La portada de mañana
Acceder
El Gobierno se conjura para llegar a 2027 pese a la derrota segura con los Presupuestos
Investigación - Un policía municipal de Madrid decora con símbolos nazis su taquilla
Opinión - 'Rajoy y la pureza moral', por Esther Palomera
Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

El punto de vista canario

0

Toda persona y todo pueblo tienen sus propios puntos de vista, determinados por el lugar que ocupan en el planeta, la perspicacia de sus ojos y los avatares de su historia; puntos de vista que se encuentran impresos en sus palabras, que son las que les permiten ver e interpretar el mundo que los circunda en función de sus propios intereses y sensibilidad. El punto de vista es de vital importancia para el ser humano, porque pone el foco en la parte de la realidad que conviene a sus intereses particulares. Por ejemplo, el punto de vista botánico es de una enorme importancia para el campesino, porque de las plantas vive, pero no lo es para el marinero, que es ajeno a ellas. Por eso cuesta tanto a la gente de la mar distinguir entre un manzanero y un peral o un ficus y un laurel, por ejemplo. Como el punto de vista de la fauna acuática es importante para el marinero, porque de ella depende su sustento y el de su familia, pero no lo es tanto para el campesino, que no tiene trato con ella.

Exagerando la nota, podría decirse que para los campesinos todos los peces son más o menos iguales. Cuando hablamos del punto de vista de los pueblos, no hablamos, por tanto, de vaguedades o impresiones más o menos ingeniosas, como las de Valbuena Prat o Manuel Alemán, por ejemplo, cuando afirman que el alma canaria se define por el sentimiento del mar, la melancolía, el aislamiento, la nostalgia, la suspicacia, la sumisión, el mutismo, el sentimiento de familia o la orfandad paterna; o la de la compañía aérea Binter, que nos promete viajar a la Península “en modo canario”, que, según ella misma explica, “evoca la sensación de desconectar del estrés, conectar con el entorno y vivir el presente, inspirado en el estilo de vida relajado y alegre de las Islas Canarias,”. Cuando hablamos del punto de vista de los pueblos, hablamos de algo mucho más objetivo que todo esto: hablamos de valores semánticos concretos, los valores semánticos de las palabras, que, si bien resultan muy difíciles de definir, porque no son cosas materiales ni conceptos, sino intuiciones, es algo que puede comprobarse y demostrarse empíricamente.

En particular, los puntos de vista de los canarios han surgido de circunstancias materiales y espirituales más o menos determinadas. En el ámbito de las circunstancias materiales, se encuentran la condición insular de su territorio, su naturaleza volcánica y lo limitado de su geografía. Hasta tal punto es complejo el medio físico del canario, que sus islas se encuentran divididas en tres áreas territoriales distintas (costa, medianía y cumbre), cada una de ellas con sus propias particularidades climáticas, botánicas y hasta zoológicas, y los fondos marinos de su litoral, en tres áreas también distintas: la llamada cabezos, formada por las primeras piedras de pesca que se encuentran a partir de la orilla, entre 6 y 8 brazas de profundidad, donde habitan mugarras, seifíos, chopas y viejas; la llamada piedras, que viene a continuación de la anterior, que se encuentra entre 2 y 6 liñas de profundidad y que está habitada por bocinegros, cabrillas, pejeperros, cantareros, samas, meros y burros; y el área llamada el alto o el hondo, que se encuentra a continuación de la plataforma insular, desde los 250 hasta más de 500 metros de profundidad, donde viven congrios, obispos, escolares, bocanegras, conejos, samas, chernes, cazones, pámpanos, albajares o alcatriñas.

