Mali se desmorona: por qué los ataques contra la junta militar afectan a Europa
Mali lleva mucho tiempo identificado como un foco de inquietud, tanto en términos de desarrollo como de seguridad. Por eso, desgraciadamente, no resulta tan sorprendente el estallido violento registrado el pasado día 26, con una ofensiva general en la que la milicia yihadista Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) y la del Frente de Liberación del Azawad (FLA) han sumado fuerzas para desafiar abiertamente a las Fuerzas Armadas malienses (FAMA), o, lo que es lo mismo, a la junta militar golpista liderada por el general Assimi Goita, que rige los destinos del país desde 2020.
No es sorprendente porque dicha junta no solo no ha sido capaz de resolver ninguno de los problemas heredados, sino que ha terminado por agravar otros. Su prioridad, una vez rotos todos los vínculos tanto con Francia como con la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados del África Occidental), ha sido consolidar el poder de la nueva élite militar que se rebeló contra el presidente Ibrahim Boubacar Keïta.
El fracaso de la junta
Para ello han optado por una política de fuerza –centrada en controlar las principales ciudades del país, mientras han seguido desatendiendo las necesidades de la población rural–, apostando por Moscú como nuevo aliado. Así, primero con los mercenarios rusos del Grupo Wagner, sustituidos posteriormente por los uniformados del Africa Corps (dependientes del Ministerio de Defensa ruso), Goita y los suyos han tratado de proteger sus posiciones y de hacer frente a la amenaza real que suponen tanto el JNIM (ligada a Al Qaeda) como el Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS, vinculado a Dáesh), sin olvidar la dinámica independentista de los tuareg de Azawad.
No hay, de hecho, ningún aspecto de la vida nacional, incluyendo el campo de representación política, en el que Mali haya registrado mejora alguna en estos últimos años bajo la junta militar
El fracaso cosechado ha sido total. En el plano socioeconómico, basta con recordar que Mali ocupa el puesto 188 (de un total de 191 países) en el Índice de Desarrollo Humano, con apenas el 45% de sus 26 millones de habitantes alfabetizados y una tasa de natalidad de 5,9 hijos por mujer en edad fértil –todo ello, mientras el crecimiento anual del PIB no ha logrado crecer por encima del 4% en lo que llevamos de década–.
Evidentemente, esa negativa situación tiene sus fundamentos en etapas anteriores de la historia de un país subordinado a agendas exteriores, con Francia como referencia capital, pero nada de eso resta responsabilidad a los actuales gobernantes, escasamente sensibles a las necesidades y demandas de una población muy diversa, tanto en clave étnica como religiosa. No hay, de hecho, ningún aspecto de la vida nacional, incluyendo el campo de representación política, en el que Mali haya registrado mejora alguna en estos últimos años bajo la junta militar.
Triple ofensiva
Por lo que respecta al ámbito de la seguridad, sin olvidar la represión que las propias fuerzas armadas y policiales ejercen sobre sus ciudadanos, el resultado se resume en que Mali es el cuarto país del planeta en el que la gravedad de la amenaza terrorista (yihadista, en este caso) es más alta, tanto en número de atentados como de víctimas registradas. Por un lado, JNIM y EIGS compiten entre ellos por el control de buena parte del territorio nacional, buscando tanto simpatizantes y combatientes, y por el control de los diversos comercios ilícitos que pululan en una geografía en la que las FAMA nunca han logrado asentar su dominio. Por otro, ambos grupos desafían a Bamako, con pretensiones de imponer su particular visión del islam por la fuerza. Y a todo esto se añade la dinámica independentista impulsada por el FLA, junto a otros grupos de menor capacidad operativa.
Que ahora JNIM y el FLA hayan decidido coordinar sus acciones en una triple ofensiva que ha puesto de manifiesto tanto la debilidad de las FAMA como la falta de voluntad del Africa Corps para defender una causa que, en el fondo, no es la suya, supone un salto muy notable en sus planes de acción.
Por lejano que pueda parecernos, lo que ahora ocurre en Mali nos afecta muy directamente
Con la recuperación del control de la ciudad de Kidal, expulsando a los mercenarios rusos, junto a los ataques contra Gao y Tombuctú, el FLA aumenta significativamente sus opciones para revitalizar su máxima aspiración de fracturar Mali, creando un Azawad independiente. Simultáneamente, la toma de Mopti, Sévaré y buena parte de Bamako (incluyendo el aeropuerto internacional) por parte de JNIM, eliminando de paso al ministro de Defensa en la toma de la guarnición militar de Kati, indica tanto la inoperatividad de las FAMA y de Africa Corps como la intención de JNIM de ir más allá de lo que ya hicieron en 2012.
Cómo nos afecta
Y si en aquel momento Francia –con la operación Serval, primero, y posteriormente con la operación Barhane– logró frenar el avance yihadista sobre la capital y reducir durante un tiempo la pujanza bélica tuareg, ahora Goita no parece en condiciones, ni solo ni con ayuda externa, de resistir la embestida. Nada justifica los errores acumulados por Francia durante los años de la Françafrique, apostando por gobernantes escasamente legítimos que servían de socios para explotar las riquezas nacionales sin atender a las necesidades y demandas de la población; pero llegados a este punto, ya no basta con mirar atrás buscando responsables históricos.
Por lejano que pueda parecernos, lo que ahora ocurre en Mali nos afecta muy directamente. No solo se trata de asumir culpas históricas por los errores y desmanes cometidos, sino de entender que el colapso de este país (y de Burkina Faso y Níger) ofrece una oportunidad extraordinaria para la expansión de la amenaza yihadista, tanto hacia el golfo de Guinea –y la navegación por sus costas– como hacia el Norte de África, es decir, hasta el Mediterráneo y la Unión Europea. Terrorismo, comercios ilícitos… También puede tener consecuencias en los flujos migratorios hacia el continente.
Desde la Unión Europea, sería hora de entender que la respuesta securitaria no sirve para estabilizar esos países. Y si no lo hacemos por ética y responsabilidad histórica, deberíamos hacerlo por puro egoísmo inteligente, entendiendo que la contribución al desarrollo social, político y económico de la región del Sahel es la mejor vía para evitar el desastre que, de otro modo, se avecina.
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