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ANÁLISIS

Madrid también acaba con la paciencia de Illa

Pantallas sin anunciar trenes, en la estación de Sants (Barcelona).
26 de enero de 2026 21:56 h

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“¿De qué sirve que sea gratis si no vuelve a funcionar?”, se preguntaba una usuaria este lunes, en otra jornada de caos en Rodalies. El sexto día de confusión total aunque, en realidad, el desbarajuste en el servicio lleva un acumulado de años. Para ser más exactos hay que remontarse a dos décadas atrás para entender cómo se ha llegado a esta situación que supera cualquier límite de mala gestión y paciencia de los ciudadanos.

Este último episodio ha tenido de todo: un desgraciado accidente que provocó la muerte de un joven maquinistas en prácticas, una huelga encubierta de sus compañeros tras haberse anunciado que se reanudaba el servicio, las tensiones habituales entre Adif y Renfe, las también habituales entre ellos y el sindicato mayoritario, Semaf, las de Semaf con el resto de sindicatos, una avería que podría haber sido provocada por un ciberataque y un Govern que había prometido buena gestión y se ha visto superado por todos los flancos. Una vez más, las consecuencias las han pagado los usuarios, que a ratos se han convertido en rehenes de unos y otros. 

Una de las frases más repetidas estos días en Catalunya es que esto algún día tenía que pasar. El acumulado de falta de inversiones ha rozado la desidia y el Gobierno de Sánchez ha prometido atenuarla con unas obras que hace años que deberían haberse realizado. Algunos datos que ayudan a entender cómo se ha llegado a esta situación: el Ejecutivo de Zapatero anunció una inversión de 4.000 millones de euros entre el 2008 y el 2015, pero no se ejecutó ni una quinta parte. La culpa aquí se la pueden repartir entre el PSOE y el PP, que ahora exige dimisiones cuando su gestión fue nefasta. La crisis económica tuvo mucho que ver, sin duda, pero también influyó que se optase por otras prioridades. Así, en el mismo periodo de tiempo, el Ministerio de Fomento gastó 3.500 millones de euros en el tramo del AVE entre Barcelona y Figueres. 

Desde el año 2020, las inversiones han crecido considerablemente y, según los informes de Adif, en el último lustro se han ejecutado obras por valor de 2.500 millones de euros. Pero 500 millones anuales siguen sin ser suficientes para rescatar un servicio que arrastra dos décadas de desinversión y problemas.

El compañero Arturo Puente escribió un amplio reportaje en 2016 que se titulaba ‘Por qué las Rodalies catalanas funcionan tan mal (y por qué seguirán haciéndolo)’. El texto arrancaba así: “Impuntualidad, cortes, incidencias, averías, cuando no directamente días de caos ferroviario con el colapso de importantes partes de la red de transporte del área metropolitana como el vivido la semana pasada, que afectó a 72.000 usuarios. Este es el panorama que se encuentran habitualmente los usuarios de las cercanías catalanas (Rodalies)”. La descripción servía entonces y sirve ahora porque todo eso, la impuntualidad, los cortes, las incidencias, las averías… son habituales en un servicio que usan 400.000 catalanes cada día. Y porque funciona como funciona es el único transporte público que ha perdido usuarios. 

En los últimos diez años la población catalana ha crecido algo más de medio millón de personas y, en el mismo periodo, Rodalies ha reducido en un 8% los usuarios diarios. Un dato aún más reciente por si sirve para comparar: Rodalies en Barcelona ha perdido 10 millones de usuarios en los dos últimos años mientras Madrid ha ganado más de 15 millones.

Un traspaso mal resuelto

También hace dos décadas se tomó una decisión política que podría haber ayudado a que no se llegase a una situación límite como la actual. En el 2006, en el Estatut se incluyó el traspaso de Rodalies a la Generalitat. Dos años después, la entonces ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, cuyas tensiones con el Govern que presidía Pasqual Maragall no fueron pocas, afirmó que la transferencia se haría “lo más pronto posible”. El primer traspaso, parcial y casi un parche, se produjo en el 2010. El segundo, formalizado este año, incluye la creación de una nueva empresa, Rodalies de Catalunya, cuyo objetivo es sustituir a Renfe pero sin que la Generalitat tenga la mayoría porque aunque ha podido elegir al presidente, la empresa estatal es quien tiene el 51% del accionariado. 

La crisis de estos días ha evidenciado que, como ya pasó con los dos tripartitos de izquierdas, cuando se trata del servicio de Rodalies, también al PSC se le acaba la paciencia con sus homólogos en el ministerio de Transportes, en especial con las direcciones de Adif y Renfe. Solo cuando la cúpula de esta última estaba copada por representantes del PSC hubo una cierta entente, probablemente porque sabían perfectamente que las quejas por el servicio estaban más que justificadas. Este lunes, el Govern, hastiado, ha reclamado que haya dimisiones ya en Adif y Renfe. Las cabezas que rodarán serán la del director operativo de Rodalies, Josep Enric Garcia Alemany, que habrá estado medio en el cargo, y el director de operaciones de Adif, Raúl Míguez.

El Ejecutivo de Salvador Illa (con el president aún convaleciente en el hospital) se ha visto superado en esta crisis. Porque en las maratonianas reuniones se acordaba una cosa y acababa pasando otra. Y si una vez te engañan no es culpa tuya, pero a partir de la segunda… Los dos primeros días falló algo que sí dependía de la Generalitat y es la información a unos usuarios que ya estaban resignados a que los trenes lleguen tarde, llueva o haga sol, y ahora, además, han comprobado que puede ser que tampoco salgan cuando haya temporal. 

La patronal de la pequeña y mediana empresa, Pimec, calcula que sin un colapso como este, el mal funcionamiento habitual de Rodalies una jornada cualquiera “genera una pérdida diaria de 2,2 millones de euros en costes laborales”. La cifra de estos días, según sus mismos cálculos, ha alcanzado los 9 millones porque al corte ferroviario, total o parcial, se sumó el de las restricciones en la AP-7 para garantizar la seguridad en la zona donde cedió el muro que provocó el accidente mortal de Gelida. 

La primera gran manifestación del procés se remonta al 1 de diciembre del 2007. El lema fue ‘Som una nació i diem prou. Tenim el dret de decidir sobre les nostres infraestructures’ [Somos una nación y decimos basta. Tenemos el derecho a decidir sobre nuestras infraestructuras]. Han transcurrido dos décadas en las que Catalunya ha pasado página del procés pero los trenes siguen sin funcionar.  

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