La Academia Canaria de la Lengua y la política lingüística de Canarias
Manda el artículo 27.4 del actual Estatuto de Autonomía de Canarias que “los poderes públicos canarios velarán por la protección y la defensa de la identidad, patrimonio histórico y los valores e intereses de Canarias, del legado etnográfico y arqueológico de los aborígenes prehispánicos y de las demás culturas que han ido poblando el Archipiélago, así como de las distintas modalidades lingüísticas, en particular del silbo gomero” (negrita mía), el artículo 37.7, que uno de los principios rectores de la política del gobierno de las Islas debe ser “la defensa, promoción y estudio del español de Canarias, como variedad lingüística del español atlántico” (negrita mía), y el artículo 137.1, que “corresponde a la Comunidad Autónoma de Canarias la competencia exclusiva sobre el patrimonio cultural, sin perjuicio del artículo 149.2 de la Constitución, que en todo caso incluye la regulación del régimen jurídico de los bienes, actividades y demás manifestaciones que lo integran por sus valores históricos, arquitectónicos, artísticos, arqueológicos, etnográficos, paleontológicos, científicos o técnicos, así como los bienes inmateriales de la cultura popular canaria y las particularidades lingüísticas del español hablado en Canarias” (negrita mía). Es decir, que, según nuestro ordenamiento jurídico más importante, todas las instituciones públicas canarias, entre ellas el gobierno autónomo, están obligadas a proteger y defender esa forma de expresarse elevada, como es lógico, a la condición de patrimonio cultural de la comunidad autónoma que es el español de Canarias. Quien así no lo hiciere se situaría, obviamente, al margen de la ley.
Precisamente para velar por la protección y promoción de nuestra particular forma de hablar la lengua española, tan marginada e incluso vilipendiada hasta no hace muchos años por la política lingüística oficial del Estado español, las instituciones que la han apoyado tradicionalmente y sus secuaces, creó el Parlamento de Canarias en el año 1999, no sin la oposición de la Academia de Madrid, que intentó frenarla a toda costa (como se explica en mi La Academia Canaria de la Lengua. Crónica de la tormenta ideológica de su fundación), una academia de la lengua, la Academia Canaria de la Lengua, que, según el artículo 3 del capítulo II de sus propios Estatutos, tiene entre sus funciones principales “estudiar científicamente el español de Canarias”, “divulgar sus resultados”, “resolver cuantas consultas se le formulen”, “aconsejar en todo lo que ataña a la enseñanza del español en el Archipiélago”, “colaborar con las autoridades educativas en lo relativo a sus competencias”, “fomentar la colaboración científica con las otras academias hispánicas” y “estimular el desarrollo de las perspectivas culturales de los canarios”. Tan importante ha sido el papel que ha jugado esta institución, constituida por los lingüistas, poetas, biólogos, historiadores, etcétera, que mejor representan y conocen la forma de hablar de los isleños (como el profesor y Medalla de Oro de Canarias 2003 Ramón Trujillo, el narrador y Premio Canarias de Literatura 1988 Isaac de Vega, el escritor y Premio Canarias de Literatura 1988 Rafael Arozarena, el poeta y Premio Canarias de Literatura 1989 Pedro Lezcano, el poeta y Premio Canarias de Literatura 1990 Manuel Padorno, el académico de la Real Academia Española Manuel Alvar, el profesor Diego Catalán, el profesor Antonio Lorenzo, la profesora Yolanda Arencibia, el profesor José Antonio Samper Padilla, la profesora Carmen Díaz Alayón, el profesor Gonzalo Ortega, el botánico Wolfredo Wildpret, el zoólogo Antonio Machado, el profesor Humberto Hernández, el jurista Eligio Hernández, el profesor Manuel Torres Stinga, el escritor y Premio Canarias de Literatura 2006 Juan Manuel García Ramos, el economista Antonio González Viéitez, el arquitecto Faustino García Márquez, el profesor Antonio Tejera, el profesor Manuel de Paz, la poeta y profesora Alicia Llarena, el profesor Juan Manuel Pérez Vigaray, la escritora y Premio Canarias de Literatura 2015 Cecilia Domínguez, el periodista Pepe Alemán o el profesor José Juan Batista Rodríguez), en la erradicación del complejo de inferioridad lingüístico que aquejaba a los isleños hasta no hace muchos años, que tanto los marginaba cultural, social y profesionalmente, y