Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

El amor en los tiempos de la cólera

0

Ya desde el siglo V antes de Cristo, había dicho el filósofo presocrático Empédocles de Agrigento que las relaciones que existen entre las personas, los animales y las cosas del mundo las gobiernan dos movimientos universales distintos: un movimiento de atracción o integración y otro de rechazo o repulsa. 

El primero de ellos es el que hace que, por ejemplo, el imán atraiga el hierro, los cuerpos con masa, a otros cuerpos con masa, los átomos o moléculas, a los átomos o moléculas que tienen carga eléctrica opuesta a la suya, o los animales hembras, a los animales machos, haciendo posible así su perfección, el orden del mundo y la continuidad de la vida. Cada cosa busca aquello de lo que carece y necesita para seguir siendo. Si el mundo existe, es decir, si tiene perfección, es gracias al movimiento de atracción que comentamos; lo que algunos filósofos han dado en llamar el “genio de las especies (sean éstas biológicas o no)”. Sin él, no es que la realidad fuera un caos, sino que simplemente no existiría, porque no habría perfección o completud entre los seres que la constituyen. Todo se reduciría a fragmentos de cosas; a cosas incompletas, sin sentido alguno y sin posibilidad de perpetuación.

Por su parte, el segundo movimiento universal que rige la relación entre los seres del mundo es el que determina que, por ejemplo, el agua rechace el aceite, el color rojo, el color verde, los átomos y las moléculas, los átomos y las moléculas que tienen su misma carga eléctrica, o el perro, el olor del vinagre, provocando así disgregación y desorden en la naturaleza. Es un movimiento que no sólo impide la perfección del ser, sino que conduce también a su desintegración o ruina. Pese a ello, se trata de un movimiento fundamental para la existencia, pues, gracias a la destrucción que le es consustancial, se renueva el mundo. Ningún cambio o avance importante es posible en el mundo sin la destrucción del estado anterior. Hasta la dolorosa muerte tiene su justificación biológica, porque sólo acabando con lo caduco y decadente del ser, que es su parte accidental, es posible mantener la esencia de las especies; lo que las define de forma permanente. No se trata de nacimiento a otra vida, a una vida eterna, como suelen decir las religiones con la retórica metafísica que las caracteriza, sino de purificación de las cosas de esta. Las personas, los animales, las plantas y las cosas mueren para vivir. Hay incluso quienes piensan que la verdadera función de la muerte, la anulación de las personas, los animales y las cosas como si no hubieran existido nunca, es limpiar el mundo de la inmundicia que lo habita y volverlo a los orígenes, a la pureza originaria, a la nada de donde salió todo. La muerte es tan tremenda y compleja, que no hay tema que la iguale en cuanto a interpretaciones filosóficas y opiniones personales.

Pues bien, en el ámbito de los seres humanos, que viven en el mundo simbólico del lenguaje, no en el empírico de eso que suele llamarse realidad o naturaleza, los movimientos de atracción y rechazo que comentamos reciben el nombre de amor y odio, respectivamente. El amor implica siempre un movimiento de integración en el otro pleno de bondad y el odio, un movimiento de rechazo pleno de maldad. 

En efecto, el amor, que se actualiza en nuestra lengua bajo formas categoriales distintas (bajo las formas categoriales nominales amigo, amistad, amabilidad, amante y amado; bajo la forma categorial verbal amar; y bajo la forma categorial adjetiva amable) y que se manifiesta en formas enormemente diversas (‘amor materno’, ‘amor paterno’, ‘amor conyugal’, ‘amor filial’ y ‘amor fraterno’, en el ámbito de la familia; ‘amistad’, en el ámbito de las relaciones extrafamiliares; ‘amor romántico’, en el ámbito de los sentimientos; ‘amor erótico’, en el ámbito del sexo; ‘amor propio’, en el ámbito de la personalidad; ‘amor a Dios’, en el ámbito de la religión; ‘amor a la vida’, en el ámbito de los anhelos y aspiraciones…), pone a los seres humanos en paz y concordia consigo mismos, por una parte, y con ellos y el resto del mundo, por otra, haciendo así posible la armonía social y la continuidad de la especie. El que ama se vacía en el otro, dejando de pensar en sí mismo y en sus intereses más personales. Hay personas que se integran en los otros tan plenas de bondad, que se liberan tanto de su prisión personal, que terminan fundiéndose enteramente con ellos, convirtiendo los sufrimientos y alegrías de estos en los suyos propios. Estas, que nuestra lengua suele llamar “filántropos”, “santos” o “héroes”, son las buenas. Son las que han entendido que el mundo necesita de tolerancia, paciencia, indulgencia y amor para poder ser. Si no tenemos tolerancia, paciencia e indulgencia con el prójimo y amor hacia él, estamos condenados a la agresividad, el enfrentamiento, la desunión, la desintegración o la destrucción. Al menos un poco de amabilidad y comprensión es siempre imprescindible para el funcionamiento del mundo. Incluso las cosas que hacemos, sea con las manos, sea con la inteligencia, son inviables sin amor. Por eso recomendaba Antonio Machado a sus discípulos de poética que fueran siempre benévolos si alguna vez se dedicaban a esa actividad tan importante en las sociedades humanas civilizadas que es la crítica de arte: “Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea”. 

