Lo primero es lo primero
No hay ruido sin silencio, como no hay amor sin odio, muerte sin vida, claridad sin oscuridad o alegría sin tristeza. Y en la lengua, el silencio se llama pausa, que es lo que permite separar unas palabras, oraciones y textos de otros, dándoles autonomía o enfatizándolos, y permitiendo respirar al sufrido hablador.
Primero, la separación de una palabra, sintagma o frase de otra de una misma serie se indica mediante una pausa breve, de centésimas de segundo, aunque el último de los eslabones se introduzca a veces mediante una de esas partículas que los gramáticos llaman conjunciones coordinantes: es decir, “y” (v. gr., “coches, guaguas y motos”) u “o” (v. gr., “coches, guaguas o motos”), según que los elementos encadenados se consideren incluidos o no en la enumeración que estas partículas delimitan. Este silencio de centésimas de segundo significa que entre las palabras o frases separadas no hay relación de dependencia, sino pertenencia a una misma cadena conceptual o una denominación distinta del referente de la expresión previa. Así, en la frase “Coches, guaguas y motos colapsaron la ciudad”, por ejemplo, sabemos que los nombres “coches”, “guaguas” y “motos” no están subordinados unos a otros, sino encadenados en un mismo nivel, porque hay una brevísima pausa que separa unos de otros; y en la secuencia “Aventino, el nieto de Aurora”, también por ejemplo, sabemos que el nombre “el nieto de Aurora” no se encuentra subordinado a Aventino, sino que es una especie de explicación parentética de su referente, porque hay una pausa que lo separa de él.
Segundo, la separación entre una frase que da una versión distinta del tema que trata la que la antecede o que la explica se indica mediante una pausa algo más larga que la anterior. Así, en una secuencia de frases como “Tiene muchos amigos; muchas personas que lo quieren”, sabemos que la segunda frase no está subordinada a la primera, sino que se limita a dar una versión distinta de su contenido, porque hay una pequeña pausa entre ellas.
Tercero, para llamar la atención sobre lo que viene a continuación se hace una pausa de duración semejante a la anterior. Así, en una expresión como “Dijo Descartes: pienso, luego existo”, la pausa después del sujeto léxico permite al hablante enfatizar la importancia del complemento directo.
Cuarto, la separación entre dos frases que desarrollan aspectos distintos de un mismo juicio general se indica mediante una pausa algo más larga que la que acabamos que comentar. Así, en una secuencia como “Los niños salieron en tromba de la escuela. Los padres los esperaban en la puerta”, sabemos que la segunda frase no está subordinada a la primera, sino que añade un contenido que mantiene alguna relación lógica con el contenido de aquella, porque hay una pausa de décimas de segundo que las separa.
Quinto, la separación entre frases que desarrollan aspectos distintos del tema que se considera se indica mediante una pausa o silencio algo mayor que el anterior. Así, en una secuencia como “La Guindilla mayor se tenía bien ganado su apodo por su carita redonda y colorada. Daniel, el Mochuelo, no creía que hacer lo que la Guindilla mayor hacía fuese ser buena”, de Miguel Delibes, por ejemplo, sabemos que la segunda frase no se encuentra sintácticamente subordinada a la que le precede, sino que simplemente añade un contenido nuevo más o menos relacionado con él, porque hay una pausa de cierta duración que la separa de ella.
Y sexto, la indicación de que el mensaje ha concluido se indica con un silencio infinito o eterno, como el de la muerte. Así, en el famoso microrrelato de Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, sabemos que el texto está completo porque después de él no hay más que silencio.
Mención aparte merece la llamada “pausa versal”, que separa los versos de las composiciones poéticas, haciendo posible el ritmo que le es consustancial. Es una pausa que tiene fundamentalmente valor rítmico o musical, aunque también puede tener efectos semánticos, dando realce a la voz que antecede y rompiendo la continuidad de los elementos del sintagma, los grupos fónicos o las palabras de que se trata. “Este cielo una palma de tu mano, / Señor, que me protege de la muerte / del alma, y la otra palma este de Fuerte/ventura sosegado y fiel océano”, escribe Unamuno en el soneto 18 de De Fuerteventura a París, separando mediante pausa versal, por razones rítmicas y semánticas, los dos constituyentes etimológicos del nombre de la isla de Fuerteventura, aunque ese nombre, por tratarse de un nombre propio, tenga un valor unitario.
