Palestina, entre todos te matamos…
“Guatemala no existe. Lo sé porque he estado ahí”. Esta frase, con la que George Arnaud abría El salario del miedo, es lo que los gazatíes dirán refiriéndose a su patria en pocos años. Y lo peor es que parece no importarle a nadie. Por si fuera poco, la decisión de Israel de aumentar el botín y robar legalmente (según sus propias y tramposas leyes) territorio cisjordano culminará lo que, sin duda, es uno de los mayores atropellos contra el derecho internacional de las últimas décadas. Y no será porque no hay para comparar. Pero los medios están demasiado preocupados por los juegos de invierno y otras cuestiones igualmente trascendentes para el devenir de la humanidad como para parezca que la suerte de los palestinos aún nos importa. No sé ni por qué nos molestamos en disimular.
El derecho internacional ha muerto, lo ha matado la Hasbará. Desde que el ente sionista firmó en octubre el acuerdo de alto el fuego en Gaza con la única intención de no cumplirlo, la lucha por el relato estaba ganada. Desde entonces, más de 600 personas han sido asesinadas —a saber cuántos heridos— por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en crímenes tan vergonzosos como el bombardeo de algún campo de refugiados. La excusa, la mentira, es siempre la misma: Hamás se niega a desarmarse, como si un ejército cuya arma más grande es su dignidad -y unas cuantas granadas- suponga amenaza alguna para una potencia nuclear ilegal, cuyo genocidio, además, está financiado por Estados Unidos y tolerado (a veces aplaudido) por medio mundo. Europa, como mínimo, es cómplice necesaria.
Borrar a Palestina de la historia no es solo una labor simbólica, como ha hecho el Museo Británico, que considera que el término es político y ha perdido “su neutralidad”. La decisión, que dicen que se basa en el criterio de la ONU, fue impulsada por una asociación de abogados proisraelí. Pero de lo simbólico a lo real hay poco, y poco hay más real que el proyecto de la Nueva Gaza, que EE. UU. presentó el mes pasado en el Foro de Davos, la mayor concentración de desechos humanos a este lado de la galaxia. Ríete de la taberna de Tatooine. Es triste, pero la única buena noticia que ha llegado de Oriente Medio en los últimos años es que Netanyahu tiene cáncer. Y ni eso compensa. Como él hay muchos, algunos hasta peores, y todos luchan por sucederle.
Para que no hubiera errores sobre el futuro que se nos viene encima, el proyecto —con renders y todo, más en serio no se puede ir— se hizo durante la presentación de la fantasmagórica Junta de la Paz (sentido del humor no les falta) de Trump. Para ingresar, solo se pide acreditar el mayor desprecio posible a los derechos humanos y pagar un millón de dólares (saqueado de las arcas públicas). Entre los miembros de esta especie de Puerto Hurraco de las relaciones internacionales destacan Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Egipto, Qatar, Baréin, Pakistán, Turquía, Hungría, Marruecos, Kosovo, Argentina… vamos, lo mejor de cada casa. Y, para añadir insulto a la herida, no faltó la presencia del lamebotas Gianni Infantino (presidente de la FIFA) a un acto que contó como maestro de ceremonias fue con el yerno del propio Trump, Jared Kushner, que —como no podía ser de otro modo— también administra su fortuna. Lo peor no es lo que pasó, es que apenas hubo voces críticas para protestar.
Así, mientras se crea una especie de ONU de Hacendado para sátrapas, la otra, la de toda la vida, se va diluyendo sin que nadie mueva un dedo. Israel tiene patente de corso para disparar a los cascos azules, destruir sus edificios o expulsar a la UNRWA (la agencia para refugiados palestinos). Por suerte, ahí están los medios de comunicación para recordarnos que el verdadero peligro es China. Y lo más triste es cómo Israel va a robar para sí el territorio palestino. Con el único aval de un libro de la Edad de Bronce escrito por cabreros, después de devolver a Gaza a la edad de piedra, ahora van a por Cisjordania (donde Hamás ni está ni se le espera). Han decidido que la tierra es suya. Luego la comprarán, a punta de metralleta, para que los palestinos les hagan precio, y en los próximos años Palestina solo estará en los libros de historia. Y luego, cuando el crimen se haya perpetrado sin la menor sanción internacional, irán a por el Gran Israel, que llega hasta Egipto, Arabia Saudí o Turquía (que están en la Junta por la Paz), y coge un pedazo de todos los países vecinos (Líbano, Jordania o Irak). Por lo visto, su dios también se lo prometió hace 3.000 años. Más guerras para lograr la paz, la receta para un desastre de dimensiones bíblicas. El sionismo es una enfermedad mental.
Aunque yo la esperanza fue lo último que perdí, reconforta saber que todavía hay justos en Sodoma. El próximo 29 de marzo habrá un nuevo intento (fallido) de llegar a Palestina por tierra y mar, una nueva flotilla, por lo menos, volverá a sacarnos los colores a todos y recordar cómo le hemos fallado a las próximas generaciones. Cien barcos y 3.000 participantes: a los derrotados, como decía El Roto, solo nos queda ser invencibles… y el que pueda aportar algo, que necesitan fondos.
Y como guinda, desde hace una semana, y por primera vez desde la Guerra Fría, no hay un solo tratado sobre proliferación nuclear (tratados que, por cierto, Israel siempre se ha pasado por la entrepierna). Todavía nos pasa poco. Casi lo único bueno del fin del mundo es que no nos lo van a tener que contar, aunque yo hubiera agradecido que me hubieran avisado de pequeño de que El planeta de los simios no era una película de fincción sino un documental.
0