La amenaza de Trump de salir de la OTAN: un desvarío por la falta de sumisión de sus aliados que carece de encaje legal en EEUU
En un ejemplo más del desvarío en el que lleva tiempo instalado, Donald Trump dice que está pensando “seriamente” en sacar a EEUU de la OTAN. Un reclamo que tiene el mismo peso que su amenaza de expulsar a España de la Alianza Atlántica; es decir, ninguno.
Este nuevo exabrupto tan solo refleja la rabieta del mandatario estadounidense por no encontrar sumisión entre unos aliados (aunque él los vea como vasallos) reacios a acompañarlo en la desventura que ha emprendido contra Irán de la mano de Benjamín Netanyahu. Si con las amenazas de expulsión dejaba traslucir su ignorancia sobre el funcionamiento interno de la organización —basta con recordar que en su articulado no se contempla ningún procedimiento que permita expulsar a un aliado—, amagar con una salida estadounidense demuestra, además, su incomprensión sobre lo que la OTAN significa para su propio país.
Su ignorancia queda demostrada al no reparar en que la decisión de salirse de la Alianza está fuera de sus competencias, dado que su integración como miembro fundador (en 1949) fue formalizada como un tratado internacional y, por tanto, solo con la aprobación del Congreso, con una mayoría de dos tercios de sus miembros, se puede adoptar ese acuerdo, que se enfrenta a la insatisfacción del Legislativo por el creciente abuso de competencias del Ejecutivo en materia de política exterior.
Pero es que además hay una norma que excluye la posibilidad de abandonar la organización por decisión unilateral del presidente: la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2024. El hoy secretario de Estado, Marco Rubio, se encargó entonces de introducir la disposición que proscribe esa opción.
Trump es consciente de que su decisión de ir a la guerra contra Irán solo tiene el amparo de su propia soberbia imperial
A eso se añade el interesado olvido de Trump de que la OTAN es, por definición, una organización militar de carácter defensivo. Su recurso a la fuerza se entiende como respuesta al ataque recibido por alguno de sus 32 miembros en su propio territorio, una vez que se activa el artículo 5 de defensa colectiva. En el caso de Irán no cabe apelar a la legítima defensa ni tampoco los agresores cuentan con un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU que permita hacer uso de todos los medios disponibles (es decir, de la fuerza militar) para restablecer la paz.
Por lo tanto, estamos ante una flagrante violación del derecho internacional, lo que justifica sobradamente que la Alianza (al margen de lo que decida hacer alguno de sus miembros) se quede al margen de dicha agresión. Tan evidente es esta circunstancia que ni siquiera Turquía, que ha recibido al menos cuatro misiles balísticos iraníes contra su territorio, ha invocado dicho artículo. Y mucho menos lo ha hecho Trump, consciente de que su decisión de ir a la guerra contra Irán solo tiene el amparo de su propia soberbia imperial.
Trump no puede pedir a sus aliados que se sumen a una agresión violenta contra un país soberano —por muy criticable que sea la corrupción y el perfil represor del régimen contra sus propios ciudadanos— colaborando activamente en una violación del derecho internacional
En su deriva también olvida que la única vez que se invocó el mencionado artículo fue tras el 11-S, sin que George W. Bush se dignara entonces a atender aquella muestra de solidaridad aliada frente al ataque de Al Qaeda. Basta ese caso, aunque también se puede recordar el apoyo prestado en la invasión y ocupación de Afganistán, para invalidar la acusación presidencial a los aliados europeos de que nunca acuden en ayuda de Washington cuando lo necesita. Lo que no puede pedir es que esos mismos aliados se sumen a una agresión violenta contra un país soberano —por muy criticable que sea la corrupción y el perfil represor del régimen contra sus propios ciudadanos— colaborando activamente en una violación del derecho internacional
Admitiendo, en todo caso, que no puede decidir personalmente la salida de la Alianza, es evidente que Trump dispone de muchas palancas para hacerla cada vez más disfuncional. Pero si actúa de ese modo estaría yendo en contra de los intereses estratégicos de EEUU. La lectura habitual sobre el sentido profundo de la OTAN suele destacar que los europeos deberíamos estar eternamente agradecidos a EEUU por la protección que nos brinda con su paraguas de seguridad (especialmente el nuclear). Parecería, en consecuencia, que Washington actúa de manera altruista y, por tanto, estaría lleno de razón cuando Trump muestra su enojo por lo que califica de aprovechamiento de su generosidad.
Mejor para EEUU que para la UE
La realidad es muy distinta. Para EEUU la OTAN es el mejor instrumento que tiene para subordinar a sus aliados europeos a su dictado desde hace décadas, permitiéndole imponer una relación de la que obtiene múltiples beneficios, no solo militares, sino también comerciales. Dicho de otro modo, y sin excusar la falta de voluntad de muchos de esos aliados para atreverse a dar los pasos necesarios para lograr una verdadera autonomía estratégica, a Washington no le interesa que exista una Unión Europea capaz de contar con sus propios medios para defender sus propios intereses, en la medida en que algo así supondría perder una influencia de la que obtiene réditos muy concretos, como convertirse en el principal suministrador de armas y de gas del conjunto de los Veintisiete.
Más importante aún es que el conjunto de las bases e instalaciones militares dispersas en el territorio europeo le sirve como un elemento esencial para garantizar su capacidad de proyectar poder mucho más allá de su propio territorio continental hasta Oriente Próximo y Oriente Medio. Sin esa red de puntos de apoyo quedaría en entredicho su cada vez más cuestionado liderazgo global. Lo que de ahí se deriva, en contra de lo que Trump plantea, es que la salida estadounidense de la OTAN, más que para los europeos, sería un duro golpe para sus sueños hegemónicos.
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