Sobre verdad y mentira en sentido moral: tipología del mentiroso
En el año 1873 dictó un joven Nietzsche a su amigo Carl von Gersdorff unas hondísimas reflexiones sobre el problema de la verdad y la mentira, reflexiones que habrían de publicarse en 1903 con el título de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y que, como el propio nombre indica, dejaban deliberadamente fuera de consideración el importantísimo problema moral que es inherente a estos dos conceptos. En realidad, lo que interesaba al filósofo alemán en estas reflexiones de juventud no eran tanto los problemas prácticos que la verdad y la mentira implican en la vida cotidiana de la gente cuanto su problema metafísico: el problema metafísico de que el ser humano no vive en la verdad, sino en la mentira, porque el conocimiento que tiene de la realidad que lo circunda no es un conocimiento directo, sino que está mediatizado tanto por los sentidos con que la percibe como por las metáforas lingüísticas con que la designa. “Los diferentes lenguajes” -nos dice el propio autor del texto-, “comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada, pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes.
La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable“. Es decir, que esas cosas que llamamos ”verdades“ en la vida real (el tiempo, el espacio, Dios, la felicidad, la casa en que vivimos o el amor o el odio que sentimos por los demás, por ejemplo) son ”mentiras“, más que verdades, porque lo que manejamos al hablar no son ni ellas mismas ni una imagen que se les parezca, sino una representación arbitraria hecha con un material ajeno a ellas, que es la significación de las palabras con que las designamos y las denotamos. Mentiras útiles, si se quiere, pero mentiras, al fin y al cabo.
Y no cabe ninguna duda de que las cosas son como dice el atormentado pensador alemán. Las personas, los animales, las cosas, las cualidades y las acciones que constituyen el mundo de los humanos son sólo creaciones de las metáforas de su lengua y de las sensaciones que captan sus sentidos a partir de ellos. Tiene, por tanto, razón Nietzsche cuando dice que la vida del ser humano es una entelequia.
Pero que el ser humano no conozca las cosas tal y como ellas son en sí mismas y por sí mismas no quiere decir ni mucho menos que no haya verdades, como suelen afirmar exultantes esos simpáticos cuestionadores de la verdad que son los pesimistas, los nihilistas y los anarquistas (Schopenhauer, Cioran, Bakunin…), tan ávidos de negación los unos como los otros. Claro que hay verdades, aunque esas verdades sean en realidad el resultado de un pacto social, de un pacto entre toda la gente del mundo o parte de ella, no hechos físicos. Sin verdades no sería posible la vida. Y no me refiero, obviamente, sólo a las verdades de opinión o de creencia, como esas que afirman que el único dios verdadero, el único partido político democrático o el único equipo que juega bien al fútbol, por ejemplo, es el de uno mismo, que son sólo verdad para los que las profesan. Me refiero a verdades más objetivas, como, por ejemplo, las que sostienen que “el corazón es la bomba de la sangre”, “América fue descubierta por Colón”, “la declaración de los derechos del hombre data de 1789” o “el autor de la teoría de la evolución nació en Inglaterra”, por ejemplo. Sin verdades (verdades relativas, es decir, que hemos convenido entre todos, no verdades absolutas, es decir, dadas por Dios o la naturaleza) no es posible la vida humana. Y de esta premisa voy a partir yo aquí para abordar el importantísimo problema que eludió Nietzsche en el trabajo que acabamos de citar, que es el problema moral que plantean esas cosas tan trascendentes en la vida de los seres humanos que son la verdad y la mentira.