Por su parte, el odio, que suele manifestarse con intensidad más o menos diversa y versiones distintas, pero que en nuestra lengua se formaliza sólo bajo tres formas lingüísticas diferentes (el nombre odio, el adjetivo odioso y el verbo odiar), no genera más que maldad, discordias y guerras, haciendo imposible la vida social y provocando la disgregación de los individuos, las familias, la sociedad, las naciones y la humanidad toda. A pesar de su poco desarrollo idiomático, sus efectos son devastadores. Es chiquito, pero matón, podríamos decir, siguiendo la corriente del dicho popular. El odiador se reserva la bondad para sí mismo. Y esto no es amor, sino egoísmo, vanidad o soberbia. Si alguna vez ha producido este sentimiento demoníaco algo bueno, es más bien modesto. Tal es el caso de la crítica de los avinagrados del citado Machado. “Más de una vez -nos dice el poeta sevillano- la malevolencia, el odio, la envidia ha aguzado la visión del crítico para hacerle advertir, no lo que hay en las obras de arte, pero sí algo de lo que falta en ellas. Las enfermedades del hígado y del estómago han colaborado también con el ingenio literario. Pero no han producido nada importante”.

Obviamente, los acicates de los dos movimientos del alma que comentamos suelen ser muy diversos. Unas veces están en el otro, como su aspecto físico, su sex appeal, su personalidad, su comportamiento, su prestigio, su riqueza o el ambiente en que se mueve. ¿Quién no hinca la rodilla ante el poderoso? ¿Quién se resiste a la erótica del poder, tan fascinante como engañosa? ¿Quién no siente repugnancia ante las personas atrabiliarias o violentas? ¿Quién no se rinde ante los encantos de un hombre o una mujer exuberante o despampanante, aunque tales encantos no sean más que oropel o meras apariencias? Muchos de estos acicates son azarosos, contingentes o fortuitos, más o menos temporales, impuestos en muchas ocasiones por el imperio de las modas. Lo que hoy es bello y apreciado mañana es feo y desdeñado. Tan importantes son los móviles del amor y del odio, que ha terminado generando una poderosa industria, la industria de la belleza, con productos cosméticos cada vez más potentes, operaciones estéticas sofisticadísimas, vestidos provocativos y peluquerías, manicuras y tatuajes más o menos glamurosos, cuya finalidad principal es suscitar la admiración, el amor y hasta la lascivia en el otro y que tantos suculentos beneficios económicos reportan al gran capital. “La industria de la belleza genera un impacto de 19.000 millones a la economía española”, leí en un periódico nacional no hace mucho tiempo. 

Otras veces, dependen estos dos soberanos del universo que son el amor y el odio no de las cualidades del amado o de sus circunstancias, sino de la índole o naturaleza del amante o del odiador. Es decir, que se llevan en la sangre, en el corazón o en el ADN, según los casos. Son acicates internos al sujeto mismo. 

Así, tenemos “hombres hiperbólicamente benévolos y cordiales, dispuestos siempre a exclamar como el borracho del buen vino: ”¡Usted es mi padre!“”, como dice Machado. Gente con grandeza de alma, que se alegra con el bien del prójimo y se entristece con sus desgracias. Lo que predomina en ellos es el hemisferio derecho del cerebro, que, según sostiene el prestigioso psiquiatra, escritor y pensador inglés Iain McGilchrist, es lo propio de la gente generosa, humilde y flexible; gente con grandeza de alma, que tanto abunda en el mundo oriental, como los nepalíes, los chinos, los indios o incluso los rusos, de los que dice Machado que son quienes más exactamente han interpretado el sentido fraterno del cristianismo. Es el caso de ese bendito que, a pesar de que un coche estuvo a punto de mandarlo al otro barrio, en lugar de insultar al desaprensivo que lo conducía, le dice benévolamente: “Ten cuidado, que te vas a matar”. Tan anómalamente buenos son estos seres angelicales, que los listillos de turno suelen calificarlos de “pobres diablos”, “ingenuos” o “papanatas”. 

