por definición, se trasladó a otros barrios y otras ciudades. Imaginemos que, a pesar de todo, el miedo siguió asomando en las miradas, los gestos y el runrún de los vecinos.

Tal vez por eso la continuación de mi relato se parece a una distopía.

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El platonismo de López Obrador

La carta del presidente mejicano a Felipe VI pareció abrir en su momento la caja de los truenos. Una traca de reacciones hizo explosión en poco tiempo y, en medio del estruendo, pudimos distinguir como siempre a los dos bandos. Uno cargó las tintas en la defensa de López Obrador, por ser hombre de izquierdas, aun a riesgo de ignorar ciertos aspectos de la historia. El otro hizo lo mismo en su contra y por idéntica razón. Solo unos pocos, sin duda los más lúcidos, plantearon de otro modo la cuestión: ¿hasta qué punto es de izquierdas, hoy por hoy en Centroamérica, poner todo el acento en los crímenes y abusos de la colonización española?

Opino que no lo es, en absoluto. Por eso me intrigan los motivos de López Obrador y su gobierno, que no solo han malgastado tiempo y tinta en escribir esa famosa petición de desagravio, sino que pretenden rematar la faena con un pliego de cargos contra Felipe II & Co. Sea quien sea ese Co.

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Sobre la resistible ascensión de Vox

Afirmaba hace poco Sheri Berman que “el pesimismo se ha generalizado en las sociedades occidentales”. Y se apoyaba en una encuesta muy reciente del Pew Research Center: “aunque cada vez más ciudadanos europeos creen que la situación económica de sus países es mucho mejor que hace 10 años, eso no hace que sean más optimistas sobre el futuro”.

Ando chateando sobre este asunto con un amigo. No hemos llegado aún a las raíces de semejante paradoja, pues andamos enfrascados en una curiosa evidencia: los partidos con representación parlamentaria, tan dados a investigar lo que piensan sus electores, suelen pasar de puntillas por lo que sienten. Creemos, mi amigo y yo, que es el momento de analizar y discutir esta clase de cosas. Por eso, tras obtener su aprobación, me pongo a transcribir una parte de nuestro chat.

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Tras los pasos de Trump

Intenté escuchar, sin llegar a conseguirlo, una entrevista de Pepa Bueno con Pablo Casado. Confieso que anduve muy atento desde la primera palabra hasta la última, pero… vano esfuerzo. Porque aquello no fue una entrevista.

Lo habría sido si la periodista, a la que admiro profundamente, se hubiera plantado en algún momento para decirle a su invitado: “usted ha venido aquí, como lo ha hecho tanta gente antes que usted, para someterse a las reglas de una entrevista y no para dar un mitin”. Todos los oyentes de oído limpio lo habríamos agradecido. Pero, para mi sorpresa y la de muchos fans de Bueno, no acopió coraje suficiente para hacerlo. Cierto que intentó hasta el cansancio llevar las aguas al cauce del periodismo informativo, que preguntó y repreguntó sin apenas ser escuchada. Sin embargo, su excesivo respeto al fair play dio lugar a lo peor: que el entrevistado arruinara la entrevista y se nos vendiera gato por liebre: letanías propagandísticas en lugar de información, verborrea machacona y sectaria en lugar de diálogo sereno, intoxicación en lugar de esclarecimiento.

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