Prejuicios castellanistas en el habla canaria
A pesar de la evidencia de que la lengua española es tan de los canarios como del resto de los hispanos, no faltan quienes piensen que dicha lengua pertenece en exclusiva a los castellanos, que, como es de sobra sabido, fueron, en efecto, quienes empezaron a desarrollarla de forma paulatina, hacia el siglo X de nuestra era, a partir del latín vulgar que se había hablado hasta entonces en el viejo condado de Castilla, quienes aportaron su base fundamental y quienes la difundieron por el resto del planeta, desde finales de la Edad Media. De este prejuicio derivan dos consecuencias de una enorme trascendencia para la gente de las Islas.
La primera consecuencia que se deriva del prejuicio de que la lengua que se habla en Canarias es propiedad exclusiva de Castilla es que Canarias no tiene derecho ni a modificarla ni a influir sobre ella, sino que debe limitarse a aceptar las imposiciones de los españoles peninsulares. “Los españoles de América, si dan todo el valor que dar se debe a la uniformidad de nuestro lenguaje en ambos hemisferios, han de hacer el sacrificio de atenerse, como a centro de unidad, al de Castilla, que le dio el ser y el nombre”, decía el filólogo español Antonio Puigblanch a principios del siglo XIX, según recoge el gran filólogo colombiano Rufino José Cuervo en el frontispicio de sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. Y lo mismo han pensado y siguen pensando muchos canarios respecto del habla de las Islas. Pero, aunque pueda parecer lógico, el razonamiento es absolutamente disparatado, porque las lenguas naturales, como las ideas, que son entes espirituales, no materiales, no pertenecen en exclusiva a quienes las han creado, sino que pertenecen por igual, sin excepción alguna, a todos los que las usan, a todos aquellos que las tienen como instrumento para organizar el mundo en que viven, archivarlo en la memoria y comunicarse con los semejantes. Las lenguas son como las personas y los animales: no son de donde nacen, sino de donde pacen o se hacen. Como afirma Ángel Rosenblat, “ni España, ni América, tienen por qué plegarse a ninguna imposición. Unidad y variedad son dos fuerzas permanentes en la vida de una lengua. Unidad sobre todo en lo morfológico y sintáctico, es decir, unidad gramatical, pero variedad en el vocabulario, sobre todo en los nombres familiares de las cosas”. No por haber surgido y haberse desarrollado en el viejo condado de Castilla de forma natural, a partir del latín que se hablaba en la zona, es el español más de los castellanos que de los andaluces, los canarios o los hispanoamericanos, que lo recibieron por trasplante, ya bastante crecido, varios siglos después. “Lo primero que sorprende cuando se observan los hechos de lengua -afirma Ferdinand de Saussure- es que, para el sujeto hablante, su sucesión en el tiempo no existe: él está en un estado”. Desde el punto de vista sincrónico, que es el único que existe para el hablante, tanto derecho tienen los canarios de usar los verbos virar, botar o trincar, por ejemplo, en los sentidos particulares de orientar una cosa en sentido distinto del que tiene, arrojar con fuerza y sorprender, pillar, respectivamente, como los castellanos en los sentidos de cambiar la dirección de un vehículo o un barco, echar fuera y coger con fuerza, también respectivamente. Se crea un neologismo fónico, gramatical o léxico en lugares tan alejados de Canarias como Burgos o Punta Arenas, por ejemplo, y ese neologismo fónico, gramatical o léxico, precisamente por estar construido con los recursos invariantes de la lengua española, que es la suya, es tan de los canarios, andaluces o argentinos que se animen a usarlo como de los burgaleses o puntarenenses que lo han creado. Todo lo que se haga con una lengua, independientemente de quien lo haga, pertenece por igual a todos sus hablantes, sin excepción alguna.
Nadie niega que los españoles de las distintas zonas de la Península tienen derecho a usar la lengua que nació en Castilla como mejor cuadre a sus intereses expresivos, porque lengua materna suya es. Pero tampoco puede negarse que también andaluces, canarios y americanos están legitimados para hacerlo, no sólo porque esa lengua es la herramienta de su conocimiento, pensar y sentir, sino porque también ellos han contribuido a su desarrollo y ampliación, dándole un aliento particular, enriqueciéndola con sus propias aportaciones guanches, portuguesas, americanas y neológicas, y conservando algunos de sus tesoros perdidos ya en la tierra de los abuelos. Tan propia siente el canario la lengua que habla, que la acrecienta y cambia con nuevas palabras, nuevos sentidos y nuevas melodías, de acuerdo con sus necesidades expresivas.