en el conocimiento, promoción y difusión del habla y la literatura insulares, preterida siempre por el canon literario español, que muy difícilmente podría hablarse hoy de normalidad lingüística en Canarias si no hubiera sido por los denodados esfuerzos que ha realizado esta institución. Nadie que conozca los últimos años del devenir histórico de Canarias podrá negar que su Diccionario básico de canarismos, sus numerosos estudios sobre los diversos aspectos fónicos, gramaticales y léxicos del habla insular, los autores canarios de más o menos relieve, el silbo gomero, etc., sus varios corpus de material toponímico y etnográfico de las Islas, sus miles de conferencias impartidas por los mismos académicos en los centros educativos de toda la comunidad autónoma, sus diversas jornadas de asesoramiento dirigidas al profesorado de lengua y literatura que ejerce su magisterio en las escuelas y los institutos de las Islas, sus copiosos materiales didácticos para el fomento y la promoción del habla insular y los escritores canarios, su biblioteca digital del español de Canarias, su buzón de consultas, etc., han contribuido de forma decisiva a que nuestras gentes, desde los chicos de los colegios hasta los ciudadanos más maduros, se sientan hoy tan argullosas de su forma de hablar como las gentes de Castilla, Andalucía o América de la suya. Es, sin ninguna duda, la Academia Canaria de la Lengua la institución cultural de nuestra comunidad autónoma que más ha contribuido a la autoestima lingüística de los canarios; a que los canarios no escondan hoy su alma ante los demás, como lo hacían antes, sino que la manifiesten sin ningún tipo de complejo.
Por eso llama tanto la atención que las autoridades de las Islas ignoren con tanta frecuencia una institución que creó el Parlamento de Canarias precisamente para velar por todo lo concerniente a la política lingüística de la comunidad autónoma. El mismo artículo 27.4 que acabamos de citar, donde el español de Canarias se pone al mismo nivel que el silbo gomero, es prueba de hasta qué punto ignoran todavía algunos de nuestros responsables políticos en qué consiste realmente el habla insular y qué papel juega en la identidad de los isleños. En primer lugar, hay que decir que el español de Canarias nada tiene que ver con el silbo gomero, porque es un lenguaje primario y no secundario, sustitutivo, subrogado o instrumental como este. En segundo lugar, tampoco se confunde con el habla de los campesinos, que es simplemente una parte más del habla insular, la más marginada secularmente, dicho sea de paso. Y, en tercer lugar, no puede ponerse nuestra forma de hablar en el mismo nivel que los materiales supérstites del mundo guanche, la lucha canaria, el traje típico, la isa canaria o el sancocho, por ejemplo, porque, a pesar de la indiscutible importancia que tienen todas estas manifestaciones en la cultura de las Islas, ocupan rangos distintos del que ocupa la lengua en la definición de nuestra identidad. El español de Canarias está muy por encima del resto del patrimonio cultural de la comunidad autónoma porque es un factor interno o constitutivo de la personalidad del isleño, casi como los ojos con que ve, los oídos con que oye y los dedos con que palpa, no externa o material como aquel. Los canarios somos canarios porque hablamos la lengua española al modo canario, como el castellano es castellano porque la habla al modo castellano, los andaluces, andaluces, porque la hablan al modo andaluz, los mejicanos, mejicanos, porque la hablan al modo mejicano, y los peruanos, peruanos, porque la habla al modo peruano. Cada cual emplea la lengua que habla a su modo y manera, porque las lenguas naturales, que son códigos abstractos, sólo existen bajo realizaciones históricas concretas. Las palabras están siempre llenas de mundanidad; de la mundanidad que implican tanto las cosas que designan como los sentimientos de las gentes que las emplean. Al contrario de lo que suele creerse, nadie habla la lengua española de forma pura, sino siempre contaminada por su experiencia personal. En las lenguas es imposible lo inmaculado, si dejamos al margen la poesía lírica. Hasta la misma modalidad estándar del idioma, que es la que suele escribirse, no es otra cosa que un dialecto más de la lengua que hablamos los hispanohablantes, sobre la que todos tenemos los mismos derechos y obligaciones.
