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Rusia, entre la indiferencia y la convicción de que Ucrania se rendirá: “No creo en acuerdos de paz”

Una mujer camina por una calle cubierta de nieve en Moscú, este febrero.

Albert Sort Creus

Moscú —
22 de febrero de 2026 21:06 h

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Este invierno pasará a la historia como uno de los más crudos en décadas en Moscú. Los ciudadanos negocian a cada paso el equilibrio entre no resbalar sobre el hielo que se esconde bajo la nieve y la prisa por refugiarse en el calor de sus casas. A muy pocos les parece obsceno que, mientras aquí la calefacción funciona a todo trapo las 24 horas del día, su ejército esté matando de frío a los residentes de las grandes ciudades ucranianas. Tras cuatro años de guerra, la inmensa mayoría de los rusos no quieren que de ningún modo Vladímir Putin haga concesiones a Volodímir Zelenski y creen que el conflicto debe acabar con la rendición de Kiev.

Solo un 21% de los encuestados en el último informe del Centro Levada de investigaciones sociológicas independientes es partidario de rebajar las exigencias de máximos del Kremlin a fin de detener las hostilidades. “No creo en los acuerdos de paz, son solo un respiro temporal”, dice Serguéi, de 47 años y empleado de una de las principales petroleras del país. “La guerra termina con la rendición de una de las partes”.

Para Vera, una jubilada que ronda los 70, devolver las regiones ucranianas que las tropas de Putin han ocupado sería “una traición hacia las personas que viven en aquellos territorios”. “No podrán vivir allí entonces, ellos confían en que ya son parte de Rusia”, dice.

El director del Centro Levada, Denis Volkov, cree que esta negativa a hacer concesiones surge de un “malentendido” de las causas de la invasión. “La opinión dominante en la sociedad es que Rusia intervino para proteger a la población rusoparlante”, apunta en declaraciones a elDiario.es. Otro de los motivos es la percepción entre los ciudadanos de que sus tropas llevan la iniciativa en el campo de batalla y, mientras su Gobierno no esté por la labor de ceder en nada, ellos tampoco se expresarán en este sentido.

Desde la ciudad de Samara, Vladímir Zvonovski, presidente de la Fundación para la Investigación Social, también independiente, pone encima de la mesa otro factor: el territorio como “valor significativo”. En declaraciones a este medio, explica que en Rusia “la narrativa geopolítica”, la idea de que “cuanto más territorio, mejor”, está muy extendida. Por eso, desde su óptica, “la paz significa que el país debe crecer todavía más y cualquier cosa distinta será vista como una retirada y una derrota”.

El optimismo es manifiesto en el entorno militar. Un veterano de la guerra de Ucrania con grado de oficial superior, que prefiere mantener el anonimato, aspira a que se firme un acuerdo de paz que entregue al Kremlin el control absoluto del Donbás, Jersón y Zaporiyia. Su pronóstico es que Kiev se verá obligada a intercambiar las áreas que todavía administra de estas regiones para recuperar las zonas del noreste ocupadas por el Ejército ruso, como Sumy o Járkov. “Zelenski no tendrá más remedio, no le queda ninguna carta”, sentencia.

Más fatiga, más ataques

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, aproximadamente dos de cada tres rusos apuestan por negociar una salida al conflicto. Este es “uno de los principales indicadores de la fatiga de la guerra”, señala Volkov, que ve cómo la gente teme una nueva movilización forzosa como en septiembre de 2022. “Realmente quiero que se acabe para que todos dejen de morir”, dice Vera. “También allí [en Ucrania] hay gente normal, no solamente estos bastardos nazis”, agrega, en línea con una de las justificaciones del Kremlin para su invasión, con la que se refiere, según se considera ampliamente, al intento de derrocar a Volodímir Zelenski.

