Para entender por qué Trump sigue bombardeando Irán hay que mirar a Nixon en Vietnam
Las contorsiones de Donald Trump para justificar su guerra con Irán me recuerdan a Richard Nixon y su búsqueda de una “paz con honor” en Vietnam. Ese fin esquivo que anhelaba Nixon costó años de muertes y sufrimiento. ¿Cuánto destrozo está Trump dispuesto a causar antes de cortar por lo sano y poner fin a este conflicto sin sentido?
Nixon pidió por primera vez un “final honroso” a la guerra en su discurso de aceptación de la nominación como candidato en la convención nacional republicana de 1968. Fue uno de los temas principales de su campaña y de su mandato presidencial. A medida que fue quedando claro que el Gobierno de Vietnam del Sur no sobreviviría si EEUU abandonaba la contienda, Nixon trató de defender la credibilidad de Washington, entendida de manera cínica como un “intervalo decente” desde la salida estadounidense hasta el derrumbe de Saigón.
Para garantizar ese período —los dos años que transcurrieron entre los acuerdos de paz de París de 1973 y la caída de Saigón, en abril de 1975— Nixon y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, sometieron al pueblo de Vietnam a cuatro años de bombardeos que extendieron a los países limítrofes de Camboya y Laos. Más de 20.000 soldados estadounidenses murieron en ese tiempo. Las bajas vietnamitas, camboyanas y laosianas fueron muy superiores.
Lo anterior nos lleva a Trump. ¿Por qué sigue bombardeando Irán?
No es para destruir los misiles iraníes de largo alcance. La Casa Blanca afirma: “La capacidad de misiles balísticos de la casa blanca está funcionalmente destruida”, y su tasa de lanzamiento de misiles ha descendido drásticamente. Sin embargo, Reuters informa que EEUU solo puede determinar con certeza que ha destruido un tercio del vasto arsenal de misiles de Irán.
Tampoco es para diezmar el programa nuclear iraní. Este ya fue “aniquilado” en junio del año pasado, según Trump, tras 12 días de bombardeos estadounidenses e israelíes. Se cree que Irán todavía tiene 440 kilos de uranio altamente enriquecido sepultados bajo los emplazamientos nucleares de Isfahán y Natanz, pero poca gente cree que Trump mandaría a sus tropas al terreno a la peligrosa misión de recuperar el material nuclear.
El fin no es tampoco el cambio de régimen, un objetivo que Trump parece haber desechado. En cualquier caso, no hay precedentes de gobiernos que cayesen a base de bombardeos; hasta Benjamin Netanyahu lo reconoce. Y a la base de Trump, los MAGA, le daría un pasmo en caso de guerra terrestre.
Por lo que se refiere a los ciudadanos iraníes, son reacios, como es comprensible, a asumir los llamamientos de Trump a derrocar tan despreciable régimen, una vez visto que este acaba de masacrar a al menos 7.000 personas cuando lo intentaron en enero, y de que EEUU tiene un historial pobre en lo referente a dar apoyo a sus exhortaciones a levantarse contra los déspotas, como recuerdan los iraquíes que hicieron caso de George Bush padre cuando los emplazó a deshacerse de Sadam Hussein.
La última fijación de Trump es el bloqueo iraní de muchos de los petroleros que tratan de cruzar el estrecho de Ormuz, por el que transita el 20% del petróleo y el gas del mundo. La medida ha hecho que los precios del petróleo se hayan disparado. La amenaza más reciente de Trump es que destruirá la infraestructura eléctrica de Irán si el país no acepta reabrir el paso.
Resulta paradójico, pero es probable que Irán tenga ahora una posición negociadora más sólida que antes de la guerra de agresión de Trump y Netanyahu
Atacar esa infraestructura eléctrica sería un crimen de guerra. El Tribunal Penal Internacional ha procesado a cuatro comandantes rusos por hacer precisamente eso en Ucrania. Las centrales eléctricas son infraestructuras civiles que no se deben atacar, y el daño que sufrirían los civiles no guarda proporción con la ventaja militar que pudiese suponer.
