Las palabras son de todos: el falso problema de los préstamos lingüísticos
Arraigada se encuentra en las sociedades humanas la creencia de que las palabras extranjeras empobrecen y corrompen al mismo tiempo las lenguas que las adoptan. “Una lengua esmerada debe estar libre de vulgarismos, extranjerismos y palabras malsonantes”, vienen repitiendo los puristas españoles desde tiempos inmemoriales. “Si continuamos como hasta ahora y se van extendiendo estas y otras varias especies de galicismos (…), el feliz resultado de tantas y tan graves innovaciones habrá de ser la formación de un idioma nuevo, dialecto francés con pronunciación castellana”, llevó a profetizar el escritor español Juan Eugenio Hartzenbusch hacia mitad del siglo XIX, alarmado por la entrada de palabras francesas en la lengua española. Conocidos de todos son los anatemas y las soflamas que contra los omnipresentes anglicismos se lanzan un día sí y otro también desde las instituciones académicas, los libros de estilo y hasta las páginas de los periódicos en todos o casi todos los países del planeta Tierra. “Guerra despiadada al anglicismo vicioso” es el lema del Diccionario de anglicismos de Ricardo J. Alfaro. “Sustituir con la palabra comité la de comisión o de junta, decir debut en lugar de estreno, revancha por desquite, noveautés por géneros nuevos, corbeille por canastillo, cabá por esportilla, cadeau por regalo o fineza, tableau por cuadro, trousseau por galas de novia, bijouterie por joyería, toilette y soireé por tocado y sarao, no es enriquecer nuestro idioma, sino introducir en él voces que ni le hacen falta ni suenan bien”, había sentenciado categóricamente antes el citado Hartzenbusch.
Se trata de pareceres que carecen del más mínimo fundamento científico. En realidad, es todo lo contrario de lo que en ellos se plantea. Visto el asunto libre de chovinismos trasnochados, los préstamos extranjeros ni empobrecen ni desvirtúan las lenguas que los adoptan, sino que las enriquecen y fortifican en su identidad fónica, gramatical y léxica.
Por un parte, no las empobrecen, sino que las enriquecen, por tres razones fundamentales:
En primer lugar, porque introducen en la cultura que los acoge realidades nuevas; realidades pertenecientes al mundo de la industria, la prensa, el comercio, la mar, el vestido, la ciencia, el cine, los deportes, los viajes o las relaciones internacionales, por ejemplo, creadas por otros pueblos y que, por ser invenciones del ingenio de la especie, a todos pertenecen por igual. El mundo lo construimos entre todos de forma más o menos solidaria y, por tanto, justo es que consideremos del común toda creación humana. Como dice el citado Alfaro respecto de los anglicismos, “muchos de los neologismos corrientes han surgido de la necesidad de dar nombre a cosas desconocidas o inexistentes, de traducir términos nuevos venidos del inglés e impuestos por los descubrimientos, los inventos, la técnica, la industria, las costumbres, las transformaciones en los movimientos ideológicos o estéticos, en una palabra, las novedades de todo linaje que han tenido nacimiento en los grandes centros anglosajones de la civilización”. Es lo que ocurre con el anglicismo pendrive, el italianismo salami y el rusismo estepa, que trajeron consigo tres realidades desconocidas a la cultura hispánica: un práctico dispositivo electrónico para el almacenamiento de datos, un suculento tipo de salchichón y una especie de erial llano y muy extenso. ¿Qué sería de la cultura española sin las miles de aportaciones agrícolas, administrativas, culturales, etcétera, que hicieron los árabes, los franceses o los ingleses, por ejemplo? ¿Qué sería del vasco sin la gran aportación léxica de la lengua española, que ha impregnado de forma decisiva todos sus campos semánticos? “Toda, absolutamente toda la civilización que poseemos los vascos” -declara Miguel de Unamuno-, “se la debemos al cristianismo y a los pueblos extraños: ellos nos han civilizado”. Si los préstamos lingüísticos fueran una degeneración idiomática, y no un fenómeno natural, ¿cómo podría explicarse que existan por miles en tantas lenguas del mundo?