Sin embargo, un 59% de los encuestados son partidarios de intensificar los ataques contra Kiev, incluso usando “armas nuevas”, si no se consigue la paz. Es el caso de Guennadi, un jubilado de un barrio de la periferia sur de Moscú, que vive en uno de los llamados bloques chelovéinik (hormigueros de personas). “Lo podrían haber acabado con una lluvia de bombas donde se encuentran los militares, pero no tienen ganas de hacerlo”, se queja.

Una valla publicitaria en una calle con la imagen de un soldado ruso, anunciando el servicio militar por contrato en las recién creadas Fuerzas de Sistemas No Tripulados rusas, en Moscú.

“Esta fatiga resulta en un apoyo a acciones más contundentes”, añade Volkov. “Para ellos, es mejor ayudar a finiquitar el conflicto y que, al menos, muera menos gente de nuestro lado. Esta es su lógica”.

La fatiga también se traduce en una mayor desconexión de lo que pasa en Ucrania. El nivel de seguimiento de los eventos militares ha caído a mínimos nunca vistos desde el inicio de la invasión y también sigue desplomándose la confianza en un desenlace cercano de la guerra. “Definitivamente, este año no va a terminar”, vaticina Serguéi. “A veces pienso que no va a acabar nunca”, dice Vera.

Moscú mira desde la distancia

En Moscú, la guerra no existe salvo en las marquesinas de los autobuses, donde se promociona el alistamiento al Ejército, o en las vallas publicitarias de las grandes avenidas, dedicadas ahora a los anuncios para reclutar operadores de drones. “Nuevos e indispensables”, rezan los carteles, que muestran a un soldado ataviado con un casco parecido a unas gafas de realidad virtual. 

A menudo, en la capital rusa el frente se ve desde la subjetividad y la distancia de un videojuego, a través de las imágenes de drones quitando la vida a soldados enemigos que circulan por Telegram. Quizá esta sea una de las razones que expliquen por qué en Moscú el rechazo a las negociaciones es del 52%, 21 puntos superior a la media nacional.

En Rusia, uno de los efectos secundarios de ser una persona indígena y no blanca es que tienes más probabilidades de morir en esta guerra

Maria Viushkova Científica

Volkov cree que esto se debe al hecho de que en Moscú las acciones militares son “prácticamente imperceptibles”. Un 61% de los residentes opinan que la guerra casi ni les ha afectado. Además, el sociólogo indica que se ha convertido en una ciudad “progubernamental” desde el inicio de la invasión, ya que acoge a muchos funcionarios del Estado, mientras que aquellos que se oponían a la agresión y al Kremlin huyeron del país en 2022.

Zvonovski matiza esta percepción de Moscú como una ciudad belicista. Admite que su rechazo a la guerra “se ha debilitado” porque en los últimos años se ha recuperado el nivel de vida previo a 2022 y 2023, pero lo ve todavía “relevante”, hasta el punto de considerarlo uno de los principales núcleos del antibelicismo ruso. 

¿Quién pone los muertos?

Otra razón que explica la distancia con la guerra es que Moscú tiene la tasa de mortalidad en el frente más baja de todo el país, seguida de San Petersburgo y Chechenia. Solo uno de cada 5.000 habitantes de la capital han muerto en primera línea y la presencia de soldados se limita a los andenes de los convoyes que salen en dirección sur desde las estaciones de Paveletski, Kazán o Kursk. Los cementerios militares ni siquiera existen. 

En cambio, en la región de Tuvá (al sur de Siberia) y en Chukotka (en el extremo noroeste de Rusia), la ratio es de un soldado fallecido por cada 200 habitantes, mientras que en Buriatia (en el Extremo Oriente ruso), es de un muerto por cada 250 habitantes. La población de estas áreas tiene 25 veces más probabilidades de morir en combate que un moscovita.