Además, el ataque iraní es una reacción al bombardeo de EEUU e Israel. Para intentar que Irán detuviese sus ataques lo obvio sería que Trump y Netanyahu dejasen de bombardearlo, ahora que la lógica de seguir haciéndolo se difumina. Nada garantiza que la contención dé frutos, pero sin duda es mejor intentar eso que seguir agravando la guerra, dada la destrucción que el conflicto, cada vez más extendido, está teniendo en la economía mundial. Por no hablar del pésimo historial que ese tipo de escaladas dejaron en Vietnam, Afganistán e Irak.
Resulta paradójico, pero es probable que Irán tenga ahora una posición negociadora más sólida que antes de la guerra de agresión de Trump y Netanyahu. Entonces, Irán quería evitar los bombardeos. Ahora que ya ha sufrido lo peor —el descabezamiento de la jerarquía, la destrucción de buena parte del ejército y los ataques a las fuerzas encargadas de la represión interna —, el régimen tiene mucho menos que perder.
Claro que el pueblo iraní todavía puede perder mucho. Hoy sufren, pero la república islámica es una dictadura despiadada que nunca ha antepuesto el bienestar público al control del poder. No da signos de ceder.
Trump debería dejar de bombardear sin más, y obligar a Netanyahu a hacer lo mismo. No sabemos cómo reaccionaría el régimen iraní, pero sería posible que respondiese de la misa forma, en lugar de asumir la responsabilidad de seguir con la guerra
Al contrario, los clérigos iraníes están envalentonados a raíz del éxito de la estrategia militar asimétrica. Si bien no puede derrotar a las superpotencias global y regional que constituyen EEUU e Israel a cara descubierta, pueden sembrar el caos en los países árabes del golfo Pérsico, donde EEUU tiene sus bases, y laminar la economía mundial. El régimen iraní puede considerar que tiene una mano ganadora, viendo que el precio del depósito de gasolina será un factor determinante en las venideras elecciones de medio mandato en EEUU.
Los iraníes son maestros de la dilación y es probable que insistan en algunas de las cuestiones que les interesaron durante las anteriores negociaciones nucleares que Trump, aguijoneado por Netanyahu, echó por tierra. Quieren que se retiren las sanciones y que se declare su derecho al enriquecimiento nuclear. El nuevo líder supremo ha desdeñado el que se siga negociando.
Un alto el fuego de facto podría ser más efectivo. Trump debería dejar de bombardear sin más y obligar a Netanyahu a hacer lo mismo. No sabemos cómo reaccionaría el régimen iraní, pero sería posible que respondiese de la misma forma, en lugar de asumir la responsabilidad de seguir con la guerra. Si, como parece, ve en su supervivencia un triunfo, podría aprovechar la oportunidad.
Pero Trump también anhela “ganar” la guerra. Ha dicho que busca la “rendición incondicional” y que el régimen iraní admita expresamente su derrota.
Esos objetivos son políticos, no militares. Son el intento de Trump de protegerse él, antes que cualquier otro actor en Oriente Medio.
Ahí es donde Trump nos recuerda a Nixon. El “honor” que Nixon buscaba no era el de los estadounidenses, que en su mayoría querían salir de Vietnam del mismo modo que hoy tampoco quieren tener nada que ver con la guerra de Trump y Netanyahu en Irán.
El honor que a Nixon le preocupaba era el suyo propio. No quería pagar el precio político de haber “perdido” en Vietnam.
Con Trump pasa algo parecido. Tras haberse embarcado en una guerra sin un motivo ni remotamente válido, ahora necesita una salida que le permita salvar la cara. ¿Pero cuántos iraníes deben morir, cuanta devastación debe dejar esta guerra sin sentido, cuánto empobrecimiento y sufrimiento económico debe padecer el mundo para que Trump pueda cantar victoria?
Trump es tristemente conocido por sus declaraciones victoriosas sin base fáctica. Sería buen momento para otra de esas.
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