El ataque de Trump y Netanyahu a Irán es un acto ilegal de agresión
No le demos vueltas: el ataque militar a Irán de Donald Trump y Benjamin Netanyahu es un acto ilegal de agresión. No hay justificación legal para ello. No es diferente de la invasión de Ucrania por parte del presidente ruso Vladímir Putin o de la invasión de la República Democrática del Congo por parte del presidente ruandés Paul Kagame.
La Carta de las Naciones Unidas permite el uso de la fuerza militar en solo dos circunstancias: con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU o como defensa propia contra un ataque armado real o inminente. Ninguna de las dos circunstancias estaba presente.
En su video de justificación para la guerra, Trump habló de la “amenaza inminente” de Irán, pero no hay evidencia que la respalde. Recitó una letanía de ataques pasados que atribuyó a Irán, pero ninguno de ellos está en curso o es inminente. En el mejor de los casos, Trump trató de evitar daños futuros -Netanyahu usó el término “preventivo”-, pero la prevención no es una justificación para la guerra porque abriría la caja de Pandora a innumerables conflictos armados.
Para evitar futuras amenazas, los gobiernos deben recurrir a la diplomacia, combinada con formas de presión no militares. Irán ya está sujeto a sanciones integrales, pero Trump y Netanyahu interrumpieron la diplomacia porque no parecían querer aceptar un sí por respuesta. Con los dos líderes enfrentando desafíos políticos en casa a medida que se acercan las elecciones, ¡parecían demasiado ansiosos por bombardear Irán!
Sorprendentemente, ni siquiera está claro cuál fue el enfoque durante las negociaciones ahora suspendidas. Trump, poco dado a la precisión, dijo que Irán debe renunciar a tener un arma nuclear, pero Irán ha dicho repetidamente eso mismo. Para subrayar este punto, Teherán se mostraba abierto a permitir inspecciones en sus instalaciones nucleares y a diluir lo que queda (después del bombardeo estadounidense de junio de 2025) de su uranio altamente enriquecido.
Más bien, parecía que el punto de fricción era si, en general, Irán podía o no enriquecer uranio. En varias etapas, el gobierno de Estados Unidos había exigido que Irán abandonara cualquier enriquecimiento. Los negociadores iraníes se resistieron, señalando el derecho de todos los gobiernos a enriquecer en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear. Hubo algunos indicios de que Washington había dado marcha atrás en la versión más rígida de esa demanda (aunque Trump la repitió el viernes) y que Teherán estaba ofreciendo compromisos para salvar la cara, como limitar el enriquecimiento a los niveles modestos necesarios para los isótopos médicos o científicos, lejos de lo que se necesita para las armas.
En algunas ocasiones, el gobierno de Estados Unidos también había buscado límites a los misiles balísticos de Irán y a su apoyo a grupos armados regionales como Hezbolá, Hamas y los hutíes. Pero los relatos recientes de las negociaciones sugirieron que estas demandas ya no estaban en el centro de las discusiones.
Nunca sabremos cómo podrían haberse desarrollado estas negociaciones. Trump por lo visto decidió que Irán no actuaba con seriedad para llegar a un acuerdo, por lo que lanzó el ataque. Netanyahu nunca quiso un acuerdo; como es su costumbre; prefirió una solución militar. Así, se inició una guerra evitable, una guerra de elección, no una necesidad, en flagrante violación del derecho internacional.
Con el bombardeo que mató al líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, Trump ha instado al pueblo iraní a levantarse y derrocar al gobierno que los ha reprimido durante mucho tiempo. “La hora de la libertad” está cerca, anunció.
No hay duda de que el gobierno iraní es despreciable. En enero se enfrentó a las protestas aplastando a los manifestantes. Hubo al menos 7.000 muertos, si no muchos más. Pero el objetivo del cambio de régimen no justifica el delito de agresión.
