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OPINIÓN | 'Crisis ferroviaria: el poder de la calma', por Antón Losada

Crisis ferroviaria: el poder de la calma

Vista de unos vagones precintados del Iryo a la espera de ser retirado en la zona del accidente de Adamuz (Córdoba), este domingo.
25 de enero de 2026 22:07 h

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Si espera encontrar una teoría o una explicación para el fatal accidente de Adamuz, o un cronograma que ordene el caos y el desconcierto que un suceso tan trágico genera de manera inevitable, no siga leyendo. Soy de letras. Carezco de la capacidad para evaluar esa información. Procuro, aunque no siempre lo logre, no competir en el negociado de las respuestas Amazon o las verdades con entrega garantizada antes de las 22.00. 

Puedo hablar algo sobre el debate público generado. A día de hoy sostengo lo mismo que defendí durante los días de la Dana. La crisis no ha sido contenida todavía —ahí tienen Rodalies— y aún debería preocuparnos, las víctimas y sus familias encarnan la prioridad, los técnicos son quienes tienen la autoridad porque son quienes saben y los servicios públicos deben seguir respondiendo con la profesionalidad y la eficiencia que han acreditado y debe ser reconocida y defendida con más empeño que nunca ante los ventajistas de la desgracia, aplicados en construir el caos sobre los sentimientos a flor de piel y la indignación fast food.

Lo único que sé con certeza sobre las causas del accidente se resume en que mientras no tengamos las pruebas de laboratorio que nos demuestren cómo se han comportado los materiales recogidos, formular hipótesis y adelantar conclusiones supone un ejercicio acientífico y temerario; especialmente si eres un técnico de una comisión de evaluación. Las evidencias imprescindibles para elaborar y falsear hipótesis, no digamos para sacar conclusiones, no están disponibles. 

La calma y la prudencia deberían ordenar el debate sobre las razones de la tragedia. Empezando por el ministro Óscar Puente, a quien se le podrán exigir en su momento las responsabilidades que se considere, pero a quien no se puede acusar de esconderse, de no dar la cara o de ocultar o retener información clave para saber qué ha pasado. 

Si no hay respuesta todavía, no la hay. Las teorías, las hipótesis y los adjetivos no las sustituyen. Una sociedad adulta debería aprender a asumirlo. No todo puede ir rápido. Conviene no confundir la rapidez con la prisa a la ahora de dar respuestas. No sabemos qué ha pasado y puede que, como ha sucedido al final de tantas tragedias, descubramos que se debió a la causa menos esperable, o resultó aquello que parecía, o ha sido el producto de una serie de inopinadas circunstancias, o incluso tengamos que aprender cómo aquello que creíamos seguro no lo era; así avanza la seguridad: vamos revisando y cambiando estándares y garantías que la realidad nos obliga a corregir a golpes. 

Lo único que también sé con certeza de lo sucedido aquella triste tarde en Adamuz es que ni siquiera quienes estaban allí saben bien qué les sucedió a ellos en primera persona. La seguridad con la que se publican estos días desde la distancia cronogramas con precisión al minuto y al segundo resulta singular. El debate sobre a quién y cuándo se atendió tendría sentido si hubiera habido unidades ociosas en uno de los escenarios, dejando abandonadas a su suerte a las víctimas en otro. Pero no es el caso. Lo saben quienes estaban allí y lo saben quienes se dedican ahora a cronometrar tiempos sobre un cronograma dibujado.

El sesgo retrospectivo con que ahora tantos juzgan dónde y cuándo tenían que haber acudido los equipos de rescate resulta insoportable. ¿Qué tenían que haber hecho los equipos que estaban en el escenario del Iryo? ¿Quién sabía a las 20.30 de aquella terrible noche dónde hacían más falta, o qué escenario era más grave? Cualquiera que haya gestionado una emergencia les dirá que el orden lo fijan la oportunidad y el acceso. Todo es mejorable y las respuestas a una emergencia siempre lo son. Pero no se puede medir la eficacia de la gestión inmediata de una crisis usando estándares imposibles de eficacia.

Tenemos derecho y exigimos respuestas, no conjeturas, ni especulaciones, ni adjetivos innecesarios. Igual que tenemos derecho a que los responsables de Rodalies no actúen como el alcalde de Amity Island en Tiburón y reabran sin saber bien si pueden, para que la gente no proteste o no se chafe la temporada. Si hay que suspender, se cierra y el tiempo que haga falta. Que los profetas del ayer, que siempre saben al día siguiente lo que iba a pasar el día anterior, tengan prisa en señalar a sus sospechosos habituales es su problema. No es el nuestro, ni el de las autoridades y responsables. Lo más importante no es ganarles. No se trata de ganar el relato. Se trata de contar la verdad cuando se tenga y hacerlo sin perder la calma. Es nuestro deber y se lo debemos.

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