¿Qué son en realidad la verdad y la mentira? Llamamos verdad a la coincidencia de nuestro discurso con la realidad que hemos creado con las metáforas de la lengua que hablamos y con las impresiones de los sentidos y mentira (expresa o tácita o silenciosa), a la falta a esa verdad, con el propósito deliberado de conseguir algo más o menos espurio. La intención de engañar es fundamental en la mentira. Precisamente porque lo hacen con la intención de engañar a los votantes, al ciego que lo había adoptado, a don Quijote y Sancho y a su marido, decimos que mienten respectivamente los políticos demagogos, el protagonista del Lazarillo de Tormes, los rufianescos duques del Quijote y la Emma Bovary de Flaubert. Por el contrario, pese a lo que dice Nietzsche, no podemos decir que nos mientan los sentidos con que percibimos la realidad y la lengua con que la metaforizamos. Tampoco miente la mar al mariscador cuando, tras un rato de quietud o jacío, suelta inesperadamente un latigazo que lo deja temblando, o el escritor a sus lectores, con sus ficciones novelescas o poéticas. Y no mienten ni los unos ni las otras porque, a pesar de que el hombre puede sentirse engañado o sorprendido con su comportamiento, no hay voluntariedad en ello. Los sentidos y la lengua se limitan a hacer de forma natural lo que pueden hacer, que es dar una versión determinada de la realidad, en función de sus propias capacidades; la mar, a seguir los impulsos que le marcan la luna y los vientos; y los escritores, a presentar la realidad ya designada desde puntos de vista lingüísticos inéditos o con otras palabras, o a crear otra nueva con imágenes poéticas. Las faltas a la verdad no intencionadas no son mentiras. En el peor de los casos, son engaños. Por eso ha distinguido siempre la filosofía entre paralogismo, que es el razonamiento no válido que se hace sin intención de engañar, y sofisma, que es el que se hace con la intención de hacerlo. El límite entre el engaño fortuito o no voluntario y el engaño premeditado, voluntario o con alevosía o mentira es muy sutil, pero siempre existe.
Verdad y mentira son, por tanto, posturas que se adoptan ante la realidad: la verdad implica respeto a los hechos, tal y como han sido entendidos tradicionalmente por la sociedad; y la mentira, falta u ocultamiento de la verdad, sea suplantando el nombre propio de la realidad que se designa por otro distinto, sea suplantándola a ella misma. En el primer caso, el hablante se atiene a lo que hay en la referencia. Por eso es considerado persona cabal o íntegra; hombre de palabra, que se dice en español, porque la función originaria de la palabra es decir la verdad. Sólo mucho después de haber aprendido la hablar, empezó el hombre a mentir. Decir la verdad, o lo que uno cree que es la verdad, es obligación ineludible de toda persona decente; su obligación más sagrada, porque la verdad es lo que define a las cosas. Lo demás (es decir, la mentira) son tonterías, como diría Machado. En el segundo caso, el sujeto sustrae la referencia o la representación propia de la referencia y pone otra en su lugar, que es una mera quimera. De ahí la dificultad que tiene el mentiroso para mantener sus embustes a lo largo del tiempo. Para tener éxito en la mentira, debe poseerse buena memoria y andarse siempre con pies de plomo. “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”, dice el refranero español. Al contrario que la verdad, que es intemporal, la mentira es temporal; su embeleco sólo dura hasta que alguien lo descubre. El mentiroso es reo de sus mentiras. Por eso se dice que la verdad hace libre al hombre y esclavo la mentira.
El mentiroso es abominable y rastrero, por dos razones fundamentales. Primero, porque atenta contra el imperativo moral más importante del ser humano, que es decir la verdad. Y, en segundo lugar, es abominable y rastrero porque con ello traiciona vilmente la confianza que preside todo acto comunicativo honesto. La vida social y la comunicación lingüística son posibles gracias a que la gente tiene buena fe; gracias a que cree que el interlocutor o sus congéneres van a decirle la verdad; que no tienen la intención de engañarla ni de hacerle daño alguno. Si no fuera por esta buena fe, la convivencia y la comunicación entre los seres humanos serían muy penosas y poco efectivas, porque tendrían que andar verificando por su propia cuenta en la realidad el contenido de todo mensaje que les llegue y vigilar las intenciones de aquellos que se los han transmitido. Y lo que hace el mentiroso es precisamente traicionar esa buena fe; aprovecharse alevosamente de la circunstancia de que el interlocutor se pone incondicionalmente en sus manos. “Al realizar nuestro entendimiento únicamente por medio de palabras -nos dice Michel Montaigne-, aquel que la traiciona falsea la relación pública. Es el único instrumento mediante el cual se comunican nuestras voluntades y nuestros pensamientos; es el portavoz de nuestra alma: si llega a faltarnos, dejamos de sostenernos entre nosotros. El que nos engaña rompe todo nuestro trato disolviendo todos los lazos de nuestra sociedad”. Por eso es tan grave la mentira. Es lo que explica que la iglesia, arrimando el ascua a su sardina, la identifique con el demonio, mientras que la verdad se atribuye a la divinidad, y que haya creado un mandamiento expreso para prohibirla, el octavo mandamiento de la ley de Dios, que ordena: “No dirás falsos testimonios ni mentirás”.
