Arniches y Domínguez, los arquitectos que imaginaron otra España y acabaron fuera de plano por el franquismo
Carlos Arniches y Martín Domínguez Esteban fueron dos de los arquitectos más relevantes de la modernidad republicana española, coautores de piezas arquitectónicas como el Hipódromo de la Zarzuela o el Instituto-Escuela. Sin embargo, sus trayectorias quedaron truncadas tras la Guerra Civil: uno se recluyó en un exilio interior que lo llevó de Madrid a los poblados de colonización, y el otro continuó su carrera en Cuba y EEUU, condenado a un doble destierro. Ambos conocieron la misma fatalidad: presenciar cómo la dictadura expurgaba del archivo oficial aquella arquitectura en la que la forma nueva y el país imaginado habían constituido un solo proyecto.
La asociación profesional entre Arniches y Domínguez comenzó en 1924, cuando se conocieron en el estudio de arquitectura de Secundino Zuazo, mentor de toda una generación de jóvenes arquitectos comprometidos con la modernidad. Arniches, hijo del prestigioso escritor Carlos Arniches, se había formado en un ambiente culto de la burguesía madrileña y había estudiado arquitectura entre 1911 y 1923 en una escuela todavía marcada por el academicismo. Domínguez, por su parte, procedía de una familia de la alta burguesía de San Sebastián y había residido entre 1918 y 1925 en la Residencia de Estudiantes, donde entabló amistad con Federico García Lorca, con quien coincidía en el deseo de transformar la vieja España agraria y caciquil.
A ese mismo ecosistema intelectual regresaría en 1928 como joven arquitecto para asistir a las conferencias que Le Corbusier impartió en la Residencia: Arquitectura, mobiliario y obras de arte y Una casa-un palacio, un encuentro que marcaría a toda su generación. Ambos compartieron estudio y desarrollaron una arquitectura que buscaba despegarse del historicismo para acercarse a las corrientes centroeuropeas sin renunciar a la tradición cultural española. Su trabajo conjunto se inscribía en el espíritu humanista de la Institución Libre de Enseñanza, pues querían transformar la sociedad en otra más justa, moderna e ilustrada a través del lenguaje arquitectónico.
En 1928, Arniches y Domínguez ganaron el Concurso de Albergues para Automovilistas convocado por el Patronato Nacional de Turismo, un proyecto que buscaba fomentar el turismo automovilístico y actualizar las infraestructuras hosteleras del interior del país. El encargo consistía en construir doce pequeños hoteles de carretera distribuidos por las principales vías españolas, en parajes escogidos por su belleza natural. Su propuesta planteaba soluciones que se adaptarían a las necesidades y características de cada zona en la elección de materiales, garantizando la armonía con el entorno.
Su prestigio se consolidó al ganar en 1934 el Concurso del Nuevo Hipódromo de Madrid, junto al ingeniero Eduardo Torroja. El proyecto presentado para la Zarzuela combinaba deporte y espectáculo utilizando el viejo tema de la plaza como leitmotiv, ahora lineal y abierta a la pista de carreras mediante arquerías que, con las viseras de las gradas, acompañan con sus ondulaciones el máximo esfuerzo del caballo al galope. La estructura de las tribunas constituía una proeza técnica: un sistema de pórticos separados cinco metros, con láminas de hormigón armado que permitían un vuelo de 12,80 metros y un espesor mínimo de cinco centímetros en los bordes.
Arniches y Domínguez quisieron recrear un pueblo en fiestas, donde se mezclaba lo elitista con lo popular. Los muros encalados y las cubiertas de teja árabe desataron críticas de los ortodoxos de la vanguardia, pero los arquitectos no querían romper con el pasado: se trataba de ir al futuro partiendo de las propias tradiciones. Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, la obra se hallaba prácticamente terminada, y aunque sufrió fuertes impactos por hallarse en pleno frente de batalla, logró resistir.
El compromiso con la renovación pedagógica
Paralelamente a sus grandes encargos, ambos arquitectos se volcaron en el proyecto de renovación pedagógica de la República. Arniches fue nombrado en 1927 arquitecto de la Junta de Ampliación de Estudios, para la que construyó la Sección Preparatoria del Instituto Escuela, el auditorio y biblioteca de la calle Serrano, el nuevo pabellón de la Residencia de Señoritas Estudiantes, el Parvulario del Instituto Escuela y la Fundación Nacional. En estos edificios, trabajando con muy pocos recursos, terminó afinando una arquitectura de gran precisión técnica y una ejecución especialmente cuidada, donde la luz, la ventilación y los espacios comunes se pensaban a escala humana, como lugares para la conversación y el encuentro más que para el lucimiento monumental. El tema de la plaza adoptaba ahora la variante del claustro como foro de estudio y reflexión.
Su evolución ideológica y profesional quedó reflejada en los artículos que Arniches publicó quincenalmente en el diario El Sol entre 1926 y 1928, bajo el epígrafe La Arquitectura y la Vida, donde defendía que los edificios también educan: en la escuela, en la ciudad o en el ocio, enseñan una manera de estar en el mundo, de habitar el espacio público. Allí explicaba que la nueva arquitectura debía modernizar la sociedad no solo por sus formas, sino porque incorporaba recorridos claros, estancias bien ventiladas y ámbitos de relación que hacían de la vida cotidiana el verdadero centro del proyecto.
