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Espacio de opinión de Canarias Ahora

Sólo permanece el nombre

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Suele pensar el común de los mortales que el significado de la palabra es la persona, el animal, la cosa, la cualidad o la acción que esta designa en la realidad concreta del hablar. Para él, palabras como casa, tiempo, María Estupiñán Wells o Fuerteventura, por ejemplo, no significan otra cosa que el edificio para vivir, la duración, la mujer de carne y hueso concreta y la isla canaria determinada que estas palabras designan, respectivamente, en el habla real. 

Sin embargo, toda persona medianamente culta sabe hoy que, como han descubierto la filosofía y la lingüística modernas, las cosas no funcionan así en el lenguaje humano: que una cosa es el valor o la significación de la palabra, que es una intuición inherente a ella misma, otra, la persona, animal o cosa que esa intuición designa en el momento de hablar, que es ajeno a ella, y otra distinta, el concepto que el individuo o la sociedad que sea se ha forjado en su mente a partir de esa persona, animal, cosa, cualidad o acción concretos, que le es asimismo accidental. No hay que confundir la cosa real ni el concepto con la significación, aunque relacionados con ella están. La cosa, que pertenece al mundo de la realidad, es la sustancia a la que da forma la significación en cada acto de hablar y el concepto, una especie de superfetación de la significación; una superfetación que surge por abstracción de la cosa misma. Así, el nombre casa de nuestro ejemplo significa algo así como “acomodación perfecta”, designa, entre otras cosas, el edificio concreto en que se vive o la sede de una empresa o compañía comercial y denota un concepto general de vivienda y otro de sede mercantil constituidos por todos los rasgos comunes a las referencias citadas; el nombre tiempo significa algo así como “puesta a punto”, designa, entre otras cosas, la “duración determinada de una persona, animal o cosa” o un “estado atmosférico determinado” y denota un concepto general de duración temporal y otro de estado atmosférico constituidos por los rasgos comunes a las referencias citadas; el antropónimo María Estupiñán Wells significa algo así como “identificación unipersonal”, designa a la distintas Marías Estupiñán Wells (María Estupiñán Wells niña, María Estupiñán Wells joven, María Estupiñán Wells madura y María Estupiñán Wells anciana) por las que ha pasado la persona así llamada y denota un ser humano con identidad determinada que acoge todos los rasgos comunes a esas referencias; y el topónimo Fuerteventura significa algo así como “identificación uniespacial”, designa las distintas Fuerteventuras físicas e históricas que ha habido y habrá a lo largo de los tiempos (la Fuerteventura bereber, la Fuerteventura normanda, la Fuerteventura española del siglo XV, la Fuerteventura española del siglo XVI, la Fuerteventura española del siglo XVII, etc.) y denota un concepto general de isla determinada que acoge asimismo los rasgos comunes a todas esas referencias. 

