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ENTREVISTA

La fiscal que descubrió que su tío fue coronel en la dictadura argentina: “Le preguntaría si cometió algún asesinato”

Alexandra García Tabernero, este lunes en Barcelona

Neus Tomàs

Barcelona —
26 de febrero de 2026 22:13 h

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Alexandra García Tabernero (Barcelona, 1991) es fiscal de la Audiencia de Barcelona, profesora de Derecho Penal y una experta y apasionada de la Justicia Internacional. Trabajó en la Corte Penal Internacional y en el Tribunal para la Antigua Yugoslavia. Su currículum es aún más extenso, pero esta entrevista no es a la Alexandra fiscal. O no solo a ella. Es a la Alexandra que un día, en una comida familiar, descubrió que un familiar suyo, de la parte que emigró a Argentina, podía haber tenido “problemas” con la Justicia. Intentó saber más, pero no lo logró hasta que, 12 años más tarde y gracias a una de sus tías, apareció ya el nombre del coronel Tabernero. Su tío.

A partir de ahí empezó una investigación que concluye con un libro, Carta al coronel (Debate), en el que la autora reconstruye la historia real de su viaje a Argentina para conocer quién fue su tío, subjefe de la policía de la provincia de Buenos Aires que murió preso sin llegar a ser juzgado. Alexandra García Tabernero tampoco le juzga aunque, como buena fiscal, señala los indicios en una carta que aspira a ser también una reparación para las víctimas de la atroz dictadura.

¿Quién es Reinaldo Tabernero?

Reinaldo Tabernero es mi tío y fue coronel del ejército argentino. En 1977, en plena dictadura de Videla, era subjefe de la policía de la provincia de Buenos Aires. Años después acabó preso, investigado por crímenes de lesa humanidad.

Y usted sabe de su existencia casi por casualidad. 

Sí. Yo volvía de Londres, de una estancia por un máster en la que justo había escrito sobre la orden de detención a Pinochet. Me puse a contarlo en una comida familiar en Barcelona. Alguien mencionó que tenía familia en Argentina y que uno de mis tíos de allí terminó, dijo, con problemas de esos con la Justicia.

Qué frase. “Problemas de esos con la Justicia”.

Exacto, como si no hubiera pagado una multa, como si hubiera tenido, no sé, un embargo por alguna cuestión de Hacienda. Pregunto en esa mesa y a partir de ese día también a otros familiares y nadie me confirma absolutamente nada. Ese comentario espontáneo termina arrinconado y de algún modo paso página. Acababa de volver de una estancia de máster y me pongo a pedir una beca para irme a Estados Unidos justo para profundizar en temas de derecho penal internacional, que es lo que a mí me había despertado vocación desde hace años.

Después estoy en La Haya, en casos de crímenes de lesa humanidad, de militares, precisamente. Terminado ese año vuelvo a España y me pongo a opositar, saco plaza de fiscal y empiezo a trabajar. Transcurren doce años desde esa comida. Pero en enero del 2025 estoy hablando con una de mis tías y le cuento que me voy a Argentina. No me da tiempo de mencionarle que es para visitar a unas amigas. Mi tía se confunde, se descuelga y de repente me dice, 'madre mía, si investigas lo del coronel no te va a gustar'. Y ahí ya toca hueso.

Y empieza a tirar del hilo.

Ahí ya sí que me pongo a investigar a fondo, a solicitar documentación. Confirmo que se trata de un pariente mío llamando a una prima de mi tía que resulta que había elaborado un árbol genealógico. Esa prima de Barcelona me confirma que tenemos a una parte importante de nuestra familia en Argentina, porque de un pueblecito, de una aldea de La Rioja, una familia con seis hijos, cinco se fueron para Argentina a principios del siglo XX. Solamente uno de los hijos se quedó. Yo desciendo de ese, del mayor, el resto, todos los hermanos se fueron para Argentina y este militar, este coronel, es el hijo de uno de ellos.

Su tía le dijo que no le gustaría lo que encontraría, pero en su familia tampoco sabían mucho de Reinaldo Tabernero.

No sé todavía, a día de hoy, hasta qué punto mi familia española conocía detalles de todo esto. No termina de quedar nunca claro. Forma parte de esos secretos familiares vinculados a la idea de estigma, el peso social de la familia. Es un personaje que acabó preso. Allí era un cargo público conocido. Lo que yo descubro es que la gente en la provincia de Buenos Aires conoce mi apellido y que lo asocian a la dictadura, evidentemente.

¿Por qué decide averiguar más sobre él?