Según un estudio del medio independiente ruso en el exilio The Bell, las tasas de mortalidad en el frente están directamente correlacionadas con el número de habitantes que viven en una región por debajo del umbral de pobreza, situado en los 19.000 rublos mensuales (unos 210 euros). A mayor pobreza, mayor incentivo supone alistarse a las Fuerzas Armadas y cobrar unos sueldos inimaginables para muchos ciudadanos. Este estudio también alerta de que el deterioro de la economía rusa puede conducir a que más personas decidan enrolarse.

El presidente ruso, Vladímir Putin, entra en una sala durante una ceremonia.

El director del Centro Levada remarca que, para un residente de Moscú, cinco millones de rublos anuales (unos 55.000 euros), el sueldo de un kontraktniki (un soldado contratado), no es lo suficientemente atractivo. “Muchos moscovitas no pueden entender cómo alguien puede arriesgar su vida por una suma así”, sostiene.

Sin embargo, para Maria Viushkova, no se trata solo de dinero. Esta científica de etnia buriata fue la primera en analizar las raíces de las desigualdades en las tasas de fallecimiento en combate. En declaraciones a elDiario.es, asegura que detrás se esconde la voluntad del Kremlin de “minimizar los riesgos políticos de esta guerra”.

Desde su punto de vista, Putin quiere evitar que los muertos recaigan en las grandes ciudades “políticamente activas” o en zonas consideradas “políticamente peligrosas” como el Cáucaso Norte. Viushkova afirma que el Gobierno ruso “ha aprendido la lección de las guerras chechenas” y quiere evitar estallidos violentos en la región o el retorno de hombres armados cuando se decrete un alto el fuego. No es casual que en estas zonas, a pesar de ser unos territorios bastante pobres, las tasas de mortalidad de sus voluntarios sean muy bajas. 

La Rusia invisible

La estudiosa señala que el Kremlin ha desplazado “la carga de las muertes” en la Rusia “invisible”. Es decir, en los presos, los migrantes, las personas sin hogar, las personas pobres de regiones remotas y las minorías étnicas, grupos sociales que “no importan a nadie” y que se ven arrastrados a luchar “por desesperación”.

Viushkova denuncia que el Estado ejerce una enorme presión contra ellos para que se unan al Ejército. Pone como ejemplo las personas que cometen un delito menor y son amenazadas con penas desproporcionadas si no se alistan, o los migrantes retenidos en centros para extranjeros, sin ser deportados ni liberados, a la espera de que firmen un contrato con el Ministerio de Defensa.

Respecto a las minorías étnicas, niega que exista una política oficial de reclutamiento de sus miembros, pero sí denuncia que están “muy desfavorecidas” y que son “muy vulnerables”. La criminalización de su modo de vida tradicional —el encarcelamiento por cazar o pescar furtivamente—, la pobreza, el paro o el alcoholismo son factores que conducen a estas comunidades al frente.

En estas áreas empobrecidas y alejadas del centro político, el malestar se hace más evidente. “A veces, en los obituarios publicados en las redes sociales de soldados de Buriatia se puede observar una tendencia muy interesante: la gente expresa más a menudo que antes que no está contenta con el liderazgo militar ruso”, destaca.

A la vez, temen por su extinción. “Estamos preocupados por nuestra supervivencia como nación”, asegura la científica, que cifra en 450.000 los miembros de la etnia buriata. Todavía más límite es la situación de las comunidades indígenas del norte de Rusia, que constan de unos pocos miles de individuos y tienen unas ratios alarmantes de mortalidad. “Cada persona cuenta y los hombres en edad laboral se supone que deberían estar teniendo hijos y preocupándose de sus familias, pero en vez de esto, los matan”, reivindica Viushkova. 

“En Rusia, uno de los efectos secundarios de ser una persona indígena y no blanca es que tienes más probabilidades de morir en esta guerra”, concluye. Una guerra sufrida por muchos, ignorada por muchos otros, que ha dejado centenares de miles de muertos en este país (cerca de 180.000 confirmados, según la BBC y Mediazona, con proyecciones de hasta 325.000), y cuyo fin todavía no se avista tras 1.460 días.

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