Y las consecuencias de la violación del pacto social que comentamos no son graves sólo para las víctimas. Son también graves para el mentiroso, que liquida con ella todo su crédito personal y social. En cuanto cogemos a alguien en una mentira, cambiamos radicalmente el concepto que tenemos de él. “La mentira hace al hombre odioso ante la divinidad y despreciable ante sus semejantes”, decía Aristóteles. Tan sin crédito se queda el mentiroso, que, cuando dice la verdad, ya nadie lo cree. La vida real y la literatura están llenas de casos de embusteros que han terminado siendo víctimas de sus propias mentiras. Así el protagonista del famoso cuento tradicional “El pastorcito mentiroso”, que, tras perder el crédito de sus vecinos por sus falsos avisos acerca de la llegada del lobo, cuando este vino de veras, nadie le hizo caso y la fiera se comió a su anchas las ovejas de su rebaño. Ya dice el refrán que “quien en mentira es cogido, aunque diga verdad no es creído”.
La mentira lo domina todo en la vida familiar, social, laboral, política y hasta personal. Sólo la naturaleza dice la verdad. En el ámbito social y familiar, se mienten los esposos cuando se juran amor eterno, por ejemplo; los padres, cuando les dicen a los niños que han venido de París o que los regalos del día seis de enero los traen unos lejanos reyes montados en camello que nadie ha visto nunca y a los hay que dejar alfalfa y agua; los hijos, cuando dicen a los padres que el chocolate que falta en la alacena se lo comieron los ratones; los falsos amigos, cuando dicen hipócritamente a los amigos que no hay gente más guapa e inteligente que ellos en toda la extensión de la Tierra; los maduritos, cuando se quitan años para hacer creer a los demás que son más jóvenes de lo que en verdad son. En el ámbito laboral, los trabajadores mienten a los jefes, simulando enfermedades que no tienen, para gandulear, y estos a aquellos, ocultándoles los beneficios de la empresa, para no subirles el jornal. En el ámbito político, los aspirantes a gobernar las instituciones mienten a los votantes, prometiéndoles el oro y el moro, promesas que luego quedan en aguas de borrajas, y, a su vez, los votantes les mienten a ellos, prometiéndoles un voto que al final va a parar a la cuenta del contrario. En el ámbito de los relatos de la vida personal, los narradores mienten al oyente, presentándose como más ingeniosos y listos de lo que en realidad son o han sido. Y, en su fuero interno, la gente se miente a sí misma, resistiéndose a reconocer los defectos físicos o de carácter que tiene y exagerando la autoestima, para consolarse, autojustificarse o concitar la atención o la admiración de los demás. Mentiras y mentiras por todas partes: mentiras personales, mentiras familiares, mentiras sociales y mentiras institucionales. El mundo está lleno de mentiras. Y más en los tiempos que corren, en los que lo que predomina es la hedonista filosofía superficial o frívola de “a vivir que son dos días”, tan contraria a la verdad, que habita en el fondo de las cosas, y en los que tanto protagonismo tiene lo que llamamos “nuevas tecnologías”, que han ampliado de forma exponencial la capacidad de difundir la mentira por todo el planeta. Se urde una mentira en el corazón del mundo y alcanza al instante hasta a la Conchinchina, cuyas gentes se la creerán a pies juntillas. Y con la mentira hay que tener mucho cuidado, porque con la mentira empieza la decadencia de las personas, las familias, los Estados y las civilizaciones.
