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Así devoró el monstruo del Brexit a seis primeros ministros en 10 años
Opinión - 'Ya van tres avisos', por Esther Palomera

Nuestro amigo Blair

El ex primer ministro británico Tony Blair, durante el Foro Económico Mundial, en Tianjin, China, en junio de 2025.
22 de junio de 2026 21:01 h

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Keir Starmer, el primer ministro británico, acaba de anunciar su dimisión. En diez años, desde el referéndum del Brexit, en junio de 2016, el Reino Unido ha tenido seis primeros ministros y pronto, probablemente después del verano, tendrá el séptimo. La conservadora Liz Truss ocupó el cargo durante solo 49 días, el mandato más breve de la historia moderna británica. En las últimas elecciones generales, en julio de 2024, los laboristas obtuvieron 411 escaños, una mayoría aplastante, pero ahora están de capa caída, han tenido una estrepitosa derrota en las últimas elecciones regionales y locales, locales y regionales (perdieron más de 1400 concejales) y las encuestas anuncian la posibilidad de un próximo gobierno de Reform UK, el partido de Nigel Farage (para entendernos, la derecha trumpista). 

Así las cosas, Andy Burnham, el popular alcalde laborista de Manchester, acaba de ser elegido diputado con el 54,8 % de los votos en la elección parcial de Makerfield, en el noroeste de Inglaterra. Ha derrotado a su principal oponente, el candidato de Reform UK con 20 puntos de ventaja, cuando las encuestas auguraban un resultado muy ajustado, y ha abierto así el paso para sustituir a Keir Starmer. Su victoria aplastante, escribe el periódico The Guardian, “hace casi inevitable la próxima llegada de Burnham a Downing Street”. 

En esta situación crítica, Tony Blair no ha tenido mejor idea que publicar una suerte de manifiesto en el que critica no solo a Starmer sino también a Andy Burnham, acusándoles de abandonar el “centro político”, de alimentar una “capacidad casi infinita de autoengaño”, de “jugar con fuego” y de hacer probable una futura derrota electoral.

“Dirigí el Partido Laborista durante 13 años, a lo largo de tres elecciones generales”, afirma Blair, que lamenta que el partido se niegue ahora a “aprender del único momento en sus 120 años de historia en que se logró el éxito”. En términos generales, la intervención de Blair parece calculada para generar el máximo malestar en el Labour, tanto por lo que dice como por el momento elegido, cuando se decide el destino del partido laborista en los próximos años. 

Una vez alcanzado el poder, sostiene Blair, Starmer debería haber abandonado los proyectos de cero emisiones, las leyes de derechos laborales, el aumento del salario mínimo y los cambios en el régimen fiscal, y debería haberse volcado “por completo en hacer que las empresas se sientan respetadas y apoyadas”. En la misma línea, Blair afirma que el Reino Unido, en lugar de socavar la alianza atlántica, debería haber apoyado a Trump en su ataque contra Irán y en su visión de una OTAN más fuerte. 

El gobierno, según Blair, además de restablecer unas buenas relaciones con Trump, debería eliminar todos los obstáculos al crecimiento empresarial relacionado con la IA, reformar radicalmente la planificación urbanística, revertir su política energética en el Mar del Norte y reformar en profundidad el sistema de bienestar social. “Sin una agenda de esta naturaleza, radical pero sensata, Gran Bretaña continuará su largo declive hacia el descenso a segunda división”, concluye Blair.

¿Cómo debe entenderse esta iniciativa de Blair? En su “Diccionario de ideas recibidas”, Gustave Flaubert dio la vuelta a la expresión “dormirse en los laureles” y escribió, de manera sucinta y lúcida: “Laureles: impiden dormir”. Según el autor de “Madame Bovary”, los laureles conquistados, en vez de comportar el riesgo de adormecer a quienes los reciben, pueden provocar más bien ansiedad e insomnio. Está muy bien visto, y no es difícil encontrar casos que ilustran esa extraña insatisfacción.

Además de la reflexión de Flaubert sobre los laureles conquistados y el insomnio que producen, puede evocarse el discurso que pronunció Bertrand Russell cuando le concedieron el Premio Nobel, en 1950. Se titulaba “¿Qué deseos son políticamente importantes?”. En él afirmaba que las motivaciones psicológicas son el motor real de la política, y comentaba cuatro impulsos que consideraba entre los más dominantes: la acquisitiveness, el deseo de adquirir la mayor cantidad posible de bienes, no forzosamente materiales—, la rivalidad —incluido el perjuicio del adversario, aunque el precio a pagar sea oneroso—, la vanidad —la sed de ser reconocido— y el afán de poder. 

Russell no descartaba los móviles idealistas en el ejercicio de la política, como el altruismo o la fraternidad; todo lo contrario. Pero alertaba sobre el peso de las motivaciones negativas y concluía afirmando que la educación de la inteligencia es la única vía para encauzar los impulsos humanos más primitivos hacia fines constructivos.

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