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Guardia Civil: las apariencias engañan

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Sostiene la lexicógrafa española María Moliner, en su excelente Diccionario de uso del español, que la Guardia Civil es “un cuerpo militar destinado a perseguir a los malhechores en el campo” y el gran poeta Federico García Lorca, en su composición Romance de la guardia civil, recogida en el poemario Romancero gitano, que se trata de “un grupo de personas con calavera de plomo y alma de charol que ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas”. 

¿Qué es realmente la Guardia Civil? ¿Un cuerpo militar destinado a perseguir malhechores en el campo, como afirma la lexicógrafa aragonesa y piensa buena parte de los españoles, o un grupo de personas que tienen calavera de plomo y alma de charol y que ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas, como quieren el poeta granadino y muchos de sus seguidores? Pues, en el fondo, ni una cosa ni la otra. 

Lo que realmente significa la lexía compleja (digámoslo con la pedantería gramatical correspondiente) guardia civil en español, lo que perciben constante e invariablemente los hispanohablantes en el fondo de su alma cuando oyen esta expresión, es la intuición semántica ‘emanación activa del concepto ‘guarda’ en la línea del concepto ‘*cives’’, donde todos y cada uno de los elementos que la constituyen (las raíces léxicas guard-, que lo que significa constante e invariablemente es algo así como ‘vigilancia protectora’, y civ-, que lo que significa constante e invariablemente es algo así como ‘convivencia respetuosa’, la significación categorial nominal de que están revestidas ambas raíces, que las presenta como objeto independiente, el sufijo -ía, que lo que significa constante e invariablemente es algo así como ‘emanación activa (del concepto de base)’, el sufijo -il, que lo que significa constante e invariablemente es algo así como ‘en la línea de (lo significado por la base)’, la relación morfológica entre el nombre guarda y el sufijo -ía, que presenta a aquel como ‘emanación activa’, la relación morfológica entre el nombre *cives y el sufijo -il, que presenta a aquel como ‘línea que se sigue’, y la relación sintáctica entre el nombre guardia y el adjetivo de relación civil, que presenta a aquel en la línea de este) aportan su granito de arena. Esto, y no otra cosa, es lo que percibe en su fuero más íntimo cualquier persona que tenga el español como lengua materna, sin excepción alguna, cuando oye la expresión guardia civil, aunque no sepa definirla o parafrasearla, porque dicha significación o intuición semántica no aparece nunca en estado puro, sino enmascarada bajo las apariencias de una u otra interpretación o sustancia, que es lo que realmente se percibe o cree percibirse de forma más o menos consciente en la realidad práctica del hablar. Los valores idiomáticos, que rigen el entendimiento del ser humano, son como los átomos, los virus y el resto de las cosas microscópicas de la naturaleza, que no se ven ni se sienten, sino que obran su efecto en él de forma imperceptible. Las palabras no son unidades de una sola pieza, sino lienzos tejidos a base de la compleja nanosemántica de las lenguas humanas.

Hay quienes sostienen que los constituyentes guardia y civil de la combinación guardia civil han perdido ya su significación originaria y actúan en bloque, como parte del significante de una expresión unitaria, que lo que vendría a significar es algo así como ‘determinado cuerpo de seguridad del Estado español’. Es decir, que nos encontraríamos ante un caso de eso que la teoría del lenguaje suele llamar lexicalización. No hay que hacerles caso, porque los que así piensan confunden la significación idiomática o invariante de las palabras, las oraciones y los textos, que es subconsciente, con el concepto o la referencia que estos suelen denotar o designar circunstancialmente en la realidad concreta del hablar. 

Y, si las cosas son como acabamos de explicar, si lo que significa constante e invariablemente la expresión guardia civil no es otra cosa que ‘emanación activa del concepto ‘guarda’ en la línea del concepto ‘*cives’’, es decir, lo que hace el guarda que consideramos en relación con el ciudadano, ¿de dónde proceden el sentido prosaico “cuerpo militar destinado a perseguir malhechores en el campo” de María Moliner y el poético peyorativo “grupo de personas con calavera de plomo y alma de charol que ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas” de García Lorca? Pues simplemente de las interpretaciones más o menos prejuiciosas de sus autores y de las cosas que la misma designa en la realidad concreta del hablar. Es decir, que se trata de contenidos externos a la lengua, no internos a ella misma.

¿Por qué suponen María Moliner y buena parte de los españoles, repetimos, que la Guardia Civil es un cuerpo militar destinado a perseguir malhechores en el campo? En primer lugar, dice la lexicógrafa española que la guardia civil es un cuerpo militar porque así lo consignan sus estatutos. No nos encontramos, por tanto, ante una propiedad de la expresión, sino ante un rasgo circunstancial externo a ella, ante un requisito legal. En realidad, la Guardia Civil podría seguir siendo guardia civil aunque la desmilitarizaran, como, por lo demás, han pedido ya en más de una ocasión algunos de sus miembros. En segundo lugar, supone María Moliner que la Guardia Civil persigue a malhechores porque se fija, no en su función básica, que es guardar a los ciudadanos y sus propiedades, como dice inequívocamente su nombre, sino en una de sus consecuencias circunstanciales, que es perseguir a los que atentan contra ellos. 