De una parte, a la condición insular del territorio deben los canarios la enorme cantidad de nombres relacionados con la mar y el barco y las actividades que con él se realizan que existe en su vocabulario regional, voces tan comunes como engodar, virar, balde, escorar, botar o soco, que, de significar cosas y actividades propias del mundo de la mar (‘echar cebo al agua para atraer los peces donde se quiere pescar’, ‘cambiar de bordada la nave’, ‘en las embarcaciones, recipiente que se emplea para sacar y transportar agua’, ‘inclinar la embarcación a un lado’, ‘echar el barco al agua’, ‘sitio en que se protegen del viento barcos y marineros’, respectivamente), han extendido su radio de acción, generalmente por aplicación metafórica, hasta las gentes de tierra firme, que las utilizan con los sentidos más generales de ‘engatusar’, ‘dar vuelta’, ‘recipiente de forma y tamaño parecidos a los del cubo’, ‘inclinarse a un lado, apoyándose o no sobre otra cosa’, ‘tirar, arrojar’ y ‘sitio para protegerse del viento’, respectivamente. El mundo de la mar ha modelado hasta tal punto la personalidad del canario, que los marinerismos constituyen uno de los componentes más destacados de su tesoro léxico, en forma tanto de palabras como de frases hechas.

De otra parte, a la naturaleza volcánica de su tierra, debe la gente de las Islas la gran cantidad de voces de su vocabulario designativas del territorio y sus accidentes, como malpaís ‘terreno volcánico’, caldera ‘cráter del volcán’, fajana ‘faja de tierra al pie de un acantilado’, tenique ‘piedra grande’, goro ‘corral de piedra’, gorona ‘pequeño muro circular de piedra para proteger del viento’, letime ‘borde del acandilado’, jameo ‘cueva grande y profunda’, bufadero ‘cueva en la costa con un agujero en el techo por donde sale el agua que entra en ella dando un fuerte bufido’ o furnia ‘sima vertical en terreno peñascoso’.

Y, de otra parte, a la limitación de su geografía, debe la abundante cantidad de expresiones diminutivas que encontramos en su toponimia mayor y menor, tanto en la costera como en la de tierra adentro. Así, caleta ‘entrada de la mar en tierra, más pequeña que la bahía’, caletilla ‘caleta pequeña’, puntilla ‘pequeño saliente de tierra que penetra en el mar’, barranquillo ‘barranco pequeño que, por lo general, afluye a otro mayor’, vegueta ‘vega pequeña’, bajeta ‘pequeña baja marina cerca de la costa’, montañeta ‘pequeña montaña redondeada no rocosa’, ereta ‘pequeña huerta en una ladera’, atalayita ‘atalaya de poca altura’, furnaco ‘cueva estrecha y profunda’ o puertito ‘puerto de dimensiones reducidas’, En las costas canarias no hay golfos o cabos, sino puntas o calas, porque la tierra insular no da para más. Todo este vocabulario constituye una prueba fehaciente de que el sentimiento que tiene el canario del espacio y del tiempo difiere sustancialmente del que de estas categorías del entendimiento tiene el resto de los hispanohablantes. Tal vez de ahí proceda el ritmo pausado del hombre tradicional de las Islas y el tópico de aplatanamiento que le han atribuido los peninsulares españoles desde tiempos inmemoriales. ¡Para qué correr en un mundo de dimensiones tan reducidas! No se trata de que el canario sea lento o perezoso en el actuar; es simplemente que ha adaptado el ritmo de su vivir a las condiciones de la tierra. Tan improcedente es el ritmo peninsular o europeo en Canarias, como el ritmo canario en la Península o Europa.

Y, en el ámbito de las circunstancias espirituales que han condicionado los particulares puntos de vista del pueblo canario, hay que destacar, en primer lugar, el hecho de haber surgido de un acto de agresión, de un acto de agresión de conquista y colonización; en segundo lugar, los contactos que ha mantenido con diversos pueblos no hispánicos, como los bereberes que ocupaban las islas a la llegada de los europeos, los normandos de Jean de Bethencourt y los portugueses que vinieron después a arar con sus manos y el sudor de su frente las tierras de costas y medianías para plantar cereales, caña de azúcar y viña y los mares de su litoral para extraer sus tesoros sumergidos; en tercer lugar, la situación de encrucijada de su territorio, que lo ha puesto en contacto permanente con los pueblos de Europa, África y América; y, en cuarto lugar, su propia inventiva, que, como ocurre en el caso del resto de los pueblos del planeta, lo ha llevado a crear palabras y cosas nuevas. A lo primero, deben los canarios nombres como la Matanza de Acentejo o La Victoria, que evocan sendos episodios trágicos de la conquista de Tenerife.

