Espacio de opinión de Canarias Ahora
La gramática del imperialismo
Dispone la lengua española de una raíz léxica que expresa una de las relaciones de poder más brutales que existen en las relaciones internacionales. Se trata de la forma imper-, que presenta constante e invariablemente la significación de “mando o dominio sobre otros que son soberanos”. “Yo soy Darío, el Gran Rey, Rey de reyes, rey de países que contienen toda clase de hombres”, se lee en la tumba del emperador más grande de la antigua Persia y en estas palabras se pone de manifiesto bien a las claras la brutalidad que tal piececilla idiomática implica: invasión de la soberanía de otros, que, por ello, quedan sin capacidad para decidir sobre sus recursos, su identidad, sus leyes, sus costumbres, sus lenguas y su destino.
Precisamente por el impacto que en la vida de los pueblos tiene el fenómeno que designa, tal intuición semántica ha desarrollado en nuestra lengua un número de variantes gramaticales más o menos heterogéneas, que dan forma a los conceptos y relaciones prácticas que de ella pueden derivarse y que son las que usamos los hispanohablantes para referirnos a los distintos aspectos inherentes a la lacra del imperialismo. Para empezar, nos encontramos con dos variantes categoriales distintas: la variante nominal imperio y la variante verbal imperar.
En la variante categorial imperio, la mencionada intuición semántica básica de “mando o dominio sobre soberanos” aparece presentada como nombre, como ser independiente, y se entiende en tres sentidos distintos, como puede comprobarse en cualquier diccionario al uso: “mando o dominio sobre soberanos”, a secas, “nación que ejerce mando o dominio sobre otras” y “tiempo que dura un determinado mando o dominio sobre soberanos”. Al presente, el país que mejor personifica el concepto nominal que nos ocupa son los Estados Unidos de América, que intentan imponer su dominio a países independientes (los hispanoamericanos, sobre todo, que son los que tienen al lado) con mano férrea, saltándose a la torera el derecho internacional y las más elementales normas de civilidad.
Ya advirtió Donald Trump días atrás a toda la humanidad que él no necesitaba el derecho internacional para justificar sus decisiones, porque los únicos límites que tienen sus actos son su moralidad y su conciencia. El poder absoluto para rapiñar es consustancial al imperio. De ahí que no pueda extrañar que no hable nunca el presidente norteamericano de democracia o de derechos humanos. A él lo único que lo mueve son sus intereses particulares y sus negocios. Nos encontramos, evidentemente, ante la versión más descarada y cínica de la archiconocida mesiánica doctrina del “destino manifiesto” que se inventaron los yanquis para hacer en el mundo lo que les venga en gana. Digamos que lo que han hecho los Estados Unidos aquí no es otra cosa que manifestar sin tapujos las apetencias e intenciones de siempre. “América first” fue el eslogan de la campaña electoral de su actual presidente. Y, para que América (es decir, los Estados Unidos) sea “first”, es necesario que el resto de los países de la Tierra se arrodillen a sus pies. El mismo hecho de que la patria de Washington, Jefferson, Franklin o Lincoln se haya apoderado del nombre de todo el continente americano es ya bastante revelador de las ansias de hegemonía que tiene el “gigante del norte”, como lo llaman los mejicanos, y del daño que ha infligido y sigue infligiendo al resto de los pueblos del planeta. De la variante nominal imperio derivan las variantes imperial e imperioso. La variante imperial presenta la significación nominal “mando o dominio sobre soberanos” de la base “externamente expandida en todas las direcciones del espacio” mediante el sufijo -al y se entiende en el sentido cualitativo de “perteneciente o relativo al imperio”, como dice el diccionario de la Real Academia. Así, por ejemplo, leemos en los periódicos que “Trump es la nueva dictadura imperial que amenaza a América Latina” o que “Estados Unidos reactiva su maquinaria imperial en el Caribe”. De lo que se nos habla en estos textos no es de una dictadura y una maquinaria militar de un imperio a secas, sino de una dictadura y de una maquinaria militar de un imperio que ejerce su poder por todas las latitudes del ancho mundo.
