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Bronca en la Academia de la Lengua de Madrid

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De un tiempo a esta parte, la Real Academia Española no gana para sustos, o para disgustos, sería mejor decir en este caso, debido a las graves acusaciones y hasta anatemas que le han lanzado propios y extraños. Primero fue el varapalo de Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, que la acusó de estar gobernada más por mercachifles que por especialistas en filología, aguándole así la fiesta del X Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado a finales del año pasado en Perú. Y ahora tiene que lidiar con el rapapolvo del académico escritor Arturo Pérez-Reverte, que, en un artículo recientemente publicado en el periódico El Mundo, la acusa de haber caído en manos de lingüistas radicales o “talibanes del todo vale”, que, ignorando que la verdadera función de la docta institución es, como reza su lema fundacional, limpiar, fijar y dar esplendor, que debe aplicarse con mano dura y no con medias tintas, dan más validez a la expresión de los “catetos audaces” que tanto proliferan en el mundo moderno, como “influencers analfabetos, tertulianos, youtubers o periodistas”, que a la de los propios escritores de la casa. “La voz de los académicos escritores que por naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje -afirma Pérez-Reverte-, apenas cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han señalado errores, empobrecimientos, banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora y trata como opiniones respetables, pero irrelevantes”. El resultado de todo ello es, según nuestro díscolo académico, un escenario en que el hablante queda “sin referencias firmes”, a merced de “las modas pasajeras, los titulares llamativos y los giros de las redes sociales”. Y a esto habría que unir “la falta de liderazgo cultural frente a la marea de anglicismos innecesarios, tecnicismos superfluos y empobrecimiento del léxico”. Por todo ello, considera Pérez-Reverte que la Academia “debería marcar una línea clara frente a estas tendencias, en lugar de limitarse a constatar su expansión”.

La discusión acerca de si las riendas de una academia de la lengua deben estar en manos de académicos lingüistas o de académicos escritores no es nada nuevo. En realidad, meterse con la Academia de Madrid constituye casi un género literario en el mundo hispánico. Otra gente de mayor peso artístico y lingüístico y de mayor autoridad que los que acabamos de citar, que, dicho sea de paso, no se suelen citar porque no conviene o porque se desconocen, habían planteado el asunto mucho antes que ellos. Así, don Miguel de Unamuno, que consideraba que los “técnicos en lingüística” debían ser la pieza fundamental de la institución y que “los peores de sus miembros son los literatos o eruditos aficionados a la lingüística, los que de esta ciencia poseen el barniz necesario para darse tono, los que toman la filología como una rama de las humanidades y no como una de las llamadas ciencias naturales, que es lo que es”.

¿A qué se deben reacciones tan encontradas? ¿Por qué se tiran los trastos a la cabeza los académicos lingüistas y los académicos escritores de la Academia, como si militaran en instituciones culturales distintas? Pues, porque, como todo el mundo sabe, esta vieja institución ha intentado compatibilizar dos enfoques que son en sí mismos incompatibles: el enfoque descriptivista o científico y el enfoque prescriptivo o axiológico. Es decir, lo objetivo y lo subjetivo. Y, como es natural, de esta forma no puede contentar del todo ni al bando de los cultivadores del lenguaje ni al bando de sus teóricos. 

Y son incompatibles estos dos enfoques porque el primero se limita a describir, de una u otra manera, los hechos idiomáticos y su siempre compleja manifestación en la realidad concreta del hablar tal y como son en sí mismos y por sí mismos, sin la más mínima valoración subjetiva. Como nos ha hecho ver la lingüística moderna, enfocado el problema desde la lengua misma, sea esta la que sea, todos sus usos son igualmente legítimos. Ninguna palabra es en sí misma incorrecta, vulgar o “sucia”, porque todas y cada una de ellas son la expresión natural de sus usuarios, de su forma particular de poner concepto y armonía al mundo que los rodea. Lo que quiere decir que en las lenguas no hay nada que limpiar. La expresión popular más nada (nadie, nunca), por ejemplo, no es menos correcta o limpia que la formal nada (nadie, nunca) más, sino diferente: mientras que aquella presenta el cuantificador más como núcleo, esta lo presenta como complemento. En ello radica la diferencia entre una y otra. Por eso, cuando se “limpia” una de ellas, se empobrece el idioma. Tampoco es objetivamente más estética, porque, en el lenguaje práctico, la estética depende más del sujeto que del objeto: para el hablante corriente la expresión más estética es la suya propia. Casi está uno por decir que en este registro ética y estética van juntas. Si acaso, se puede decir que tiene más prestigio, que es también un hecho meramente subjetivo, porque lo fijan quienes tienen el poder económico, político o social. 