A lo segundo, deben la inmensa mayoría de las voces más características de su vocabulario particular o diferencial. Así, los bereberes insulares les proporcionaron múltiples expresiones referentes a la ganadería, la flora, la fauna y el mundo doméstico, como gofio ‘harina de granos tostados’, beletén (belete, tafor o tafosa) ‘primera leche que da la hembra de determinados animales después de parida’, goro ‘recinto de piedra’, tabaiba ‘especie de euforbiácea’, tajinaste ‘especie de Echium’, perinquén (perenquén o pracan) ‘especie de lagarto’, tofio ‘tipo determinado de vasija de barro’, tabajoste ‘tipo determinado de vasija de barro’, guirre ‘especie de alimoche’, tajorase ‘macho cabrío joven’, tafeña ‘cereales tostados’ o tenique ‘piedra grande’, y buena parte de los nombres propios de su geografía, como Tenerife, Teide y Taganana, en la isla de Tenerife, Tindaya, Tamasite y Tefía, en Fuerteventura; Gomera, Chipude y Alajeró, en La Gomera; Guiniguada, Gáldar y Guayadeque, en Gran Canaria; Taburiente, Aridane y Tijarafe, en La Palma; Guarazoca, Tacorón y Tigaday, en El Hierro; y Timanfaya, Yaiza y Teguise, en Lanzarote. En estas denominaciones geográficas tan singulares, si las comparamos con las del resto del mundo hispánico, se oyen todavía ecos lejanos de los antiguos moradores de este viejo archipiélago atlántico.

Los normandos les legaron un puñado de voces relacionadas con el terreno, la flora y la fauna, como malpaís ‘terreno volcánico’, mareta ‘hondonada grande en el terreno para recoger agua de lluvia’, cardón ‘especie de euforbiácea’, jable ‘arena fina de playa o barranco’ y payete ‘bocinegro pequeño’.

Y los portugueses les transfirieron infinidad de palabras relacionadas con la vida de la casa, la agricultura, la artesanía, la climatología y, sobre todo, el mundo del mar, entre ellas, mojo ‘salsa para mojar pan, gofio, papas, pescado, carne’, millo ‘determinada especie de cereal’, enchumbar ‘mojarse mucho’, leito ‘cubierta de proa y popa del barquillo de pesca’, fechillo ‘pasador para cerrar puertas y ventanas’, mollo ‘montón de gavillas’, guecho ‘novillo’, fajana ‘llano al pie de un acantilado’, guincho ‘águila pescadora’, andoriña ‘determinado pájaro insectívoro migrante’, cherne ‘pez marino teleósteo de color pardo grisáceo’, vieja ‘pez marino de la familia de los escaros’, engodar ‘echar cebo al agua para atraer los peces al lugar donde se quiere pescar’, rociega ‘especie de ancla pequeña’ o chillera ‘escotilla del leito’; voces que, dicho sea de paso, tanto asemejan a los canarios con el resto de los pueblos de la Macaronesia (el madeirense, el azoreano y el caboverdiano), cuya lengua oficial es el portugués, además de un criollo de base portuguesa en Cabo Verde.

A su situación de encrucijada, deben los isleños, por una parte, voces tan singulares como majalulo ‘camello joven’, fuche (o tuche) ‘arrodillar el camello para su carga o montura’, téfana ‘callo de las rodillas del camello’, nailas ‘sandalias de goma u otro material’, guayete ‘chico de corta edad’, tabique ‘suero que se desprende al cuajarse la leche’ o arife ‘aire caliente’, que les llegaron del África cercana, donde los canarios practicaron en los lejanos tiempos del señorío infinidad de cabalgadas para capturar esclavos (los llamados moriscos, tan decisivos en el poblamiento de Lanzarote y Fuerteventura, sobre todo), donde iban a pescar en frágiles barquichuelas hasta hace muy poco tiempo y donde fundaron pueblos como el Aaiún y Villa Cisneros; y, por otra parte, voces como machango ‘persona de nula representación’, macana ‘tipo de garrote o porra’, papa ‘especie de tubérculo’ o guagua ‘vehículo de transporte colectivo’, que les llegaron de América, donde se encuentran presentes desde el mismo instante en que los españoles descubrieron, conquistaron y colonizaron aquella enorme región del mundo y adonde no han dejado de afluir desde entonces, para fundar pueblos, defenderlos y sacar su economía adelante con el esfuerzo de su trabajo.

