Un paseo por las risas que esconden los cuadros del Museo del Prado: “Si los códigos morales cambian, la risa también”
Si uno se para a pensarlo, el ser humano se ríe casi de todo. Nos reímos de lo grotesco, de lo superficial, de la mala suerte y las desgracias, también de lo divertido y la sátira, de las críticas y la parodia, hasta de aquella risa artificial convertida en mueca. Nos reímos desde la maldad y la bondad, incluso para esconder la tristeza. Y el arte, como espejo a veces fiel y otras distorsionado de la realidad, no iba a ser menos. Así lo ha estudiado Carlos Reyero, antiguo catedrático de Historia del Arte, en el recién publicado Las risas del arte (Cátedra, 2026). El experto analiza en su ensayo más de 150 obras pictóricas que son interpretadas de manera “risible”. Junto a él, elDiario.es pasea por el Museo del Prado para desentrañar qué se esconde detrás de diez de estas pinturas.
Ante la mirada petrificada de la estatua de Francisco de Goya a las puertas del museo, Reyero afirma que encontrar personajes o escenas que nos pueden hacer reír en obras pictóricas es algo habitual. “Sobre todo desde el momento en que el arte se convirtió en un espectáculo de masas a partir de las exposiciones en el siglo XIX. Empezó a formar parte del ocio, y el ocio está muy ligado a la diversión”, apunta en una tarde lluviosa de febrero. Incluso cuadros concebidos desde una perspectiva seria fueron reinterpretados desde el sentido humorístico por el gran público.
Este antiguo catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid y la Pompeu Fabra de Barcelona recalca cómo los códigos morales han cambiado con el paso del tiempo. Eso es lo que más le ha sorprendido, asegura. “Hablamos del mundo de lo grotesco, de lo deforme, de lo anormal, que antaño era utilizado de forma risible y hoy en día estaría censurado verlo así”, comenta. Se refiere, por ejemplo, a observar a una persona con acondroplasia o una mujer que no resulta excesivamente femenina, tal y como él mismo ilustra. “Y si los códigos morales cambian, también la risa”, introduce. Y ahora sí, comienza esta peculiar excursión por el Museo del Prado.
La risa de lo grotesco
El bufón Calabacillas (la imagen que abre este reportaje) es un cuadro de Velázquez expuesto en la sala 15. Reyero ha decidido encuadrarlo en el capítulo dedicado a “La risa equívoca de lo grotesco”. Según la mirada del experto, se trata de una figura ambivalente que actúa como “motor de la comicidad”. Ríe para que nosotros riamos a su vez, como sucede con los personajes cómicos del teatro, pero también lleva a cuestionarnos la desmesura de su risa, explica en el libro.
Su risa se basa en la incongruencia de sus acciones o palabras, en sus gestos enfáticos y absurdos, y particularmente en su deformidad. La anomalía física o síquica ha estado históricamente asociada al bufón y, sobre todo, a su representación, que encarna lo grotesco por antonomasia, desarrolla Reyero antes de dirigirse a la sala 77 del Museo del Prado.
Las risas de Teniers en la sala 77
Aquí encontramos el cuadro de El rey bebe, realizado por David Teniers, donde se representa un encuentro popular en el Flandes del siglo XVII. En este banquete relacionado con la fiesta de Reyes queda inmortalizado aquello de agasajar como si fuera un rey a la persona que encontrara el haba del pastel. “Yo lo veo como esa risa asociada únicamente a determinados momentos del año, ligados sobre todo a la fiesta, la comida y la bebida”, añade. “El banquete otorga sentido al festejo y, por tanto, a la risa. La gula es un vicio risible a los ojos ajenos”, escribe en su ensayo.
En la misma sala y del mismo autor es El mono pintor, una de las decenas de obras que Reyero analiza en el capítulo “Las risas de la parodia”. La obra, que bebe de la caricatura histórica, parodia a través del mono a un pintor vulgar, que pinta “monerías”, un concepto vivo en la actualidad, sin importancia ni trascendencia. “Es una risa que sirve para censurar y que critica la vanidad y las pretensiones de los seres humanos”, añade el experto en Historia del Arte. No está solo el mono. A su lado aparece un erudito, la figura que representa al crítico vulgar que no sabe apreciar la pintura de calidad.