Lo único que tengo por seguro cuando emprendo el viaje es que tengo vínculo de parentesco con un coronel del ejército que fue jefe de la Policía con Videla. Que era subjefe de la Policía Provincial de Buenos Aires, y que terminó preso por crímenes de lesa humanidad. Esto es todo lo que yo sé, lo que hay en una primera búsqueda en internet.

Contacto con los archivos de memoria, con asociaciones de memoria, Abuelas de Plaza de Mayo… Ellos me facilitan toda la documentación que está pública y desclasificada. Han hecho un trabajo impresionante de documentación. Y empiezo a entrevistarme también con personas, sobre todo buscando a víctimas de 1977, de torturas, de apropiaciones de bebés, y me voy empapando de la época. No solamente de la figura en concreto de quién fue mi tío y qué había hecho, que eso era lo que a mí me obsesionaba más, sino que también necesitaba sumergirme al máximo en esa época para poder entender las implicaciones de lo que fue su figura y de lo que representó. 

También reconoce que no era consciente de hasta qué punto le marcaría. 

Sí, eso es así. Me voy con la intención y el objetivo de documentarme, de obtener información, casi como una labor periodística de investigación. Lo que me encuentro es con un montón de testimonios personales. Conozco a mi familia argentina y eso me traspasa todas las capas porque es muy distinto a leer lo que puede reflejar un documento. El testimonio vivo se convierte en un viaje emocional, en una montaña rusa porque atravieso un montón de emociones.

A la vuelta hay unos días en los que no puedo escribir, no puedo seguir. Había empezado a escribir la carta, y me bloqueo, porque tengo tal cóctel emocional, tanto conflicto interno, tanta emoción ambivalente, que me cuesta avanzar. Siento que me he acercado demasiado a él en este viaje. El hecho de saber que somos familia, que compartimos apellido, sangre e incluso apariencia física, según el fiscal del caso, y yo dedicándome a lo que me dedico hace que al principio se produzca un efecto inconsciente de querer exculpar. El buscar el resquicio, la versión exculpatoria posible, la duda razonable. ¿Y si estuvo en el cargo equivocado, en el momento equivocado? Es algo que pienso de forma inconsciente.

La autora, en un momento de la entrevista.

¿En cierta manera este libro, esta carta que le escribe, es una especie de rendición de cuentas en su nombre?

En este sentido me encuentro con un escollo y es que él, pese a entrar en prisión, muere antes de su juicio. Fallece preso preventivo y, por tanto, sin una sentencia, sin un proceso público en el que pueda demostrarse en sentencia firme lo que hizo o dejó de hacer.

Lo que yo puedo hacer frente a eso es publicar esta carta y evidenciar un compromiso desde el mismo apellido y desde la misma sangre con la defensa de los derechos humanos y con la defensa de la memoria, para lo que eso pueda servir. Ya no solo en mi persona, que ya te digo que ha tenido un efecto terapéutico, sino también para otras personas dentro de mi familia española y argentina. Mi esperanza es que también pueda llegar a tener un cierto efecto reparador y de justicia en personas que atravesaron esa época en Argentina. 

¿En posibles víctimas?

Sí, en posibles víctimas.

¿Encontró todas las respuestas que buscaba?

Encontré muchas de las respuestas, no todas. Me queda la duda y la arrastraré siempre, me queda el no haberlo conocido, haberme entrevistado con él y haberme podido llevar una impresión directa de quién era.

Si eso hubiera sido posible, ¿qué le habría preguntado?

Muchas de las preguntas están en el libro. Fundamentalmente, ¿qué fue lo que ocurrió ese año?, ¿qué hay de cierto en lo que te atribuyó el fiscal?, ¿participaste?, ¿sabías lo que estaba pasando?, ¿ordenaste alguna detención ilegal?, ¿ordenaste algún asesinato?, ¿cometiste algún asesinato?, ¿torturaste a alguien?, ¿tuviste algo que ver en la apropiación sistemática de bebés que se produjo ese año?

Lo que yo puedo hacer frente a eso es publicar esta carta y evidenciar un compromiso desde el mismo apellido y desde la misma sangre con la defensa de los derechos humanos y con la defensa de la memoria, para lo que eso pueda servir.

Hay un momento en el que reflexiona sobre el mal, sobre su génesis. ¿Hasta qué punto piensa que nace de la propia persona y cómo puede verse propiciado también por el contexto?

No entiendo de biología pero, por lo que he leído, se dice que podría haber un elemento congénito. Lo que sí he podido ver como fiscal es que hay personas que tienen una absoluta falta de empatía y una frialdad frente al dolor ajeno y la causación del dolor ajeno.

