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¿Reequilibrar a España?

El secretario general del PP, Miguel Tellado. EFE/Miguel Toña
8 de junio de 2026 21:58 h

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El próximo 31 de julio se cumplirán doscientos años del último auto de fe celebrado en España. Lo narró el historiador Josep Fontana en su libro “De en medio del tiempo: La segunda restauración española, 1823-1834” (Crítica, 2019): 

“Cayetano Ripoll, nacido en Solsona en 1778 y educado en Barcelona -donde había aprendido «la gramática y algo de filosofía»-, fue soldado hasta fines de 1823 y, carente de recursos, se puso a enseñar las primeras letras a los niños de la huerta de Ruzafa, en las afueras de Valencia, con un interés y una abnegación ejemplares (…)La escuela donde enseñaba era una barraca que habían construido los propios vecinos”. Dijo a una vecina que “sabía más que los curas”, no quiso abjurar de sus errores ante sus inquisidores y fue sentenciado a morir colgado en la horca y a ser quemado. La sentencia precisó que como «en el día en ninguna nación de Europa se quema o materialmente se condena a las llamas a los hombres», la quema «podrá figu rarse pintando varias llamas en un cubo, que podrá colocarse por manos del ejecutor bajo del patíbulo ínterin permanezca en él el cuerpo del reo y colocarlo, después de sofocado, en el mismo». 

La ejecución de Ripoll, en el patíbulo de la Plaza del Mercado de Valencia, fue posible porque tres años antes, en abril de 1823, un ejército del Reino de Francia (los “cien mil hijos de San Luis”) bajo las órdenes del duque de Angulema, sobrino del rey Luis XVIII, había invadido España y puesto fin al régimen constitucional instaurado tras el triunfo de la Revolución liberal de 1820.

De los casi mil personajes que pueblan los “Episodios Nacionales” de don Benito Pérez Galdós, uno de los más simpáticos y sugerentes es Juan Santiuste, apodado Confusio, que se dedica a «escribir la Historia de España, no como es, sino como debiera ser». En su «Historia lógico-natural de los españoles en el siglo XIX“, se suprimen los hechos que no deberían haberse producido y se introducen «las cosas que no han pasado y deben pasar». El triunfo de los ”cien mil hijos de San Luis“ y el subsiguiente retorno del absolutismo (la Década Ominosa) quedan suprimidos por Confusio, que elimina de paso toda controversia en torno a la Ley Sálica y toda sombra de posibles guerras carlistas. 

Cuando encuentra en su narración cosas que no le encajan, Confusio vacila: «¿Debo resucitar al tirano, o dejarle en la sepultura?». Un amigo le responde: «Déjele usted muerto, que ya vendrá por aquí su espíritu… a hacer de las suyas, y a equilibrar a España…».

Si Confusio hubiera escrito en nuestros días, la historia de España en el siglo XX sería también distinta. Evidentemente, no habría ni sombra de la guerra incivil de 1936-1939. Tampoco hay sombra de ella en el discurso de ingreso en la Real Academia Española que el exiliado Max Aub escribió, en su exilio de México, como si hubiera sido leído en un Madrid republicano de 1956 ante un también imaginado auditorio de académicos de número, en realidad muertos o desterrados: Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Juan Larrea, Francisco Ayala, José Moreno Villa. 

Magro consuelo de la ficción. Por desgracia, la realidad nos dice que desde la Década Ominosa hasta la Dictadura de Franco, siempre ha habido quienes se han encargado de “rectificar a España” en los momentos que han considerado oportunos. Lo han hecho con la razón más contundente, la de la fuerza; justificándose con la lógica más aplastante, la que aplasta; y esgrimiendo las evidencias más demoledoras, las que golpean y destruyen.  

Recordando el ficticio discurso académico de Max Aub, Antonio Muñoz Molina habló, en su ingreso este real) en la RAE, del “porvenir obligatorio en el que los poderes reaccionarios embalsamaban de antemano la vida y la política españolas.” Lo que ha imperado en la historia de España no ha sido la “lógica-natural” del bueno de Confusio, ni la rectificación imaginaria de Max Aub, sino la lógica implacable de la fuerza, y en particular de la fuerza brutal e inmisericorde de las correlaciones armadas con el objetivo de “reequilibrar a España”. Detrás de Fernando VII, los cien mil hijos de San Luis. Detrás de Franco, Hitler y Mussolini…

¿Y ahora? ¿Detrás de las derechas iliberales españolas, Trump y compañía? Es evidente que la teoría y la práctica de los nuevos inquisidores se acompasa a los aires “trumpistas” del mundo. Solo tranquiliza (a medias) saber que los tiempos han cambiado mucho, digan lo que digan los que niegan que el progreso existe. Ya no hay, como en 1826, patíbulos en las plazas del mercado, y tampoco parecen probables las asonadas, los golpes militares o las guerras civiles. Los métodos han cambiado, pero no hay que engañarse. Los que pueden hacer, están haciendo.  

Aunque sus mensajes y acciones, repetidos frenéticamente hasta la saciedad, acaban cansando y perdiendo capacidad de persuasión, el hecho de que se mantengan sistemáticamente, año tras año, consigue generar una indistinción entre lo que es verdad y lo que es mentira. «Una forma eficaz de hacer creer a la gente algo falso es la repetición continua. Las instituciones autoritarias y los mercaderes lo saben bien», sostenía Daniel Kahneman (el único psicólogo galardonado con un premio Nobel; curiosamente, de economía). Lluís Rabell ha escrito que estamos asistiendo a un ataque permanente de “drones mediático-judiciales”: “Las filtraciones de sumarios e informes policiales llenan las portadas de los periódicos y alimentan las tertulias televisivas. Resulta imposible procesar tal avalancha informativa; distinguir entre bulos, medias verdades y datos ciertos.” 

Ahí está el peligro. Más que la polarización, el peligro que hoy acecha a la democracia es la indistinción creciente entre verdad y mentira. La polarización tiene efectos negativos, pero genera mecanismos de acción y reacción. En cambio, el espectáculo permanente de una vida pública sórdida y pringosa, zafia y confusionaria, produce desmoralización y fatalismo. Esta es la baza principal que juegan las derechas que creen que ha llegado el momento de volver a “reequilibrar a España”. Tratan de liquidar por completo el consenso democrático de la Transición, e impulsan al límite los insultos y de las falsas verdades para generar hartazgo. 

No se limitan al “¡Váyase señor Sánchez!”. Quieren que el gobierno “salga de La Moncloa con las manos en alto.” El odio, el autoritarismo inquisitorial y la deshumanización a ultranza que destilan las derechas iliberales, en España y el mundo, parecen anunciar un retorno siniestro al pasado. Durante casi medio siglo, con aciertos y errores, hemos conseguido desmentir este augurio. No podemos aceptar pasivamente que nos espera el porvenir obligatorio de una España eternamente escindida entre los obligados a levantar las manos y los del brazo en alto. 

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