También hay que separar de las pausas citadas, que son convenciones reguladas por el idioma, las pausas o silencios que suelen hacer facultativamente los hablantes con la finalidad de encontrar la expresión más adecuada para su mensaje, intrigar al oyente, darse un respiro, transformar en otro el significado habitual de una palabra o simplemente pausar la expresión. Así, en el teatro, por ejemplo, según nos dice Juan Mayorga, “se hace el silencio para que el espectador oiga no sólo las palabras y los silencios que vienen del escenario, sino también las palabras y los silencios de su propia vida”.
Es claro, por tanto, que las pausas son fundamentales para la semántica del discurso y que, sin ellas, este no tendría sentido.
Como es bien sabido, en la lengua escrita, que es mera sustitución de la lengua hablada, las pausas que acabamos de describir se representan mediante indicaciones gráficas propias: la que separa elementos de una misma cadena, se representa mediante una coma; la que separa elementos que apuntan hacia un mismo juicio, mediante punto y coma; la que separa miembros de una frase para resaltarlos o aclararlos, mediante dos puntos; la que separa juicios distintos de un mismo concepto general, mediante punto y seguido; la que separa juicios de conceptos generales distintos, mediante punto y aparte o escribiendo en la línea siguiente; y la pausa infinita con que concluye el mensaje, mediante punto final. Siempre hay que tener presente que no es la llamada puntuación (coma, punto y coma, dos puntos, punto y seguido, punto y aparte y punto final) un recurso lingüístico autónomo o primario, sino subrogado o secundario. Son reflejos convencionales de un hecho lingüístico natural, que son las pausas que emplea el hablante para separar debidamente los distintos constituyentes del texto. La puntuación es a las pausas lo que las letras son al fonema. Es decir, meras representaciones secundarias de hechos naturales. “Lengua y escritura son dos sistemas distintos; la única razón de ser del segundo es representar al primero; el objeto lingüístico no es definido por la combinación de la palabra escrita y la palabra hablada; esta última constituye por sí sola este objeto”, dice Saussure. En todo caso, por representar lo que representa tiene tanta importancia la puntuación en la lectura de los textos.
Sólo sabiendo lo que acabamos de comentar, se entiende lo que la llamada puntuación implica. La frecuente confusión entre lengua hablada y lengua escrita explica el protagonismo que han logrado estos representantes gráficos de las pausas lingüísticas llamados coma, punto y coma, dos puntos, punto y seguido, punto y aparte y punto final en el habla corriente, como si se tratara de hechos primarios o autónomos. Así, para indicar categóricamente que una conversación ha acabado, solemos decir, metafóricamente “y punto”, en lugar de “y nada más” o “y se acabó”; para ponderar la puntualidad o literalidad de una relación, decimos “sin faltar una coma”, en lugar de “sin faltar nada”; y, para indicar que se mantiene intacto lo que se ha dicho o prometido, “sin quitar una coma”, en lugar de “sin quitar nada”. . Lo que no quiere decir, por supuesto, que la lengua escrita no tenga sus propios fueros, en parte distintos de los de la lengua hablada. Como dice Saussure, “la palaba escrita se mezcla tan íntimamente a la palabra hablada de que es imagen, que termina por usurpar el papel principal; y se llega a dar a la representación del signo vocal tanta y más importancia que al signo mismo. Es como si se creyese que para conocer a alguien vale más mirar su fotografía que su rostro (…). Se termina por olvidar que se aprende a hablar antes de aprender a escribir, y la relación natural termina invertida (…). La escritura se arroga una importancia a la que no tiene derecho”. Por eso, no debemos olvidar los que ejercemos la profesión de maestros de lengua que lo primero es lo primero: que Sin tener en cuenta la lengua hablada, que es la natural, nada de la lengua escrita, que es un lenguaje sustitutivo, puede entenderse a derechasprimero está la lengua hablada, que es la verdadera, y luego, la lengua escrita, que es un mero remedio para curar a aquella de la enfermedad de fugacidad que la aqueja.
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