La mentira y el mentiroso se encuentran tan extendidos por el mundo, que Dante tuvo que habilitar varios círculos del Infierno de su famosa Comedia para abarcar fauna tan abundante y variada. Así, a los fraudulentos, aduladores, cortesanos, rufianes, seductores, simoníacos, adivinos, traficantes, hipócritas, ladrones, herejes, charlatanes y falsarios (que son tanto aquellos que toman el nombre o el aspecto de otros como los calumniadores) les dedicó nada más y nada menos que diez fosas en el octavo círculo, y a los traidores a los parientes, a la patria, a los amigos, a los huéspedes y a los bienhechores, les dedicó cuatro en el noveno. Y hasta corto se quedó, con ser muchos los que puso.
Las mentiras responden a móviles y funciones tan distintos y se superponen hasta tal punto entre sí, que difícil resulta establecer una clasificación más o menos homogénea de ellas, como se comprueba en cualquier tratado de psicología medianamente documentado, aunque las que se llevan la palma de oro parecen ser las siguientes: a) Las mentiras viles, que son las que dicen los mentirosos para obtener un dinero, un poder, un placer, un prestigio, etc., espurio o bastardo. Son los corruptos políticos (es decir, los Bárcenas, los Ábalos o los Koldos de todos los tiempos y lugares), los defraudadores, los violadores, los delincuentes, los criminales y los mafiosos, más o menos sofisticados o de mayor o menor entidad, que vemos todos los días de Dios entrando y saliendo de los juzgados como Perico por su casa, donde los magistrados intentan descubrir la verdad que tan tenazmente esconden, o ingresando en la cárcel, para expiar sus penas; b) Las mentiras administrativas u obligadas, que son aquellas que cometen los mentirosos para sortear un defecto o una restricción irracional del sistema que sea. Son las que practican los directores o administradores de instituciones, por ejemplo, que trampean los libros de cuentas para no tener que devolver dineros no gastados, que podrían rebajarles en el ejercicio venidero. Son los mentirosos contables; c) Las mentiras babosas, que son aquellas que dicen los mentirosos con el fin de agradar servilmente a los poderosos y conseguir privilegios de ellos. Es el tipo de mentiras que practican, por ejemplo, los aduladores o pelotas de los que ostentan el poder político, en busca de puestos de relieve, o el actual secretario general de la OTAN, que no para de besarle las botas (por no decir partes más soeces) al presidente de los Estados Unidos de América.
Se trata de mercenarios del halago, que, cuando sus víctimas pierden el poder, si te vi, no me acuerdo, como ponen de manifiesto, por ejemplo, los zafios criados del conde de Albrit, protagonista de El Abuelo de Galdós. Es lo que el pueblo llama pelotillas o pelotilleros; d) Las mentiras bulo o fake news, como se llaman hoy, que son aquellas que se propagan anónimamente por toda la sociedad para confundirla y aprovecharse de ella. Son las propias de los mentirosos insidiosos, como los tan de moda hackers de sombrero negro, que timan y chantajean a la gente y hacen perder o ganar elecciones de forma fraudulenta; e) Las mentiras pomposas, que son aquellas que dicen los mentirosos para agrandar su figura o sus cosas y sacar ventajas sobre los demás, atribuyéndose méritos, virtudes o aptitudes que en realidad no tienen.
Se trata de falsificadores que crean una distorsión entre quienes son y quienes pretenden ser. Es el tipo de mentira que practica el pretendiente de una muchacha, para deslumbrarla; el opositor que sea, para impresionar al tribunal que juzga su competencia; la persona que narra su vida, para dejar al auditorio con la boca abierta o para ocultar sus desgracias y evitar que los demás se alegren por ellas; el viejo ingenuo, para disimular la ruina que el tiempo ha provocado en su cuerpo y espíritu; o el charlatán que presume de señorito en el país de otro, como los famosos “chonis” o “godos” de Canarias, los “gachupines” de América o los “gabachos” de España. Son los mentirosos narcisistas, vanidosos, altaneros o “fantasmillas”, como suele llamarlos el pueblo llano; unos mentirosos tan patéticos, que nadie se toma en serio; f) Las mentiras difamación, que son aquellas que dicen los mentirosos para minar la fama y reputación del prójimo. Son, por ejemplo, las que urden los participantes en esas abominables tertulias sobre la vida privada de la jet set y otros famosillos que se emiten ininterrumpidamente por radio o televisión y que tanto alegran las pajarillas al personal ocioso, siempre ávido de carnaza.