De esta variante cualitativa del nombre imperio se derivan, a su vez, dos variantes morfológicas nuevas, de una enorme importancia para el desarrollo conceptual de la intuición semántica que nos ocupa: la variante imperialista y la variante imperialismo. La primera presenta la significación cualitativa “mando o dominio sobre soberanos expandido en todas las direcciones del espacio” de la base como “límite de apego activo” mediante el sufijo -ista y se entiende en el sentido cualitativo, no de “partidario de un imperio”, como dicen algunos, sino de “partidario de la política imperial”, es decir, “de extender el dominio de una persona o un país sobre otros que son soberanos”, que no es lo mismo. El partidario del imperio tiene como objetivo una cosa delimitada, porque el término de la relación es sustantivo; el de lo imperial, una cosa más amplia, porque el término de la relación es adjetivo, que se encuentra desparramado por la naturaleza. De ahí el matiz de regodeo y goce en hacer lo que se hace que implica nuestra voz. Como el guitarrista disfruta tocando la guitarra o el futbolista jugando al fútbol, el imperialista disfruta invadiendo pueblos que son soberanos para expoliar sus recursos y enriquecerse a su costa. Y también en esto los Estados Unidos de América y muchos de sus ciudadanos constituyen un ejemplo paradigmático de lo que nuestra voz significa, como nos hacen ver los medios de comunicación de todo el mundo: “La amenaza imperialista de Trump descoloca a Europa”, “Sánchez cierra filas ante el afán imperialista de Trump”, leemos en los periódicos nacionales.
La forma imperialismo presenta la mencionada significación cualitativa de imperial como “límite de apego pasivo” mediante el sufijo -ismo y se entiende en el sentido sustantivo de “doctrina, práctica o comportamiento de imperialistas”. Como si de un vicio o una patología se tratara. Así, lo que implica nuestra voz en el texto de prensa “El nuevo imperialismo de Trump recuerda un período oscuro de cambio de régimen heredado por los Estados Unidos” es algo así como que los yanquis tienen una visión imperial del mundo, como, por lo demás, ponen de manifiesto las tantas invasiones y agresiones a países soberanos que ha perpetrado a lo largo de su corta historia, como la de Guatemala, en 1954, la de la República Dominicana y Vietnam, en 1965, la de Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia (Operación Cóndor), en 1970, la de Chile, en 1973, la de Nicaragua, en 1980, la de Panamá, en 1989, la de Afganistán, en 2001, la de Irak, en 2003, la de Venezuela, días atrás, y las que, al parecer, quedan por venir. Práctica les sobra, porque su misma patria surgió de un acto de usurpación; de la usurpación a sangre y fuego de su tierra a los indios americanos.
Por su parte, la forma imperioso presenta la mencionada significación “mando o dominio sobre soberanos” de la voz imperio como “materia interna del nombre que lo rige” mediante el sufijo -oso y se entiende en el sentido cualitativo de “que tiene en su interior el concepto de mando sobre soberanos”, casi como si la persona o país así calificado llevara el ansia de poder y vasallaje en la sangre. Al presente, como dice el periodista Thomas Frank en una de sus columnas habituales, la persona más imperiosa del mundo es el presidente de los Estados Unidos: “El imperioso Donald Trump es otro que no llora en público, pero sí que se enfurruña y hace pucheros y protesta”. Por eso no tiene el presidente norteamericano el más mínimo reparo en manifestar que, si la actual presidenta de Venezuela, que él puso al frente del país para que su reciente intervención en él no se le fuera de las manos, “no hace lo que es correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que el de Maduro”. El matonismo del mandatario norteamericano no es otra cosa que una manifestación clara de la cualidad que comentamos.