No consiste, por tanto, el español de Canarias en un puñado de voces (guagua, gofio, baifo, papas arrugadas, por ejemplo) y pronunciaciones (seseo, aspiraciones…) más o menos pintorescas. Es decir, de una especie de desvío de una supuesta lengua general o correcta, que sería la verdadera. Nada de esto. Todas las variedades de español son igualmente correctas dentro de su ámbito geográfico o social. Se trata más bien de la forma que tenemos los canarios de usar el sistema fónico, gramatical y léxico de la lengua española en su totalidad. Los canarios sólo conocemos la lengua española bajo la modalidad canaria, como los castellanos, los andaluces y los americanos, sólo la conocen bajo la modalidad castellana, andaluza y americana, respectivamente.
Por eso precisamente, lo que define a la gente de las Islas desde el punto de vista cultural (no desde el punto de vista político, obviamente) es que habla canario. Si el presidente del gobierno de Canarias, la alcaldesa de Las Palmas de Gran Canaria o la presidenta del cabildo de Fuerteventura, por poner un par de ejemplos de relieve público, son canarios no es porque tengan un carné de identidad que certifica que han nacido en las Islas, porque gobiernen instituciones canarias o porque se sientan orgullosos de serlo, sino porque hablan canario. Ni nacer en un lugar determinado otorga automáticamente la identidad cultural de ese lugar (pese a haber nacido en Isla de Lobos, la poeta y dramaturga española Josefina Pla no era canaria, porque no hablaba canario, sino español de Paraguay), ni nacer fuera de un lugar impide adquirir la identidad cultural de ese lugar. Por ejemplo, pese a haber nacido en Madrid, el poeta Pedro Lezcano era canario, y no castellano, porque hablaba español de Canarias.
Se dice en el Preámbulo de nuestro Estatuto de Autonomía que “la lejanía y la insularidad han determinado el carácter de los canarios y las peculiaridades de sus principios institucionales desde ese momento (el siglo XVI), y hasta la actualidad, con el reconocimiento de la ultraperificidad como elemento modulador e inspirador del autogobierno”. Y no cabe ninguna duda de que así es: la insularidad y la ultraperificidad han determinado de forma decisiva el carácter particular de los canarios y donde mejor se refleja esa singularidad es en la forma que tienen de usar la lengua española; una lengua que adquiere aquí modulación y semántica distinta de la que tiene en Castilla, Andalucía o América, porque distinta es la geografía, la historia, la flora, la fauna, la gente, el sentido del humor, los sueños, las ilusiones, etc., de la tierra y distintas son las lenguas con que entró en contacto desde que llegó a esta región atlántica a principios del siglo XV. Y la forma de hablar la lengua hay que defenderla, con uñas y dientes, si es preciso, porque de ella depende tanto la visión que se tiene del mundo como la armonía con que nos relacionamos con él y la continuidad histórica, social y familiar con nuestros antepasados. Somos lo que hablamos. Cada palabra de la lengua que hablamos contiene los sentimientos, la memoria, el ambiente y el humor que nos identifica.
Cuando se cambian las palabras o los modos de decir propios por los ajenos, se cambian también las cosas que estas designan, porque, para los seres humanos, palabras y cosas son en realidad lo mismo. Por eso resulta tan patético o tan grave que la gente abandone sus formas de hablar y adopte las de otros. Patético, si es ella quien decide hacerlo por voluntad propia. Y grave, sin son los demás (la escuela, los poderes públicos, la iglesia…) los que la obligan a ello. Y es patético y grave lo que comentamos porque en ambos casos se desnaturaliza el ser humano, dejando de ser lo que era para convertirse, no en otra cosa, sino en nada, porque no entiende ni puede entender el sentimiento de las palabras con que ha sustituido las suyas. En realidad, lo que hace el apóstata de su lengua no pasa de ser una pantomima del ruido externo de la de los otros. El que imita una lengua o una forma de hablar no es otra cosa que un ventrículo, sin alma propia.