Es lo que podríamos llamar mentirosos calumniadores o sacacueros, que han hecho de la calumnia medio de vida. Verdad es que, en general, todos murmuramos de una u otra manera cuando hablamos de los demás a sus espaldas, pero los mentirosos calumniadores murmuran con tanta saña y ahínco, que la murmuración se ha convertido en su boca en oficio de arte mayor; g) Las mentiras de ocultamiento, que son aquellas que usan los mentirosos para esconder sus comportamientos reprobables o ruines, y que con harta frecuencia intentan colar como mentiras piadosas. Es el tipo de mentiras que practican los esposos infieles y otras gentes de poco fiar, por ejemplo. Por eso, podríamos llamarlos mentirosos cobardes. A pesar de ello, no dejan de tener cierto crédito estas mentiras, como pone de manifiesto el hecho de que haya psicólogos poco compasivos con las víctimas que no dudan en recomendarlas, diz que para que no se rompan las parejas; h) Las mentiras emocionales, que son las que dicen los mentirosos para manipular a los que conviven con ellos, haciéndoles sentir culpables de todos sus males y chantajearlos sentimentalmente. Estos diablos atormentadores de conciencias ajenas, incapaces de empatía o remordimiento, que suelen llamar sociópatas los psicólogos, aunque con igual propiedad podrían llamarse tóxicos, mienten con total frialdad. Son gente que necesita terapia psicológica; i) Las mentiras grandilocuentes o mitomanías, que son aquellas que engrandecen exageradamente la realidad o mitifican a las gentes. Son las propias de los mentirosos mitómanos o patológicos, incapaces de distinguir entre la verdad y la mentira. Mienten de forma sistemática y sin necesidad aparente. No se dicen la verdad ni a ellos mismos. “Mienten más que hablan”, dice el refranero español. Obviamente, en el mundo actual, el mentiroso mitómano o patológico por antonomasia es Donald Trump, que ha llegado a identificarse incluso con Jesucristo.
Como los anteriores, también los mitómanos o mentirosos patológicos necesitan de terapia psicológica para enmendar su conducta; j) Las mentiras nobles (¡menudo oxímoron!), que, según dice Platón en su Politeia o La República, son aquellas que usan los gobernantes para garantizar el bien común y proteger al Estado. Son las que practican los estadistas corruptos, de los que está lleno el mundo; k) Las mentiras piadosas, blancas u oficiosas, como las llama la iglesia, o mentirijillas, como las llama el pueblo llano, con diminutivo atenuador, porque cree que no hacen daño, que son aquellas que dicen los mentirosos para evitar disgustos o penas al prójimo o para darle seguridad, como, por ejemplo, la que dicen las madres para disculpar a un chico que ha suspendido un examen, cualquier hijo de vecino, para eludir la invitación inoportuna de un amigo, o un invitado, para disimular la comida vomitiva con que lo obsequia su anfitrión. Hablamos, por tanto, de mentirosos compasivos; y l) Las medias verdades, que son aquellas que se basan en la manipulación torticera de las palabras de otros, sea sacándolas de contexto, sea tergiversándolas. Es lo propio del mentiroso chanchullero, tan abundante en el mundo de la política, donde con tanta frecuencia se confunde propaganda con verdad.
Pero, aunque, como pone de manifiesto la clasificación que acabo de hacer, ni todas las mentiras ni todos los mentirosos son iguales, todos ellos son reprobables, en mayor o menor medida. Son altamente reprobables los mentirosos corruptos, defraudadores, delincuentes, violadores, criminales, mafiosos y similares, porque, con sus mentiras viles, saquean y desacreditan las instituciones, ponen en riesgo la democracia y la convivencia, hacen un daño físico o moral enorme a sus víctimas y constituyen un muy mal ejemplo para la sociedad toda. Son reprobables los mentirosos contables, porque, a pesar de que lo que pretenden con sus mentiras administrativas no es el lucro personal, sino no perder capacidad de financiación en la institución que presiden, prologan el mal funcionamiento de las instituciones, impidiendo que sus responsables tomen conciencia de sus defectos y las enmienden. Son reprobables los mentirosos pelotas o pelotillas, porque, con sus mentiras babosas consiguen de manera innoble dádivas que no les corresponden y hacen creer a sus víctimas virtudes o méritos que no tienen. Aquellos que nos obsequian con su caridad y piedad deben ser tratados con consideración y agradecimiento, no con engaños y falta de respeto.