En la variante categorial imper(i)ar, la significación básica de “mando o dominio sobre soberanos” de imper(i)- se presenta como “proceso”, como “fenómeno con tiempo interno”, y se entiende en el sentido de “mandar o dominar sobre soberanos”. También en este caso son los Estados Unidos de América y sus ciudadanos imperialistas quienes de forma más evidente ejercen en el mundo actual el oficio de imperar. “¿Quién impera en el imperio americano?”, se preguntaba hace poco el periodista Pedro Prieto. “Trump impera en el imperio americano”, le responde en portada un periódico local. De forma más general, puede decirse que los Estados Unidos han imperado siempre sobre América Latina, defenestrando, secuestrando, encarcelando o asesinando a los gobernantes locales que cuestionen su hegemonía y poniendo en su lugar a otros que rindan pleitesía a sus intereses imperialistas. Es lo que hicieron en Nicaragua, donde impusieron a Juan José Estrada, en perjuicio de Santos Zelaya; en Cuba, a Fulgencio Batista, en perjuicio de Manuel de Céspedes; en Brasil, a Castelo-Branco, en perjuicio de Joao Goular; en Chile, a Pinochet, en perjuicio de Allende; en Argentina, a Videla, en perjuicio de Isabel Perón; en la República Dominicana, a Trujillo, en perjuicio de Horacio Vásquez; en Bolivia, a Hugo Bánzer, en perjuicio de Juan José Torres; en Guatemala, a Carlos Castillo Armas, en perjuicio de Jacobo Árbenz; en Venezuela, a Delcy Rodríguez, en perjuicio de Nicolás Maduro, etc. Por eso no metaforiza Donald Trump cuando se jacta de decir que quien manda en Venezuela es él. Efectivamente, así es: quien gobierna hoy la patria de la persona que liberó a América del imperio español es el presidente yanqui, lo que no deja de ser una terrible paradoja.
Esta variante verbal de la raíz imper- ha desarrollado, a su vez, tres variantes gramaticales distintas: la variante imperante, la variante imperad- y la variante *imperat-. La variante imperante presenta la significación invariante ‘mandar sobre soberanos’ de imperar como “acción cursiva interna al sujeto” mediante el sufijo -ante y se entiende siempre en el sentido contextual o nocional de “que manda sobre soberanos”. “En Estados Unidos, un Donald Trump imperante ha culpado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) de encubrir la propagación del virus”, leemos en una nota de la red. El concepto de “imperar” no se presenta aquí como acción o algo externo al sujeto, sino como cualidad o rasgo interno de su personalidad, porque no nos encontramos antes un verbo, sino ante un adjetivo. La forma imperado presenta la significación verbal que nos ocupa como “extensamente acabada” o como “resultado del proceso después de su desarrollo” mediante el sufijo -ado y, por proceder de un verso intransitivo, se entiende o puede entenderse en el sentido activo de “que manda o domina sobre soberanos”, como “viajado”, por ejemplo, se entiende en el sentido de ‘que viaja’. Por eso, no sería ningún disparate decir que “Trump es persona imperada”, es decir, “que impera”, aunque el uso resulte extraño, porque no se ha generalizado en la realidad concreta del hablar. Obviamente, no es lo mismo imperado que imperante, pues, mientras que la cualidad que expresa este se entiende como activa, la que expresa aquel se entiende como pasiva.
De esta variante del verbo imperar deriva la forma imperador, que presenta la significación de base (“resultado del proceso imperar”) como “abstracción no esencial activa” mediante el sufijo -or y se entiende siempre en el sentido de “persona cuyo actuar procede activamente de la noción ‘imperado’’. No significa imperador ”dictador“, como quieren algunos diccionaristas. Imperador y dictador implican semánticas totalmente distintas: mientras que el primero implica la idea de ”mandar o dominar sobre soberanos“, el segundo se refiere a la idea de ”dictar órdenes para que las cumplan obligatoriamente los ciudadanos del país de que se trata“. El dictador tiraniza a ciudadanos. El emperador, a representantes de ciudadanos, que son reyes, presidentes o gobernadores. Es claro que, en el mundo actual, es a Donald Trump, que no para de imperar a través de su potente maquinaria de guerra, de aranceles, de supuestas ayudas económicas y de chantajes políticos, a quien mejor cuadra el título de imperador, no emperador. Y decimos que es imperador y no emperador el título que mejor cuadra al presidente de los Estados Unidos, porque emperador, que es, obviamente, variante formal y semántica de la forma imperador, se ha blanqueado con el tiempo en el sentido un tanto neutro de ”soberano que gobierna sobre otros reyes o grandes príncipes o en un extenso territorio“, a secas, como Darío, Augusto, Octavio, Carlomagno, Carlos V, Napoleón o Guillermo de Prusia, por poner unos cuantos ejemplos más o menos conocidos, que, dicho sea de paso, no fueron menos depredadores que el actual presidente de los Estados Unidos, pese a la indulgencia con que suele tratarlos la historia.
