¿De verdad nos gustan las malas noticias?
A Juan Sebastian Bach uno de sus 20 hijos, Johann Christian, lo motejó una vez como El viejo peluca y con ese apelativo se quedó por los siglos de los siglos. De apariencia severa, abnegado trabajador de sol a sol, con una prole tan extensa como sus obligaciones laborales y sus deudas, la broma del hijo, que, por cierto, acabaría en Londres falsificando sus partituras, no le hizo mucha gracia al genio de la música.
Pero, pese a ser un luterano acérrimo, Juan Sebastian tenía sentido del humor y era padre caritativo, sobre todo de puertas adentro. Por ello, no hizo de ello un 'casus belli' doméstico, lo que no impidió que El viejo peluca soltara de vez en cuando una de esas frases que, no por contundentes, era menos acertada.
Como para quitarle hierro al espinoso insulto, mejor aún, como para explicar por qué Johann Christian era dado a tales memeces, Bach-padre espetaba a quien quisiera oírlo que las bromas de su vástago y sus payasadas se debían a que era tonto. Pero que eso, agregaba raudo, no era necesariamente malo en este mundo, porque ser tonto le granjeaba un gran futuro. “Mi Christian es tonto; por eso algún día tendrá fortuna en el mundo”, fueron, más o menos, sus palabras.
Lo de ser tonto es cosa habitual antes y ahora y no por ello se hipoteca el futuro de nadie, está visto. Lo de ser malvado es otra cosa. No hipoteca necesariamente el futuro del pérfido, pero causa desgracia a los demás, lo que no tiene gracia precisamente.
Facu Díaz, el gran comediante hispano-uruguayo, tiene una teoría sobre el gran eco que tiene la desinformación en nuestros días y por qué se hinchan tanto las malas noticias puntuales, que parecen convertirse en categorías. Nada de neurociencia, nada de algoritmos reptilianos. Según su teoría, hay gente a la que le encanta las malas noticias.
Mirando las estadísticas, esas en las que solo se fijan los tontos y los malvados cuando las cosas pintan feas, este país vive en la actualidad un 'boom' económico (de la macroeconomía, la micro que cada cual se la mire) como nunca lo ha habido en la historia. Los niveles de desempleo rozan la cifra del paro técnico y las estadísticas de delincuencia están desplomadas. Eso no impide que haya casos de delincuencia, penurias económicas en muchas casas y un empleo precario que el empleador nunca querría para sus hijos. Pero no es menos cierto que al abrir la puerta de casa, uno no se encuentra el felpudo manchado de sangre, se puede deambular tranquilamente por la noche, hay agua en el grifo y no se sabe lo que es el hambre, como lo hubo durante décadas tras la guerra civil, más que de oídas por lo que pasa 'ahí fuera'.
Entonces, ¿a qué tanto miedo? ¿Por qué se presta oídos a los infundios, se eleva a categoría lo puntual, se pide mano dura a todas horas? Aquí los malvados se unen a los tontos en un cóctel tóxico, que interesa mucho a la mala política. Es el relato, como diría aquél. Poco importa la realidad, el relato da y quita gobiernos e, intoxicados, en su pequeña cámara de resonancia del celular, los tontos lo ponen fácil y le hacen el caldo gordo a los pérfidos que piden pena de muerte por las esquinas sin dar la cara.
Hoy, el simpático Johann Christian viviría aterrorizado sin salir de su buhardilla, copiando partituras y partituras y estampando la firma de El viejo peluca para ganarse la vida, y retuiteando cosas bárbaras a la espera de un gran futuro que tarde o temprano acabaría por llegar.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
0