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Espacio de opinión de Canarias Ahora

El dulce hablar de los canarios

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Hay gente que piensa que el español de Canarias es el habla “más dulce” de la lengua española, como la hay que piensa que el francés es la lengua “más lógica” del mundo y el italiano la “más poética”. Incluso, no falta quien llegue a afirmar que “los isleños hablan cantando”. Es decir, que, de la misma forma que los archiconocidos pajarillos de su tierra son las aves más cantoras o melodiosas del universo animal, los hablantes insulares lo serían del orbe hispánico ¿Qué fundamento tiene esta suposición tan arraigada en determinadas zonas de nuestra lengua? 

Lo primero que hay que advertir es que se trata de una opinión no acerca de la lengua que hablan los isleños, que es, por lo demás, la misma que usan los sustentadores del tópico, sino acerca del uso que aquellos hacen de ella. Más concretamente, dicha opinión se encuentra determinada, en buena medida, por tres factores de uso idiomático distintos, aunque mancomunados: un factor fónico o de pronunciación, un factor gramatical y un factor léxico.

El factor fónico o de pronunciación es el relajamiento articulatorio que experimentan en todo el español de Canarias o en determinados registros de él ciertas consonantes del sistema fonológico de la lengua española, entre las que se encuentran las siguientes: a) La consonante palatal /ch/, que se pronuncia en la Islas con un contacto relativamente amplio del dorso de la lengua con el paladar (o mojada, como dice la pedantería fónica): v. gr., /muchácho/ o /mácho/, con /ch/ adherente, en lugar de /muchácho/ o /mácho/, con /ch/ africada. Hasta tal punto llega el aflojamiento de la /ch/ en el habla insular, que hay hablantes peninsulares que tienen la impresión de que los canarios la confunden con la /y/. Se trata, obviamente, de una creencia falsa. Que en Canarias no se confunden nunca la /ch/ con la /y/ lo pone claramente de manifiesto el hecho de que sus hablantes distingan siempre sin ningún titubeo entre palabras como /mácho/ y /ácha/, por ejemplo, y /máyo/ y /áya/. Si el canario confundiera la /ch/ con la /y/ no hablaría realmente la lengua española; b) La consonante velar /x/, que se pronuncia aspirada y que llega incluso a simplificar muchos de los grupos consonánticos en que aparece: v. gr., /huégo/, /hamáh/, /sáha/ o /naráha/, en lugar de /xuégo/, /xamás/, /zánxa/ o /naránxa/; c) Las consonantes sordas /p/, /t/ y /k/, que tienden a sonorizarse o aflojar su articulación en determinados contextos: v. gr., /bébe béreh/ o /loh guchílloh/, en lugar de /pépe pérez/, o /los kuchíllos/; d) La /s/ implosiva o final de sílaba, que tiende a ablandarse, convirtiéndose en aspirada: v. gr., /loh níñoh/ o /lah mésah/, en lugar de /los níños/ o /las mésas/. Y, como en contextos del tipo los árboles o los años, la aspiración que nos ocupa es atraída a la órbita de su sílaba por la vocal siguiente, pues resultan aspiraciones de /s/ explosivas (/lo hárboleh/ o /lo háños/, por ejemplo), aspiraciones que, con el tiempo, podrían afectar a todas las /s/ explosivas de la lengua española; e) Las consonantes líquidas /r/ y /l/, que tienden a neutralizarse en favor del segundo elemento en hablantes muy populares: v. gr., /arkárde/, (kardéro/, /sársa/ y /árma/, en lugar de /alkálde/, /kaldéro/, /sálsa/ y /álma/; f) Ciertas consonantes, particularmente líquidas, que tienden a perderse cuando aparecen en posición implosiva, aligerando así la estructura de las palabras que las contienen: v. gr., /teró/ o /fatá/, en lugar de /terór/ o /fatál/; g) La consonante /d/ cuando se encuentra en posición intervocálica: v. gr., /fináo/, /entaúra/ o /matáo/, en lugar de /finádo/, /dentadúra/ o /matádo/; y h) La consonante sibilante dorsal /s/, mucho más relajada que sus correspondientes apical /s/ e interdental /z/ del castellano: v. gr., /serésa/ o /sáko/, con ese dorsal, en lugar de /zeréza/ o /sáko/, esta última con ese apical. 

Por su altísima frecuencia de uso, este relajamiento o ablandamiento de la pronunciación de las consonantes citadas, que tanto contrasta con la tensión o énfasis propia de la modalidad castellana, que es la que se ha tomado siempre como modelo de la lengua española, es, obviamente, el fenómeno que más poderosamente ha influido en el tópico que nos ocupa.

