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Chicharreros y conejeros: donde hubo fuego, cenizas quedan

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Existen dos tipos de gentilicios o nombres designativos de relaciones con los lugares radicalmente distintos: gentilicios denotativos u objetivos, como alemán, francés, chino, español o canario, y gentilicios connotativos o subjetivos, como pejín, pepinero, culeto, gato, morisco, ratón, gabacho, yanqui, conejero o chicharrero, y los dos presentan implicaciones lingüísticas, sociales, históricas y hasta culturales distintas. 

Los primeros, que derivan, por lo general, de nombres de lugares o topónimos, son meramente descriptivos y se refieren tanto a personas como a cosas. Como puede verse en cualquier diccionario al uso, el gentilicio alemán, significa “natural de Alemania” o “perteneciente o relativo a Alemania”; francés, “natural de Francia” o “perteneciente o relativo a Francia”; chino, “natural de China” o “perteneciente o relativo a China”; español “natural de España” o “perteneciente o relativo a España”; y canario, “natural de Canarias” o “perteneciente o relativo a Canarias”, sin más. 

A pesar de ello, con el transcurrir del tiempo pueden enriquecerse y, de hecho, se enriquecen estos gentilicios detoponímicos con sentidos connotativos (frecuentemente, despectivos) más o menos variados, generalmente, por desplazamiento metonímico. Así, la forma alemán ha desarrollado entre los españoles la connotación peyorativa “cabeza cuadrada”; la forma francés, la connotación peyorativa “chovinista”; la forma canario, la connotación peyorativa “aplatanado”. Se trata de creaciones propias de grupos humanos externos a los titulares del nombre y, por razones obvias, difícilmente suelen ser aceptados de buen grado por estos. A pesar de ello, por este camino connotativo han terminado muchos de estos adjetivos de relación de origen toponímico convirtiéndose en adjetivo calificativos independientes. Es el caso de la forma campechano, cuya significación gentilicia “natural de Campeche” devino en la significación calificativa “se dice de la persona de trato llano”; o de la forma eslavo, cuya significación gentilicia “natural de la Europa central u oriental” devino, bajo la forma esclavo, en la significación calificativa “dicho de una persona, que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra”, y de este la forma ciclán “carnero con un solo testículo”. Nos encontramos, por tanto, ante una clase de palabras que va de la significación denotativa, descriptiva u objetiva a la connotativa, valorativa o subjetiva. Obviamente, este salto semántico mortal de lo denotativo a lo connotativo no se produce de golpe y porrazo, sino de forma gradual, como ocurre con todo idiomático.

Por el contrario, los gentilicios connotativos o subjetivos, que se basan en nombres descriptivos que nada tienen que ver con el topónimo de base y que se refieren siempre a personas (nunca a animales ni a cosas), son siempre valorativos o burlescos. Se trata de denominaciones generalmente metonímicas (referidas a cosas, actitudes, comportamientos, etcétera, propios de las personas aludidas) que emplea la gente externa al grupo del designado (comúnmente, vecino) con intención más o menos humorística o irónica. Ya se sabe lo problemáticas que suelen ser las relaciones entre vecinos, que se comportan muchas veces como despiadados competidores. Así, los santanderinos son denominados pejines, por su dedicación a las faenas pesqueras; los de Madrid, gatos, por la agilidad con que en cierta ocasión trepó uno de ellos por una muralla defensiva; los de Tuineje, moriscos, por su piel morena y tal vez por la presencia de población morisca en los orígenes del pueblo; los de Agaete, culetos, acaso por el calzón blanco que utilizaban los jugadores de su equipo de fútbol o sus pescadores, que los asemejaba a las cabras culetas (que son las que tienen la parte trasera de color blanco); los norteamericanos, yanquis, porque, al parecer, los colonos holandeses del sur de Nueva Inglaterra llamaban “Jan Quees” (Juan Queso) a los del norte; los de Lanzarote, conejeros, por la abundancia de conejos que había en la isla y el comercio que hacían sus habitantes con sus pieles; y los santacruceros, chicharrero, por la pesca y el consumo de ese humilde pescado que es el chicharro. 