La segunda consecuencia grave que se deriva del prejuicio de que la Lengua que hablan los canarios no es de ellos, sino de los castellanos, ha sido que ha allanado el terreno a la quimera de todos aquellos africanistas que sostienen que la verdadera lengua de Canarias es la lengua que hablaba su antigua población bereber. Es lo que nos viene a decir José Diego Díaz-Llanos Guigou en las líneas que siguen: “Tanto los antiguos canarios como los antiguos americanos, tenían, entre otras muchas cosas, sus propias lenguas, sus propios idiomas; pero desde el fatídico día que llegaron a estas tierras los Colonos, Pizarros, Lugos, Corteses, etcétera, dentro del imperdonable e injustificable genocidio que cometieron y del que la Historia les está pasando factura, hay que contabilizar el de la destrucción de esas hablas para imponer la que trajeron aquellos despiadados conquistadores. Por esa única razón, y no por ninguna otra, es por lo que hoy no tenemos lengua propia”. Desde este particular punto de vista, la lengua que hablan en la actualidad los canarios no sería otra cosa que una losa que anula su verdadera identidad guanche, que se encontraría reprimida en las profundidades de su ser. Obviamente, este planteamiento se basa en una falacia: la falacia de que identidad y lengua son cosas distintas; de que la identidad es una realidad etérea, ajena a la lengua, que sería un código de comunicación meramente formal. Pero no, lo que da identidad a los pueblos, lo que los hace ser de la forma que son, y no de otra, es la lengua que hablan, su lengua materna. Identidad y lengua se encuentra inextricablemente unidas; tan unidas se encuentran, que en el fondo vienen a ser lo mismo. Por tanto, si la lengua materna del pueblo canario es el español, su identidad es hispana, no guanche o de cualquier otro tipo.
Todavía más discutible que la suposición de aquellos que sostienen que la verdadera lengua de Canarias es la lengua que hablaba la población canaria preeuropea es la suposición de aquellos que afirman, sin el más mínimo rebozo, que, incluso en la actualidad, lo que se habla en Canarias es la lengua guanche, aunque con sonidos españoles. Para decirlo con terminología moderna: que el pueblo canario actual tendría estructura profunda o mental guanche y estructura superficial o material española. También nos encontramos aquí con otra ilusión tan propia de los indigenistas. Como sabe cualquier persona con un mínimo de conocimiento de lingüística moderna, el plano del contenido de las lenguas naturales es inseparable del plano de la expresión, a pesar de la arbitrariedad teórica (que no empírica) que, según Ferdinand de Saussure, preside la relación entre las dos caras del signo lingüístico: el significante o aspecto material y el significado o aspecto espiritual. Por tanto, si los canarios actuales usan el sistema formal del español, usan también su sistema semántico, porque uno y otro son solidarios. Y, si usa el sistema formal y el sistema semántico del español, los canarios actuales son, tanto en el fondo como en la forma, hispanos, no guanches. Todo aquel que habla la lengua española piensa y siente en lengua española, quiéralo o no.
Ni siquiera en los llamados guanchismos puede decirse que quede ya nada de la lengua guanche, al contrario de lo que suelen pensar todos aquellos que desconocen la verdadera naturaleza y el funcionamiento de las lenguas naturales. No quedan sonidos guanches porque los fonemas que conforman el significante de estas voces son las vocales, las consonantes y las sílabas de la lengua española. No hay nada en la pronunciación y entonación del canario actual que proceda de la lengua de sustrato. No quedan significados guanches porque los significados que las caracterizan surgen de relaciones de oposición con palabras de la lengua española. Y no puede ser de otra manera porque el ámbito cultural y afectivo en que se integran los préstamos guanches es totalmente distinto del ámbito cultura y afectivo de la lengua originaria. Ni siquiera el significado (polvo que resulta de la molienda de granos tostados) y los referentes de un guanchismo tan genuino como gofio tienen ya nada que ver con el mundo guanche. Su significación no tiene nada que ver con el mundo guanche, porque la misma surge de su relación de oposición con la voz de procedencia latina harina polvo que resulta de la molienda de granos. Y los referentes poco tienen que ver con la lengua originaria porque los mismos han ampliado enormemente su materia prima (trigo, millo, garbanzos, etc., que no existían en la Canarias preeuropea) y su forma de elaboración: escaldado, frito, amasado en lebrillo, amasado en zurrón… De ahí la riquísima fraseología y los diversos usos metafóricos que ha desarrollado esta emblemática palabra canaria a lo largo del tiempo.