Otros, sin embargo, parece que llevan el diablo metido en el cuerpo y sólo generan daño y desolación por dondequiera que pasan, sin poderlo remediar. Lo que predomina en ellos es el hemisferio izquierdo del cerebro, que, según sostiene el citado Iain McGilchrist, es lo propio de los egoístas, arrogantes y resentidos, que sólo buscan su propio interés y que tanto abundan en los pueblos occidentales, que han llevado el colonialismo a África, América, Asia y Oceanía, promovido dos guerras mundiales y van camino de la tercera, una guerra civil en España y otra en los Balcanes, etc. Y no sólo hacen daño para sacar tajada del prójimo, sino que, incapaces de empatizar con él o ponerse en su lugar, hasta llegan a gozarse gratuitamente en los males que estos padecen o sufren. No pueden soportar al ser humano. Les apesta. Son los demonios de Dostoievski, los renegados o “ásperos de condición y maldicientes” de la Real Academia, los azotes de los canarios o lo que la muchachada actual, tan dada a los expresivos anglicismos, que tanto contribuyen a globalizar el mundo, llama haters. Se trata de una especie muy numerosa y prolífica. Los hay encumbrados o de alto copete, como el filósofo alemán Schopenhauer, que llegó a escribir estas palabras terribles en contra del ser humano: “La vista de los hombres excita casi siempre en mí una aversión muy señalada, porque no cortas excepciones me ofrecen el espectáculo de las deformaciones más horrorosas y variadas: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición despreciable, síntomas de locura y perversidad de todas clases y tamaños; en fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes. Por eso me aparto de ellos y huyo a refugiarme en la naturaleza, feliz de encontrar allí a los brutos”. Otros no vuelan tan alto ni saben expresar su falta de amor con la maestría que lo hace el padre del pesimismo moderno, aunque no por ello son menos dañinos. Son misántropos de poca monta, como los conductores energúmenos, que nunca ceden el paso a los demás y que no paran de tocar la pita por dondequiera que pasan, aunque no tengan razón; los ciudadanos malhumorados, que no ven más que hostilidad hacia ellos por todas partes; los sujetos mal encarados, que no sonríen nunca ni por equivocación; o los contrariados, que, por ejemplo, tratan de “focas” a las personas gordas o de “inútiles” a aquellos que no hacen las cosas a su gusto, o que desean que se mueran los feos, como proclamaba una horrenda canción de hace un montón de años, sin reparar en que uno no es feo, gordo, tonto o hermoso, porque quiera, sino porque Dios o naturaleza lo ha hecho así. Nadie es culpable de sus defectos o virtudes y, por eso, no se le puede hacer responsable de ellos. Tan absurdo es criticar a la gente por su aspecto físico o por su falta de talento como encumbrarla por su hermosura o inteligencia. Ya lo decía la Marcela del Quijote, que los amigos del enamoradizo Grisóstomo tenían por la causante de su muerte por desamor: “Habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo: que tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa”. Nos encontramos ante mala gente, que no tiene regeneración o enmienda posible, porque, como decíamos más arriba, el mal lo lleva metido en la sangre, en el corazón o en el ADN, como el agua, el átomo o el perro llevan en sus entrañas el rechazo al aceite, al átomo que tiene su misma carga eléctrica y al olor del vinagre, respectivamente. Es de naturaleza incompatible con el amor. 

Es verdad, por tanto, que hay personas y pueblos predominantemente amantes y personas y pueblos predominantemente odiantes, pero no menos verdad es que la mayor parte de la gente y los pueblos son amadores u odiadores a tiempo parcial. Y es lógico que así sea, porque amor y odio se encuentran en relación dialéctica. De la misma forma que la luz, el ruido y el color negro, por ejemplo, necesitan la sombra, el silencio y el color blanco para poder ser, el amor no existe sin el odio ni el odio sin el amor. Lo que ocurre es que no siempre tienen el mismo protagonismo.

