El debutante Cabo Verde resiste el asedio de una España sin gol
Como siempre, depende de qué antecedente queramos elegir. En el capítulo inmediatamente anterior, hace exactamente 23 meses, Mikel Oyarzabal acabó tirándose al suelo para empujar el balón a la red cuando faltaban cuatro minutos para que se cumplieran los 90 de la final de la Eurocopa contra Inglaterra. El delantero de la Real Sociedad, un tipo normal, la antítesis de las estrellas de yate y avión privado, escribía junto a Lamine Yamal, Nico Williams, Rodri, Cucurella y toda esa joven generación de talentosos futbolistas otra página de oro en la historia del deporte más seguido en el planeta. La cuarta Eurocopa de la selección, tres de ellas en lo que va de siglo (2008, 2012, 2024).
Pero si tomamos como referencia el último mundial, aquella extraña competición que los petrodólares de Catar y la FIFA obligaron a disputar en invierno, hubo otro grupo excepcional de jugadores que cayeron en los penaltis contra Marruecos, al que no lograron meter un gol en todo el partido. Entonces, la mitad más ruidosa del país culpó con furia al entrenador, Luis Enrique, despedido a garrotazos en portadas y tertulias de radio.
Hace ya cuatro años de todo aquello, Luis Enrique es ahora uno de los mejores entrenadores del mundo a ojos de la crítica y la persona que lo había contratado para el puesto, Luis Rubiales, ha desaparecido de nuestras vidas dejando en la hemeroteca una condena por agresión a la futbolista Jenny Hermoso y el bochorno de embadurnar el primer mundial de la selección femenina.
Todo eso ha pasado en los últimos cuatro años. Todo eso que sirve para explicar la difusa frontera entre la gloria y el desastre en el deporte. Un penalti fallado, un balón al poste, un calambre en el gemelo… cualquier detalle puede propiciar que la moneda salga cruz.
Pero nada de eso importa cuando tu equipo debuta en la Copa del Mundo, máxime si la prensa que, conviene no olvidarlo, vive de vender periódicos (ya sea festejando la gloria o cebándose en la debacle) le haya colgado la etiqueta de favorito. No ya para el partido inaugural, para salir campeón. Asumimos que no hay nada más resultadista que el periodismo deportivo, donde además de los titulares, el relato entero puede cambiar en el último minuto solo con que el balón acabe en la red, da igual de la forma que sea. Van tres párrafos de preliminares porque todas las cautelas son pocas antes de escribir la primera crónica de fútbol de elDiario.es a punto de cumplir 14 años de vida.
España contra Cabo Verde, una campeona del mundo y de tres eurocopas frente a una selección debutante. Partido trampa para el favorito, una oportunidad para el nuevo. Los africanos plantearon su estreno como un ejercicio de resistencia y lograron que en el primer cuarto del partido apenas sucediese nada. El balón lo tenía España, sí, pero de forma pacífica, casi inofensiva. Cabo Verde achicó espacios con dos líneas de defensa muy juntas y la esperanza de aprovechar un contraataque que no acababa de llegar. España presionaba muy arriba para robar el balón pronto y poder generar peligro. Tampoco demasiado.
El escenario cambió levemente tras la pausa de recaudación de la FIFA, una interrupción para colocar anuncios que se intenta camuflar como cuidados para los futbolistas. En ese segundo cuarto de este deporte nuevo que se ha estrenado en este mundial y que ya no tiene dos partes, emergió durante unos minutos Pedri para tomar el control del juego y hacerlo algo menos previsible. Dicen los entrenadores que el peligro por las bandas se genera apareciendo y no estando, y eso fue lo que intentó Cucurella por el flanco izquierdo. De sus combinaciones con Pedri salieron las primeras oportunidades claras: primero para asistir a Ferran que tiró al palo. Y el cabezazo posterior de Oyarzabal lo atajó un portero semiprofesional de 40 años llamado Vozinha. El guardameta de Cabo Verde acabó recibiendo el premio de mejor jugador del partido porque minutos después volvió a evitar el gol de Ferrán. Y otro de Oyarzabal y cada balón que le llegó en los 90 minutos. Eso también es el Mundial.
Animado por el resultado, Livramento, delantero de Cabo Verde hasta trató de sorprender a Unai Simón desde el medio del campo. Un espejismo en medio del asedio de la favorita, que también fue en vano. No era el día de sus delanteros, ni tampoco de sus mediocampistas. Llegó el descanso y tras él, todo continuó muy parecido. Cabo Verde en la resistencia. España dueña del balón porque como dijo un día Johan Cruyff: “Mientras yo tengo el balón, no lo tiene el otro, y de momento solo se juega con uno”. Este lunes en Atlanta, esa fórmula que propició los mayores éxitos del fútbol español no fue suficiente.
Y eso que el partido tenía pinta de cambiar cuando Lamine Yamal, convaleciente de una lesión, abandonó la nevera sobre la que estuvo sentado los dos primeros cuartos para ingresar en el césped. Fue ya tras la segunda pausa de recaudación, el cuarto tiempo. Su mera presencia en el rectángulo provocó un montón de cosas: que Cabo Verde en su primera jugada tuviese a tres jugadores pendientes de él y que se generaran espacios en otros lugares del campo para el ataque español. Que en la segunda le diera un pase a Llorente que centró y propició la ocasión más clara del partido. Que al ver todo eso, el seleccionador africano decidiese hacer un cambio para poner a un defensa fresco a marcarlo. En la tercera, con el exterior de su bota asistió a Olmo y el disparo posterior de Oyarzabal lo acabó desviando un defensa a córner. Todo en apenas diez minutos. Pero no era el día, Cabo Verde veía más cerca su gesta y también Lamine acabó por contagiarse. El equipo africano llegó a amenazar por primera vez con seriedad la portería española en el minuto 89 a la salida de un córner. Ahí rozó la gesta completa, si no lo fuera ya este empate contra una de las favoritas en su primer partido del mundial.
Las crónicas de la prensa seria dirán que España tuvo el control durante la mayor parte del encuentro. Los estadísticos del fútbol tratarán de racionalizarlo con números: 801 pases de España (734 de ellos precisos) frente a 279 (205 precisos) de Cabo Verde. O las ocasiones (27 tiros de España, siete de ellos a puerta y uno al palo) por seis de los africanos, solo uno entre los tres palos (en el último minuto). Pero en el deporte -y en el fútbol menos que en ninguno- ni valen los adjetivos ni las tablas de Excel.
A partir del pitido final del árbitro, se sucederán los estados de ánimo, las prisas que ya se adivinan en los comentaristas de partidos... Tal vez afloren los malos augurios para rememorar épocas pasadas.
Además del último mundial en que España cayó en octavos de final y de su último oro en la Eurocopa, hay todavía un tercer antecedente, en la única Copa del Mundo que ganó: España empezó perdiendo contra Suiza por uno a cero. Entre el “Iniesta de mi vida”, el beso de Casillas y todo lo que vino después, pocos lo recuerdan. También entonces, como sucederá ahora, arreciaron las críticas. Al seleccionador, al juego, a la falta de gol. La cosa acabó con un país en recesión festejándolo en la calle. Hay mucha gente intentando domar el fútbol e incluso cambiando sus reglas, pero de momento sigue siendo un juego imprevisible. Por eso una selección debutante, con titulares que juegan en la segunda división turca puede empatar con la favorita al trono. Y hasta disponer de una ocasión clara de gol en el último minuto.
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