Tampoco puede decirse que los guanchismos impliquen connotaciones guanches, porque, para que tuvieran connotaciones guanches (es decir, sentimientos o evocaciones guanches, que es lo que son gran parte de lo que solemos llamar connotaciones guanches), sus denotaciones (de las que, por lo general, dependen las connotaciones) habrían de ser guanches y los hablantes tendrían que tener conciencia de su filiación lingüística originaria. El hablante canario ingenuo no tiene conciencia de que canarismos tan populares como perinquén, tafeña, tajinaste, goro, beletén, gofio, tajorase, Escanfraga, Tamabada o guanil, por ejemplo, procedan de la lengua o las lenguas de los viejos majos, canarios, guanches, auaritas, gomeros o bimbapes. Por eso mismo, es imposible que le evoquen la lengua o el mundo prehispánico. Para el canario del común, las voces citadas tienen exactamente la misma connotación de registro que sus palabras de origen latino lagarto, hinojo, corral, leche, harina o cabra, sus palabras de origen árabe almacén, acelga, alfombra, arroz, noria, tabique, sofá o almíbar o sus palabras de procedencia portuguesa jeito, mojo, maresía, fechillo, enchumbarse o millo. Es decir, la connotación lingüística de palabras de la lengua española, aunque es evidente que, en los guanchismos y portuguesismos, esa connotación primaria vaya acompañada de una connotación secundaria de palabra canaria. “Los nombres indígenas -escribe Ángel Rosenblat para los americanismos de Venezuela- son fantasmas evocadores de un mundo lejano y misterioso, casi desaparecido (…). Esas palabras son también el testimonio de lo que el indio ha dado a nuestra cultura. Representan la supervivencia del indio. Es su voz que sigue aún resonando entre nosotros. Y esa voz, conducida por las amplias alas de nuestra literatura, se oye hoy a través de mares y continentes”. Y, efectivamente, así es. No cabe ninguna duda de que voces indígenas canarias como Escanfraga o Tamadaba, por ejemplo, encerraban una forma particular de ver el territorio (la primera, a partir de la idea de esquén adoratorio, y la segunda, a partir de la idea de límite de tama), la forma de ver el territorio de los viejos guanches. Pero esas representaciones guanches de ver el territorio sólo cuentan hoy para los especialistas, no para los hablantes ingenuos, que constituyen la inmensa mayoría de los hispanohablantes. Para estos, se trata de misterios que nunca podrá desvelar, porque desconocen el sistema gramatical que les sirve de base. Y, como ni el significante ni el significado de los guanchismos, que es lo único que queda de la lengua guanche, pertenece a la lengua guanche, pues, lamentablemente, resulta imposible su reconstrucción o resurrección.
Lo que ponen de manifiesto las quimeras idiomáticas que comentamos es que no hay lengua o dialecto de invasión o conquista que se encuentre libre de los fantasmas sustratísticos. El andaluz tiene los fantasmas sustratísticos del mozárabe y el árabe, de los que tanto abusan los defensores más fanáticos de ese dialecto del español y que tanto han cuestionado los lingüistas más rigurosos (Antonio Narbona, Rafael Cano Aguilar, Ramón Morillo…); el español de América tiene que lidiar con los fantasmas sustratísticos de las lenguas amerindias, a los que sucumbió el mismísimo Rodolfo Lenz, con toda su solvencia académica, y que tanto cuestionaron lingüistas como Amado Alonso y Lope Blanch, por ejemplo; y el español de Canarias ha sido perseguido casi desde su misma aclimatación a las Islas por el fantasma sustratístico del guanche, como vamos viendo. Soportar el espectro de las víctimas, que se resisten a morir del todo, recordando que ellas estuvieron antes en el territorio invadido, es el tributo que tienen que pagar las lenguas invasoras por su atrevimiento.
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