Maestro, más que profesor
Todos sabemos que el que se consagra en serio a una determinada actividad es profesor; es decir, profesa esa actividad, en oposición a los que lo hacen por juego o por pasatiempo, que son meros intrusos, aficionados, amañados o amateurs. Así, la persona que se dedica en serio a la zapatería es profesor o profesional de la zapatería; es decir, que profesa la zapatería; la persona que se dedica en serio a la medicina es profesor o profesional de la medicina; es decir, que profesa la medicina; y la persona que se dedica en serio a la enseñanza es profesor o profesional de la enseñanza; es decir, que profesa la enseñanza. Vistas las cosas desde el punto de vista más general, todos los que nos dedicamos o nos hemos dedicado alguna vez a la enseñanza pertenecemos a la misma categoría, a la categoría de los profesores de enseñanza, sea primaria, secundaria o universitaria, porque todos o casi todos nos consagramos o nos hemos consagrado en serio a ella. Para ser profesional de una cosa, basta con ejercerla “con capacidad y aplicación”, como dice la Academia.
Todo el que se dedica en serio a una determinada actividad es, en efecto, profesor o profesional de esa actividad, pero no todos los profesores o profesionales de algo son iguales, porque el talento, la capacidad de trabajo, la formación o el entusiasmo de cada cual es siempre diferente. En la enseñanza, sin ir más lejos, hay profesores pésimos o lamentables, como, por ejemplo, los que retrata Pío Baroja en su trágico-cómica novela El árbol de la ciencia. No voy hablar de ellos. Todos los conocemos, porque todos hemos sufrido alguna que otra vez la ignorancia de estos patéticos docentes, que, más que dar clase, lo que hacen es quitar tiempo a los pobres chicos que asisten a sus clases. También hay profesores dignos, que intentan ejercer su profesión lo mejor que pueden, y que consiguen transmitir a sus alumnos conocimiento y entusiasmo por el saber. Yo creo que constituyen la mayoría. Y, por último, están los profesores “magni”, que llevan la profesión a la más alta de sus cotas; profesores magistrales. Estos ya, más que profesores, son maestros, personas que han llegado al más alto grado en el oficio de enseñar, como sugiere el mismo adverbio “magis” que el nombre implica. Esta majestad profesoral, que no se consigue con empeño, haciendo cursillos de perfeccionamiento u oposición o por antigüedad o promoción burocrática o administrativa, sino por la gracia que dan los cielos a los pobres mortales, está al alcance de muy pocos. Yo, por ejemplo, para no hablar de otro, soy profesor de gramática española, sí, pero no soy maestro de gramática española. Por mucho que yo quiera, no seré nunca, ¡ay! (y cuánto lo lamento), maestro de gramática española, como Antonio de Nebrija, Gonzalo Correas, Andrés Bello o Salvador Fernández Ramírez, sino modestísimo profesor de gramática española, porque los cielos no han querido darme talento para tanto.
Pues bien, a esta clase de profesores, a la clase de los profesores “magni” o maestros, a la que no perteneceré yo nunca por muchos años que viva y mucho empeño que ponga en conseguirlo, sí que perteneció don Ramón Trujillo, que nos abandonó hace un par de meses, tras una fecunda vida profesional y familiar. ¿Por qué digo que don Ramón Trujillo no fue sólo profesor, sino que fue profesor magistral, o maestro, a secas? Digo que don Ramón Trujillo no fue sólo profesor, sino, más propiamente, maestro, por cuatro razones fundamentales:
En primer lugar, digo que don Ramón fue un maestro integral por su potente capacidad de penetración de la realidad, por su enorme capacidad para ir al fondo de las cosas y descubrir lo que de esencial hay en ellas, dejando al margen lo accidental. Así descubrió don Ramón cosas muy importantes para la filología. Por ejemplo, nos descubrió (a sus discípulos y al resto del mundo hispánico, porque don Ramón no fue sólo maestro de la universidad canaria, sino también maestro de la universidad española e hispanoamericana en general), nos descubrió, digo, lo que de esencial hay en la gramática de ese venezolano universal que es don Andrés Bello, tan preterido en un mundo tan cainita como el hispano; nos descubrió que una cosa es la significación verdadera de las palabras, que está en ellas mismas, y otra cosa muy distinta sus sentidos, que están en el contexto o en las cosas designadas por ellas; nos descubrió que una cosa es la significación del texto literario y otra muy distinta su interpretación; nos descubrió que esa antiguamente enigmática joya de la cultura popular de las Islas que es el silbo gomero no es otra cosa que un sistema fonológico en miniatura, un sistema fonológico reducido a los contrastes básicos de todos los sistemas fonológicos del mundo (vocal / consonante, grave / agudo e interrupto / continuo), por lo que resulta tan interesante para los estudios del lenguaje en general; etcétera, etcétera. Y todos estos descubrimientos o iluminaciones filológicas trascedentes que hizo don Ramón Trujillo han dado lugar a tesinas y tesis (que, como sabemos, constituyen la expresión máxima de la vida universitaria) de sus discípulos, como la tesis doctoral de toponimia palmera de Carmen Díaz Alayón, la tesis doctoral del campo semántico del deporte de Maximiano Trapero, la tesis doctoral sobre el habla rural grancanaria de Manuel Almeida, la tesis doctoral sobre los tiempos y modos en la gramática de Bello de Josefa Dorta, la tesis doctoral sobre los verbos de movimiento de Dolores García Padrón, la tesis doctoral sobre la sociolingüística de los relativos de Juana Herrera Santana, la tesis doctoral sobre las nominalizaciones verbales de Gonzalo Ortega, la tesis doctoral sobre la fonética del habla de Valencia, en Venezuela, de Manuel Navarro, la tesis doctoral sobre lexicografía de Humberto Hernández o mi tesis doctoral sobre las preposiciones españolas. Así agrandó don Ramón Trujillo a sus alumnos y a la Universidad de La Laguna toda, hasta el punto de que en el mundo científico se suele hablar de Escuela de Semántica de La Laguna, en gran parte creada por él. Esa es una de las propiedades que define al maestro genuino frente a aquellos que no lo son: que no se limita a repetir el saber, sino que lo crea y lo hace crecer.