A mí me parece que el contexto, la socialización de los humanos, tiene un papel muy importante. Y el contexto no solo social y familiar sino también el cultural. En Argentina se instauró un relato oficial, el de que había una guerra contra el terrorismo y de que había que hacer frente a los elementos subversivos con todos los medios al alcance del aparato estatal. Ese paraguas fue utilizado por muchas personas para justificar atrocidades. 

En el libro, una de las víctimas le explica que no cree en la humanidad, que la historia no existe. ¿Para alguien que se dedica a impartir justicia es especialmente difícil escuchar una frase como esta?

Sí, lo es. Siempre que trato con una víctima le transmito una idea y es que soy consciente de que no puedo hacer lo que a mí me gustaría, que es borrar lo que le ocurrió. Hay que ser realistas, nosotros no podemos borrar lo que les hicieron. Sí podemos comprometernos a poner todos los medios públicos a nuestro alcance para que esa persona sienta que está siendo escuchada y que se está intentando algún tipo de reparación, ya sea en la forma de consecuencia punitiva, que es lo que hacemos en derecho penal, o en otra forma.

Este libro es otra forma de justicia en algún sentido. Yo no le hago un juicio a mi tío, no puedo, pero puede haber un efecto restaurador a lo largo de la historia.

Dice que este libro no lo escribe como fiscal, pero algo habrá influido su mirada de jurista a la hora de tratar con algunas víctimas y también a la hora de escribirlo.

Se me escapa un poco el papel de fiscal. Llevo el personaje dentro y no puedo separarme del todo de él porque para mí mi elección de oficio fue algo muy vocacional. Yo no me veo haciendo otra cosa. Soy fiscal y seguiré siendo fiscal. 

Aquí he hecho un esfuerzo por colocarme en el papel de sobrina porque me interpela. Como fiscal podría haber escrito sobre muchos otros posibles perpetradores y hacer una valoración de indicios, pero elegía al coronel Reinaldo Tabernero por una razón y es que es mi tío. Es cierto que hay algo que hago a lo largo de toda la carta que es muy de fiscal sin reconocerlo abiertamente y es poner sobre la mesa los indicios que había en su contra.

Tal vez también llevar la coraza abrochada.

Sí, ese consejo me lo dio un magistrado del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia cuando terminé mi periodo allí de estancia antes de convertirme en fiscal y es el mejor que me han dado. Yo pensé que para el oficio, pero lo es para la vida. Hay que protegerse. Estamos en un mundo en el que no todas las personas tienen buenas intenciones y es necesario protegerse. En mi oficio lo es para poder prestar un servicio público en condiciones.

Estamos en un mundo en el que no todas las personas tienen buenas intenciones y es necesario protegerse. En mi oficio lo es para poder prestar un servicio público en condiciones.

Usted es experta en Derecho Internacional. Viendo lo que ha pasado en Gaza, habrá gente a la que le cueste creer aún en la Justicia internacional. Parecería que entre la justicia y la geopolítica ha ganado la segunda.

El sistema de justicia penal internacional requiere de voluntades soberanas de los países y necesitamos de su consentimiento y de la cooperación permanente de los países que son soberanos, que pueden retirarla. Vivimos un momento actual de fragilidad en el que hay que tomar decisiones pensando a largo plazo y de forma estratégica para la supervivencia de este modelo. 

Es un modelo que nació de forma imperfecta. Tenemos los juicios de Núremberg con todas las objeciones legales que se podían formular. Sin embargo, fue el peaje, el mal menor, para que naciera este proyecto en el que yo sigo creyendo firmemente. No es el mejor momento que atraviesa, pero sigo creyendo en su viabilidad. 

Es de las fiscales que ha hablado más claro reclamando una especialización para lidiar en los casos de violencia sexual. Aunque se haya avanzado, aún cuesta mucho que una mujer se decida a denunciar.

Las reticencias que me he encontrado en este tipo de delitos no las he encontrado en otros. El miedo, la vergüenza, el estigma, las presiones frenan a la víctima y la paralizan como no lo hacen en ningún otro caso. Eso es comprensible y precisamente por ello, nosotros somos los que debemos poner mayores facilidades para que se venzan esas barreras de miedo inicial a denunciar. Porque en España, sin una denuncia, no podemos investigar un delito sexual. Necesitamos esa denuncia. La puede interponer el fiscal, pero para que el fiscal la interponga necesita información que normalmente le va a proporcionar la víctima. Ahí tenemos un reto pendiente. Argentina creó una especialidad en violencia sexual. Podemos aspirar a ello y sería un gran acierto.

Leí una frase suya que lo resume muy bien: “No todo empieza y termina en el derecho”.

La ley es una parte de la solución, pero es necesario el enfoque multidisciplinar.

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