Eclipse de nube sobre el cañón del Sil en Galicia: “Era la única que había, un troleo total”
“Era la única nube que había en el cielo”, se lamenta, aunque casi entre risas, una de las jóvenes de un grupo de amigos que se acercaron desde Verea (Ourense) a ver el eclipse total de Sol sobre el cañón del río Sil a su paso por O Castro de Caldelas, en la misma provincia. Lo decidieron a última hora, pero se decantaron por un lugar apartado, el mirador de As Penas de Matacás, en el que las multitudes quedaban descartadas y el cielo despejado estaba casi garantizado.
Faltaban 15 minutos para la fase de totalidad y la expectación iba creciendo entre los asistentes, que iban avisando: “Ya casi está, mira”. Pero una nube tapó desde el norte el Sol en solo cinco minutos y no liberó la vista hasta bastante después de concluida la fase más esperada del fenómeno.
“Es un troleo total. Un eclipse de nube”, bromea un poco más allá Iván Otero con su grupo de amigos. Se declara igualmente contento de haberse desplazado hasta el mirador, con vistas sobre el cañón y las célebres terrazas en las que se cultivan vides ladera arriba.
El impacto duró poco entre los asistentes: el grupo de Verea, que recogió rápidamente las sillas y toallas que habían llevado para aguardar el eclipse, buscaba la parte positiva. La conclusión de una de las integrantes es que la experiencia ha valido la pena: “Aun así fue chulo”. La impresión de que se haga de noche repentinamente y, sobre todo, la rapidez con la que regresa la luz después se la llevan igual. Tal vez, añade, se desplacen a Andalucía para el del año que viene.
A pocos metros, Alicia y Diego, una pareja que se ha acercado al mismo punto a ver el eclipse con su bebé, Rita, no hacen ademán de moverse. Siguen contemplando cómo la Luna se va desplazando y vuelve a dejar descubierto el Sol. Diego, que es aficionado a la astronomía, admite la frustración. Pero han encontrado ya un consuelo. “Nos hemos propuesto que al próximo nos vamos los tres de viaje para verlo”, dice Alicia. Tenían ganas de vivir el fenómeno porque, además, son productores de vino y, desde este enclave, iban a verlo justo sobre sus viñas.
Pero la decepción no ha sido para todos. Unas horas antes, con el café de después de comer, Víctor Díaz y Santos Gómez comentaban en un bar de O Castro de Caldelas que iban a procurar que el eclipse los pillase “a cubierto”. Nacidos ambos en el municipio, desde el que el fenómeno se pudo contemplar —salvo aparición de nubes de última hora— sin dificultad, se mostraban entre escépticos y críticos. Mientras Díaz manifestaba no tener ningún interés por ver el Sol oculto tras la Luna, Gómez citaba los precios desbocados en algunos alojamientos y el “negocio” en el que consideraba que algunos de sus vecinos habían convertido el eclipse: “Es como con el Mundial”.
Hasta el pequeño mirador de Matacás se desplazaron más de un centenar de personas para ver el eclipse, sobre todo de la zona o de municipios no muy lejanos. El calor sofocante que se anunciaba —con acierto— para la montaña ourensana, en alerta naranja, solo disuadió a los interesados hasta las 17 horas. Desde ese momento, empezó a crecer el número de coches aparcados y el trasiego de personas que llevaban sillas, toallas y neveras portátiles en el corto trecho que hay que recorrer a pie. En torno a las 18.30 horas casi todos se habían acomodado ya y esperaban el inicio del fenómeno en un ambiente festivo, con vino, cerveza y algo de picar.
Aquí el plan era tranquilo, alejado de las grandes concentraciones que se esperaban en otros puntos de Galicia, donde el eclipse total se pudo ver desde buena parte del territorio. En diferentes puntos estaban organizados mercadillos, actividades explicativas, cenas y conciertos.
Es el caso de municipios como A Veiga, a los pies de Pena Trevinca, el punto más alto de Galicia. Allí, el plan se prolonga con la caída de la noche para ver las Perseidas. También en Manzaneda —como Trevinca, una de las cumbres que ardió en los enormes incendios de hace un año— el plan era quedarse a la espera de las estrellas fugaces. En Matacás, a las 21.30 apenas quedaban cuatro coches y tres de ellos eran de prensa. Mientras se alejaba del lugar, un joven que acudió con su pareja a ver el eclipse le daba la vuelta a los titulares de los últimos días: “Al final, no era el eclipse de nuestras vidas”.
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