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No hay más que lío, chico

El presidente de EE.UU., Donald J. Trump, habla sobre la anulación por parte del Tribunal Supremo de la mayoría de sus aranceles durante una conferencia de prensa.
22 de febrero de 2026 21:06 h

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Mires a donde mires todo son follones y peleas en este mundo postpandemia que nos está quedando niquelado. A veces uno siente que la vida moderna es eso que sucede entre noticia y noticia de Donald Trump. Ahí lo tienen. Va tan puesto de aranceles que tanto le da diez que quince y ocho que ochenta. 

Debe ser duro colocar a un puñado de mediocres juristas en el Tribunal Supremo con un trabajo y un solo trabajo: aplicar siempre el principio de “in dubio pro Trump”, y que ni eso sepan hacer por un tecnicismo de no sé qué ley de no se sabe cuándo que establece que los poderes del usuario del Air Force One tiene límites. No se ponían tan tiquismiquis con Harrison Ford: si hay que destruir algo, se destruye y punto. Poco les ha llamado el presidente. Menos mal que en los USA la justicia no está politizada y los que mandan son superrespetuosos con la independencia y las decisiones de la justicia; no como aquí.

Los efectos económicos del fallo que tumba los aranceles parecen tan imprevisibles como las consecuencias de los propios aranceles que, a estas alturas, ya nadie sabe muy bien a quién se aplican, sobre quién se aplican o cuánto se aplican, después de que Trump nos marease a todos con ellos hasta hacernos bailar a su son. Las derivadas políticas parecen poder anticiparse con mayor claridad. Se está rifando un bombardeo en Irán y puede que una redada del ICE en la sede del Supremo para ver si todos los jueces tienen los papeles en regla. 

El muro de los aranceles se ha derrumbado más rápido que el muro de Berlín y Donald Trump se ha lanzado a reconstruirlo a base de vallas. Ese arancel universal del 15% sólo dura 140 días y con eso a Trump no le llega ni para pipas; tampoco para plantarse en las elecciones de medio mandato manteniendo la percepción de que su poder es imparable y su único límite es su propia voluntad.

Cosas de yanquis, piensas. Pero miras a ese oasis de paz, progreso y cañitas que era la Comunidad de Madrid y más jarana. Los “Pocholos” contra los “ayusers” en un duelo a muerte por hablarle más cerca al oído a la presidenta, por hacerse con el control de una universidad que sobrevive siendo Madrid una de las tres comunidades que menos gasta por alumno, menos invierte en relación con el PIB y más cobra por matrícula, o por trocear al gusto la construcción de centros de FP a base de adjudicarlos a cachos. 6.959 millones de presupuesto y ahí nos tienen, entretenidos con si son pocholos o son ayusers y si el tal Rasputín es bailarín, poeta, actor o autor o todo a la vez. En nuestro descargo hay que reconocer que lo de “pocholos” es pegadizo.

Miras a la extrema derecha, donde todo debiera ser celebración y armonía por tanto éxito, y más guerra. Santiago Abascal y Ortega Smith, hasta hace nada hermanos de sangre, hace nada casi a punto de recuperar Gibraltar los dos solos a puro pulmón, ahora enfrentados por un quítate tú que me pongo yo. Tiene razón el líder supremo: quién manda, manda. Debe cortarse la sedición por lo sano y sin contemplaciones. Se impone la misma solución que para RTVE: duelo a lanzallamas o motosierra, o mejor a bomba atómica.

Menos mal que, en la izquierda, se han dado cuenta de que el lío y el follón no son la solución. Una pequeña multitud de expertos en perder elecciones se han juntado y se van a seguir juntando las veces que haga falta para demostrarse los unos a los otros cómo se ganan las elecciones. Por algo se empieza.

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