Luis Goytisolo, certero, tirando a dar
Ha muerto Luis, el menor de los hermanos Goytisolo. Lo traté poco, a diferencia de José Agustín, con quien tuve una buena amistad, o de Juan, que no llegué a conocer. Con José Agustín hablábamos en catalán; con Luis, siempre gentil y algo distante, en castellano. Quizá es significativo. En asunto de simpatías lingüísticas y culturales, las aproximaciones son instintivas, y las diferencias de temperatura se sienten con precisión de décimas.
El caso de los Goytisolo, tres escritores de gran nivel, es insólito. Luis Goytisolo lo atribuía a un golpe de dados de la genética. Habían existido letraheridos en su família, comentaba, y “de repente, siguiendo las leyes de Mendel de los guisantes lisos y amarillos, aparecieron tres ”verdes y rugosos“ de golpe: mis hermanos y yo, tres escritores. Es un caso de concentración genética.” Caso excepcional, pero no único: sucedió con las hermanas Brontë, o con los hijos de Thomas Mann.
Leí hace ańos el libro mayor de Luis Goytisolo, Antagonía, que él consideraba el epicentro de toda su obra. Hay una leyenda sobre su génesis: su autor, comprometido con la lucha antifranquista, participó en la creación clandestina de la primera célula del PSUC en la Universidad de Barcelona y fue detenido y encarcelado en Carabanchel. Encerrado 35 días en una celda de aislamiento a causa de una huelga de hambre, habría imaginado allí su obra, un ciclo de cuatro novelas que abarcan desde la primera postguerra hasta el tardofranquismo. En aquella celda, contó en alguna ocasión Luis Goytisolo, “tracé el esquema, el tono, lo esencial de lo que iba a ser Antagonía: la vida de alguien hasta que decide ser escritor; este escritor escribiendo; el escritor visto desde fuera y convertido en protagonista por una prima suya; y la novela que escribe él”.
Es un libro extenso, de arquitectura compleja, laberíntica, de lectura no precisamente fácil, pero a menudo divertida. Se ha dicho que es una gran novela, y que su autor era digno del Nobel, equiparable a Karl Kraus o a Robert Musil. Es decir mucho, y yo no sabría opinar al respecto. Prever si Antagonía será, o no, considerada en el futuro cómo una de las obras maestras de la narrativa española del siglo XX está totalmente fuera de mi alcance. Cuando leí el libro aprecié su calidad, pero me interesó no por razones literarias sino políticas y generacionales. Me interesó como testimonio y registro del léxico, la retórica y los modos de pensar de los distintos grupos humanos, en coexistencia y en pugna, de la Cataluña de una larga época, desde el comienzo de la dictadura de Franco hasta su crepúsculo; unos años que yo he vivido. La obra abunda en la descripción detallista de ambientes, paisajes y personajes; en la recopilación, a menudo irónica, o sarcástica, de las expresiones, sensibilidades y maneras de pensar de un país y de una época. Aunque en el libro se incluye la consigna de “despojar el relato de elementos ambientales”, su autor no solo no la siguió, sino que hizo más bien lo contrario.
El método utilizado por Luis Goytisolo, que fue calificado por Pere Gimferrer de “parodia impasible”, incluye la transcripción de los lenguajes del mundo rural de la infancia del protagonista, del ambiente nacionalcatólico de su juventud, del comunismo de su etapa militante, así como de los nacionalismos español y catalán, como espejos antagónicos confrontados. No se trata exactamente de reproducciones fieles y escuetas, ni tampoco de deformaciones a la manera burlesca de las pinturas de James Ensor o de George Grosz (o, más llanamente, de los espejos deformantes del Tibidabo). El método de Goytisolo es más sutil: basta una tenue acentuación, o un ejercicio de simple reiteración, para hacer aparecer la impostura o el absurdo.