Cuanto más conservadora y retrógrada es una sociedad, más se opone a la entrada de voces foráneas. Por eso suelen ser tan perseguidas por las dictaduras y los nacionalismos excluyentes, sean del signo que sean, que aspiran a mantener incontaminadas las esencias patrias, para que nadie les dispute el poder. Es lo que ocurrió en la dictadura de Franco, donde no sólo se sustituyeron los nombres de las calles y plazas de los pueblos y ciudades del país de entonces por otros afines a la ideología de los vencedores, como suele ser habitual en todo cambio de régimen o de gobierno, sino que también se cambiaron muchas de las palabras del vocabulario común que sonaban extrañas a los rudos oídos de los fanáticos del nuevo orden, como la ensalada rusa, que se convirtió en “ensalada nacional”, o la tortilla francesa, que pasó a denominarse simplemente “tortilla”.
En segundo lugar, no empobrecen los préstamos extranjeros las lenguas que los adoptan, sino que las enriquecen, porque, incluso aquellos préstamos que algunos llaman “superfluos, viciosos o injustificados”, que son los que no aportan ni referentes ni información denotativa nuevos, introducen matices expresivos o connotativos absolutamente desconocidos en la lengua de llegada. “En la medida en que son términos tomados de una lengua extranjera son susceptibles de introducir connotaciones especiales relacionadas con la idiosincrasia de sus hablantes y de la posición política del país de origen”, dice con razón Félix Rodríguez González en una reciente monografía sobre los anglicismos en español. Es lo que ocurre en el caso del tan traído y llevado bullying, que, aunque se refiere a algo que ya tiene nombre en español, que es el acoso (sea del tipo que sea), añade matices connotativos jurídicos y del mundo moderno que no tiene el término patrio con que compite. Por eso, no se puede decir que sea exactamente lo mismo bullying que acoso. Estos préstamos muchas veces reputados “innecesarios, pedantes, extranjerizantes o propios de papanatas seducidos por la moda de lo inglés” por puristas de todas las layas, juegan un papel fundamental en la historia de las lenguas humanas, porque permiten dar fuerza expresiva a la denominación de las realidades de siempre. Espoiler tiene más fuerza expresiva que destripe; hacker, más que pirata informático; outfit, más que conjunto de ropa o atuendo; lawfare, más que instrumentalización política de la justicia; y software, más que conjunto de reglas de los ordenadores. El nombre extranjero proporciona a la expresión un halo de prestigio que no tiene el nacional correspondiente. Además, sucede que, en muchos casos, estos préstamos, en principio meramente connotativos, terminan desarrollando sentidos denotativos que no tenían en origen. Es el caso de los más arriba citados bisutería y salami, que, aunque en principio se entendieron respectivamente en el sentido de salchichón y joyería, como en la lengua de partida, con el tiempo, terminaron especializándose en los sentidos más específicos de “joyería hecha de materiales no preciosos” y “determinado tipo de salchichón”.
Y, en tercer lugar, no empobrecen los préstamos extranjeros las lenguas naturales que los adoptan, sino que las enriquecen, porque les proporcionan raíces léxicas nuevas, antes desconocidas para ellas. Es el caso de la lengua española, que engrosó su caudal léxico con raíces inéditas, como fútbol- “balompié”, presente en formas como fútbol, futbolín, futbolero, futbolista…, asesin- “quitar la vida de forma ilegal”, presente en formas como asesino, asesinar, asesinato, y estraperl- “comercio ilegal”, presente en formas como estraperlo, estraperlista, estraperlear…, que proceden, respectivamente, del nombre inglés football “balompié”, el nombre árabe hassasin “adicto al hachís” y el nombre alemán Straperlo “especie de ruleta cuya suerte podía ser gobernada por la banca”, procedente a su vez de la lexicalización del nombre propio de sus creadores: Strauss y Perlo. ¿Cómo devinieron estos nombres extranjeros en las mencionadas raíces léxicas españolas? El primero de ellos, simplificando la sintaxis, y el segundo y el tercero, formalizando un rasgo de contenido circunstancial de la forma originaria: asesin-, el rasgo circunstancial de “quitar la vida de forma ilegal”, porque determinados adictos al hachís se dedicaban a asesinar a sus rivales políticos; el segundo, el rasgo circunstancial de “comercio ilegal”, porque la mencionada ruleta era manipulada fraudulentamente por los que la manejaban. En este mismo apartado, hay que tener en cuenta que las palabras de una lengua pueden llegar a otra a través de una tercera, que puede alterar en mayor o menor medida su valor originario. Es lo que sucedió con el ruso step “erial llano y muy extenso”, que llegó a la lengua española, no directamente de la lengua originaria, sino a través del francés.