Son reprobables los mentirosos insidiosos, tanto por la extensión de la confusión que provocan como porque, con el anonimato de sus trolas, tratan de eludir toda responsabilidad personal. Son reprobables los mentirosos narcisistas, vanidosos, altaneros o “fantasmillas”, porque, aunque nadie los tome en serio, con sus mentiras pomposas adulteran su personalidad, impidiendo así que los demás los conozcan en lo que son en sí mismos y por sí mismos y los valoren en lo que merecen, y porque con su actitud indulgente hacia ellos mismos dan que merecer injustamente a otros, frecuentemente, mejores que ellos. Cuando una persona miente sobre sí misma, falta al respeto hacia su propia persona y hacia los demás. Además de que, al ocultar sus defectos o ineptitudes, cierra la puerta a toda posibilidad de superar la baja estima, la inseguridad, la falta de confianza en sí mismo y el temor al rechazo, al castigo y a la crítica que suelen padecer. Son reprobables los mentirosos calumniadores, porque, con sus mentiras de difamación, dinamitan injustamente el buen nombre y la fama de sus víctimas.
Convertir el desprestigio del prójimo en un medio de vida es algo repugnante y abyecto. Son reprobables los mentirosos cobardes, porque, con sus mentiras de ocultamiento, ponen de manifiesto que aspiran a perseverar en sus delitos o faltas de respeto, en lugar de arrepentirse y abjurar de ellos. Son reprobables los mentirosos sociópatas o tóxicos, porque, con sus mentiras emocionales, manipulan lo más sagrado del mundo, que es el afecto que le tienen los otros, para hacerles daño. Son reprobables los mentirosos patológicos o mitómanos, porque, con sus mentiras compulsivas, viven en una realidad ficticia sin sintonía alguna con el mundo que los rodea.
Son reprobables los estadistas corruptos, porque, con sus mal llamadas mentiras nobles, para las que suelen usar infames fondos reservados o de reptiles, policías paralelas, etc., envilecen al Estado, que debe obrar siempre con arreglo a los principios de la razón y la justicia. Un Estado que se defienda desde las cloacas, como llegó a reivindicar cierto político de la transición democrática de nuestro país, no es un Estado, sino una mafia. Son reprobables los mentirosos compasivos, porque, con sus mentiras piadosas, blancas u oficiosas, impiden que el interlocutor tome conciencia de sus defectos o desgracias, para asumirlos, ponerles remedio o simplemente cumplir con el duelo que corresponda, y porque corren el riesgo de habituarse a ellas y convertirse en patéticos mentirosos compulsivos. La comodidad inherente a la mentira hace que la gente le tome cariño y se convierta en una adicción. Las mentiras son como el vino: cuanto más las dice uno, más le gustan. Y son reprobables los mentirosos chanchulleros, porque, con sus medias verdades, tergiversan el discurso del otro con la perversa finalidad de hacerle decir lo contrario de lo que ha dicho y condenarlo. Las llamadas medias verdades no son en realidad “medias verdades”, sino “dobles mentiras”, porque mienten respecto del objeto (el discurso que manipulan) y respecto del sujeto (la persona que lo emitió).
La verdad hay que decirla siempre, caiga quien caiga, porque sin verdad no hay vida personal, familiar, social o institucional decente y armónica. Porque la verdad no sólo es buena, sino también bella y, por eso, lo único que merece ser amado. Y no hay ninguna razón para temerla: “el hombre ama la verdad hasta tal punto que incluso acepta anticipadamente la más amarga de todas ellas”, que es la de la muerte, como dice don Antonio Machado en su Juan de Mairena. Callarse es mucho mejor que mentir.
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