Porque es evidente que los impuestos que el antiguo imperio persa obtenía de sus satrapías, el oro y la plata que el imperio alejandrino había obtenido como botín en las ciudades de la antigua Persia que había saqueado en su periplo por Oriente, los cereales que el imperio romano requisaba en Egipto, el oro que el imperio español extraía de América, las obras de arte que el imperio napoleónico expolió a lo largo y ancho de toda Europa, el marfil que el imperio austrohúngaro sacó de África o las especias y el té que Inglaterra acaparaba en Asia no estaban menos manchados de sangre que el petróleo que intentan robar de Venezuela, sin el más mínimo pudor, los Estados Unidos de América. Y, por último, la forma *imperat- presenta la significación invariante “mandar o dominar sobre soberanos” del verbo imperar como “puntualmente acabado” o como “resultado puntual del proceso” mediante el sufijo -to y se manifiesta en dos variantes gramaticales distintas: la variante imperativo y la variante *imperator.
La variante imperativo presenta la significación de “resultado puntual del proceso de imperar” como “generándose de forma indefinida en el interior del nombre que la rige” mediante el sufijo -ivo y se entiende siempre en el sentido de “que manda o domina a soberanos”. Así, se suele decir que el presidente de los Estados Unidos es “persona imperativa”; es de decir, que es una maquinaria de generar por sí mismo y emitir órdenes sin rodeos, que los demás deben acatar sin rechistar. Como dicen los psicólogos, “las personas imperativas tienden a liderar con instrucciones explícitas y a priorizar la eficiencia por encima de la empatía o la negociación”. Y la variante *imperator presenta la citada significación de base como “abstracción no esencial activa”, como vimos en el caso de imperador (emperador). Sólo la encontramos como base del derivado imperatorio, que presenta su mencionada significación invariante como “emanación activa” mediante el sufijo -io. Por eso, tampoco es descabellado decir que al presente no hay gobernante más imperatorio, es decir, que transpire la condición de emperador por todos los poros de su cuerpo, que el presidente de los Estados Unidos, aunque la palabra no tenga mucho uso en la realidad concreta del hablar.
El análisis semántico que acabamos de hacer nos permite extraer dos conclusiones más o menos evidentes. La primera de ellas es que son los Estados Unidos de América y sus dirigentes quienes mejor encarnan en el mundo actual todos y cada uno de los riquísimos matices y relaciones conceptuales que la raíz léxica imper- y sus desarrollos gramaticales implican. Y la segunda es que, con los Estados Unidos de Donald Trump, la verdadera cara del imperialismo, que había permanecido hasta ahora más o menos oculta bajo la careta de movimiento de expansión civilizadora, defensa de la fe, amparo de los débiles, legítima defensa, lucha contra la droga, contención del comunismo o del fascismo, protección de los derechos humanos, gendarme del mundo, etcétera, en imperios como el alejandrino, el romano, el carolingio, el español, el británico, el napoleónico, el austrohúngaro, el japonés o el ruso, se ha mostrado como realmente es: una suerte de cínico matonismo o mafia internacional que vive del expolio o la rapiña de los recursos de los más débiles, a los que impide decidir su destino por mí mismos y vivir con dignidad.
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0