Al rajazo limpio
“Ronaldo me suda la polla. Que le den pol culo. Desde que le oí decir que el equipo de mis amores era una mierda, no puedo verlo ni en pintura. Como jugador es un verdadero tarugo. Que lo follen”, replicaba el otro día una chica de no más de 18 años, que respiraba por la herida del resentimiento futbolero, a un chico que le había dicho, sin más intención que alimentar la conversación que mantenía con ella, que el excelente jugador portugués Cristiano Ronaldo, a pesar de que había rebasado ya la barrera de los cuarenta años, seguía prestando muy buenos servicios a la selección de fútbol del pueblo que lo vio nacer y al equipo del país podrido de petrodólares que disfrutaba al presente de sus habilidades balompédicas.
¿Cómo se explica esta grosera y básica forma de expresarse, donde los argumentos sobre el tema en cuestión (la calidad de un jugador de fútbol y su rendimiento deportivo) son sustituidos por soeces palabrotas sexuales o escatológicas de valoración personal (“sudar la polla”, “dar por el culo”, “ser una mierda”, “tarugo”, “follar”), que encontramos a veces en el habla de ciertos jóvenes y hasta la de no pocos durones infantiloides de nuestro tiempo? Porque no se trata de que estos chicos “no sean tan remilgados como lo hemos sido los de mi tiempo”, como dice la señora Eynsford en la famosa comedia Pigmalión, de Bernard Shaw. Se trata de algo mucho más grave e inquietante que todo esto.
Para empezar, lo primero que llama la atención en esta atrabiliaria forma de expresarse es la falta de empatía que manifiestan sus autores hacia las personas, los animales y las cosas que trata en sus conversaciones. Como si fueran incapaces de amar a los otros. Porque lo único que parece importar en este tipo de discurso es el desahogo o el lucimiento personal, sin tener en cuenta, no sólo el sufrimiento que se puede provocar a las víctimas de tales desconsiderados y subjetivos comentarios, sino también el daño que puede hacerse a su reputación e imagen. No se pretende razonar, sino despacharse a su antojo y quedar a gusto con uno mismo. Y esto no se llama “falta de remilgo”, sino “egoísmo”.
En segundo lugar, el origen de esta lamentable manera de hablar lo encontramos a veces en el resentimiento o agravio, fundados o infundados, que albergan los que la practican. En unos casos, porque piensan que los demás (los padres, el Estado, la sociedad…) son injustos con ellos, porque no les han resuelto sus problemas personales, y la gente de fama, unos aprovechados, que deben el éxito a sus trapacerías. Por eso, se rebelan y arremeten contra los ganadores o triunfadores, sin tener en cuenta que estas groseras descalificaciones no resuelven nada, porque no pasan de ser otra cosa que meros exabruptos, sin el más mínimo efecto real. Todo el mundo sabe que lo único efectivo para progresar social, laboral y culturalmente es estudiar, trabajar con tesón y honradez y denunciar las injusticias sociales o familiares de forma argumentada, como hace hoy de forma casi heroica la llamada generación “sisí, que, en oposición a la llamada ”nini“, no sólo estudia, sino que, además, trabaja. Y, en otros casos, el resentimiento o agravio que comentamos tiene su origen en el pesimista prejuicio de que, en nuestra sociedad, el pastel está ya repartido y que nada puede hacerse para cambiar el statu quo. Son los que han renunciado a luchar contra el estado social vigente y contra aquellos que gobiernan el cotarro; a exigirles rigor y decencia en la gestión de los problemas colectivos. Y esto que comentamos tampoco se llama ”falta de remilgo“, sino más bien ”victimismo“, como señala Pascal Bruckner en su excelente ensayo La tentación de la inocencia, de 1998.
También ha influido en este tipo de discurso el modelo de la iconoclasta cultura underground de hip-hop, rock, rap o reguetón, que reivindican las formas de hablar más marginales y descarnadas de la sociedad y que tanta ascendencia han tenido y tienen en la expresión, creencias y actitudes de los más jóvenes. Digamos que los géneros musicales citados, que tantos seguidores tienen en el mundo moderno, han contribuido a soltar la lengua a muchos de nuestros chicos; a que hablen sin pelos en la lengua, como suele decirse, aunque la educación y el respeto obliguen a que la lengua siempre tenga pelos. Y esto tampoco se llama “falta de remilgo”, sino “chabacanería”.
