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Ensoñaciones castellanistas

OPINIÓN MARCIAL MORERA.

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Las ensoñaciones castellanistas son en buena medida las causantes de que la Canarias verdadera ni se haya conocido ni haya interesado más allá de sus costas, como puede comprobar cualquier isleño a poco que se anime a poner el pie fuera de su tierra. “En el exterior existe un casi absoluto desconocimiento, una enorme confusión, sobre lo que es el Archipiélago”, declaraba el escritor grancanario J. J. Armas Marcelo en la presentación de su libro (escrito en colaboración con Luis Alemany) Guía secreta de Canarias, a principio de los ochenta del siglo pasado. Y contaba la siguiente anécdota como prueba de hasta dónde llegaba entonces ese desconocimiento y esa indiferencia: “En Madrid, gente universitaria y en contacto permanente con libros me preguntaba si los ”indios“ de que se habla en la Guía eran los hispánicos”. Así era (porque me imagino que eso ha cambiado algo en las últimas décadas en que Canarias y la Península, España toda, se ha abierto al mundo), sin ninguna duda.

Y, por lo menos en algunas partes de América, las cosas no eran muy distintas. “En Venezuela hay isleños, nativos de las Islas Canarias, hombres rutinarios, de poco alcance mental, de mano pesada, preocupados y mezquinos. Crían vacas y cabras y venden leche. Cultivan el maíz”, escribió nada más y nada menos que el cubano José Martí en sus apacibles días venezolanos. ¿Por qué tenía el padre de la independencia cubana, que, para más inri, llevaba sangre canaria en sus venas, concepto tan peregrino de los isleños, de una gente que tanto había contribuido a la formación de tantas naciones hispanoamericanas, entre ellas, la de él mismo? Pues simplemente porque no la conocía. ¿Y por qué no conocía Martí a los canarios? Pues, con toda probabilidad, porque la única versión que tenía de lo español, lo canario incluido, era la versión castellanista. Tal vez fuera el fragor de las guerras de independencia contra lo que entonces llamaban “godo” lo que impedía juzgar con ecuanimidad.

Desde el punto de vista castellanista, Canarias ni puede ser conocida, ni interesa ni tiene futuro. No puede ser conocida porque, como decimos, su habla, su cultura, su sociedad, su historia, su geografía, su paisaje y su sensibilidad son en parte distintas del habla, la cultura, la sociedad, la historia, la geografía, el paisaje y la sensibilidad castellanas. No interesa porque los remedos son siempre inferiores al original. Y no tiene futuro porque en “castellanidad” o “andalucidad”, muy difícilmente puede competir el canario con el mesetario peninsular o con el andaluz.

Una de las consecuencias más perversas del dogmático planteamiento de los castellanistas (y digo castellanistas, no castellanos, que, obviamente, no es lo mismo), encastillados en la soberbia creencia de que están en posesión de la verdad, es que ha impedido el desarrollo de un debate sereno y racional de la identidad real de Canarias con todas aquellos que defienden posturas distintas de las suyas. Para los castellanistas, tan dados a perdonar la vida a aquellos que no piensan como ellos, estos no han merecido nunca la más mínima consideración. Se les suele despachar con un desdeñoso mohín de superioridad o con una irónica insinuación de compasión, sin entrar en el fondo de las razones que esgrimen, por muy disparatas que estas puedan considerarse.

Y otra no menos grave que la anterior es que ha impedido formar maestros con sensibilidad y sabiduría suficientes para explicar científicamente (no de forma emocional o folclórica, que amor sí quita conocimiento) la realidad canaria en los centros educativos de la comunidad autónoma, al que muchos atribuyen el dramático fracaso escolar que sufren las Islas. “Estamos de acuerdo con usted -respondían Jorge Pulido, José A. Alemán y Felipe Ros al periodista Jiménez Mesa, que los había acusado de nacionalistas estrafalarios- que parte del fracaso escolar se debe a la falta de preparación del profesorado. Pero piense un poco, ¿dónde aprendieron los enseñantes?, ¿quién impuso el modelo y contenidos de sus carreras?”.

En realidad, el problema de esta enseñanza normativa o dogmática, que no es exclusiva de Canarias, sino de todo el Estado, sólo puede resolverse adecuadamente con una formación verdaderamente científica de los enseñantes, como había señalado Unamuno desde principios del siglo pasado: “Si los maestros de primeras letras (y los de secundaria y hasta de universitaria, añadimos nosotros) se impusieran en los principios de la ciencia lingüística, libertaríanse con ello de los prejuicios del casuismo gramaticalesco, y en vez de abandonar, cuando no despreciar, la lengua popular hablada, estudiaran con amor esos supuestos disparates, discernirían los propiamente filológico de lo patológico (interesante también esto) y adquiriríamos por ellos, los mejores situados para tal labor, no poco caudal de datos con que trazar la biografía del romance castellano”.