Cuando estalló la guerra, Martín Domínguez se ofreció a diseñar las defensas de Madrid junto a otros arquitectos, pensando en levantar obras con parados, pero el rechazo sindical le hizo ver que la contienda estaba perdida. En diciembre de 1936 cruzó a pie la frontera francesa con un salvoconducto y, tras pasar por Amberes rumbo a Veracruz, decidió quedarse en La Habana, donde acabaría firmando proyectos como el Radiocentro CMQ o el FOCSA. Arniches, en cambio, permaneció en España como “arquitecto de trincheras”, renunció al exilio para casarse y asumir la depuración profesional, mientras durante décadas el Hipódromo de la Zarzuela se atribuía casi en exclusiva a Eduardo Torroja y sus nombres quedaban fuera de foco.
Arniches: exilio interior y arquitectura de lo pequeño
Carlos Arniches vivió sus últimas décadas en un exilio interior que se prolongó hasta su muerte en Madrid, en 1958, desplazado de los grandes focos pero no de la práctica cotidiana del oficio. En esos años levantó los poblados de colonización de Algallarín, en Córdoba, y Gévora, en Badajoz, además del Centro de Estudios del Tabaco en Sevilla, piezas discretas si se comparan con el Hipódromo de la Zarzuela pero decisivas para entender la deriva final de su obra. En estos asentamientos rurales, alejados de la escena madrileña de entreguerras, trasladó a un paisaje agrícola sus ideas de escala humana, jerarquía de espacios y centralidad del ámbito público, articulando plazas, calles y equipamientos como una suerte de pequeño teatro comunitario al aire libre.
La arquitectura del régimen lo había arrinconado en los márgenes administrativos, derivando su trabajo hacía encargos menores en apariencia, en los que en cualquier caso, persistió en depurar el mismo vocabulario que había guiado su etapa republicana: volúmenes nítidos, pureza de líneas, una expresividad contenida basada en muy pocos elementos.
Por otro lado, la Cuba que encontró Martín Domínguez era un país en plena ebullición, con una economía expansiva y una vida cultural particularmente intensa. Sin embargo, el Colegio de Arquitectos, en un gesto de cerrada lógica corporativa, se negó a reconocer su título y lo obligó a ejercer bajo la etiqueta de “decorador de interiores”.
Pese a todo, Domínguez empezó a hacerse un lugar en muy poco tiempo. Se asoció con otros arquitectos, como Miguel Gastón y Emilio del Junco, y junto a ellos proyectó para el grupo de comunicación CMQ el edificio Radiocentro, en el barrio del Vedado, inaugurado en 1947 y considerado el primer gran complejo multifuncional de Cuba, con sala de cine, estudios de radio y televisión, oficinas y locales comerciales integrados en una sola pieza urbana. En 1949, durante una visita a La Habana, Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, se fijó en esa obra y la citó como un ejemplo modélico de arquitectura concebida como trabajo en equipo.
Domínguez: La Habana y el segundo exilio
El proyecto más audaz de Domínguez en Cuba fue el edificio FOCSA (Fomento de Obras y Construcciones, SA), diseñado junto a Ernesto Gómez Sampera. El edificio, de 39 plantas, se planteó como una pequeña ciudad autosuficiente siguiendo los parámetros de Le Corbusier. El inmueble se estructuraba en dos alas que partían de una charnela central, y su juego de niveles constituía un alarde técnico. Sentidamente le sucedió con este edificio lo mismo que con el Hipódromo, también sería borrado de su biografía: tras la revolución de 1959, el régimen castrista lo condenó al olvido y asignó el edificio oficialmente a Gómez Sampera.
Domínguez se había implicado en la construcción de viviendas sociales para sindicatos, pero pronto identificó los discursos de Fidel Castro como autoritarios, sus críticas a Castro lo llevaron a no poder construir en Cuba nunca más. A finales de abril de 1960, con 62 años, partió de La Habana y se instaló en Estados Unidos donde consiguió una plaza como profesor en la Universidad de Cornell, en Ithaca, ejerció como consultor en programas de vivienda en Latinoamérica y proyectó la casa Lennox en Rochester, su última obra, antes de morir en Nueva York en 1970.
Un premio anual con su nombre recuerda a Martín Domínguez en la Universidad de Cornell, que le dedicó una gran exposición. Arniches, por su parte, está enterrado en Madrid, la ciudad en la que decidió permanecer tras la guerra. Dos arquitectos que imaginaron otra España posible y acabaron, cada uno a su manera, fuera de plano. Sus edificios siguen ahí: el Hipódromo de la Zarzuela resistió los impactos de la guerra y el borrado oficial, el FOCSA continúa en pie frente a la bahía habanera. Son testigos de una modernidad interrumpida y de dos trayectorias que pusieron la arquitectura al servicio de un proyecto de país que nunca llegó a cumplirse.
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