El factor gramatical que influye en la impresión de dulzura idiomática que comentamos es la gran cantidad de diminutivos axiológicos o valorativos que emplean los isleños en su habla cotidiana, que atenúa de forma ostensible la semántica de nombres, adjetivos y adverbios por ellos afectados, porque la presenta en su perfección, sea determinada, si se trata de la forma -ito (cochito, colchonito, Carmita o malito), sea no determinada, si se trata de la forma illo (cochillo, Carmilla o malillo). “Aquí se llaman todas las cosas así (con diminutivo) -escribe la persona que mejor conocía los complejos repliegues del habla isleña, que fue el escritor grancanario Alonso Quesada-. Un comerciante paga una letra y cuando la va a pagar dice: ”Deme usted esa letrilla“. Un enfermo de divieso se dirige a la botica y exclama: ”¿Tiene usted ahí una unturilla para este diviesillo que me está saliendo?“. Un tenorio se despide de nosotros para ver a su amiguilla; un padre compra para su hijo pequeño un juguetillo… Al referirnos a un amigo canceroso solemos exclamar: ”Está jeringadillo“. ¡Oh, dulce, plácido y donoso diminutivo!”. Mientras que en Castilla la significación invariante de ‘perfección’ que implica el llamado diminutivo se emplea mayoritariamente para hablar de las condiciones objetivas de las cosas, las cualidades o las circunstancias (dependiendo de si el término de base es un nombre, un adjetivo o un adverbio), en Canarias y en otras zonas de la geografía del idioma se emplea principalmente en sentido subjetivo, ora para expresar aprecio o desprecio por las cosas designadas, ora para influir de una u otra manera sobre el comportamiento o el estado de ánimo del oyente. Los primeros parecen observar la realidad circundante con absoluta ecuanimidad, sin implicarse emocionalmente en ella, y a sus interlocutores como destinatarios neutros de sus palabras, sin más; es decir, como sus pares; a veces, incluso como inferiores. Las cosas y los interlocutores no se encuentran aquí mediatizados por el afecto o los temores del que habla. Se trata de una expresión impasible, sin el más mínimo resquicio de emoción. Los segundos suelen mirar las cosas que los circundan con compasión, cariño o miedo, y a los interlocutores con más o menos consideración, temor o respeto, por las gracias o desgracias que de ellos puedan proceder. Las cosas designadas y los interlocutores se encuentran aquí mediatizados por el afecto o los temores que habitan los insoldables abismos de la mente del que habla. Se trata de un hablar empático hacia las personas, los animales y las cosas del mundo que lo rodea, podríamos decir. De ahí la alta frecuencia de uso con que apera en ella esa potente maquinaria de expresar emociones que son los diminutivos. Difícil es saber cuánto de esta sustancial diferencia de actitud ante el mundo circundante y sus protagonistas (actitud objetiva o más o menos fría / actitud subjetiva o más o menos cálida) pueda deberse a la otrora condición metropolitana de Castilla y la actitud que ella implicaba y a la otrora condición colonial (en el amplio sentido de la palabra) de Canarias y América y la actitud que asimismo esta suponía, aunque no es aventurado imaginar que algo hayan podido marcar estas circunstancias históricas pretéritas la forma de expresarse de unos y otros. Como es de sobra sabido, nada humano hay que sea ajeno a las lenguas que hablan los hombres.

Tampoco es descabellado pensar que otro fenómeno gramatical que haya podido influir en el tópico que nos ocupa es la neutralización de la oposición pronominal vosotros / ustedes, en favor de la forma ustedes, que el hablante castellano entiende como respetuosa o de cortesía, aunque para los isleños ese valor referencial originario haya desaparecido ya.

Y el factor léxico que parece encontrarse detrás de la impresión de dulzura que produce el habla canaria en determinados hispanohablantes es el empleo de ciertas fórmulas familiares de tratamiento que llevan aparejadas una profunda carga de cariño, cercanía o afecto, entre las que destacan las siguientes: a) Mi niño, que se emplea para tratar con afecto tanto a los más pequeños como a los adultos: v. gr., “Que no, mi niño, que eso no fue así”; b) Chico: v. gr., “Bueno, chico, por esta vez te perdono, pero no lo vuelvas a hacer”; c) Chacho (aféresis de muchacho): “¡Chacho, no hagas eso, que te desgracias!”; d) Compadre: v. gr., “¿Qué tal está, compadre?; e) Cho: v. gr., ”Échese pallá, cha María; / échese pallá, cha José, / que el cachito pan que tenía / se lo comió el perinquén“; f) Cristiano: ”¿Usted está loco, cristiano, cómo le va a quitar el zálamo al perro, que muerde a la gente“; g) Don: ”¿Podría decirme la hora, don?“; h) Frecuente uso de hipocorísticos, algunos de ellos de creación propia o muy extendidos entre los isleños, como Chichín, de Jesús, Chalo, Chila y Ciales, de Marcial, Lala, Lali, Cayaya, Yaya, Cande, Candi, etc., de Candelaria, Yoyo, de Gregorio, Chago, de Santiago, Voro, de Salvador, y otros muchos.

Relajamiento de la pronunciación de determinadas consonantes, altísima frecuencia de uso de diminutivos valorativos o axiológicos y empleo frecuente de fórmulas de tratamiento familiares son, pues, los rasgos del habla insular que han provocado en el hablante castellano la impresión de que los canarios hablan con dulzura. 

Y la segunda consideración que hay que hacer cuando se trata del tópico de la dulzura del habla de los canarios es que nos encontramos ante una impresión muy parcial. En realidad, se trata de un prejuicio propio sobre todo de los castellanos, cuya forma de usar el idioma, con un consonantismo tenso, un uso desnudo u objetivo de nombres, adjetivos y adverbios y unas fórmulas de tratamiento léxico familiar más bien comedidas, difiere sustancialmente de los canarios, en particular, y de todos los hablantes del español atlántico, en general. Precisamente por ello, perciben andaluces, canarios y americanos el habla de los castellanos más rotunda y tajante que la suya propia, aunque no suelan decirlo en público, porque se trata de una cualidad que reputan negativa, y el canario sabe que lo malo no debe airearse, bien por educación, bien por diplomacia. Sólo el argentino Jorge Luis Borges, con toda su autoridad idiomática, se atrevió a poner el dedo en la llaga del problema al señalar, acaso exagerando un tanto la nota, en su excelente estudio El idioma de los argentinos: “No he observado jamás que los españoles hablaran mejor que nosotros. Hablan en voz más alta, eso sí, con el aplomo de quienes ignoran la duda”.

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