Por la vía que comentamos se crearon en el español de Canarias raíces léxicas como tabaib- (presente en tabaiba, tabaibal, tabaibera, tabaibilla…), tajinast- (presente en tajinaste…), tajoras- (presente en tajorase, tajorasear…), gor- (presente en goro, gorona, tagoro, tagora, tagoror…), guanil- (presente en guanil…), tafeñ- (presente en tafeña…), gofi- (presente en gofio, gofiero, gofiento, gofiería…), guirr- (presente en guirre, enguirrar…), baif- (presente en baifo, baifudo…), perinquén- (presente en perinquén, perinquena…), tafert- (presente en taferte…), jeit- (presente en jeito, ajeitar, ajeitado…), mill- (presente en millo, millero…), encarranch- (presente en escarranchar…), entull- (presente en entullar, entullo…), atarrac- (presente en atarracar, atarracado…), fech- (presente en fechar, fecho, fechillo…), chern- (presente en cherne, chernera…), majug- (presente en majuga…), engod- (presente en engodo, engodar, engodadera…), majalul- (presente en majalulo, majalulato…), fuch- (presente en fuchir, fuchido…), téfan- (presente en téfana…)…, que tienen su origen en la lengua o lenguas bereberes que se hablaban en las Islas al tiempo de la conquista, en el portugués que hablaban los miles de portugueses que se afincaron en Canarias una vez consumada su conquista, a finales del siglo XV, o en la lengua que hablaban los miles de esclavos moriscos que se trajeron entonces del Sahara próximo a las Islas para aliviar su déficit poblacional.
Los préstamos adquieren el alma de la lengua que los adopta, porque quien da vida a las palabras no son las denotaciones, connotaciones y referencias que reciben del exterior, sino la gramática y la fonética de su lengua. Así, las voces fútbol, alcalde y maíz, por ejemplo, que empleamos los hispanohablantes para designar el balompié, la autoridad que preside el ayuntamiento y la especie de gramínea que los científicos denominan Zea mays no son palabras de la lengua inglesa, de la lengua árabe o de la lengua taína, que es de donde los tomó respectivamente el español, sino palabras de la lengua española, porque tanto su significante como su significación inherentes y sus denotaciones y connotaciones son propiamente españoles.
Una de las pruebas más concluyentes de que las lenguas o los dialectos naturalizan los préstamos que adoptan es que, muy frecuentemente, terminan emparejándose con los términos locales correspondientes, creando así oposiciones semánticas nuevas y enriqueciendo su caudal léxico. Es lo que ocurrió en Canarias con los tantos guanchismos, portuguesismos, arabismos, etcétera, que entraron en el habla insular inmediatamente después de la conquista y colonización europeas. Así los portuguesismos mojo, “salsa de aceite y vinagre, principalmente” y fechar, “cerrar ajustadamente” y los guanchismos gofio, “harina de cereales tostados”, baifo, “cría de la cabra” y tajorase, “macho cabrío joven”, por ejemplo, que pasaron a formar oposición semántica con las voces españolas salsa, que se especializó en el sentido de “mezcla de sustancias para aderezar la comida”, cerrar, que se especializó en el sentido de “tapar la entrada”, sin más, harina, que se especializó en el sentido de “polvo que resulta de la molienda de cereales no tostados”, cabrito, que se especializó en el sentido de “cría de la cabra mientras mama”, y macho, que se especializó en el sentido de “macho cabrío, en general”. Este maridaje o casamiento entre palabras nacionales y palabras de procedencia extranjera no deja de ser una prueba evidente de la reconversión del préstamo en voz nacional.
Queda, por tanto, demostrado que el préstamo extranjero es una de las fuentes más importantes del enriquecimiento léxico de las lenguas naturales. No es verdad, por tanto, que los préstamos “no hagan falta”, como afirma el citado Hartzenbusch, sino todo lo contrario.