Y a su propia inventiva deben los canarios voces como como gavia ‘huerta que se riega por encharcamiento’, apañada ‘recogida del ganado de suelta’, natero ‘pequeño huerto en los márgenes de los barrancos’, barquillo ‘barranco pequeño que afluye generalmente a otro mayor’, pulpear ‘pescar pulpos’, lapero ‘paleta de hierro para arrancar las lapas de las rocas’, guadrao ‘esqueletos de algas marinas que se encuentran en las playas en forma de piedrecitas blancas’, alcogida ‘terrenos preparados para la recogida del agua de lluvia’, barraquito ‘cortado largo de leche y leche’, nevero ‘barco de pesca a motor con neveras de hielo para conservar el pescado’, falúa ‘barco de pesca de motor’, gomerón ‘bebida alcohólica a base de aguardiente y miel de palma’, calima ‘polvo en suspensión’, guelfo ‘camello pequeño’, sorinque ‘látigo para arrear los animales’, empinar ‘matar’, tablero ‘llanura en terreno erial’ o mentecato ‘tacaño’, que han tenido que forjar ellos mismos con su imaginación, para dar satisfacción a sus propias necesidades expresivas, a partir de los procedimiento fónicos, gramaticales y léxico de la lengua española, que es tan de ellos como del resto de los hispanohablantes.

Además de esto, está la temperatura emotiva que da nuestra gente a todas y cada una de las voces del español común. El concepto y el sentimiento que tienen los canarios del mar, las ensenadas marinas o las montañas, por ejemplo, son en parte distintos de los que tienen de ellos los castellanos, los andaluces o los americanos. Por ejemplo, la ensenada no es para el isleño una mera porción de mar que entra en la tierra, como dicen los diccionarios al uso, sino más exactamente una porción de mar abrigada por la tierra como lugar de cobijo o protección de las embarcaciones; lo que determina que esta palabra lleve aparejadas para muchos canarios connotaciones de tranquilidad y sosiego que no tienen fuera de sus fronteras. Tampoco las montañas del isleño son las montañas del resto de los hispanohablantes, pues mientras que para estos se trata de elevaciones del terreno grandes y rocosas, aquellos las entienden como elevaciones del terreno grandes pero no necesariamente rocosas, que es lo que el español general denomina conos volcánicos. De esta manera han contribuido los canarios a enriquecer el español de todos con soluciones propias.