El desprecio por el saber científico se encuentra tan arraigado en la enseñanza de la lengua, que, incluso cuando, en tiempos más recientes se ha planteado su reforma, la receta ha sido recomendar que se prescinda de todo conocimiento teórico, sin que se nos diga cómo pueden explicarse los textos, sean hablados o escritos, sin conocer a fondo de forma explícita -que eso es lo que es la ciencia- los principios universales que rigen las estructuras de las lenguas. Es verdad que el citado Unamuno llegó a escribir que no sólo “se puede y se debe enseñar la propia lengua sin eso que llaman gramática, sino que la tal pretendida gramática es la causante de que se enseñe la propia lengua mal”.

Pero cuando don Miguel hablaba de “gramática”, se refería en particular a la gramática oficial, plagada de logicismo, clasificaciones referencialistas y preceptos arbitrarios, que nada tienen que ver con la verdadera gramática de las lenguas. “Bastante destrozo causa -insiste el autor- en nuestra instrucción pública el que sea de texto en nuestra escuela de primera enseñanza para la asignatura -¡qué nombre tan feo!- de gramática -que debía desaparecer de ella- pues para enseñar clasificaciones gramaticales y definiciones absurdas bastante destrozo pedagógico causa el que sea de texto en la escuela el terrible Epítome académico, símbolo del centón de disparates de su gramática”. Y en esto tenía razón don Miguel. Nadie ignora que la axiomáticas gramaticales, sean estas antiguas o modernas, que intentan atar los principios idiomáticos a los prejuicios de cada cual, han constituido y constituyen una verdadera calamidad para su enseñanza. No se refería a la teoría propia de la lengua, en el sentido de Andrés Bello, a su estudio científico, que consideró siempre necesario, como es lógico. Enseñar lengua es explicar a los estudiantes los textos orales y escritor más elaborados de la que hablan, para que les sirvan de modelo y guía de su propia expresión.

Y esta explicación racional sólo puede hacerse efectiva conociendo a fondo el idioma. ¿Cómo pueden explicarse las sutiles diferencias que existen entre frases como Derretirse al sol, Derretirse con el sol, Derretirse por el sol, Derretirse en el sol y Derretirse bajo el sol, entre El hombre de los zatos blancos se apartó hacia el fregadero, El hombre de los zapatos blancos se apartaba hacia el fregadero y El hombre de los zapatos blancos se aparta hacia el fregadero, entre Te mando un fontanero que te lo arregla y Te mando un fontanero que te lo arregle o entre Me parece que las gafas de papá se rompieron un poquito y Rompí las gafas de papá, por poner un par de ejemplos, sin conocer la significación invariante de cada una de las preposiciones y los tiempos y modos verbales implicados en cada una de ellas y la oposición sintáctica tal sutil que existe entre construcción transitiva y construcción pasivo-refleja? ¿Cómo puede explicarse la literatura sin saber gramática en serio, cuando el material de la obra literaria es fundamentalmente gramática? Yo, que llevo impartiendo clases de gramática española hace más de 40 años en la Universidad de La Laguna, confieso que nunca he encontrado ejemplos más adecuados para explicar el sentido intensivo de la significación invariante ‘duración hasta el momento en acto que se indica’ del adverbio aun y la radical diferencia sintáctica que existe entre el dativo le y el acusativo lo, incluso en el caso de leístas, loístas y laístas, que la estrofa “Aprended, flores, en mí / lo que va de ayer a hoy, / que ayer maravilla fui / y sombra mía aun no soy” del archiconocido poema de Góngora, y el poemita “No le toques ya más, / que así es la rosa de Juan Ramón Jiménez, respectivamente.

En cierta manera, las dificultades que tienen algunos de los políticos canarios a la hora de explicar y promocionar la Canarias genuina en los foros regionales, nacionales e internacionales se debe en parte a esa falta de escuela canaria que comentamos, una escuela que enseñe a conocer y valorar científicamente el punto de vista propio. No hablo, evidentemente, de aquellos canarios que piensan que lo único que hay que hacer en política es “arrefañar en Madrid unas perrillas para las carreteras insulares” o de los interesados sólo en mantenerse a toda costa en el cargo que les da de comer. Tampoco hablo de aquellos que consideran que el problema de Canarias se reduce a la desigualdad social. Hablo de aquellos que tienen conciencia clara de que el problema principal de las Islas no es tanto un problema material cuanto un problema espiritual, un problema de conocimiento y reconocimiento de su identidad verdadera, que es cosmopolita.

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