En el caso de las personas, que predomine el amor o el odio depende frecuentemente de los humores. Cuando el cuerpo está de “buena tiempla”, como dice el pueblo llano, impera el amor. Cuando la tiempla es mala, se impone el odio. Otras veces, las personas sólo son capaces de amar cuando consiguen controlar los sentimientos mediante la razón, que les permite poner una sonrisa en la boca, que es por donde sale lo bueno y lo malo que hay dentro del hombre, ansias de comprender en los oídos, que es por donde entra aquello que viene de los otros, deseos de perdón en el corazón y destreza en las manos, que son el instrumento con que construimos el mundo. Es como si sólo con el control de las bajas pasiones por parte de la razón fueran capaces de ser bondadosas determinadas personas; obrar el bien y verlo todo con indulgencia y hasta de color de rosa. En el resto del tiempo, lo que predomina en ellas es el odio o la indiferencia. 

En la historia de los pueblos, el predominio del amor o el odio depende del momento, las circunstancias o la conjunción de los astros, que dirían los amantes de la astrología. Hay etapas en las que lo que impera es el amor, que propicia la paz, el orden y la civilización. Es lo que ha sucedido en Europa desde finales de la segunda guerra mundial. En otras, lo que impera, sin embargo, es el odio, que conduce al asesinato, la destrucción y la guerra. Como si la gente se cansara de amar o vivir en paz y armonía y necesitara mancharse las manos de sangre. Al ser humano le aburre y hasta le repugna el hábito o la costumbre. Se le hacen tediosos, aunque de ellos dependa su bienestar e incluso la vida. Es algo genético. Por eso, no hay que alentar la esperanza de que eso que llamamos progreso o civilización termine por amasar alguna vez la fiera del hombre y le permita alcanzar la paz definitiva. La única paz definitiva o eterna para el ser humano es la paz de la muerte, el punto final de la vida. Aunque, desde la perspectiva personal, esta paz sirva para poco, porque la paz verdadera es cosa de la vida y la vida no es asunto del muerto. Todo lo demás es guerra o agonía, en el sentido unamuniano del término; lucha permanente de contrarios, lucha entre las personas, los animales y las cosas; luchas civiles o de ideas y luchas inciviles o de armas. Como escribe Borges en uno de los sonetos de su extensa obra poética, como el del ajedrez, “el juego de la guerra es infinito”.

Lamentablemente, en nuestro tiempo, tras décadas de relativa calma, parece que le ha tocado el turno al odio y, con él, a la guerra. Como si nos hubiéramos cansado de vivir en paz. Guerra con armas de destrucción masiva en Gaza, Ucrania, Irán y otras partes olvidadas del planeta y guerra verbal, que es a veces preludio de las guerras con armas de destrucción masiva, en los parlamentos nacionales, como el nuestro, por ejemplo, y en los foros internacionales, donde no se dialoga, sino que se insulta. “Eres basura. Eso es lo que eres. Basura”, le espetó días atrás completamente descompuesto un diputado nacional a un periodista que le había hecho una pregunta capciosa o “trincosa”, como dicen nuestros chicos. Más recientemente recomendaba un diputado regional canario “mandar de una patada en el culo a godilandia” a los ministros que gestionaron la crisis del crucero Hondius. Así es como se “razona” hoy. Pero no conviene jugar con fuego. Con los insultos hay que tener mucho cuidado porque, con el tiempo, la lucha de los espíritus mediante insultos puede desembocar en lucha de los cuerpos mediante armas de destrucción masiva. Y es que estamos gobernados por gente (Putin, Trump, Netanyahu, Milei, Ortega, Orban, Bukele...) que lleva el odio metido en el cuerpo; gente enferma de odio, que no entiende el corazón, las necesidades y el sufrimiento del ser humano, porque el poder y el dinero la ha desconectado del mundo de la verdad, que es aquel en el que predominan más los dolores que las dichas. Las inquietantes e incluso pavorosas declaraciones que emiten estos señores a través de la radio, la televisión, la prensa o las redes sociales delatan claramente la laya de que están hechos. ¿Qué amor, cordura o decencia puede haber en el corazón de un individuo que afirma de forma matonesca que el único límite de sus actos es su conciencia; que con Cuba puede hacer lo que le dé la gana; que va a hacer saltar por los aires a Irán; que los iraníes son “unos hijos de puta”; que es merecedor del premio Nobel de la Paz; que deberían nombrarlo papa, emperador de Irán o presidente de Cuba; que es Jesucristo; o que el Golfo de México y el Estrecho de Ormuz deberían llamarse “Golfo de Estados Unidos” y “Estrecho de Trump”, respectivamente? ¿Qué locuras, estupideces o payasadas son estas? El odio, la estupidez y la soberbia ciegan. Es verdad que también ciega el amor, como se ha dicho siempre. No en vano los griegos representaban a Cupido, su divinidad máxima en el Olimpo, con los ojos vendados. “Ciego que apuntas y atinas, / caduco dios y rapaz, / vendado que me has vendido / y niño mayor de edad”, escribe Góngora en una de sus letrillas más conocidas. Pero la ceguera del amor nada tiene que ver con la ceguera del odio. La ceguera del amor se caracteriza por no querer ver los defectos del amado, para que estos no perjudiquen la relación con él o el interés que se tiene por él. Es una ceguera de perdón. El amor sólo ve virtudes, generalmente exagerándolas. Por eso tienen tanto poder sobre nosotros las personas que amamos. Los enamorados son beneficiarios o víctimas de su ceguera o perdón. Por el contrario, la del odio no quiere ver las virtudes del odiado, sino sus defectos, exagerándolos. Es una ceguera de condena. El amor y el odio no saben de imparcialidades.