Sobre escenas lujuriosas también ha buceado en museos de todo el mundo Reyero. Sin salir de la sala 77, este experto se para frente a El viejo y la criada, del ya mencionado Teniers. “En la pintura holandesa es habitual encontrar escenas risibles ligadas a momentos de lujuria como sentido de advertencia”, apunta. La burguesía holandesa y flamenca del siglo XVII coleccionaba estas obras para reírse de lo que no se debía hacer. “Es una risa moralista, despreciativa, y vemos cómo el deseo sexual en la vejez aparece como algo vergonzoso o despreciable, lo que puede provocar risa”, agrega.
De la mueca a la risa de fiesta
En la sala 23 del Museo del Prado se encuentra un curioso busto femenino en una urna. Se atribuye a Filippo Scandellari y Reyero la define como “una risa un tanto necia”. “Quise tratar esta figura porque me permite reflexionar sobre la dificultad de representar la risa de forma natural”, explica. No es algo baladí. Una risa congelada fácilmente puede devenir en mueca. “La risa fingida de las fotos, esa no es natural. La risa siempre tiene algo de imprevisto”, compara el autor. Aquí vemos a una joven vestida con un traje popular y la boca entreabierta, que deja ver sus dientes separados, y que parece reírse, pero su alegría resulta insustancial. “La falta de piezas dentales y la mueca exagerada apuntan hacia una risa que desasosiega, en lugar de complacer”, recalca.
No pintar la risa sino el espectáculo que la produce. Es lo que hizo Giandomenico Tiépolo en El charlatán veneciano. Expuesta en la misma sala que la anterior, la obra nos habla de algo muy presente en nuestro mundo contemporáneo como es la necesidad de divertirse a toda costa, parafraseando a Reyero, quien añade: “Realmente los personajes que han ido a ver al charlatán y se ríen encierran cierta dosis de melancolía. Reflejan de alguna manera el absurdo cómico de la vida”.
Por otro lado, el Triunfo de Baco está en la sala 61 y Reyero lo ha incluido en su capítulo dedicado a “La risa de la fiesta”. El especialista sostiene que la parodia realizada por algunos maestros en sus obras es una forma de enfrentar los grandes mitos de la literatura y el arte a través de su tergiversación, lo que conduce a la risa. En este cuadro de Alenza se ve una parodia del mito de Baco y una interpretación burlesca que ya Velázquez había realizado en sus borrachos.
Y un apunte más: “Nos tendemos a reír de lo vulgar, de lo que se hace en privado y no es público. Aquí tenemos un personaje que orina en la esquina izquierda del cuadro por todo lo que ha bebido”, desarrolla el mismo Reyero. Así aparece la risa como respuesta a lo soez y lo vulgar.
Destrucción, mearse de risa y travestismos
Pelea de gatos en una despensa, de Paul de Vos, es una de las obras englobadas en el capítulo “Risas oscuras, siniestras, que se complacen en la destrucción o en el mal”. Reyero admite que el ser humano tiene una extraña fascinación por lo destructivo, sobre todo en el plano imaginario. “Hay una especie de complacencia en la destrucción que, en ocasiones, la vemos en cuadros más o menos siniestros”, dice. En el caso de esta obra ubicada en la sala 81, está concebida para distraer y divertir, algo mucho más frívolo de lo que hablaba el experto. “Es una destrucción en la que también hay alegría y ahí es donde encuentro esa complacencia, cierto gusto por ello”, opina.
De tintes más alegres es la Bacanal de los Andrios, firmada por Tiziano y expuesta en la sala 42. Este cuadro festivo refleja cómo los dioses y los seres humanos celebran gozosamente los efectos del vino. “El pintor incluye un elemento significativo: un niño que se mea de risa. Es una expresión algo vulgar utilizada en castellano y otros idiomas”, explicita Reyero. En este caso, la risa no transita desde el cuadro al espectador, sino que gracias a la figura del niño el espectador puede comprender hasta qué punto los personajes del cuadro se están divirtiendo y riendo.
Divertida también es la escena que inmortalizó el taller de Rubens con su Aquiles descubierto por Ulises y Diomedes. Incluido en el capítulo del libro dedicado a los ‘Travestismos’, esta obra de la sala 28 es una de las interpretaciones de episodios mitológicos durante la Edad Moderna en los que aparecen varones vestidos de mujer, lo que posee “un componente humorístico indudable”, según Reyero. Así, esta pintura está concebida “para divertirse y hacer reír”, gracias al contraste entre la tosquedad y el descuido de Ulises con el gesto afeminado de Aquiles.
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