Aunque no se note, la mayor parte del trabajo de la Guardia Civil no consiste en perseguir malhechores, sino en guardar o proteger a los ciudadanos o las instituciones que se le asignen. En realidad, sólo persigue cuando alguien ha atentado contra los derechos de los que tiene que guardar o proteger. En la significación básica de la Guardia Civil, perseguir es, por tanto, una circunstancia, no un rasgo esencial, aunque sea lo que más llama la atención de ella, porque es lo que tiene morbo. Y, en tercer lugar, supone María Moliner que el ámbito de acción de la Guardia Civil es el campo porque parece ser que en la inseguridad que había en los caminos y en las zonas rurales de España en el siglo XIX, con gran presencia de grupos de bandoleros armados, estaba pensando el duque de Ahumada cuando la creó, en el año 1844. De nuevo, una apariencia en la significación de la palabra y no una realidad. Que la ruralidad es una característica aparencial y no definidora de la Guardia Civil lo pone de manifiesto el hecho de que hoy, además de Guardia Civil que opera en el campo, tenemos Guardia Civil de fronteras, de tráfico, de la naturaleza (Seprona), de salvamento marítimo, de acción rápida, de actividad subacuática, de ciberseguridad, de explosivos, cinológica, criminalística, de mujeres y menores, aérea y judicial (Unidad Central Operativa, en siglas, OCU), que es la que persigue las formas más graves de delincuencia y crimen organizado, como tráfico de drogas o armas, blanqueo de capitales o corrupción política, y que tanto protagonismo tiene al presente en la vida de nuestro país, tan dado al choriceo y las corruptelas.   

¿Y por qué dicen Lorca y sus seguidores que los guardias civiles tienen calavera de plomo y alma de charol y que ocultan en su cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas? Pues simplemente porque, como su intención en el poema citado no es otra que denunciar las persecuciones, torturas y asesinatos que en ciertos momentos de la historia de España sufrió el pueblo gitano por parte de algunos miembros de la llamada Benemérita, convertir metonímicamente el plomo de las balas, el charol del tricornio y las pistolas de los servidores públicos que consideramos, con las connotaciones de muerte y luto que los mismos llevan aparejados, en la esencia de su calavera, su alma y su cabeza, les viene a las mil maravillas para deshumanizarlos y degradarlos a la condición de maquinaria de muerte. Apariencias o interpretaciones poéticas, por tanto, y no realidad idiomática, exactamente igual que en el caso anterior. Las cosas designadas por las palabras y la relación directa con ellas deforman su significación idiomática. Por eso puede entender de forma más exacta lo que significa la expresión “guardia civil” un hispanoamericano, que se encuentra alejado de su presencia, que un español, que convive con ella.

¿Qué son más importantes: las formas semánticas a través de las cuales organizamos y percibimos el mundo de la experiencia o las sustancias o apariencias circunstanciales que adquieren estas en el hablar concreto? Pues tanto las unas como las otras, porque no hay forma o realidad sin sustancia o apariencia ni sustancia o apariencia sin forma o realidad. Dicho en términos de la teoría del lenguaje: no hay langue sin parole, ni parole sin langue, porque tanto la una como la otra son fundamentales para organizar y comprender el mundo. La lengua aporta las verdades formales, los esquemas mentales constantes o invariantes que permiten dar forma y organizar la experiencia, y el habla, las sustancias del mundo externo, de un mundo heteróclito que se encuentra en transformación permanente, aunque las palabras con que lo designamos y los conceptos con que lo pensamos nos hagan creer que no cambia. La lengua, los sentidos y las tecnologías nos engañan de mala manera. No hay nada que sea tal como ellos nos hacen creer, o, mejor, imaginar. Ya decía Descartes que, aunque veamos el sol claramente, no por eso debemos juzgar que sea del tamaño con que lo vemos. El ser humano no vive en la geosfera, en el mundo físico de la Tierra. Vive en la logosfera, en el mundo simbólico de las palabras, que presentan siempre una significación invariante interna a ellas mismas, que es lo único verdadero y lo que permite al hombre organizar la experiencia y comunicarse con sus semejantes.

Y, ciñéndonos al terreno de las interpretaciones o apariencias, ¿quién tiene razón en la disputa que nos ocupa? ¿La sesuda lexicógrafa aragonesa o el atrevido poeta granadino? Pues tanto la una como el otro, aunque cada uno de ellos en su propio ámbito de referencia. La primera, en el ámbito histórico y social. Desde el punto de vista histórico y social, la Guardia Civil fue creada como cuerpo militar fundamentalmente para perseguir malhechores en el campo, aunque con el tiempo haya ido ampliando su campo de operaciones a otros ámbitos de la vida social. El segundo, en el ámbito poético, en el ámbito de las impresiones personales o subjetivas, que están para dar nuevas interpretaciones a las palabras de siempre o crear otras nuevas. En ese terreno, no cabe ninguna duda de que la Guardia Civil puede tener calavera de plomo y alma de charol y la cabeza llena de una astronomía de pistolas inconcretas, aunque también podría tenerlas de oro puro y llena de respeto por la legalidad vigente, como piensa, por el contrario, otra mucha gente. La discrepancia entre lexicógrafa y poeta es, por tanto, no sólo legítima, sino inevitable. Cada cual interpreta las palabras como Dios, la sociedad, su voluntad, su experiencia o su capricho le dan a entender, porque cada cual tiene su propia sensibilidad, ideología, etc. Y ello es posible porque la significación de las palabras no es un concepto o un acto, sino una potencia abierta a cualquier interpretación, que es, dicho sea de paso, lo que hace posible la libertad del ser humano. Pero lo que no puede negarse es que lo que no cambia nunca es la intuición semántica de que la Guardia Civil es un colectivo que tiene por misión guardar o proteger a los ciudadanos, porque eso es lo que implica constante e invariablemente su nombre, que es el que garantiza el entendimiento de todos los hispanohablantes, más allá de los prejuicios o los pareceres más o menos circunstanciales de cada uno, sea una lexicógrafa, un poeta o cualquier otro hijo de vecino. En la roca firme de la significación invariante de su nombre y no en sus apariencias externas o en las valoraciones que la gente hace de ellas radica la esencia de las cosas

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