Lo que quiere decir que es la significación de las palabras, la intuición que estas implican de forma invariante, la que da vida a la cosa que designan en la realidad concreta del hablar, al proporcionarle una forma de existir determinada; que no hay realidad “casa”, realidad “tiempo”, realidad “María Estupiñán Wells” y realidad “Fuerteventura” tal y como nosotros las conocemos sin las significaciones “acomodación perfecta”, ‘puesta a punto’, ‘identificación unipersonal’ e ‘identificación uniespacial’ que implican las palabras casa, tiempo, María Estupiñán Wells y Fuerteventura, respectivamente. Ya había dicho Kant que nuestro intelecto no deriva sus leyes de la naturaleza, sino que impone sus leyes, que son las categorías del entendimiento formalizadas en las palabras, a la naturaleza. Por ello, todos los edificios que reciben el nombre de casa, todas las cosas que tienen el nombre de tiempo, todas las personas que encierra la persona María Estupiñán Wells y todas las islas que encierra la isla de Fuerteventura tienen, respectivamente, el mismo valor formal: el valor formal de “acomodación perfecta”, “puesta a punto”, “identificación unipersonal” e “identificación uniespacial”, respectivamente. Las palabras no son “ruidos para clasificar cosas”, como suele creerse habitualmente, sino “sonido con significación que hace existir las cosas que designan de una determinada manera”; o, por decirlo en modo pedante, “significación formalizada mediante una expresión fónica o una distribución determinada que usan los seres humanos para crear el mundo de sus amores y desgracias”; una significación que, como las figuras geométricas y los números, no aparece nunca en estado puro, sino encarnada en sustancia, que es lo que suele percibir conscientemente la persona que habla. El hablante no tiene conciencia de la significación, sino de la referencia y de la denotación. Por eso no puede dar cuenta de aquella. Pregunta el dialectólogo a su informante canario por la significación de la palabra jeito de una frase como “Tener mucho jeito para tocar el timple”, por ejemplo, y le responderá con el sentido de “maña o habilidad”, y no con su verdadera significación, que es algo así como “impulso dejando libre-en proceso-puntualmente acabado-sustancialmente orientado hacia dentro”, que aportan la raíz *iac-, que presenta la significación básica “impulso dejando libre”, la categoría gramatical verbo, que presenta esta significación básica como “proceso”, el morfema de participio de pasado -t-, que presenta el proceso como “puntualmente acabado”, y el llamado morfema de género masculino -o, que presenta siempre la sustancia como “orientada hacia dentro’’. Y no se trata de que los informantes quieran tomarle el pelo al pobre dialectólogo o jugar con él. Se trata simplemente de que su conciencia no va más allá de los referentes y las ideas que profesa acerca de ellos, porque la significación es subconsciente.

Evidentemente, la relación que existe entre el valor o significación de la palabra y la persona, animal o cosa que esta designa en la realidad concreta del hablar es arbitraria: una misma palabra puede designar y de hecho designa cosas muy diferentes. Es lo que suele llamarse polisemia en los estudios del lenguaje. Así, como hemos indicado ya, la palabra casa presenta la designación “edificio para vivir”, pero también la de “sede de una marca comercial”, etcétera.; la palabra tiempo, “duración de las cosas”, pero también la de “estado atmosférico”, etcétera; el antropónimo María Estupiñán Wells, “María Estupiñán Wells adulta”, pero también “María Estupiñán Wells niña”, “María Estupiñán Wells adolescente”, “María Estupiñán Wells veterana” y “María Estupiñán Wells anciana”; el topónimo Fuerteventura, “Fuerteventura prehispánica”, pero también “Fuerteventura normanda” y “Fuerteventura hispánica”. “Edificio para vivir”, “sede de una marca comercial”, “duración de las cosas”, “estado atmosférico”, “María Estupiñán Wells niña”, “María Estupiñán Wells adolescente”, “Fuerteventura normanda” y “Fuerteventura hispánica” tienen, respectivamente, el mismo valor desde el punto de vista de la lengua y distintos sentidos desde el punto de vista de la referencia o del concepto. Que yo sepa, no hay autor que tuviera más consciencia de esta propiedad de las palabras que el escritor argentino Jorge Luis Borges, según vemos en su curioso relato El informe de Brodie, donde nos dice que en el lenguaje de los yahoos “la palabra nrz, por ejemplo, sugiere la dispersión o las manchas; puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota. Hrl, en cambio, indica lo apretado o lo denso; puede significar la tribu, un trono, una piedra, un montón de piedras, el hecho de apilarlas, el congreso de los cuatro hechiceros, la unión carnal y un bosque”.