Tampoco hay aquí un caso para una intervención humanitaria. Dado que el asesinato es inherente a la guerra -sin mencionar el riesgo para los civiles, como la escuela bombardeada el primer día en la murieron decenas, en su mayoría niños-, la intervención humanitaria solo se puede justificar para detener una matanza masiva en curso o inminente. No había nada de eso. La intervención humanitaria no puede ser invocada simplemente para tomar represalias por la represión pasada, que es lo máximo que se puede decir del ataque Trump-Netanyahu.
Por estas razones, la respuesta internacional al ataque estadounidense-israelí ha sido fría en el mejor de los casos. Reino Unido se negó a permitir que los bombarderos estadounidenses atacaran a Irán desde su base militar en Diego García. Reino Unido, Francia y Alemania emitieron una declaración conjunta que criticaba a Irán, pero que no respaldaba la invasión.
Uno puede entender su inquietud. La mayor amenaza para Europa hoy proviene de Rusia, y el ataque contra Irán le da a Putin el argumento de la hipocresía para contrarrestar las críticas a su invasión de Ucrania. Es más difícil defender el derecho internacional cuando el gobierno más poderoso del mundo lo burla abiertamente.
Al igual que con cualquier ataque militar, las consecuencias son difíciles de predecir. El líder iraní tenía 86 años, por lo que el régimen, sin duda, se estaba preparando en cualquier caso para nombrar un sucesor. Y el cambio de régimen es difícil de lograr desde el aire, como Trump descubrió en Venezuela, donde retiró a Nicolás Maduro de la escena, pero por lo demás mantuvo intacto al régimen de Maduro.
Jamenei era un hombre de línea dura que no toleraba la disidencia y se aferraba al derecho de Irán a enriquecer uranio a pesar de las enormes dificultades impuestas a su pueblo por las sanciones resultantes. Incluso si la República Islámica no se derrumba, es posible que su sucesor sea más complaciente, dispuesto a permitir algo más de libertad, como lo ha sido el régimen de Venezuela sin Maduro. Pero Venezuela sigue estando lejos de ser una democracia, y hay pocas razones para creer que un régimen iraní modificado sería mucho mejor.
¿Elegirá el pueblo iraní este momento para levantarse de nuevo, dentro de su larga búsqueda de un gobierno que respete los derechos? ¿Responderá el régimen con su habitual y cada vez más letal brutalidad? Y si es así, ¿el final será diferente de las decepciones pasadas? Es demasiado pronto para hacer predicciones.
Sería maravilloso que el pueblo iraní pudiera saborear la democracia, que las mujeres iraníes pudieran disfrutar del espíritu de sus protestas de 2022 -“Mujeres, Vida, Libertad”-, libres de la policía moral opresiva y misógina. Pero también está la lección aprendida por los pueblos de Irak y Libia, donde la intervención militar occidental produjo un caos que posiblemente fue más mortal que el gobierno dictatorial.
Las ramificaciones globales también son preocupantes. Este último ejemplo de la visión del mundo de Trump solo puede alentar otros actos de agresión, ya sea la toma de Taiwán por parte de China, las amenazas de Etiopía y Eritrea contra Tigray, o los últimos combates entre Pakistán y Afganistán. Al ver que Trump ataca a Irán pese a carecer de armas nucleares y evita a Corea del Norte, que tiene 60 o más ojivas nucleares, no será difícil para los gobiernos deducir qué necesitan para defenderse del matón en la Casa Blanca.
Una vieja máxima militar dice que ningún plan de guerra sobrevive al primer contacto con el enemigo. Pero eso también es cierto fuera del campo de batalla. El mundo de la diplomacia puede ser frustrantemente lento e inadecuado. Sin embargo, hay buenas razones para respetar la soberanía de los países y buscar la solución pacífica de las controversias. Un mundo donde los asuntos de vida o muerte, el destino de países enteros, descansan en los caprichos egoístas de personas como Trump y Netanyahu está lleno de peligros. Me encantaría ver el fin de la despiadada República Islámica, pero no a expensas de un mundo donde nuestro destino es dictado por los hombres con las armas más grandes.
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