Mario Vargas Llosa, comentando esas certeras recreaciones de “las retóricas de izquierda, de centro y de derecha” en Antagonía, dijo que eran “flechas tan perversas como divertidas, que infaliblemente dan en el blanco”, y formuló las preguntas que se plantean al lector cada vez que Luis Goytisolo tira a dar y acierta: “El autor se divierte y nos divierte, y sin embargo, al final de la carcajada, en los pequeños pliegues de la sonrisa, descubrimos de pronto un desagradable sabor, algo viscoso e inesperado: ¿quién se está riendo de quién, de qué nos estamos riendo, hay motivos para reírse?”.
Una de las cosas que me interesaron de Antagonía es el uso de las formas más mestizas del castellano que se habla en Cataluña. Los ejemplos, abundantes, revelan una voluntad de testimonio deliberada, sistemática: “usted rai que tiene temperamento”, “si tuviera más temperamento no tendría tanta pancha”, “sólo de mirarlos me entra angunia”, “no rundines más”, “vamos a enchamparla”, “estoy muy atabalada”,, “una mujer muy charraira”, “tiene un aspecto de trincheraira”, “¿qué collons queréis conseguir con huelgas pacíficas?”, “cuando se gire la tortilla arreglaremos cuentas”, etcétera.
Me parece, aunque esta impresión mía es quizá subjetiva e inexacta, que la carga de sarcasmo que predomina en Antagonía es la aplicada al catalanismo burgués. Son frecuentes, como en la obra de su hermano Juan, los apuntes casi antropológicos sobre la escatología y la charcutería catalanas, sobre los tristes tópicos de “esta Cataluña que sería si fuera o fuese, si hubiera o hubiese sido”, sobre las facetas más bombásticas y desiterativas de la historiografía y la cultura del nacionalismo conservador.
Como si este predominio le sorprendiera a sí mismo, Luis Goytisolo se refiere, a través de uno de sus personajes, a “mi curioso rechazo de la lengua de mi familia materna, el catalán, la inhibición que me apartaba de su empleo, reacio a utilizarla salvo en ocasiones excepcionales, pese a entenderla, como es lógico, perfectamente (…) sin que sea motivo suficiente de mi rechazo la no menos común educación franquista de la posguerra, brutalmente anticatalana en sus delirios defensivos de lo propiamente hispánico, esencias y valores hacia los que siempre me he sentido, si cabe, todavía más refractario.”
Una explicación de este doble repudio descompensado se halla quizá en causas recónditas, inextricables; o, tal vez, de una simplicidad pueril. Quizá se encuentra en el juego cruzado de los sentimientos, simpatías y antipatías infantiles en la pandilla del barrio y del parvulario, como una experiencia primigenia de huella más profunda y duradera que las lecturas del adolescente, las conspiraciones del antifranquista universitario, o las creaciones y rumiaciones del escritor maduro. Un sentimiento de la infancia puede ser inextirpable.
Lo fue, en los tres hermanos Goytisolo, en el recuerdo, consciente o no, de la que fue Julia Gay, su madre, muerta el 17 de marzo de 1938 en un bombardeo franquista sobre Barcelona. “Yo siempre había tenido la idea de que la muerte de mi madre no me había afectado”, declaró Luis Goytisolo en una de sus últimas entrevistas, “porque no la había ni conocido: ella murió el día en que yo cumplía tres años, por la onda expansiva de la llamada bomba del Coliseum”.
Pero cuando el editor Jorge Herralde le propuso reeditar su primera novela, Las afueras, Luis Goytisolo la releyó de cabo a rabo y, según contó, “me quedé de piedra porque empecé a encontrar una serie de elementos que yo no había tenido conciencia en absoluto de haber introducido allí”. No es difícil concluir que, además de las leyes de Mendel, la muerte de Julia Gay en 1938 fue un giro del destino con un peso total, catalizador, condicionante, en las trayectorias literarias de los tres Goytisolo.
0