Se comprueba, por tanto, que lo único que permanece más o menos constante de los tres niveles semánticos que implican las palabras (significación, designación y denotación) es la significación inherente o intuición semántica y la denotación, pero no la persona, el animal, la cosa, la cualidad o la acción que las mismas designan en cada momento del hablar, que puede cambiar y de hecho cambia de contexto a contexto y de instante a instante. Los referentes, las cosas concretas o la realidad empírica no permanecen nunca estables, porque son reos de los vaivenes del tiempo y del espacio. Sólo la significación de las palabras y la denotación o concepto archivado en ella garantizan la identidad y la unidad de las cosas. ¿Qué tiene que ver la María Estupiñán Wells personita de piel tersa, frágil, graciosa y saltarina de la infancia con la María Estupiñán Wells de piel arrugada, de armas tomar, de carácter agrio, de memoria flaca y postrada en silla de ruedas de la vejez o ancianidad? ¿Qué tiene que ver la Fuerteventura bereber con que se encontraron los conquistadores europeos al llegar a ella con la Fuerteventura del siglo XXI? Absolutamente nada, o muy poco, desde el punto de la referencia, pero mucho desde el punto de vista de la significación formal y de su denotación o concepto. Sólo la memoria de los hombres, la mayor o menor inmediatez de los cambios que sufren las personas, los animales y las cosas a lo largo del tiempo y la documentación que sobre ellos haya hacen posible que la gente relacione realidades tan distintas. ¿Y por qué, si las personas, los animales y las cosas designados por las palabras presentan tantas diferencias entre ellos, las consideramos los mismas? Pues simplemente porque el nombre guarda en su significación recuerdo de su existencia; guarda denotación. El nombre se impregna tanto de las particularidades de la cosa que designa, que, al final, termina identificándose totalmente con ella, usurpando así su realidad. En cuanto las personas, los animales y las cosas adquieren nombre, para su identidad es más importante ese nombre (o la información que este porta) que ellos mismos. 

Las personas, los animales y las cosas son fundamentalmente nombre. Por eso siguen existiendo en el recuerdo de las gentes una vez que han desaparecido de la faz de la tierra. Sólo los nombres nos hacen eternos o menos caducos o efímeros de lo que lo en realidad somos. Y, cuando, con el paso de los años, se desvanece el recuerdo de la persona, el animal o la cosa que ha muerto, si el nombre persevera en ser y no se olvida con ellos, queda revoloteando como alma en pena, en busca de otra persona, animal o cosa en que encarnar. En vestir nuevas personas, animales y cosas con nombres viejos, consiste el arte de los poetas, como todo el mundo sabe. Las palabras son mucho más perdurables que las personas, los animales y las cosas que designan, las casas que habitamos, los cuadros que deleitan nuestra vista o las esculturas que adornan nuestras calles y parques. En ellas radica la continuidad de las generaciones, las civilizaciones y hasta la raza humana; el vínculo entre las generaciones de hoy y las generaciones de ayer, con las que aún podemos dialogar a través de la lengua escrita. La palabra “mar” por ejemplo, tan relevante en la historia de la humanidad, por la importancia que tiene el medio que designa (“parte líquida de la Tierra”, frente a su “parte sólida”), que empezó siendo *mor (la abertura de la vocal vino después) y que en principio significaba sólo “extensión de agua”, sin más, independientemente de su ubicación, según nos dice el excelente lingüista francés André Martinet, ha llegado hasta nosotros rodando sin parar a través de las estepas, las mesetas, los ríos, los lagos, las cordilleras y los océanos del mundo, desde los tiempos inmemoriales de los viejos indoeuropeos, hace ya más de cuatro mil años. Es como una especie de punto de encuentro entre el alma de los indoeuropeos de hoy, que somos los hispanos, los franceses, los ingleses, los alemanes, los rusos, los griegos, los italianos, los norteamericanos, los australianos, etcétera, y la de los indoeuropeos euroasiáticos originarios. En la perpetuación del alma humana a través de los tiempos, radican el misterio y también la grandeza de las palabras y las lenguas que permiten crearlas. Esta es el alma que perdura después de que hayamos muerto y la que nos hace, por tanto, eternos.

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