En segundo lugar, digo que don Ramón Trujillo fue un consumado maestro por su antidogmatismo, por la capacidad que tuvo siempre para desmontar o desenmascarar lo que de camelo hay en la inmensa mayoría de las modas, sectas o capillas a que tan dado es nuestro mundo profesional y que los acólitos se limitan a repetir servilmente hasta la saciedad, sin el más mínimo espíritu crítico. Don Ramón enseñó siempre que la única forma de entender algo a derechas es pensar por cuenta propia.
En tercer lugar, digo que don Ramón fue un consumado maestro porque siempre se colocó más allá de todo localismo estéril, considerando que el verdadero saber es universal. No hay lingüística majorera, canaria, española o amazónica, como no hay matemáticas majoreras, canarias, españolas o amazónicas. El saber verdadero es universal, descúbralo un majorero, un canario un español o un indio de la Amazonía.
Y, en cuarto lugar, digo que don Ramón fue un verdadero maestro, porque fue bueno, y sin bondad no hay magisterio. Es más, el magisterio no es otra cosa que la enseñanza de lo bueno predicado con el ejemplo. Difícilmente puede encontrarse entre nosotros a alguien que pueda decir que don Ramón lo ofendiera. Don Ramón no quitaba, sino que daba siempre. Hasta tal punto es esto así, que buena parte de los profesores que hemos impartido clase en la Universidad de La Laguna y algunos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria lo hemos hecho no sólo porque él nos formó, sino también porque él nos apoyó con justicia para conseguir plaza en ellas.
Las cuatro cosas que acabo de citar (penetración para llegar al fondo de las cosas, libertad de pensamiento, universalidad del saber y bondad) las transmitió siempre don Ramón a sus discípulos de forma incansable.
¿Qué azares (en la vida, excepto la muerte, que es inexorable, todo es azar, como sabemos por experiencia propia los que vamos cumpliendo años) conspiraron para convertir a don Ramón en un excelente maestro? Yo creo que entre esos azares hay por lo menos cinco que no pueden dejar de citarse.
En primer lugar, se encuentra su talento y su ingenio, puesto de manifiesto no sólo en la hondura con que penetraba en el estudio de los textos lingüísticos y literarios, sino también en su finísimo sentido del humor.
En segundo lugar, el magisterio de don Ramón se debía también a su enorme capacidad de trabajo, que le permitió publicar decenas y decenas de libros y artículos de revistas de semántica, gramática, fonología, dialectología, etc., que han dado la vuelta al mundo, impartir decenas y decenas de conferencias y cursos universitarios en universidades españolas, europeas y americanas, dirigir decenas de tesinas y tesis doctorales, fundar y dirigir durante muchos años el Instituto Universitario de Lingüística Andrés Bello y la Academia Canaria de la Lengua.
En tercer lugar, también debió de influir en la competencia profesional o arte de enseñar e investigar de don Ramón el ejemplo de su padre, don Ramón Trujillo Torres, excelente maestro de química, como recuerdan frecuentemente con veneración sus mismos discípulos, y su tío Juan Manuel Trujillo, excelente ensayista de temas canarios y universales, que tantas lecturas le recomendaron y tantos procederes le inculcaron.
En cuarto lugar, debió de jugar asimismo un papel importante en la profesionalidad de don Ramón el magisterio y el apoyo de su maestro Gregorio Salvador, que introdujo en nuestra universidad de La Laguna los nombres de los grandes lingüistas europeos (Saussure, Trubetzkoy, Hjelmslev, Jakobson, Martinet, Coseriu...), sentando así las bases de los modernos estudios de letras en su facultad de Filología, Románicas o Humanidades.
En quinto lugar, por último, creo que fue fundamental también para nuestro maestro el amor y la complicidad de su esposa, doña Érika Morales, y sus hijos, Ramón y Érika. Sin estos amores y complicidades familiares, todo hubiera sido, sin ninguna duda, mucho más difícil para don Ramón.
Don Ramón fue uno de esos seres humanos que suelen pasar por la vida enriqueciendo con su magisterio y bondad la sociedad y el mundo social, científico o artístico a que pertenecieron. Y esta circunstancia ha hecho aún más trágico su desaparición, aunque nos haya quedado la memoria de su generosidad y el consuelo de su obra.
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