Este paso tan natural y frecuente de material de una lengua a otra, tanto más habitual en el mundo moderno, por las comunicaciones y mezclas de poblaciones inherentes a la globalización, pone de manifiesto que las lenguas naturales no son compartimentos estancos o realidades absolutamente independientes las unas de las otras, sino formas de expresarse que tienen similares fundamentos semánticos y formales, por mucho que puedan diferir en su realización histórica. Lo que une a las distintas lenguas del mundo es mucho más que lo que las separa, pese a que, siempre que se habla de ellas, se ponga el acento más sobre lo segundo que sobre lo primero.
Obviamente, esto no quiere decir que en ciertos casos los préstamos no pueden afectar a la identidad de una lengua natural e incluso acabar con ella, pero para que eso se produzca tienen que darse dos circunstancias muy dramáticas. Primero, que el número de préstamos sea abrumador. Es decir, que llegue a la categoría de invasión, cosa no frecuente. Y, segundo, que la lengua de adopción se encuentre tan debilitada, tan falta de fuerza creativa o productiva, que sea incapaz de levantar cabeza. En este caso, nos encontraríamos ante la desaparición de una lengua precaria sustituida por otra más vigorosa. Es lo que pasó con la mencionada lengua guanche y, para poner un ejemplo más reciente, con la vieja lengua románica de Dalmacia, el dálmata, que terminaron siendo invadidas, primero, y eliminadas, después, por la lengua española y la lengua croata, respectivamente.
Y, por otra parte, hay que decir que no desvirtúan o degradan los préstamos a las lenguas que los acogen, sino que las fortifican en su identidad, porque no son ellas las que se adaptan a las estructuras o condiciones del préstamo, sino a la inversa: los préstamos los que se adaptan a las condiciones fónicas, gramaticales y léxicas de las lenguas que los adoptan, dejando de ser así palabras de la lengua de partida y convirtiéndose en palabra de la lengua llegada. Como escribe Unamuno, “todo idioma, que es un gran organismo vivo, respira, se nutre, asimila y segrega. Todo vocablo, al pasar de un idioma a otro, sufre una alteración fónica, necesaria para adaptarse al nuevo organismo en que entra”. El extranjerismo que no se adapta a las estructuras de la lengua receptora tiende a olvidarse y desaparecer con el paso del tiempo. Por eso, no se puede decir que sean los guanchismos gofio, tafeña, goro, tajinaste, tajorase o guirre (al parecer, procedentes de buffi, tafedna, grur, tahinast, *tagherst y guirgue, respectivamente) palabras de la lengua o lenguas bereberes insulares que las prestaron, sino palabras de la lengua española, porque totalmente integradas en sus estructuras fónicas, gramaticales y léxicas se encuentran ya. En efecto, una vez que dichas palabras perdieron sus propiedades fónicas, gramaticales y léxicas originarias y adoptaron las de la lengua española, dejaron de ser palabras bereberes y se convirtieron en palabras españolas. Con su adaptación .a la lengua de llegada, deja la palabra extranjera de “sonar mal”, al contrario de lo que sostiene Harzentbuch en el texto citado más arriba.
Todo ello pone claramente de manifiesto que, como decimos, los llamados préstamos idiomáticos no sólo enriquecen la lengua que los adopta, sino que, al tener que asimilarlos, también robustecen la musculatura de sus estructuras fónicas, gramaticales y léxicas. Cómo en la vida de los pueblos, los elementos extranjeros purifican y vivifican las lenguas, ayudando a liberarlas de las degeneraciones y malformaciones consustanciales a la endogamia.
En realidad, los préstamos lingüísticos no son préstamos, porque nada hay que devolver. Tampoco son usurpaciones o depredaciones, porque patrimonio de todos son. Se trata de puntos de encuentro que contribuyen a dar unidad a la familia humana. En palabras como la inglesa football, la francesa souvenir, la española siesta o la mejicana chocolate, por ejemplo, nos identificamos, reconocemos y comulgamos buena parte de los habitantes de la tierra. Sin los préstamos lingüísticos, perdería la humanidad uno de los cementos más poderosos de su solidaridad.
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