De la misma forma que con el tiempo pueden desarrollar sentidos connotativos los gentilicios denotativos o descriptivos, pueden desarrollar sentidos denotativos los gentilicios connotativos o burlescos, pasando a designar de esta manera no sólo personas, sino también animales, plantas y cosas. Es, precisamente, lo que ha sucedido en Canarias con las citadas formas conejero y chicharrero. El primero ha adquirido ya el sentido denotativo, descriptivo u objetivo (es decir, sin ningún matiz burlesco) “natural de Lanzarote” y “perteneciente o relativo a Lanzarote”. Así, lo que suele decirse en el habla más popular de Canarias es “se casó con una conejera”, “luchadores conejeros”, “vino conejero” o “cebollas conejeras”, y menos “se casó con una lanzaroteña”, “luchadores lanzaroteños”, “vino lanzaroteño”, “cebollas lanzaroteñas”, que tienen un matiz más formal. El segundo ha adquirido el sentido denotativo, descriptivo u objetivo (es decir, sin ningún matiz burlesco) de “natural de Santa Cruz de Tenerife” y “perteneciente o relativo a Santa Cruz de Tenerife”. Así, lo que suele decirse también en el habla más popular de la isla es “niñas chicharreras”, “abogado chicharrero”, “ayuntamiento chicharrero”, “carnavales chicharreros”, etcétera, y menos “niñas santacruceras”, “abogado santacrucero”, “ayuntamiento santacrucero”, “carnavales santacruceros”, que también presentan un matiz más formal que aquel. Además de esto, a partir de aquí, ha adquirido chicharrero por metonimia (por lo destacado de Santa Cruz en el contexto de su isla) el sentido general de “natural de Tenerife” y “perteneciente o relativo a Tenerife” en el resto del Archipiélago. Para la gente de Fuerteventura, por ejemplo, chicharreros no son tanto los santacruceros, sino los tinerfeños en general, sin excepción alguna. A través de este mecanismo semántico de “blanqueamiento” (valga la expresión) de su significación originaria, dejan de ser los gentilicios humorísticos o burlescos gentilicios connotativos, figurados o subjetivos y se convierten en gentilicios denotativos, descriptivos u objetivos. 

Obviamente, tampoco este salto semántico mortal de lo connotativo o subjetivo a lo denotativo u objetivo se produce de la noche a la mañana, sino que surge siempre de forma gradual, llegando a convivir ambas etapas evolutivas durante más o menos tiempo. Es el caso de los citados conejero y chicharrero, que, aunque para mucha gente significan ya “natural de Lanzarote” o “perteneciente o relativo a Lanzarote” y “natural de Tenerife” o “perteneciente o relativo a Tenerife”, respectivamente, como acabamos de decir, para otra siguen manteniendo las connotaciones burlescas originarias. Aún hay gente en Lanzarote y en Santa Cruz de Tenerife que repugnan que los llamen “conejeros” o “chicharreros”. Como si siguieren escociendo su semántica originaria, a pesar del tiempo que ha pasado desde que aparecieron sobre la tierra. Lo que quiere decir que el tiempo no siempre lo curó todo, pese a lo que pregona el refranero español. Para esta gente, se trata de denominaciones que sólo se admiten cuando son empleadas por amigos o conocidos, pero no cuando las emplean los extraños, señal de que, para ellos, ambos gentilicios conservan todavía restos del valor burlesco con que vinieron al mundo. Las palabras denotativas pueden ser empleadas por todo el mundo, porque son objetivas; las connotativas, sólo por aquellos que pertenecen a la familia o por los autorizados por los interesados, porque son subjetivas. Hermosa lección de semántica, pues, la que ofrecen a lingüistas y público en general los gentilicios de origen burlescos conejero y chicharrero.

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