La baja que no puedes permitirte: la realidad de trabajar con enfermedad en Canarias
Al contrario de lo que afirma el director autonómico de Asepeyo, la frase que más se escucha hoy en Canarias no es “me voy a coger la baja”. La frase que se repite, en silencio o en voz baja, es mucho más dura: “aunque el médico me dé la baja, no me la puedo permitir”.
Y no se puede permitir porque la realidad social del Archipiélago no encaja con el discurso cómodo que se lanza desde los despachos. Con alquileres disparados que amenazan con expulsarte de tu casa, con una de las tasas de pobreza más altas del Estado, con salarios que apenas alcanzan para sobrevivir y con una cesta de la compra cada vez más cara, enfermar no es solo un problema de salud, es un riesgo económico.
Aquí la gente va a trabajar enferma. Va con dolor, con ansiedad, con fiebre si hace falta. Va porque no hay red. Porque hay hijas e hijos que sacar adelante. Porque faltar puede significar perder el empleo o no llegar a fin de mes. Porque, sencillamente, parar no es una opción.
Por eso sorprende, y preocupa escuchar a un representante de una mutua, que gestiona fondos públicos provenientes del esfuerzo colectivo de trabajadoras y trabajadores, insinuar que las bajas se utilizan como refugio. Se puede aceptar que exista un porcentaje mínimo de abuso; eso ocurre en cualquier sistema. Pero convertir ese margen en el eje del problema es una forma de desviar la mirada.
Porque si hablamos de abusos, convendría mirar también hacia otros lugares. Hacia sectores enteros donde las condiciones laborales son precarias, donde los ritmos son insoportables y donde la salud se resiente cada día como en la hostelería, los cuidados, agricultura, servicios. Ahí sí hay miles de ejemplos documentados. Ahí sí hay una realidad estructural.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué entiende este señor por salud? Porque reducirla a un cálculo de eficiencia o de costes es ignorar su dimensión humana. La salud no es solo la ausencia de enfermedad visible o medible; también es bienestar mental, estabilidad vital, dignidad en el trabajo. Y eso, precisamente eso, es lo que hoy está en crisis.
Resulta igualmente preocupante el cuestionamiento implícito hacia los profesionales sanitarios. Son ellos quienes, bajo criterios médicos y éticos, determinan cuándo una persona no está en condiciones de trabajar. Sugerir que esas decisiones encubren otras realidades no solo erosiona la confianza en el sistema, sino que trivializa la práctica médica.
Quizá el problema no sea que haya demasiadas bajas, sino que hay demasiadas personas que no pueden permitirse estar de baja. Quizá el problema no sea el supuesto “efecto refugio”, sino la ausencia de refugio real para quienes sostienen la economía con su trabajo diario.
Porque en Canarias en realidad, la de a pie, la de los sueldos bajos y las facturas altas, la verdadera anomalía no es quedarse en casa enfermo. Es tener que elegir entre la salud y la supervivencia.
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