La enorme cantidad de palabras y expresiones que acabo de citar pone claramente de manifiesto hasta qué punto tiene el pueblo canario un punto de vista propio dentro del mundo hispánico; un punto de vista que lo diferencia sustancialmente de castellanos, andaluces o americanos. Cuando un canario dice mojo, jeito, guagua, alongarse, volador, fósforo, engodar, maresía o magua no está diciendo lo mismo que el castellano que dice salsa, habilidad, autobús, aproximarse, cohete, cerilla, engatusar, humedad marina o desconsuelo, sino cosas distintas, porque las palabras que usa para designar esas realidades son diferentes, tanto desde el punto de vista estrictamente idiomático como desde el punto de vista denotativo como desde el connotativo: mojo significa la cosa de que se trata como ‘producto culinario en que se moja’, jeito, como ‘impulso determinado dejando libre la cosa de que se trata’, guagua, como ‘vagón que transporta personas’, alongarse, como ‘hacerse longo’, volador, como ‘artefacto que vuela’, fósforo, como ‘llevador de fuego’, engodar, como ‘alegrar las pajarillas a alguien para llevarlo al huerto’, por decirlo de alguna manera, maresía, como ‘lo que emana del mar’, y magua, como ‘mancha o herida que hay en el alma’, en tanto que salsa significa la referencia citada como ‘mezcla de sustancias para aliñar comida’, habilidad, como ‘capacidad que se tiene para hacer algo’, autobús, como ‘vehículo de transporte colectivo que se mueve por sí mismo’, aproximarse, como ‘ir acercándose a un lugar’, cohete, como ‘artefacto pirotécnico que tiene cola’, cerilla, como ‘varilla con cera’, engatusar, como ‘seducir como los gatos’, humedad marina, como ‘vapor de agua que sale del mar’, y desconsuelo, como ‘falta de consuelo’. Queda así claro que la forma que tienen los canarios de significar y, por tanto, de sentir (es decir, ver, oler, oír, gustar y hasta palpar) determinadas realidades no coinciden con la forma propia de los españoles peninsulares. No se trata de reclamar diferencias porque sí, como piensan los más críticos con la canariedad. Se trata más bien de reconocer un hecho objetivo. El canario tiene sus propios puntos de vista. ¡Qué le vamos a hacer!

Precisamente por ello resulta aberrante que haya lexicógrafos o aficionados a la lexicografía que se limiten a presentar las palabras canarias como meros equivalentes de los términos castellanos que confluyen en su misma designación. Hablamos concretamente de esos que nos dicen que perinquén significa ‘salamanquesa’, guagua, ‘autobús’, jeito, ‘habilidad’, magua, ‘desconsuelo’, baifo, ‘cabrito’, o beletén, calostro’, sin más. Y es aberrante esta forma de operar, al menos, por dos razones muy concretas. La primera, porque, con estas definiciones supuestamente sinonímicas no se hace justicia ni a las palabras locales ni a las palabras generales. Sabido es desde hace tiempo, porque lo ha enseñado la teoría del lenguaje moderna, que en las lenguas humanas no hay sinónimos lingüísticos, aunque no falta quien defienda con vehemencia su existencia, sino sinónimos referenciales. Pero que dos o más palabras confluyen en la misma designación no implica que signifiquen lo mismo. Significación y designación son cosas radicalmente distintas. La una pertenece al mundo de eso que llamamos “realidad empírica”.

La otra, al mundo interno de la lengua, que tiene sus propias leyes semánticas y formales. Por mucho que se diga que la voz canaria jeito significa ‘habilidad’, la verdad es que, desde el punto de vista lingüístico, absolutamente nada tiene que ver con ella: habilidad pertenece a la familia de palabras del verbo haber, que lo que viene a implicar es la intuición semántica de ‘aguante interno pasivo o visto desde el objeto (frente a tener, que también implica aguante interno, pero activo o visto desde el sujeto)’, en tanto que jeito pertenece a la familia de palabras del verbo echar, que lo que viene a significar es algo así como ‘impulso determinado dejando libre’, como dijimos más arriba. Y, en segundo lugar, es aberrante esta forma de tratar el material lingüístico que nos ocupa porque subordina las voces canarias a la voces castellanas o generales, como si de meras deformaciones de ellas, expresiones espurias o formas de hablar de bárbaros o gente inculta se tratara. De esta manera quedan deslegitimados o, cuando menos, degradados a la condición de no recomendables, los puntos de vista idiomáticos de los canarios, tan legítimos y correctos dentro de su historia, como los propios de castellanos, andaluces y americanos. Cada pueblo y cada persona tiene sus propios puntos de vista, porque tanto sus circunstancias geográficas como su devenir histórico y sus anhelos, sueños y aspiraciones son total o parcialmente distintos de los de los demás; unos puntos de vista que hay que respetar, porque de ellos depende su razón de ser. Si desaparecieran de golpe y porrazo los puntos de vista lingüísticos que comentamos, los canarios perderían su continuidad histórica y se convertirían en canarios de otro tipo o condición.

Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

Etiquetas
stats