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El libro para los “jóvenes en España” que “creen que una dictadura es mejor que una democracia”

William González visita la redacción de elDiario.es

Francisco Gámiz

25 de enero de 2026 22:07 h

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La estadística juega en contra de la juventud en los barrios marginales de Centroamérica: la amenaza de la violencia trunca los sueños de quienes nacen allí y escapar supone un privilegio. El escritor William González (Managua, 2000) estaba destinado a formar parte de una de las pandillas más fuertes de Nicaragua, pero la ayuda materna y el acceso a los libros cambiaron el guion de su vida. En sus propias palabras, su historia es la de “un chico que pudo haber sido un sicario a sueldo como sus primos, pero para el que la cultura estuvo ahí como muro de contención”.

Ese muro de contención, al que también se refiere como un “muro cultural”, lo levantó su madre. Ella es uno de los ejes centrales de Cara de crimen, una obra que le ha valido al autor el Premio Espasa de Poesía 2025 y en la que reflexiona sobre cómo, pese a haber podido elegir un arma, acabó eligiendo la escritura. “En mi familia se decía que yo iba a ser un sumi más, porque estás destinado a eso”, relata el joven a elDiario.es. Mientras la rama materna, los Guevara, se mantenía alejada del conflicto, su familia paterna, los González, fundó una pandilla que dominó el territorio desde el 1995 y que se daría a conocer como los Sumis.

Cuando los miembros de la banda se dieron cuenta de que la violencia pura no les convenía, “se pasaron a la venta de droga”. “Estamos hablando de redadas antinarcóticos en casa de mis primos”, cuenta William González, que lamenta que se asumieran como rutinarias persecuciones a su madre por vinculaciones con las drogas. “Teníamos completamente normalizada la violencia”, sentencia el autor, quien se dejó absorber por una “luz bastante cultural” que nunca dejó de estar presente, pues “en Nicaragua la poesía es un deporte nacional”. Tanto es así que la biblioteca se convirtió para él en un refugio.

Quien lo sacaría de allí fue su madre, que tomó la decisión de emigrar a España a principios de los 2000, renunciando a un puesto administrativo en Nicaragua donde “cobraba en dólares”, un privilegio en un país empobrecido. William González tardaría mucho tiempo en comprender la verdadera razón de aquel viaje que le llevó a Madrid con 11 años: “Uno de los motivos por los que descubro realmente que mi madre me había ocultado el hecho de emigrar es precisamente para liquidar la violencia de mi vida”. Al escritor le costó comprender la auténtica voluntad de su madre pese a que tenía “flashbacks en sueños, reminiscencias y retrospecciones” sobre lo que había vivido allí.

En medio del caos, el libro pone en evidencia cómo la literatura es una solución a problemas sociales. Uno de los poemas, titulado Biblioteca antiviolencia, destaca que la cultura causa un respeto casi sagrado. “En esta plaza rodeada de madroños / la lectura se impone al salvajismo”, escribe William González, que indica que “los pandilleros respetan los sitios donde la gente va a leer o cantar”. “Eso te vuela la cabeza. Estos tíos, que son unos asesinos y que se dedican a lo que se dedican, respetan el perímetro de la biblioteca. Si quedamos a dispararnos, nos vamos a alejar de ahí para respetar a las personas, sobre todo a los niños”, apunta el escritor.

Asimismo, el poeta condena la censura de libros, algo que se sufre actualmente en Nicaragua, donde asegura que se vive una “dictadura”. “Los jóvenes en España creen que una dictadura es mejor que una democracia”, señala González, que alega que le “duele” porque es un escritor de un país que vive de primera mano “la censura y el exilio de los medios”. “Hay un desconocimiento brutal de lo que significa una dictadura. Si vas con este libro a Nicaragua, te lo quitan en el aeropuerto. Hay que hacer un ejercicio de reflexión”, pide el autor de Cara de crimen.