Por fortuna, los exabruptos que se detectan hoy en la vida pública española, con su manifestación más o menos palpable que es la agresión verbal o el insulto, puede superarse con un poco de amor, porque “el español suele ser un buen hombre, generalmente inclinado a la piedad. Las prácticas crueles -a pesar de su afición a los toros- no tendrá nunca buena opinión en España”, llegó a decir el maestro Antonio Machado, que del alma humana sabía mucho, aunque verdad es que, después de escribir estas líneas tan benévolas, se desató la tormenta criminal de la guerra civil del 36, que se llevó por delante a más de medio millón de compatriotas llenos de ilusiones y esperanzas. En teoría, por lo menos, la cosa es sencilla: hay que esforzarse por que los cambios sociales, políticos, culturales, educativos, etc., que se promuevan, siempre tan necesarios para que la vida fluya, se hagan con amor o por lo menos con comprensión y respeto hacia aquellos que, por propio interés o por el miedo que les produce la incertidumbre del cambio, suelen oponerse o resistirse a su implantación. Imponer los cambios a mandoble limpio, sin intentar convencer de su conveniencia y justeza a los que no están de acuerdo con ellos, sin hacer pedagogía para que se entienda su razón de ser, en definitiva, significaría no sólo condenarlos a la irrelevancia, sino además que la razón es incapaz de imponerse al odio que todo ser humano, por su condición animal, lleva metido en lo más hondo de sus entrañas. Obvio es que sólo consensuando los cambios tienen los cambios posibilidad de ser importantes y perpetuarse en el tiempo. Si el odio se desata y campa a sus anchas por las calles, volveremos al garrote y las cavernas. No se trata de que se ame a aquellos que tienen planteamientos radicalmente opuestos a los de uno. El amor no depende del querer, porque es un sentimiento irracional, algo que está fuera del control de la voluntad y de la razón. “L’amour est un oiseau rebelle”, dice la Carmen de Bizet. Se trata de algo mucho más modesto que esto. Se trata de que, al menos, se les respete y se les reconozca su derecho a la discrepancia; que no se les obligue a pasar por el aro de ese terrible atentado contra la libertad de expresión que llaman “lo políticamente correcto”. Y eso sí que depende de la voluntad y de la razón. No porque una persona discrepe de nuestra forma de pensar y sentir es un bárbaro, un salvaje o un fascista, como suelen pensar y decir con tanta frecuencia los tantos iluminados o fanáticos que hay por el mundo, que creen en verdades absolutas, que son, obviamente, las que profesan ellos. Al ser humano hay que amarlo o, por lo menos, respetarlo siempre, piense lo que piense, diga lo que diga, sienta lo que sienta y tenga el color de piel que tenga, primero, porque es una persona, segundo, porque, a pesar de todo, todos tenemos algo de razón en lo que decimos, pensamos y hacemos y, tercero, porque, los planteamientos de uno sólo existen porque existen los de los demás.

Sobre este blog

Espacio de opinión de Canarias Ahora

Etiquetas
stats