De ahí la necesidad de que tanto las instituciones (públicas y privadas) de la comunidad autónoma, en general, como sus ciudadanos, en particular, defiendan sus palabras y formas de expresarse de las imposiciones de los demás. Para ayudar a ello se creó, como señalamos más arriba, la Academia Canaria de la Lengua, que no es, como cree mucha gente, un club para estudiar las palabras rurales y los llamados guanchismos del habla insular, ni una especie de museo de tipismos (en este caso lingüísticos), como el museo del traje típico, el museo del queso o el museo del gofio, ni una academia de folclore, dedicada a celebrar los giros más o menos graciosos o las ocurrencias más o menos chuscas del pueblo llano o de nuestros escritores costumbristas, sino algo mucho más trascendente que todo esto. Se trata de una institución científica que estudia, defiende y promociona con rigor el alma de los canarios de hoy y de ayer, que está cifrada donde se encuentra cifrada siempre el alma de toda persona, que es en las palabras y los modos de decir de la lengua que habla, que, en nuestro caso, es la española. No estudia, por tanto, la Academia Canaria de la Lengua una especie de argot típico, más o menos alejado de un supuesto español verdadero, que sería el que estudia la Academia de Madrid, sino el español verdadero en su modalidad canaria.
Por eso no le faltaba razón al Premio Canarias de Literatura 2006 Juan Manuel García Ramos cuando mostraba días atrás en las redes sociales su extrañeza por el hecho de que, en un reciente acto institucional celebrado en Madrid en que el presidente de Canarias y los rectores de las dos universidades insulares firmaban con el director de la Real Academia Española una declaración de intenciones para “consolidar” la relación existente entre las instituciones que representan, no se hubiera mencionado para nada la Academia Canaria de la Lengua: “¿La Academia Canaria de la Lengua -decía nuestro escritor-, fundada por personalidades recientemente fallecidas como Ramón Trujillo o Antonio Lorenzo Ramos, no merece ser mencionada en esta declaración institucional de los señores rectores? Pues, muy bien. Lo del presidente de la comunidad no lo cito. La ignorancia es manifiesta”.
¿Tiene el gobierno de Canarias la obligación de invocar a la Academia Canaria de la Lengua en actos como el mencionado o tomar en consideración sus planteamientos o dictámenes en su política lingüística? Bueno fuera. Los gobiernos democráticos son libres para aplicar su programa electoral, que fue el pacto que firmaron con los ciudadanos que los eligieron, como mejor crean conveniente. Pero, como las colaboraciones o convenios de que hablamos pueden afectar de forma más o menos grave a la modalidad lingüística que, según su propio ordenamiento jurídico (artículos 27.4, 37.7 y 137.1 de su Estatuto de Autonomía), tiene la obligación de “proteger y defender”, que es la de sus ciudadanos, no estaría de más que contara con asesoramientos especializados (que no todo podemos saberlo), para que pudiera calibrar y tomar conciencia de hasta qué punto es coherente o incoherente el apoyo que presta a instituciones que, a pesar del glamur que tienen entre determinada gente y que tanto seducen a los incautos o ingenuos, lo único que han hecho a lo largo de la historia, por su vocación generalista, elitista o centralista, ha sido marginar las modalidades lingüísticas periféricas (que, dicho sea de paso, constituyen el noventa por ciento del idioma), entre ellas la que el gobierno de Canarias y todos los isleños tenemos la obligación de cuidar y defender, porque es la que nos define como seres humanos; la base de nuestra identidad como pueblo independiente. Y advertir de estos peligros es también responsabilidad de la Academia Canaria de la Lengua. Nadie en su sano juicio entendería que se regalara dinero del erario público canario y se rinda pleitesía a instituciones que no han hecho más que ningunear la identidad lingüística de los canarios de ayer y de hoy.
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