William González, en la redacción de elDiario.es

Para él, este ejercicio de reflexión pasa por “inculcar a los jóvenes que hay que conocer la historia y que es importante leer, ahora más que nunca”. Por ello, reclama “que los libros circulen online”, puesto que menciona que hay obras como Tongolele no sabía bailar de Sergio Ramírez, un libro que se apoya en la ficción para narrar la realidad vivida en Nicaragua en pleno siglo XXI, que el Gobierno de Nicaragua censuró por “conspirar” y menoscabar la integridad nacional. Esta novela acabaría ganando la batalla a la censura a través de WhatsApp, donde circuló en formato PDF como un mensaje en cadena. González celebra que incluso “hay gente joven haciendo contrabando de libros por la frontera”.

Una de las particularidades de la obra es que fue escrita tras tener los testimonios de numerosas personas que viven en Nicaragua y que forman parte de bandas. “He tratado de entender muchísimas cosas, como por qué mis primos se metieron a eso. Era como una pulsión humana, algo vital que tenía ahí de preguntarme los porqués”, afirma, aunque no fue nada seguro. “Me he jugado la vida con este poemario. Mi mayor miedo era cuando me levantaba de la mesa del sitio donde estaba hablando con un asesino y le daba la espalda”, indica. “Darle la espalda a un tipo que ha cometido atrocidades es muy peligroso, pero quería asumir ese riesgo para tratar de entender”, añade.

Sin embargo, no planea hacer un reportaje periodístico dirigido a los medios de comunicación con todas las entrevistas realizadas: “Mi reportaje es este, un reportaje poético. Yo quería un libro que doliera, que llegara a los jóvenes de una manera hiriente”. Uno de los sucesos que impactó a William González fue que una de las mejores amigas de su madre, a la que él conocía desde siempre, fuera violada por mareros en Honduras, motivándolo a conocer a sus hijas. “Mi literatura trabaja mucho desde los márgenes, porque a los invisibles nadie les da voz. Por eso son invisibles”, explica a elDiario.es.

Las empleadas del hogar son robots, son las esclavas del siglo XXI. Es un sector invisibilizado

William González Escritor

Por otro lado, su investigación lo ayudó a darse cuenta de las contradicciones de muchos criminales. La religión, que juega un papel importante en el poemario desarrollando la figura de Dios, está muy presente porque logra destacar entre tanta violencia. Las personas se refugian en la iglesia hasta el punto de que, como cuenta González, “los pandilleros mataban a gente por la noche y por la mañana o en Semana Santa eran monaguillos”. “Cuando violan, matan y entran a la cárcel, se hacen predicadores de la noche a la mañana. Es como si así Dios fuera a limpiar sus pecados. Lo siento, pero no”, apunta el autor.

Aunque acercarse a esta realidad pueda no resultar agradable, pues en España existen unos privilegios de los que no gozan los habitantes de Centroamérica, William González sostiene que es “muy egoísta” mirar a otro lado. Lo hace poniendo el foco en las empleadas del hogar, como lo es su madre, un trabajo muy habitual para las mujeres que vienen de un país extranjero: “Trabajan para tíos limpiando sus casas, haciéndoles la comida... Esas mujeres son robots. Las empleadas del hogar son las esclavas del siglo XXI. Es un sector invisibilizado. Lógicamente, hay grandes organismos que las defienden, pero sería una perspectiva bastante egoísta no tratar de reflexionar sobre ello desde el privilegio”.

El libro fue una “carrera de fondo de cinco años”, pero ha permitido a William González observar de cerca los prejuicios de clase que perviven en la sociedad y recalcar la necesidad de combatir con literatura los discursos de odio. Con Carne de crimen, el autor espera que se abandone el “ombliguismo” de ciertas partes de la industria española que viven desconectadas de estas realidades periféricas. “No es lo mismo sentarte con un escritor que con un tipo que tiene un arma”, apunta sobre el riesgo que conllevaron las entrevistas. “Pone el arma en la mesa, la gira y la pone en dirección a tu corazón. Eso no se lo deseo a nadie, pero quería hacer una reivindicación de la cultura”, sentencia.

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