Por el contrario, el segundo enfoque que comentamos, que es el preceptista, lo que hace es recomendar o imponer aquellos usos que mejor cuadran a los gustos de los que legislan, sean lingüistas, políticos, mercachifles o escritores, o mejor convienen a sus intereses de clase, impidiendo así que la gente diga lo que tenga que decir y como lo quiera decir, en función de sus propios gustos e intereses. 

Y no es que los referentes o modelos no sean necesarios para aprender a hablar y escribir. Los referentes o modelos son imprescindibles para aprender cualquier cosa, porque el ser humano aprende imitando, pero los referentes o modelos lingüísticos que convienen a cada cual, que están para romperse, porque lo que mueve al hombre son las ansias de novedad y originalidad, se encuentran más en los buenos libros de literatura, historia, filosofía, antropología, física, estética o música, en el habla viva de la gente del pueblo (empezando por la de los padres, los amigos y los maestros, con que tratamos desde la infancia), en los medios de comunicación y en las gramáticas, que en las envaradas preceptivas académicas.

Con todo, lo más relevante del caso que nos ocupa no es que la Academia esté gobernada por lingüistas o por literatos. Lo realmente relevante en este asunto es que ni describir la lengua y su variación geográfica, social, estilística e histórica ni imponer o prohibir palabras y formas de hablar son cosas que puedan o deban hacerse desde las academias, que son rehenes de sus liturgias. 

Describir los hechos de la lengua no es tarea propia de las academias, porque la descripción de los hechos, sean estos los que sean, no puede hacerse con coherencia de forma colectiva, sino individual. Las grandes obras del espíritu son cosa de personas concretas. Ahí están, sin ir más lejos, las rocas firmes de la Gramática de la lengua castellana, para uso de los americanos del venezolano Andrés Bello y las Apuntaciones críticas del lenguaje bogotano y el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana del colombiano Rufino Cuervo para demostrarlo. En cierta manera, las mismas gramáticas de la Academia son obras individuales, más que colectivas. ¿Qué es en esencia el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, por ejemplo, sino la gramática de los académicos Samuel Gili Gaya y Salvador Fernández Ramírez? ¿Qué es la Nueva gramática de la lengua española sino en esencia la gramática del académico Ignacio Bosque y sus seguidores? También el diccionario oficial, que la Academia ha redactado hasta ahora siguiendo el trasnochado método de palabras y cosas, como si la revolución lingüística saussureana no hubiera sucedido nunca, requiere de profundas investigaciones personales, para determinar la significación invariante de las raíces léxicas y poder explicar a partir de ellas la variación gramatical y conceptual de las palabras a través de las cuales vemos el mundo los hispanohablantes. Las palabras hispanas, que son hechos de parole, no de langue

Y prescribir usos lingüísticos no es propio de una academia ni de nadie que tenga dos dedos de frente porque quien único tiene capacidad de decisión sobre la lengua y sus usos en la realidad concreta del hablar son los hablantes mismos, en función de sus intereses y necesidades comunicativos, que son siempre más prácticos que estéticos o intelectuales. La lengua la crea y la regula el pueblo, haciendo uso de su libertad de expresión, que es el derecho fundamental de los seres humanos, no los académicos. Sólo la libertad hace posible el idioma porque sólo ella permite mantenerlo vivo, insuflando aliento nuevo a las palabras ya existentes o creando otras ex novo o mediante préstamo, para dar satisfacción a las necesidades expresivas siempre distintas de cada día. El cambio es consustancial al funcionamiento del idioma, porque la realidad no para de hacerse y deshacerse todos los días de Dios. Por eso, fijarlo es matarlo. Si la lengua española sigue hoy más viva y pujante que nunca (los más optimistas estiman que la hablan ya unos 700 millones de personas), pese a la modestia económica de sus hablantes, como si la pobreza le sentara bien, es porque ni el pueblo llano ni los grandes escritores hispánicos ni los profesores de lengua más conscientes y competentes se han tomado nunca en serio los trabajos de limpieza, fijación y dar esplendor de la Academia de Madrid. Es decir, que la lengua que hablamos todos los ciudadanos de la patria hispánica ha crecido y se ha hecho grande no gracias a la tricentenaria institución, sino a pesar de ella.

