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OPINIÓN | 'Amar al prójimo', por Antón Losada

Amar al prójimo

Protesta contra la eutanasia ante el Hospital Sant Camil donde estaba internada Noelia Castillo el 26 de marzo.
29 de marzo de 2026 22:10 h

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En ninguna parte está escrito que el derecho a la vida venga acompañado de la obligación de soportar un sufrimiento más allá de humanamente comprensible. No hay ley o religión que así lo dicte. Vivir no es una guerra que haya que ganar, ni una batalla que haya que dar, ni una lucha que no se pueda abandonar. 

Querer dejar de vivir no es una derrota, ni una deserción, ni una traición que deba llevarnos a tratar a quién prefiera morir como a alguien a quien haya que rescatar, salvar o pagar para vivir; como si fuera alguien que ha salido defectuoso y debe ser reparado, alguien que tiene un fallo y debe ser arreglado. 

Noelia Castillo Ramos era una persona libre a quién deberíamos respetar en su elección precisamente aunque no entendamos que no quiera seguir viviendo como nosotros queremos. No tenemos derecho alguno a juzgarla, mucho menos a obligarla. Si quieren ejercer algún derecho, ejerzan el derecho —la obligación si es usted cristiano— de amarla como nos amamos a nosotros mismos.

En el Artículo 15 de la Constitución Española se establece que todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral sin que “en ningún caso puedan ser sometidos a tortura ni a penas o a tratos humanos o degradantes”. El Estado ha debido garantizar que Noelia Castillo Ramos haya podido ejercer su autonomía personal hasta sus últimas consecuencias con las plenas garantías que otorga la ley; y así lo ha hecho. 

Le ha tocado también al Estado defender aquello que proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos: que todos tenemos derechos en todas partes a que se reconozca nuestra personalidad jurídica. Noelia Castillo Ramos no es una propiedad de la cual su padre pueda poseer y disponer a su libre voluntad y antojo. Noelia Castillo Ramos tampoco encarna un ejemplo o un sujeto para las obligaciones que cualquier organización se crea con derecho a imponer en nombre de un credo, una fe, una doctrina o una filosofía.

No está tan claro que todos cuantos se han empeñado, con mejor o peor intención, en convencer u obligar a Noelia Castillo Ramos a ejercer su autonomía personal de manera diferente hayan sido tan respetuosos con su integridad física o personal o con su derecho a no sufrir tratos inhumaos o degradantes. No queda duda alguna en el caso de quienes la han empleado, sin decencia alguna, para demostrar que su odio hacia el gobierno, el comunismo, el ateísmo o el sanchismo es lo único que da ya sentido a sus vidas y a su mundo; o quienes la han utilizado cínicamente como excusa moral para justificar sus preferencias ideológicas, religiosas o fiscales.

Quien quiera empatizar con un padre que sólo se ocupó de ella para arrastrarla por los juzgados durante los dos últimos años de su vida que lo haga; pero que no trate de convertirle en el ejemplo de aquello que los demás padres haríamos porque no lo es. 

Quien quiera presentar a Noelia Castillo Ramos como otra víctima del gobierno que lo haga; pero que no la agreda de nuevo haciendo correr el bulo de la violación múltiple cuando estaba bajo custodia del Estado. 

Quien quiera hablarnos de la ley y sus vicios que lo haga; pero que no pretenda convencernos de que, luego de haber sido examinada por más de treinta especialistas durante años, aún quedaba por esclarecer su capacidad mental y la causa era jurídica, no ideológica.

Ni Noelia Castillo Ramos ni todos cuantos defendemos su derecho a morir en sus propios términos y condiciones les debemos explicación alguna. A nosotros no nos preocupa tanto cómo ni por qué viven su vida.

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