Entre el capricho y la necesidad estratégica de EEUU: implicaciones de los vaivenes militares de Trump en Europa
Que la Unión Europea no solo no figura entre las prioridades de la política exterior y de seguridad de Donald Trump, sino que es vista como un objetivo a destruir por parte de quien sostiene que fue creada para “joder” a Estados Unidos, es una realidad con la que los Veintisiete debemos contar sin titubeos.
Que, además, el actual inquilino de la Casa Blanca está despilfarrando el poder estadounidense, demostrando que su poderío militar no le sirve para hacer claudicar a una potencia media como Irán, y que su capacidad de atracción se ha transformado en una generalizada imagen de socio no fiable e indeseable, también es un hecho que afecta a su propia seguridad.
Que, en consecuencia, su soberbia y narcisismo están poniendo en riesgo los intereses de su propio país es un peligro que muy pronto puede lamentar quien hasta ahora era reconocida como la superpotencia de referencia, mientras China aprovecha esas circunstancias para ir consolidando su imagen de nuevo hegemón mundial.
La última señal (aunque el tiempo que media entre lo escrito y lo publicado hace que cualquier contabilidad quede anulada por su frenético ritmo de anuncios y contraanuncios) de esa pauta de errático y caprichoso comportamiento es lo ocurrido con el despliegue de tropas y material de defensa estadounidenses en territorio europeo. En un contexto de crecientes amenazas contra varios aliados europeos (con España y Alemania en cabeza), reforzadas por la profunda decepción que Trump dice sentir ante el comportamiento reticente de algunos de ellos para sumarse a la agresión ilegal contra Irán, se amontonan los mensajes que incluso llegan a apuntar a su retirada de bases de utilización conjunta.
De un comportamiento tan errático, planteado más en términos de premios y castigos que en consideraciones argumentadas de seguridad y defensa, no cabe esperar nada bueno
Así, primero manifestó su intención de retirar unos 5.000 efectivos de suelo alemán, seguido de un mensaje del Pentágono dando a conocer su decisión de castigar nuevamente a Berlín con la anulación del acuerdo para desplegar próximamente una batería de misiles crucero Tomahawk, con un alcance máximo en torno a los 2.000 kilómetros. Días después, tras haber manifestado su intención de no aumentar las tropas desplegadas en Polonia, Trump ha dado marcha atrás, confirmando que añadirá unos 5.000 soldados para reforzar la defensa polaca ante la amenaza de Rusia.
De un comportamiento tan errático, planteado más en términos de premios y castigos que en consideraciones argumentadas de seguridad y defensa, no cabe esperar nada bueno. Por una parte, los vaivenes estadounidenses no hacen más que aumentar la generalizada creencia de que Washington ha dejado de ser un socio fiable (como ya Angela Merkel sostenía en 2017, con el primer Trump como presidente), debilitando así un vínculo trasatlántico que aún resulta tan importante para los aliados europeos como también para EEUU.
Por otra, alimenta los sueños imperiales de Vladímir Putin, al hacer tan visible la endeblez de su compromiso con los vecinos de Moscú. Igualmente, desde el punto de vista operativo, complica aún más la colaboración entre los diferentes sistemas de defensa europeos, ante las dudas que surgen a la hora de planificar el reparto de la carga en la defensa aliada, asignando adecuadamente los medios humanos y materiales con los que se puede contar para las diferentes operaciones combinadas que se puedan planificar.
El cambio de orientación del innegable líder de la OTAN debe entenderse como un catalizador que debe acelerar el proceso de autonomía estratégica de los Veintisiete
En todo caso, más allá de la zafiedad de las formas, de lo que no puede caber ninguna duda es que Washington está decidido a reducir su huella militar en el Viejo continente. De hecho, ya desde el giro decidido por Barack Obama, con Hillary Clinton como secretaria de Estado, hacia la región Indo-Pacífico, quedó claro el interés estadounidense por pivotar su esfuerzo militar hacia aquella región, lo que llevaba implícito aligerar su huella de otras zonas, Europa incluida.
En lugar de lamentarse por las pérdidas que ese movimiento pueda ocasionar —desde la merma económica para las localidades dónde estén ubicadas esas bases e instalaciones empleadas por las fuerzas estadounidenses hasta la cobertura proporcionada por su paraguas nuclear—, el cambio de orientación del innegable líder de la OTAN debe entenderse como un catalizador que debe acelerar el proceso de autonomía estratégica que permita a los Veintisiete contar con sus propios medios para defender sus intereses sin depender de otros actores.
Sangre fría y prioridades claras
Por supuesto, algo así no puede lograrse de inmediato y de un solo golpe. Pero conviene recordar que, a pesar de las bravuconadas de Trump, dado que la OTAN es el principal instrumento con el que cuenta EEUU para influir en Europa mucho más allá del terreno militar, no cabe esperar que Washington decida salirse de la organización, arriesgándose a perder el poder que eso le otorga.
Eso, además de que el uso de bases europeas es imprescindible para sus planes de proyección de poder hacia África y Oriente Medio, concede algún tiempo a los europeos para activar su voluntad política en clave comunitaria, abandonando los enfoques nacionalistas que hasta ahora han lastrado el proyecto de unión política de la UE. Un buen ejemplo de ello sería reconducir el actual plan de rearme —basado equivocadamente en consideraciones nacionales y reducido al ámbito militar de la seguridad— para que realmente sirva para dotar a los Veintisiete de todos los instrumentos necesarios para hacer frente en común a toda la gama de amenazas y riesgos que afecten a nuestro bienestar y nuestra seguridad.
Queda por ver cómo se gestionan las tensiones trasatlánticas y las diferentes sensibilidades europeas en la próxima cumbre de la OTAN, el 7 de julio en Ankara.
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