Todo ello ha determinado que más de uno se haya cuestionado no sólo el funcionamiento de la “docta casa”, como la llaman algunos, y su política lingüística, sino incluso su propia razón de ser. Así el citado Unamuno, que llegó a manifestar sin ambages que “lo mejor de todo es que suprimiese la Real Academia de la Lengua dejándole a esta entregada a sus fuerzas y a su propio juego, sin tutores ni curadores”; que se clausurase una institución cuyos “tutores y curadores” no habían hecho otra cosa que frenar el desarrollo de la lengua y entorpecer la formación lingüística del mundo hispánico, con su política represora y sectaria, metiendo constantemente el miedo en el cuerpo a la gente por una hache muda o una tilde de más o de menos. “La Academia misma de la Lengua, una corporación encargada de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma, de legislar sobre él -insiste en otra parte el filósofo, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, político y pedagogo de la generación del 98-, es ya en sí un perfecto disparate. Y donde no hay semejante absurdo, las gentes escriben y se entienden entre sí con más limpieza, con más fijeza y con más esplendor que donde él funciona”. Así también García Márquez, que llegó a calificar el diccionario de la Academia como un “terrible esperpento regresivo”, porque las palabras no las crean los académicos, sino la gente de la calle. El idioma se construye de abajo arriba, no de arriba abajo, como creía la tradición y siguen creyendo muchos ingenuos. Y, así igualmente, por poner un ejemplo más, el lingüista mejicano Fernando Lara, que considera que la Real Academia Española es una institución nefasta para el idioma por su actitud colonialista; porque sus planteamientos “españolistas” desvirtúan su realidad, ninguneando gran parte de su riqueza americana, que constituye al presente su fracción más importante y sin la cual es imposible entenderlo a derechas. Las lenguas sólo se encuentran completas en su diversidad geográfica, social, estilística e histórica.  

Y, si de lo que se trata es de formar buenos hablistas, pues lo que hay que hacer es fortalecer nuestro precario sistema educativo, con mucha más inversión económica que la actual y con profesores bien instruidos, que conozcan los entresijos de la lengua hasta donde ello es posible, teniendo en cuenta el actual estado del conocimiento fónico, gramatical y léxico, sus diversas manifestaciones históricas (el registro popular, el literario, el científico, el periodístico, el matemático y el de “las modas pasajeras, los titulares llamativos y los giros de las redes sociales”, por supuesto, tan importantes en el mundo moderno), los métodos para enseñarla y la vida real de la gente, no fiar la tarea a academias normativas censoras de usos y desconocedoras del alma y las necesidades del campesino, el marinero o el artesano, porque la formación del ciudadano no es tanto una cuestión de palabras o formas de decir lo que siempre se ha dicho cuanto una cuestión de ideas nuevas. Si cada vez se habla y se escribe peor no es porque la Academia haya dejado de “limpiar, fijar y dar esplendor”, sino más bien porque el sistema educativo no funciona como debiera.

En síntesis, que lo que hay que hacer es enseñar a los muchachos a pensar por cuenta propia, no a que digan las sempiternas trivialidades envueltas en las palabras y las construcciones que el poder político, cultural, social o artístico dominante recomienda o impone. Enseñarlos a crear ideas nuevas, que ya las expresarán como Dios les dé a entender; en español académico, castellano, andaluz, canario o americano; en la lengua española o la que mejor cuadre a sus intereses comunicativos, sea inglés, chino, árabe o ruso, que todas ellas patrimonio de la humanidad son. Hoy hay que pensar más en términos globales que en términos locales. De ahí que no haya que tenerles miedo a los extranjerismos. Las palabras extranjeras no hacen ningún daño a las lenguas que las toman en préstamo. Cuando son útiles, se nacionalizan en el sistema de la que los ha adoptado, enriqueciendo así su caudal léxico, como demuestran las tantas raíces de procedencia árabe, francesa, amerindia e inglesa, por ejemplo, que tenemos integradas de forma natural en la lengua española, sin que pueda decirse que ninguna de ellas bastardee el idioma o desmerezca respecto de las que proceden de la lengua madre, porque, para el hablante, que no tiene conciencia histórica, todas ellas son exactamente iguales. Y, cuando son superfluas, son devueltas a su propietario por inútiles con la misma rapidez con que se les dio acogida. ¿Quién recuerda al presente anglicismos como bushel, budjet, attorney, tilbury, cold-cream o twines, que tanto se usaron en el español de antaño para designar cierta unidad de medida de capacidad para sólidos, un presupuesto económico, un abogado, un carruaje de dos ruedas y dos asientos, una especie de crema hidratante y los gemelos o mellizos, respectivamente? Sólo con buenos maestros que sepan estimular la libertad de creación de los chicos es posible formar hombres y mujeres libres, lejos de todo academicismo, “que es la peor enfermedad que puede padecer una lengua, y sólo se cura haciendo caso alguno de la Academia y sin cuidarse de quienes la forman. Lo mismo da que sean unos u otros, ya que la Academia en sí, como legisladora del idioma, es un desatino”, como dejó escrito don Miguel de Unamuno hace ya un montón de años. 

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