Se debe igualmente el estridente modo de hablar que nos ocupa al capricho e inmadurez de aquellos que lo practican, que piensan que tienen derecho a todo, sin dar nada a cambio. “Nos hemos apoltronado tanto que estamos acostumbrados a que los demás hagan todo por nosotros; que todo lo que queremos ya está hecho. En cambio, amor propio y bilis tenemos de sobra”, dice Dostoievski en su famoso Diario del escritor, comentando situaciones similares a las que aquí consideramos. Y, cuando no consiguen aquello que se les antoja, entonces insultan y patalean como niños chicos. Y esto que comentamos tampoco se llama en español “falta de remilgo”, sino “infantilismo” o “mala educación”.
Así mismo se encuentra en la base de la forma de expresarse que nos ocupa la pobreza espiritual y cultural de sus protagonistas, como demuestra la simpleza de los temas de sus conversaciones. Sabido es que los temas que se tratan definen a los hablantes. El fuerte de esta gente no son los asuntos más o menos especializados del mundo moderno, sino el chismorreo, el deporte o la vida privada de la gente más o menos afamada, sobre los que, puesto que son de dominio público, todo dios se cree con derecho a opinar con la lengua desatada. Por eso se los trata con tanta ligereza. En esto no hace el personal aludido otra cosa que seguir el ejemplo de las tantas tertulias abominables que proliferan hoy en la televisión, la red y el cine, que tantas honras dinamitan y tanto tiempo hacen perder a sus víctimas, que son los indefensos seres humanos que las ven o escuchan. Y esto que comentamos tampoco se llama “falta de remilgos”, sino “frivolidad”.
Y otra de las causas de los discursos que analizamos es la desfachatez que muestran sus protagonistas al expresarse, que no alientan la más mínima duda a la hora de emitirlos; como si estuvieran en posesión de la verdad absoluta. Y en esto no hacen nuestros jóvenes otra cosa que imitar a tantos mayores que se creen capacitados para hablar de lo que sea por el mero hecho de ser viejos, aunque carezcan de verdadera formación para emitir opinión fundada sobre los asuntos de que se trata. En buena medida, la democracia mal entendida, que ha hecho creer a la gente que no sólo somos iguales en derechos, sino también en conocimiento y que, por tanto, no es necesario estudiar o documentarse para opinar sobre temas de especialidad, tiene algo que ver con lo que comentamos. Como si se creyera que el saber es hecho de naturaleza o de derecho, no de cultura. El predominio de lo cuantitativo frente a lo cualitativo que caracteriza a las democracias burguesas ha fomentado una especie de desdén por el elitista saber especializado, que no puede obtenerse vía decreto administrativo o legislación ordinaria o constitucional, sino que hay que adquirir mediante esfuerzo personal. Y este equívoco no ha hecho otra cosa que aumentar con el paso del tiempo, a medida que se ha ido degradando el sistema educativo de nuestros países y las redes sociales han abierto de par en par las puertas del mundo incluso a gente que no sabe hacer la o con un canuto. Es uno de los peligros de las democracias modernas: no tener en cuenta que no sólo existe lo que depende de la naturaleza o del derecho, que nos corresponde a todos por igual, sino también lo que depende del trabajo y el sacrificio de cada cual, en contra de las proclamas libertarias de tanto ingenuo como hay por el mundo. Y esto que comentamos tampoco se llama “falta de remilgo”, sino “soberbia”, “dogmatismo” o “arrogancia”.
En síntesis, que lo que implican las formas de hablar que nos ocupan no es “falta de remilgo”, como suponía el personaje de la citada comedia de Bernard Shaw, sino “egoísmo”, “infantilismo”, “victimismo”, “chabacanería”, “frivolidad” y “soberbia”, “dogmatismo” o “arrogancia”. Decían y siguen diciendo los antediluvianos de la lingüística que el lenguaje del pueblo llano es “corrompido y grosero”. No es verdad: el lenguaje de la gente corriente y que nos da de comer (agricultores, pastores, marineros, artesanos, amas y amos de casa, empleados, etcétera) es tan correcto y atildado como el de la burguesía, porque satisface a la perfección sus propias necesidades expresivas. El que es en verdad corrompido y grosero es el que acabamos de analizar, tan frecuente en los tiempos que corren, más entre la gente de la ciudad que entre la gente del campo; más entre los que viven en la opulencia que entre aquellos que carecen de lo más elemental. Por eso es hoy más necesario que nunca fortalecer el sistema educativo, invirtiendo en él más dinero del que se invierte en la actualidad, para inculcar a los jóvenes el amor por el trabajo, el esfuerzo, la empatía, el respeto y la comprensión del prójimo y la fe y la esperanza en la capacidad de progreso social y justicia del género humano. Sólo así podrán expresarse nuestros chicos con empatía, ecuanimidad, objetividad, madurez, comedimiento (es decir, con pelos en la lengua) y humildad, que son los atributos que no deben faltar nunca en cualquier forma de hablar medianamente civilizada y decente.
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